La socialización primaria crea en la conciencia del niño una abstracción progresiva que va de los roles y actitudes específicos, a los roles y actitudes en general.

Leí las primeras líneas del párrafo y levanté la vista para mirar la cara de mis estudiantes y, como todos los años que presentaba el tema, vi que eso no les decía gran cosa. Continué con la lectura:

Por ejemplo, en la internalización de normas existe una progresión que va desde “Mamá está enojada conmigo ahora” hasta “Mamá se enoja conmigo cada vez que derramo la sopa”.

Lo de la sopa era muy bueno. Quién no se derramó la sopa encima y se ligó un reto. Seguí con eso de padre, abuela, hermana mayor, que también se enojan cuando el chico se vuelca la sopa para llegar al remate:

El paso decisivo viene cuando el niño reconoce que todos se oponen a que derrame la sopa y la norma se generaliza como “Uno no debe derramar la sopa”, en la que “Uno” es él mismo, como parte de la sociedad.

Cada vez que leía ese párrafo de Berger y Luckman delante de mis alumnos en el profesorado, veía destellar una chispa en los ojos de cada uno. Ah, era eso. De eso se trataba la cosa. La socialización primaria dejaba de ser un enunciado abstracto para pasar a explicar cómo cada uno de ellos había aprendido a sentarse en una silla, usar los cubiertos, sonarse la nariz, no tocarse los genitales en público, no hurgar en los orificios del cuerpo, comer con la boca cerrada, no escupir sobre el piso de mosaico y todo lo que había que hacer para ser un niño bien educado.

―Esos tipos son unos monstruos.

―Genios.

―Con un ejemplo te explican por qué hacemos lo que hacemos.

La piedra estaba lanzada y la superficie del agua iba dibujando círculos cada vez más grandes. No era suficiente lo de la socialización primaria para explicar todo, pero por ahí se empezaba. Una vez que uno entendía como se internalizaba esa primera norma no se debe derramar la sopa, podía entender casi todo lo demás, cómo la realidad era una construcción social.

No mentir, no robar, no holgazanear pregonaban los antiguos pueblos de los cuatro confines. No matarás, no fornicarás, honrarás a tu padre y a tu madre, nos enseñaban desde Moisés en adelante.

El tema era pertenecer, ser aceptado, ser reconocido, ser amado. Esa era la base de todo.

Cuando la clase terminó, yo reuní mis libros y los guardé en el portafolios. Los estudiantes salían alborotados del salón discutiendo entre ellos y yo me fui hasta la sala de profesores vacía y me senté solitario a tomar un café. Después caminé hasta mi casa. Había enviudado y mis hijos vivían lejos. Podía darme permiso para derramar la sopa. Hacía mucho tiempo que había dejado de ser un niño bien educado.

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