Microrrelato de terror (2)

Afuera hace tormenta y la abuela me lo cuenta: tu hermano pequeño está enterrado en el patio de casa. Lo dice así, con los ojos moviéndose nerviosos dentro de sus cuencas viejas, y aunque parezca que habla en sueños, los rayos se cuelan por la ventana y yo la veo abrir la comisura de sus párpados. Dice que falta poco, muy poco, que la lluvia no le gusta y que los secretos de familia se escuchan pero no se cuentan. Sí, lo dice así, con los labios secos y arrugados y con la poesía de la lluvia tamborileando sobre la tierra del jardín del patio. Yo cuento uno, dos y tres después del destello: un rayo solitario surge del cielo y entonces la veo, una mano pequeña que sale de la tierra, como un árbol recién plantado; cuatro, cinco y seis y la voz ronca de la abuela que susurra palabras que no conozco, con los ojos más abiertos y más blancos, dados la vuelta, mirando hacia el interior de su cráneo; siete, ocho y nueve y un relámpago perdido que ilumina el agujero donde antes había una mano, ahora más ancho, y descubro huellas pequeñas y descalzas que van hacia la puerta, que ahora está abierta y el suelo de la cocina lleno de barro y trozos de carne blanca y muerta; yo digo diez pero el trueno no llega y todo se queda a oscuras, en silencio. La abuela está callada pero con la boca abierta y yo me acerco a ella. Escucho su aliento, pero noto otro a mi espalda, por detrás, cerca de la nuca; un aliento frío que huele a tapado, a humedad, a tierra, a años de encubrimiento. El trueno perdido llega con otro rayo y yo miro los ojos amarillos de mi hermano. La voz de la abuela saliendo de una boca infantil sin mandíbula, contándome la historia, diciendo que solo es hermano a medias, que el viejo lo ahorcó en un día de tormenta para que sus gritos se mezclaran con la lluvia. El sonido del trueno, largo y ronco como el respirar de la abuela, y la figura del hermanastro podrido que se desvanece con el ruido. La abuela que se despierta sobresaltada y me pregunta que cuánto lleva dormida. Te dormiste con la lluvia, le digo, y ella se levanta y camina en dirección al patio. Se queda en la puerta, muy quieta. Qué haces. Vigilando. ¿A quién? Le pregunto.

—Sssshh —dice con el dedo índice apoyado en los labios—. Tú solo escucha.

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