Para aquellas personas cuya cotidianidad se rige bajo ciertos parámetros auto establecidos, representados en la definición de «rutina», los fines de semana se tornan algo absurdamente complejo. Felices aquellos capaces de lograr esa estabilidad ilusoria (o no), presente en los cinco días laborales de cada semana. Juzgarlos significaría un acto muy hipócrita de mi parte, ya que mi basta autonomía se la debo pura y exclusivamente al factor mencionado anteriormente. Creo entonces necesario definir la variable «ellos» como el concepto que engloba a esas personas que este texto/ensayo/reflexión busca comprender. Felices ellos, que cada mañana se despiertan sabiendo casi con exactitud lo que las próximas horas de luz le deparan. Ellos tienen sus horarios, sus breves pero valiosos tiempos de descanso, sus amigos y sus respectivas responsabilidades (muchas). Pero aquí no estamos para hablar de ellos en su hábitat natural, sino para observarlos en la anomalía, el ocio y la incompletitud. Al finalizar la tarde de cada viernes, ellos comienzan a sentir cada vez más cerca su infierno. Parece fácil creer que, si tanto desprecian ese vació de 48 horas, ellos podrían asignarse nuevas tareas los fines de semana y problema solucionado. ¡Pero no! A quien se le podría ocurrir. Ellos tienen dos reglas básicas que funcionan como pilares de su existencia. La primera es aprovechar al máximo cada día de la semana y la segunda, privarse estrictamente de esa rutina los sábados y domingos. Verse obligados a observar su entorno, a establecer contacto directo con sus pares, a modificar notablemente sus horarios, causa en ellos una dosis sumamente alta de estrés, cuyas secuelas sentirán con detalle los primeros dos o tres día de la semana, dependiendo de cuan larga haya sido esa pausa en el tiempo. Me apiado de ellos, me apiado de mí. Quien los culpa, quien los manda. Pero ellos no tienen tiempo para lamentarse. La queja constante significa para ellos uno de los actos más inútiles del ser humano. Ellos saben también, que el resto de la sociedad no tiene la culpa de su extraña filosofía de vida, por eso ponen su mejor cara en cada reunión que se les presenta. Los demás no notan la disconformidad de ellos. Mucho menos llegan a plantearse la cantidad de emociones que atormentan su consciencia.

Cuando el sol del domingo por la tarde se esconce en el horizonte, ellos suspiran exhaustos, relajados, muertos de miedo y felicidad, sabiendo que sólo en cuestión de horas, el ciclo básico de sus insípida vida volverá al funcionamiento. Usted se equívoca si durante todo el relato los imaginó a ellos como hombres erguidos de saco y corbata. La vida de ellos es un misterio digno de llenar un libro gordo, pero lamentablemente ese gusto me lo voy a tener que dar en otro momento. El viernes ya está tocando fondo y mi tranquilidad va de la mano. Te deseo suerte, vos/él/ella/ellos. Te veo el lunes a primera hora.

Este intento de microrrelato fue escrito por Agustín Murray en su afán de aliviar los efectos de otro fin de semana como todos. De él para ellos.

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