Avioncito de Papel

En sus mejillas veía la hermosura del amanecer; sus labios eran nubes arreboladas y sus ojos, luceros. En ese entonces no sabía que ese prodigioso color del cielo se debía a la contaminación de la ciudad, cosa que terminó por hacer de mi delirio, una metáfora perfecta. La cuestión era que yo la amaba de la misma forma que conducía mi madre, sin freno ni límites; ¿cómo decírselo?

Podría dejarle una nota en su silla antes de que empiece la clase. No, no, no. Estar en el mismo lugar sin poder huir, sería como condenarme a la hoguera… Tal vez pueda dejar mi confesión en su casillero. No, no, no. Si me ven, puedo despedirme de mi reputación frente a mis compañeros… La epifanía llegó de repente, cuando miré por la ventana y vi en el cielo que un avión sobrevolaba. «¡Claro!», exclamó mi corazón; «Maldita sea…», se quejó mi razón. Esperaría a que sonara la campana; me quedo en el salón, escribo mi confesión y la convierto en avioncito; mido el tiro y… ¡vuela Cupido! ¡Bam! Cae en sus manos y el resto es cuestión de tiempo. 

La primera vez no resultaron las cosas. Era de esperarse. Un pequeño imprevisto. Ella bailaba bajo el viejo nogal, describiendo con su falda las piruetas de la golondrina, cuando se lo lancé. Pero una ligera brisa, como calculada por un dios sin quehacer, lo desvió a una de sus ramas y nunca bajó.

La segunda vez no fue mucho mejor. Se columpiaba ella al fondo del patio. Lejos, pero no fuera de mi alcance. Lancé mi avión y navegó el cielo como un verdadero as de la Real Fuerza Aérea, ¡alcánzame si puedes Barón Rojo!, dije para mis adentros. Creo que realmente me escuchó desde el «más allá», pues la lluvia cayó como metralla. Se estrelló a medio camino y lo desbarataron cientos de pisadas apresuradas. 

Seré cobarde, pero no me rindo. Esperé pacientemente. Anoté los pronósticos del clima y fijé el día. 

Tercera y última vez. Lancé el avión. Todo iba perfecto. Caía de picada, como águila a su presa. Pero cuando estaba ya a un pelo de rana calva, mi amada niña corrió a los brazos de otro. Ahí quedó mi avión. En el suelo. Como una flor marchita… Frente a los pies de otra niña. Leyó mi confesión; ojeó el patio hasta que dio conmigo y sonrió. Me escondí, pero volví a mirar y sonreí.

¿Quién hubiera dicho que el verdadero amor nace de la falta de previsión?

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