Volveré a Bailar en el Reino de los Cielos

Volveré a Bailar en el Reino de los Cielos

La escena transcurre en las puertas el cielo, donde un San Pedro dirigente, cual moderno gerente, maneja las taquillas de atención al cliente de los nuevos aspirantes a entrar al paraíso, casi no se da abasto y muy frecuentemente llaman a seguridad para sacar por el cuello, a uno que otro inconforme, cuya evaluación le quedó corta y por eso no entra a la casa del padre.

Otros se marchan llorando y en sus quejidos se escucha.

—Yo soy Nosequien Obispo de Nosedonde, a mi no pueden hacerme esto.

Todo es limpio y ordenado y muy tecnológico, hay terminales en cada casilla y la búsqueda de los datos es rápida y sencilla. Eso si, todos tragan grueso y aprietan el cuerpo, cuando su turno les toca, pues en pocos segundo el Sistema Integrado de Entrada al Cielo (SIEC), les arroja en su cara el resultado.

— Caramba mi estimado, usted para el baile no va, usted va para otro lado.

Y la llorantina y el crujir de dientes, que estaba como latente, ahora se activa.

Súbito, un rumor corre por todo el ambiente y como es costumbre en estos informáticos menesteres una interrupción en el flujo de información se hace presente.

Y la voz de San Pedro truena imponente.

— Se cayó el sistema, por favor sean pacientes mientras se restablece la conexión.

En ese momento, cuando los ánimos se calman, las penitentes almas entran en conversación.

— ¿Oye tu no eres fulanito?, yo te conozco

Y de esta forma, se inicia un conversatorio para relajar la espera, y unos angelitos sirven café y guarapo e’panela, según el gusto de los asistentes, también bienmesabe y galletitas, para alivianar la atmósfera y la inesperada interrupción del servicio.

Un grupo compacto que recién se encontraban, todos paisanos y conocidos de un lindo y montañoso pueblito, al cual atacó un terremoto y lo dejo planito, por lo fuerte de la sacudida.

— ¡Caramba! Señor Cura quien iba decir que nos encontraríamos en este lugar, esperando, a ver si nos dejan entrar.

— Mi estimado alcalde Don Pascual, ¿como está Ud.? disculpe, pero hace unos instantes me preguntaba. ¿Quien de nosotros hizo más durante el terremoto? ó ¿si pudimos haber hecho más?

Y el alcalde toma la palabra, quizás para no soltarla.

— Bueno yo, modestia aparte, ordené la pronta movilización de los cuerpos de rescate, llamé a la Guardia y grande fue la movilización.

Responde el Padre.

— Yo puse en marcha una recolecta de alimentos y medicinas para los damnificados. Además de un emotivo sermón para el cual puse todo mi empeño.

Y así, le tocó el turno, al Capitán de los bomberos y a otros ilustres personajes que allí estuvieron, colocando su granito de arena para solventar el desastre, y sacaban sus cuentas para ver si eso era suficiente para que les dieran el pase para adentro.

Una mujer joven, que no muy distante, sollozaba y muy de vez en cuando, se le escuchaba entrecortada.

— ¡Ay de mi! No voy a entrar, no lo lograré.

Luego el parloteo prosiguió y pronto de ella se olvidaron.

Cuando de repente, se abrieron las puertas del cielo, Cosa que solía suceder cuando Jesús salía el mismo, a recibir a uno que otro santo reconocido, dándole una bienvenida VIP.

Apareció cual famosa estrella, en lo alto de las escaleras, que finalizaban en unos gigantescos portales, bien trajeado al estilo Patrick Swayze, como listo para entrar en el baile.

Las trompetas, sonaron una conocida salsa de los años ochenta, llamada La Rebelión (no le pegue a la negra).

Todos se quedaron mudos e inmóviles al paso de nuestro Señor quien caminó seguro y calmado, y se detuvo frente a la sollozante muchacha.

Ella, no lo había visto venir, pues su cabeza baja, y sus cabellos rozando el suelo, le concedían un aspecto de despojo suplicante, como ante los pies de un altar.

Jesús, dobló una rodilla ante ella, y en tono muy galante le hizo la invitación.

— Mi amor, ¿me concedes esta pieza?, yo se que a ti te gusta tanto.

La mujer, alzó su rostro y sus ojos, sin parpadear, se abrieron, grandes como ventanales de iglesia y una hermosa sonrisa se le dibujó en la cara, como si tal fuese pintada por un diestro pincel.

Y en medio de un hermosa danza, como nunca se había visto antes, nuestro Señor se la lleva, el mismo hasta la puertas del cielo.

—Pasa adelante, tu espera ha terminado.

Cuando por fin entran al cielo y las puertas se cierran. Todo el mundo mudo queda, ante semejante acto.

— ¿Y esta mujer quien era?

Acto seguido, se prende el jolgorio, y San Pedro autoritario.

— Tranquilos y calmado, que en breve averiguo yo, el misterio de esta dama. Ya se puede consultar pues volvió la conexión.

Y se sienta frente al computador y golpea las teclas y cada corazón presente late al ritmo del teclado.

— Aquí está el resultado.

Y la pausa la hace San Pedro aumentando el suspenso.

— Aquí dice, que quien recién entró era la puta del pueblo.

Un breve silencio, precedió la inminente conmoción.

— ¿Como es la vaina?

Se escuchó el coro, de todos los ilustres personajes del pueblito en cuestión.

Y San Pedro continua, leyendo el reporte del sistema.

— Aquí dice, que a ella la agarró el temblor, cuando dejaba a su hijo en la guardería, la cual, se aplastaría bajo el peso de su techo al ceder las paredes.

Y después de aclarar la garganta, Pedrito continua.

— Los 14 niños que allí se encontraban, fueron hallados vivos e ilesos, gracias a los fémures de la bella dama, quien sostuvo con ellos el peso del techo, todo lo que pudo. Pero cuando sus huesos comenzaron crujir por el esfuerzo, una petición elevo al altísimo.

— No importa volveré a bailar en el reino de los cielos.

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