RIJACKTEA: El Réquiem de los Olvidados

RIJACKTEA: El Réquiem de los Olvidados

Jhon S' Caicedo

12/11/2021

Capítulo I

Cual lombriz a la tierra

Oía voces susurrantes que hablaban sobre olvido, hablaban sobre vida, y también sobre muerte; ella vivía una experiencia inextricable en la cual descendía desde el exterior del mundo, al tiempo en que ese regaño de ecos celestiales resonaba en sus pensamientos. Su rostro fino estaba tan inexpresivo que se confundía con la calma que aguarda tras la resignación; mientras su piel, cubierta sólo por un blanco camisón de noche, era humedecida por las nubes que atravesaba; su espalda chocaba contra el viento frío de las alturas, el cual penetraba hasta sus huesos y compelía a danzar cada hebra de su cabello ceniciento. Su mirada estaba encallada en el nocturno cielo: Con tristeza observaba las estrellas y el brillo blanquecino de un par de lunas.

Las voces aún no callaban; eran como un cántico sofocado en la melancolía, desordenado y estrepitoso. Mas, a pesar de eso, ella fue capaz de hallar el sentido de algunas de tantas palabras.

—La muerte os queda, —a duras penas logró escuchar—. La humilde muerte y su oxidada guadaña existe gracias a lo vivo, es una musa de otro mundo a la que le habéis robado su apotegma porque no quisierais, no quisierais, aprender más de ella…

Un instante después, aunque ella no lo esperaba, su caída se detuvo y el recital de aquellas voces fue reemplazado por el sonido voraz de las llamas, ese sonido que algunos dichosos usan para ambientar una charla con amigos, o con la soledad, bajo el espacio sideral. Entonces, ella se hallaba suspendida sobre las olas de un mar de fuego, levitaba sin rumbo alguno hasta que con brusquedad fue halada a lo profundo, fue sumergida en el océano aquel. Pero el dolor no lo sentía en su piel, el fuego no quemaba su carne; era en su corazón donde sufría, era como si fuese aplastado en cada latido por unas manos calcinadas que a su vez lo manchaban de cenizas, le tornaban cada vez más gris, cada vez más oscuro.

A la mujer se le escapó una lágrima que no dejó de crecer a su alrededor hasta que envolvió todo su cuerpo cual capullo. Su cabello danzaba dentro de esa gran gota cristalina, al tiempo en que sus pupilas azules se ensanchaban a falta de oxígeno: «No me gusta llorar y moriré en una de mis lágrimas», reflexionó en aquella ironía, mientras la desamparaba el último brillo de las lunas y desaparecían las mareas de fuego, quedando así servida ante las fauces de la más completa obscuridad.

De repente, encontrábase recorriendo un camino cuyas atracciones eran cuadros que flotaban al rededor con imágenes de su vida. Pudo apreciar cada una de ellas como si hubiese recibido la gracia de lo eterno; disfrutó el paisaje como nunca había disfrutado ningún viaje. Sin embargo, sin entender por qué, sentía miedo. Hacia el final del camino, bajo un cielo blanco en el que lo único que le adornaba era una estrella cuyo brillo era negro y sus rayos eran fríos, había un ser, que sin duda era más alto que los más de siete pies que suele medir un fauno, y a medida que se acercaba podía ver que la manta gris que llevaba por capa recaía en cada hendidura de su cenceño cuerpo. Y entonces, fue cuando comprendió aquello que se había negado a comprender: La vida que había vivido siempre fue la espalda de la muerte, caminó siguiendo sus pasos, había llegado el momento de conocer su rostro, era tiempo de que aquella, alta y de espalda encorvada, con sus mil voces se volviese y le dijera:

Ha llegado el momento de partir.

No obstante, la lagrima que le ahogaba fue reventada, y una gran bocanada de aire no tardó en hinchar de nuevo sus pulmones. Tras toser y escupir el líquido que había tragado hasta por la nariz, empezó a sentir como el barro hirviente quemaba sus pies, desesperada miraba al rededor, trataba de dar con el modo de escapar, pero estaba en medio de un bosque que era arrasado por un incendio: «Luego de morir el sufrimiento continúa o es que acaso todavía sigo viva», se preguntaba.

Justo delante, vio a un anciano tambaleante cuyas prendas estaban quemadas y rasgadas; éste, con lentitud volteó mirarla, es así que ella lo reconoció; su rostro estaba bañado en sangre, sangre que no dejaba de brotar de una cortada en su frente.

—Debes dejarme ir. Lo lamento, Mel, —le dijo aquel anciano con voz trémula y moribunda.

Por el contrario, ella quiso acercarse, pero sentía como si las piernas estuvieran congeladas; le impedían cumplir el deseo de correr hacia él y ayudarle o, por lo menos, abrazarle.

—Vete ya Mel, ya estoy acabado… —Insistió el anciano. Luego, con mucho esfuerzo expulsó de la palma de su mano derecha una corriente de fuego que a su vez impactó contra otra más poderosa—. No podré contenerlo por más tiempo.

—¡No te dejaré! —exclamó con desasosiego.

—Ya lo has hecho. —Él sonrió, antes de disparar una corriente de aire que la empujó lejos de allí.

Tras ello, ella despertó, se sentó al borde de la cama y empezó a hallar la calma, «otra vez ese extraño sueño»,
pensó después de un leve suspiro. Salió de su habitación y tras unos pocos pasos que hacían chirriar el piso de madera llegó al cuarto contiguo, golpeó dos veces la puerta, pero en respuesta solo oía el cántico matutino de las aves en el exterior de la cabaña. Así que no esperó ni un segundo más antes de entrar, para encontrar a un joven que dormía plácidamente enmarañado entre las sábanas de su lecho. Ella se acercó a la cabecera y le llamó:

Alek. —Le golpeó la frente con delicadeza usando los nudillos de los dedos—. Alek, vamos, levántate. No olvides que esta es la última semana que resta antes de la prueba.

—Umm… Una hora más, —refunfuñó el joven, al tiempo en que se arropaba desde los pies hasta la cabeza.

—Haz de estar cansado, lo sé, pero es parte de mi responsabilidad el resultado que obtendrás, —insistió al levantar la sábana con una corriente de aire que generó al mover dos dedos.

—Está bien Camelia… Ya voy, ya voy. —dijo él, dando un bostezo—. Qué frío está haciendo… ¿No deberíamos empezar más tarde?

—Tras nueve meses ya deberías haberte acostumbrado al frío de la montaña —se negó la mujer, mientras encendía otro candelabro—. Y no, no vamos a empezar más tarde —Añadió, y entre tanto se retiró de la habitación.

Una hora después, Camelia estaba lista: vestía un pantalón café claro entallado que ajustaba sus firmes piernas y realzaba la forma de sus glúteos; también una blusa blanca de mangas largas que le quedaba suelta, pero que al ponerse un peto y unos brazaletes de piel curtida ajustaban su torso y antebrazos; además de unas botas largas de cordobán.

También, había dedicado tiempo a cepillar su cabello liso, y con un sujetador lo había recogido hacia atrás. Tal peinado dejaba ver sus curiosas orejas, las cuales colgaban hacia abajo y tenían la forma ondulada de las campanillas; eso y su piel roja trigueña es lo más característico de su raza, los merhigans.

Camelia salió de su habitación mientras ajustaba el cinturón de las vainas que enfundaban su par de falcatas. Tras llegar a la sala encontró a Alek retirando la tetera de la chimenea que usaban como estufa.

—Así me gusta, —comentó ella jocosamente.

—Lo sé, lo sé… Su té de lumen ya está, —correspondió él, con una voz suave y vibrante, al tiempo en que ponía la tetera caliente sobre la rustica mesita de madera.

—Hoy deberías beber un poco tú también, te hará falta la energía para cumplir con el entrenamiento más difícil que has tenido hasta ahora.

—¡Ja! ¿acaso por fin me enfrentará con todas sus fuerzas?

—Tendrás que cazar un grupo de thurlogs, nada parecido, —contestó la merhigan mientras terminaba de ajustarse aquel cinturón.

—No me parece justo, —replicó, echándose de hombros.

—Alek, no será nada justo y ese es el punto.

—Maestra, puedo hacer cualquier misión, cualquiera, puedo enfrentarme incluso a un criseus,
pero no a un thurlog o a cualquier otra clase de engëls. Y es que, además, yo presentaré las Pruebas del Alatés, no las del Cazador. —Él no dejaba de estar atento a cualquier indicio de enojo—. Y no es que yo sea un cobar…

—Ya, calma. —Interrumpió ella con imperiosidad mientras sostenía la tasa humeante cerca de sus carnosos labios—. Partiremos en una hora. Iré a preparar a Señor Nere.

Al abrir la puerta para salir de casa, los primeros e intensos rayos de la estrella que ilumina los días en el mundo de Rijacktea caían directamente sobre su fino rostro, mas, su gélida mirada continuaba impávida aceptando con gracia tal luz.

Caminó sobre el verde pasto hacia el costado derecho de la cabaña, hasta llegar a un pequeño establo; abrió sus puertas para dejar salir a un animal parecido a un lobo con la diferencia de ser de un mayor tamaño y con la gran diferencia de poseer alas; pues no se trataba de otra criatura más que de un galonte: Los temidos en su habitad natural, que son las altas montañas boscosas, también son los más apetecidos tras la domesticación.

Tras ensillar a Señor Nere, fue junto a él hacia el otro costado de la casa hasta llegar a una saliente de la alta meseta en la que vivían. Allí contemplaba al este, a lo lejos, una planicie de dorados cultivos en la que salpicaban humildes chozas desde las cuales salían ya algunos de sus habitantes para destinar su tiempo en las labores de campo. Un poco más allá de aquellas praderas ella veía un gran lago que era atravesado por un río portador de aguas que brillaban como el más precioso de los metales. Es así que, por alguna razón, se dibujaba alegría en su rostro y su mirada de parpados apagados por un instante se encandilaba.

Por otro lado, Alek trataba de hacerse a la idea de que enfrentaría a los temidos thurlogs; él era del tipo de personas que pensaría en cortarse el pie al ver una sanguijuela encima. Pero además de tal temor, tampoco quería la desaprobación de su maestra y un mal rendimiento en las Pruebas del Alatés. Fue hasta su habitación y de un colgadero en la pared cogió una espada tipo claymore que, por su tamaño, no parecía ser el arma adecuada para un joven de contextura delgada como él.

Luego, se afanó a esculcar entre los cajones hasta dar con un libro verde en cuya portada se podía leer el título “Claves para no caer ante Los Caídos, de Ada Hauser”, «un talismán», murmuró luego de tomarlo y guardarlo en su escarcela. Finalmente, se dignó a salir. Al estar fuera, vio a su maestra y a Señor Nere al borde de aquella saliente desde la cual seguían disfrutando el paisaje.

—¡Echa llave al cerrojo! —le ordenó ella.

—¡Ja, ¿no volveremos esta misma tarde?! —cuestionó con extrañeza mientras aseguraba la cerradura.

—Aún tenemos tiempo. —dijo la merhigan, después de que su aprendiz se acercara.

—¿Tiempo para qué? —Preguntó confundido.

—Para meditar, —respondió a secas, mientras hacía ademán de invitación con la mano para señalar el lugar en el que se debían sentar.

Él obedeció a regañadientes y se sentó a su lado, adoptando la misma postura meditativa: Pies entre cruzados, espalda recta, los codos formando un ángulo cercano a los setenta y cinco grados para reposar sus manos, derecha sobre izquierda, cerca de la ingle.

—Nunca pude hallarle sentido a esto de la meditación, —Reprochó.

—En las academias no suelen explicar bien la importancia que esta práctica tiene, de hecho, mi maestro solía ser muy reacio a llevarla a cabo con la frecuencia en que se debería.

—Siendo así ¿por qué lo hacemos?

—Porque el hecho de no conocer su importancia no significa que no sea necesario, tonto, —suspiró mientras acomodaba un par de tiras de su cabello que la brisa había puesto entre sus ojos—. Verás, para mi suerte yo aprendí la importancia

de un anciano de setecientos cincuenta y tres años de edad, lo cual es de mucho peso porque se aprende mucho en tanto tiempo.

—¡Ja! Qué era para vivir tanto, ¿un criseus o un dragón? —interrumpió el estudiante.

—Calla… que vas a hacer que pierda la idea. —Entonces se dispuso a explicar.

Cuando ella tenía alrededor de catorce años y deambulaba en las calles de la capital trifarditaria de Krimea conoció a un kettroll vagabundo a quien llamaban El Sabio, él le enseñó que la meditación es como la necesidad de bañarse, solo que aquella limpia la mente y depura las energías y pensamientos basura para que no obstaculicen la conexión que todo ser consciente tiene con el Panteum Universale, es decir, que no interfieran con el okrha. Así como se evacúan los intestinos con cierta frecuencia para mantener a buen ritmo el proceso digestivo, también es necesario mantener la mente vibrando alto de tal manera que el okrha sea estable y, por tanto, el poder que ofrece sea efectivo.

—No logro concentrarme, me distrae cualquier cosa, incluso mis propios pensamientos.

—Tu error es justamente pretender centrarte en algo. Deja que tus pensamientos fluyan, no trates de forzar nada conscientemente porque la parte que debe dominar en la meditación es tu subconsciente, deja que ella te enseñe lo que deba enseñarte, y no huyas cuando te ponga frente a tus miedos, que son también una parte del individuo: Solo una mente que aprende a encontrar o a forjar su propia paz, incluso en medio del caos, es capaz de realizar las mayores proezas. Es lo que quieres tú, después de todo.

—¿Eso también se lo dijo El Sabio?

—Eso, Alek, te lo digo yo, —contestó Camelia. Y, en seguida, reacomodó su postura—. Ahora no hablaremos durante los próximos quince minutos, quiero que lo hagas teniendo presente lo que te he dicho.

De ese modo el tiempo pasó mientras la luz de Long ascendía y calentaba sus rostros, mas, las constantes corrientes de un viento juguetón les mantenía frescos mientras vagaban en la caverna más oscura y exploraban sus pasajes para tratar de darles claridad.

Lakoff aprovechaba más la luz de la estrella porque era una merhigan, Long hace que los individuos de esta raza luzcan jóvenes incluso en su vejez, aunque su vida sea como la de los humanos: Un efímero aliento.

Tras terminar, era obvia la preocupación de su aprendiz. Se veía dispuesto a afrontar la prueba, pero le asustaba enfrentarse a tales monstruos, no quisiera tener que hacerle frente al miedo y la culpa que arrastraba desde su pasado.

—Parece que hay algo que quieres decirme, —indagó ella.

—Eh… no, no hay nada que quiera decir, —contestó él con un desanimo inocultable.

—Alek, escuchame —ella esperó hasta que el joven le mirara a los ojos—. Es cierto que en un principio dije que no quiero que Los Altos descalifiquen mi ascenso al rango de adalid. Aunque ascender sigue siendo mi objetivo, al ver tu talento me he dado cuenta de que vale la pena tener a alguien a quien preparar para la vida que conozco; ser un Alatés no es un camino placentero, al menos que matar a quien te ordenen te cause placer: Sea como vaya a ser, tú mismo lo elegiste, y yo te escogí como adepto… De mi depende el que te acostumbres a enfrentar al miedo, porque es lo que te acompañara cada vez que cierres los ojos.

Él calló un momento mirando al suelo, luego dijo:

—De nuevo maestra, queda claro que usted no solo lee libros. Es que realmente tengo miedo de enfrentar a un engël, sea del tipo que sea, incluso esta especie, los thurlogs.
Sé que es considerada la más débil, pero incluso así…

Era el año 1772 de esa edad, Alek vivía en la trifardía llamada Crinos ubicada en el continente de Adalia, caía la tarde y se alzaba la noche, las chicharras y los grillos cantaban fuerte entre los arbustos y altos pinos que por esa fecha vestían de verano. Él y sus amigos, y además compañeros del resguardo en que vivía, podían salir esa tarde porque además de tenerla libre de qué haceres todos los habitantes se encontraban de fiesta puesto que celebraban su reciente incorporación a la Ciudad Estado de Akalanta. Se dispusieron a jugar a la campanita, un juego en el que formaban parejas y en un hilo que les unía colgaban dos campanitas y así debían esconderse del grupo encargado de buscar.

No era un parque, pero como si lo fuera para ellos, solían jugar ahí porque había árboles grandes y tenía iluminación de faroles con curiosas llamas azules. Alek se escondía junto a Estila su mejor amiga, con la cual habían jurado protegerse mutuamente…

Ya se alzaba la noche, y se ocultaban agachados tras un morro, cuidando de no hacer sonar fuerte la campanita, en ese momento él oyó unos pasos tras los altos pinos, entonces decidió adelantarse un poco hasta donde la atadura en su muñeca se lo permitió. Después de casi un minuto, de manera abrupta el hilo jaló su mano antes de romperse, entonces sonaron las campanillas rebotando entre las raíces y la tierra seca, de un sobresalto él abandonó su vigilancia, volvía molesto y con la intención de reclamarle a Estila por tal brusquedad. Sin embargo, quedó estupefacto ante la imagen grotesca y surreal que veía… Aquel muchacho comprendería que, aunque lo parezca a veces, el tiempo nunca es aliado de ninguno; se escapa como el vino en una copa rota cuando es disfrutado y se detiene como las olas de un lago congelado cuando es sufrido. Alek deseaba que fuera una pesadilla, aunque desafortunadamente era real; él anhelaba que todo terminara rápido, pero, como la pintura que captura una imagen que pretende ser eterna, ante sí tenía a una criatura babosa con al menos una decena de tentáculos, con los cuales aprisionaba a Estila, y con algunos de los cuales socavaba su cuerpo, cual lombriz a la tierra.

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