ROQUE BARAHONA

A Gabriela Sola

En mi pueblo hubo un brujo, su nombre era Roque Barahona. Su semblante era serio como el de todos los hombres del cantón. Usaba un sombrero de medio metro, unas botas de cuero negras y siempre era visto con un pantalón y una camisa de vestir. La vaina de su machete se balanceaba por su costado izquierdo chocando con su pierna realizando un ruido mordaz similar al azote de un lazo de cuero sobre las nalgas de una yegua. No parecía dolerle pero causaba un susto a toda la gente si lo escuchaba a altas horas de la noche o dentro de un lugar cerrado. Las lámparas que alumbraban las calles en la medianoche, sobre todo las aledañas al cementerio, formaban sombras con la silueta de diversos animales cuando él pasaba, chocando con las paredes, hinchado de guaro y cerveza. La gente del cantón La Puerta no paraba de chambriar sobre el tal Roque Barahona, unos decían que se convertía en sope, otros decían que en un cuche, la dueña de un comedor dijo haberlo visto transformarse en una de esas gallinas ponedoras. En todo tipo de animal, de toda especie o raza; siempre revestidos de pelos o plumas de color negro.

Tengo entendido que vivía en una de las cuevas del cerro, en esas donde vive el diablo, la gente decía que a veces, después que el tal Roque salía a hacer sus maldades a buena mañana, el diablo se asomaba por la entrada de la cueva a bailar. Y si digamos pasaba una muchacha, ya señorita, les ofrecía pisto y comida. «Ese Roque Barahona está cómodo usando plumas como teniendo escamas o siendo un animal peludo.», decían la gente; también se llegó a decir que lo único que Roque Barahona no quería ser: era un hombre.

Una noche, esas noches donde los grillos cantan aturdiendo los tímpanos de la gente, fui con mis dos hermanos mayores a una fiesta, con la condición de llegar a la casa antes de las doce. El anfitrión del convivio era mi padrino, se apellida «Cortez», aún sigue vivo, sorprendentemente. Pasadas las horas, unos bolos comenzaron a pelear; entre todo el desorden, mi atención se centró en una gallina negra, posada de pie sobre la mesa principal, la gallina observaba de un lado a otro analizando la conducta de toda la gente, sus bailes y sus secretos. La gente parecía ignorar la presencia de tremenda gallinota por estar ocupados tratando de separar la trifulca de aquellos bolos. Solo yo y otra mujer nos percatamos de la tenebrosa presencia del animal.

Al cabo de unos minutos, llegó la guardia, primero pensé que habían llegado por el desmadre y la música. Los soldados siempre me parecieron espíritus errantes, cadavéricos; por la noche, sus cuencas se convertían en un hoyo cósmico de mezcolanza y brutalidad.

—Andamos buscando un hombre —dijo en voz alta uno de los oficiales—. Acaban de matar a un muchacho en el pueblo.

Un muchacho que toda la fiesta será pasó recostado sobre la pared cerca de la puerta, dijo:

—¡Ay Dios! esa ya debe ir muy lejos. A ese… ese… el tal Roque Barahona se lo ha de haber despachado, segurito. No, ese ya está bien lejos.

Estaba bien jovencito el muchacho, como en unos veinte años. Yo bien me fijé que cuando dijo «el tal Roque Barahona…», la gallinota pelo los ojos, y se le levantó, como por los nervios, la chorcha. Cuando los oficiales se fueron, pude corroborar mis temores: la gallina era él. ¿Cómo lo supe? Unos diez minutos después de que salieran cada uno de los oficiales, entró él, lo primero en entrar por la puerta fue su sombrero. Pescó al muchacho por la camisa y lo sacó, voltee por inercia hacia la mesa y la gallina ya no estaba. La otra mujer, que ya estaba pasadita edad, de unos cuarenta años, no como yo, debo decir, que tenía unos diecinueve años en aquellos días; la mujer, que estaba al otro lado de una pared con una especie de abertura circular donde pudimos vernos y cruzar miradas, no pudo ocultar su consternación, por un momento trato de decirme algo con la mirada; al aceptar su falló, dio un suspiro y dijo algo entre dientes, logré leer en sus labios:

—A pues sí, la gallinota esa, el Roque Barahona.

¡Ay, mi Dios!, ¡Lo hizo picadillo!, por una de las pilas que están cerca de la posa, dicen que como si estuvieran matando un cuche se escuchaba. Un matarin de primera el Roque Barahona, por cualquier cosita, ya sea una mala mirada o algo, era motivo para que él te hiciera algo. A las muchachas las violaba y cuando el marido o el papá de la bicha lo buscaba para darle en la nuca se convertía en un chucho o en un sope.

Otra vez, dice Don Chano que la guardia le fue a tocar la reja, buscando al Roque. Dice que cuando salió, en la mera entrada, estaba el tremendo animal: un cuche, prietillo, prietillo. Él solo hizo como si nada y fue a atender a los oficiales.

—Andamos buscando a un chamaco que mató a una muchacha por el río.

—Nombre —respondió Don Chano—, no he visto a nadie.

Volteó y ya no estaba el animal. Cuando entro a la casa, allí estaba el dicho hombre sentado tragándose el pan que mi tío tenía para el siguiente día.

—¿Vos eras el cuche? —preguntó.

—¡Puesi vos! —respondió el Roque con el bocado en la boca.

Hoy es pastor. Hace poco que fui a Mercedes lo vi, en la mera entrada del Cantón La puerta. No más lo miré le pregunté a mi primo Luis:

—¿Y ese no es el tal Roque Barahona?

—¡Si, hombre —respondió—, ese es!

—¿Todavía existe? —pregunte sorprendida.

Yo lo reconocí por el sombrero, tamaño sombrero, nunca lo dejo. En vez de un machete, andaba una Biblia en la mano.

—Un gran pastor es ahora —dijo Luis.

Mi papá era su amigo, lo conoció la noche que se le apareció la Siguanaba. Bien bolo iba, le acababan de dar lo de los cuches, cada mes llevaba unos cuches chiquitos para que los engordáramos y los fuera a vender a fin de mes.

—Este es tuyo, mi Luisita —decía—. Hay te voy a dar la mitad de lo que me den por esté.

Luego cuando le daban el pisto llegaba bolo gritando que no le iba a dar nada a nadie. En fin, una de esas noches a fin de mes, iba mi papá tambaleándose de bolo. Él dice que vio pasar a su comadre, «Adiós, comadre», dijo. De la nada le dió por voltear porque pensó que no lo había escuchado. Y en lo que voltea, ve una mujer horrible, horrible; dice que se hizo grande, de unos dos metros.

—¡Padre santo! — dice que gritó y cayó desmayado.

Cuando se despertó, una toalla húmeda le obstaculizaba la vista. Lo primero que pensó es que estaba en el infierno, porque él jura y perjura que vio, al fondo, la silueta del diablo bailando entre las sombras.

—¡No te la quites—Grito Roque cuando trató de quitarse de la cara la toalla para averiguar sus interrogantes, deseando por dentro que sus cuestionamientos fueran viles espejismos de la fiebre que le embargaba—, ¡espera que se te baje la calentura!

—¿Quién es ese? —pregunto apuntando hacia el frente con la mano derecha y con la toalla a medio jalar por su mano izquierda.

—No te preocupes por él —respondió cubriendo sus ojos y colocando la toalla de nuevo en su frente—. Dormite, te voy a llevar a tu casa en el caballo, solo quiero que te baje la calentura.

—Me apareció la Siguanaba.

—No te preocupes, esa vieja puta no se mete conmigo.

—Calambre puñetero el que tengo.

—Te jodió la vieja. Pero ya te di algo, en un ratito vas a vomitar ese bolado.

—¡Me dejó abarrotados hasta los huesos!

—Así es esa puñetera, traicionera y medio. ¿Estás seguro que era ella o era otro mal espectro?

—Ella era, si yo bien la vi.

Cuando por fin vomitó una sustancia verde con negro, el diablo dejó de bailar y se fue a meter a lo profundo de la cueva.

—Ahora sí —dijo Roque, pasando el trapeador encima de la volada esa—, te voy a llevar a tu casa.

Llegaron hasta la madrugada, como a las cuatro. Mi mami dice que se despertó por los bufidos del caballo y el sonido de sus herraduras contra el suelo. No más paso por la puerta se dedicó a contarle a mi mama lo que había sucedido, yo escuchaba desde la puerta del cuarto donde dormíamos las hembritas, en la puerta, oculta por la cortina. Mi mamá sonreía al ver los gestos de impresión y la energía con la que mi papá contaba lo sucedido. Nunca los volví a ver tan felices uno con el otro. No importaba nada, ni los cuches, ni las milpas, ni los cafetales, ni los patrones, ni La guardia empujando las cabezas de los muchachos en el lodo, ni los grupos insurrectos surgiendo en los pueblos guiados por las ideas que supuestamente habían funcionado en una Isla del Caribe; solo ese momento juntos desecho el estrés laboral, económico, social y político que nos asediaba sin saberlo.

A partir de ese día se volvieron amigos con el tal Roque Barahona, la gente del cantón La puerta incrementó su temor, porque mi papá no era cualquier cosa, él también tenía su fama de pocas pulgas, de no amagar ni corrérsele a ninguna pelea. Ay andaban los dos del hombro, bien bolos, los fines de semana en la noche.

A cuánta gente no salvó mi papá de que Roque los matara.

—Nombre puñetero —le decía—, no mates a este puñetero, es amigo mío, trabaja conmigo en la milpa—casi siempre era mentira.

Roque apreciaba a mi tata, nunca se metió con nosotros, cualquiera que tuviera algo que ver con él, ya sea amigo o familiar, era libre de su machete. Después de eso toda la gente del cantón le daba los buenos días a mi papá, por conveniencia, claro. Así fue hasta que llegó la guerra y nos fuimos a vivir a la capital, en esa época ni el diablo podía proteger a sus más allegados.

Roque llegó a ser lastimado dos veces: La primera transformado en chucho, unos guerrilleros estaban en una práctica de tiro y él llegó de metido a espiarlos, porque quería ver cómo era todo antes de decidir con qué bando irse; total, uno de los muchachos, porque en su mayoría eran muchachos, le dio sin querer con una ametrallador PKM de 7,62 x 54 R en la pata izquierda; La segunda transformado en zope, hay andaba sobrevolando el cuartel, vigilándolos también, cuando un soldado dijo:

—¡Cómo me pueden caer mal los sopes, esos animales llaman la muerte!

Y lanzó dos disparos con una M16 de 5,56 x 45 mm, enviada desde los Estados Unidos de América, debo decir, dándole una en un ala. Ay andaba el pobre con la pierna y el brazo enyesados por meque.

La última noche que lo vi estando yo jovencita, me encontró en el mismo camino donde encontró a mi papa. Desde la mañanita andaba un mal presentimiento, una angustia en la boca del estómago. A esa edad yo viajaba de aquí a allá, haciendo mandados o lavando y planchando ajeno. Esa noche se me hizo tarde, llegué como a las seis o siete, ya estaba oscuro, al desvío de Granada.

—Yo me voy a bajar aquí —dije— que se haga a la voluntad de Dios; porque no quiero irme hasta Santiago de María.

En Santiago teníamos familia donde podíamos llegar y decir: “Mire tía Elba, me agarro la tarde, ¿me puedo quedar aquí?”

La cosa es que me bajé en el desvío, y decidí caminar hacia la casa. Cuando por el caminito ese, a mi desde que mi papá contó lo que le paso me daba miedo pasar por ahí, incluso de día, así que andaba, pero con el corazón que se me salía de la camisa.

Ay dios, pero hasta se me pararon los pelos del cuello cuando escuche a lo lejos el bufido del caballo y la herradura rompiendo todo lo que chocaba a su paso. A mi ese hombre me daba pánico por todo lo que mi papá contaba sobre él. Así que comencé a acelerar el paso con mis chancletas todas desgastadas, lástima que, obviamente, el caballo me alcanzó.

—¡Luisita! —grito— ¡¿Sos vos?!

—¡Si, Don Roque! —respondí, ¡disimulando el miedo!Soy yo!

—¿Qué haces andando sola tan noche?

—Me agarro la tarde en el desvío.

Guardó silencio un momento. El bufido de su caballo formaba una especie de humo húmedo, no sabría cómo describirlo. La oscuridad ocultaba sus ojos, pero podía sentir su mirada tocándome los pelos del cuello. Parecía un vaquero errante con su gran sombrero y sus botas negras.

—¿Tu papá te va a venir a traer? –preguntó de pronto, rompiendo el silencio.

—Ni sabe —le respondí, arrepintiéndome al momento.

—Subite, te voy a ir a dejar.

Le hice frente a mi miedo y me subí a su caballo. toda la gente del cantón lo tenía en la boca como un matarín que entraba a las fiestas del pueblo a buscar a quien matar y que buscaba a mujeres solas en las pilas para violarlas y desaparecer convirtiéndose en un Garrobo; a mí no me hizo nada, a otra muchacha bien la hubiera jodido, pero el miedo, cariño y respeto que él sentía por mi papá me salvo. “Ay”, dijo quizás, “si yo le hago algo a esta bicha me echo a Sebastián encima.”

Una mujer iba caminando en dirección contraria a nosotros, ya cuando empezamos a caminar, el tal Roque pegó la gran risada y dijo:

—¡Hay va la puta de la Siguanaba!

Hizo correr al caballo para asustarla y desenfundó el machete.

—¡Hoy sí, puñetera! —gritó, dándose grandes carcajadas.

La Siguanaba se asustó y ¡patitas para que las quiero! hacia la canaleta, cayendo de hocico en el lodo.

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