Los pétalos de una flor extinguida

Los pétalos de una flor extinguida

Pablo Baico

14/10/2021

La sensación fue la de cruzar un lomo de burro, es decir, lo
contrario a un bache o un pozo. La rueda derecha agitándose y el
auto corcoveando levemente para luego frenar de golpe. Había visto
por el costado derecho del parabrisas algo. Luego el golpe seco y
sordo contra la chapa. Y finalmente la sensación de pisar algo que
intentaba no ser tan blando.


Con el auto detenido casi contra el cordón, sintió la nausea
violenta en el estómago y el mareo. Su mente le repetía que no
había pasado nada, que no había pasado nada, que no había pasado
nada, pero el grito de la mujer que corría por la vereda hacia su
auto le quebró el espejismo.


Se bajó en una especie de nube en donde sus oídos escuchaban una
mezcla de sonidos, voces, gritos y su mente, constante, intentando
convencerlo de lo que la calle ya no podía ocultar. Dio la vuelta
por delante de la trompa de su auto. Vio el golpe en la chapa. No
quería mirar el piso. Respiró hondo varias veces antes de mirar y
lo primero que vio de Malena fue eso que ella casi nunca exhibía, es
decir su sangre.


La mujer llegó corriendo sin pensar nada. Se sabía útil y
preparada para estas situaciones, por lo tanto llegó rápido hasta
el cuerpo. Recostada sobre el asfalto en una forma anatómicamente
inconcebible, como suele suceder cuando algo se rompe con la
violencia del azar que no se espera, Malena debía estar muerta a
juzgar por el golpe y por el hecho de que el auto haya pasado por
encima de su cabeza. Sin embargo, al acercarse a su cara, la mujer
notó que respiraba con un ronquido fino, una especie de silbido que
anunciaba que muchas cosas ya no estaban donde debían estar dentro
de su cuerpo. Miró el tórax, el pecho, las marcas del neumático,
la forma alarmante del cráneo con un traumatismo obvio y fractura,
la hemorragia que se expandía por el suelo. A su espalda, escuchó
que alguien llamaba con voz nerviosa a una ambulancia por teléfono.
Otro, se empeñaba con el 911 aportando datos y circunstancias. Y
algunas sombras a su alrededor le indicaban que la gente iba
enterándose de Malena.


Con las diligencias de rigor en manos de otras personas, la mujer se
concentró en esa respiración débil. Se quedó algunos segundos
mirando su cara la cual, salvo algo de sangre y algunos raspones en
la frente, no había sufrido el desastre generalizado del resto del
cuerpo. Luego miró al hombre que manejaba el auto, sentado en el
cordón de la vereda a varios metros, con la cabeza tomada entre las
manos y en evidente estado de shock. Y entonces la escuchó.


—Por favor…


Toda la compostura que la mujer había mantenido en la emergencia se
conmovió. Esperaba cualquier cosa menos que Malena le hable. Que
pudiera hablar, en realidad.


—Por favor… —y una mano roja se movió despacio hasta el pecho
de la mujer, pidiendo.


—Sí, decime, ¿qué querés que haga?… ¿querés que llame a
alguien? —la mujer midió sus palabras para ser precisa y útil, y
no saturarla con preguntas que no llegaría a responder.


—No… el sobre… quiero el sobre —ahora la mano se movía como
si acompasara una sinfonía que se derramaba sin sonidos—, la
mochila… el sobre en la mochila.


La mujer notó que por alguna de esas raras cosas que tienen los
procesos físicos cercanos a los límites, Malena se estaba animando
y la voz se afirmaba para poder hablar. Miró entonces alrededor y a
unos metros sobre la vereda ubicó la mochila. La trajo hasta donde
estaba Malena y la abrió, tratando de ubicar el sobre.


—Rojo… es rojo y está cerrado —la guió Malena escuchando los
movimientos con los ojos cerrados.


Cuando la mujer lo tuvo en su mano sintió que carecía de peso, como
si estuviera vacío, pero al mismo tiempo estaba hinchado, como si
contuviera algo que le daba volumen.


—Abrilo, por favor… no me queda mucho tiempo… abrilo… lo
necesito ahora.


La mujer miró el sobre rojo con algo de aprensión. Le daba miedo
manipular o abrir algo que se evidenciaba tan importante.


—Abrilo… despacio…


—¿Te puedo preguntar qué hay adentro? ¿Qué necesitás que haga?


Malena respiró hondo y dejó exhalar un ronquido, como si quisiera
juntar todas las fuerzas que le quedaban para decir lo más
importante.


—Abrilo… Hace años que colecciono alas de mariposa… Todas
están en ese sobre. El sobre rojo… cerrado. Hace años… Siempre
esperé este momento… y tenía miedo de que no pudiera… Ahora
puedo, vos podés… por favor. Abrí el sobre y cubrime con las alas
de mariposa… todas… Ellas hacen que el espíritu se eleve…
quiero… quiero irme con ellas.


La mujer abrió el sobre con mucho cuidado y fue poniendo el
contenido, etéreo, volátil, de la mejor manera que pudo sobre
Malena. Fue cubriendo el pecho, el cuello, parte de los hombros, algo
de su cara… Se dio cuenta de que, increíblemente, estaba actuando
como si realmente las alas de mariposa de ese sobre fueran a elevar
el espíritu de Malena y a llevarlo, como si necesitara disponerlas
de una determinada manera. Como si lo supiera.


—Gracias —lloraba ahora, Malena— ¿Sabés?… tenés que saber
algo… antes de que me vaya, ¿sabés?…


La mujer acercó el oído a la boca de Malena porque la voz se le iba
y la animó.


—Decime, querida, te escucho. Ya estás cubierta con todas tus alas
de mariposa.


Malena sonrió, mostrando apenas sus dientes manchados de sangre.


—¿Sabés?… acordate, acordate siempre… la belleza salva.


Luego estiró los labios en una sonrisa de otro tiempo y lugar. Y
murió.


La mujer se quedó unos segundos mirando las alas de mariposa como
los pétalos de una flor extinguida. Temblaban un poco con el aire de
la calle. Y, al unísono, como si un director marcara el compás
final, una brisa leve las voló a todas del cuerpo de Malena.


Unos instantes después, el primer médico que descendía de la
ambulancia se le acercó, poniéndole una mano en el hombro y le
preguntó:


—¿Está muerta?


La mujer, sin mirarlo y sin pensarlo, le contestó como algo
automático.


—No. Está bella.

Etiquetas: cuento

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