-LA BOLSA- (Relato de terror)

Cae la noche en un céntrico barrio newyorquino. En una simétrica calle tranquila de casas y zonas ajardinadas, una puerta se abre. Con dificultad, unos hinchados pies bajan con torpeza los peldaños del porche. Era una anciana que se disponía a tirar la basura. Portaba un viejo cubo de metal con desperdicios para arrojar al recipiente dispuesto a unos cincuenta metros de la fachada de su casa.

Toda la calle estaba en penumbra, iluminada por aisladas farolas que proyectaban sus haces de luz hacia abajo.

La asustada anciana observa a un lado y otro del residencial para cerciorarse de que no había nadie en las inmediaciones. Al llegar al punto exacto de la cubeta, retira la tapadera y deja caer el contenido de basura de su cubo.

Observa un movimiento extraño en la cubeta de al lado. Parecía moverse. Estira su mano hasta la tapadera y levantándola con cierto temor, de aquella densa oscuridad del recipiente, sale de inmediato un gato de grandes proporciones que sale de un brinco entre aullidos.

La anciana se sobrecoge llevándose la mano al pecho por el susto propinado por el animal. Contestó de inmediato una vez repuesta:

-¡Maldito bicho del demonio qué susto me ha dado!

Tras terminar de vaciar el contenido de su cubo de latón, vuelve por el mismo recorrido. Una senda de lajas de piedra que lleva hasta el interior de su hogar.

A tan sólo unos metros del porche de su domicilio se detiene. Percibe algo extraño y fuera de la normalidad cotidiana.

Bajo los enormes abetos de su jardín, de improviso, se forja una extraña brisa que va en aumento en la que parecía una noche en calma. Las secas hojas acumuladas comienzan a levantarse al aire como si de un vendaval se tratara.

La asustada mujer siente como si alguien la llamara desde el asfalto de la tranquila calle. Se voltea lentamente como si augurara no hallarse sola del todo.

Su gesto de espanto muda de inmediato por otro de extrañeza. Allá junto a los cubos de la basura no había nadie. Tan solo se encontraba una enorme bolsa de basura adosada.

Respira aliviada y retoma el trayecto hacia su casa, que aguardaba con su puerta abierta.

Sube agarrada al balaustrado del porche y dejando el cubo fuera, observa con desconfianza tras ella a ambos lados antes de acceder al interior de la seguridad de su casa.

Tras cerrar la puerta, su mastín que se acerca a recibirla, al instante comienza a ladrar hacia la puerta. Ella observa la actitud extraña de una dócil mascota que jamás ladraba. Le dice:

-¿Qué te ocurre Gastón? Estas muy raro. Ahí fuera no hay nadie, precioso.-Y comienza a peinar el poblado lomo del animal.

Sin esperarlo, un golpe en seco llama a la puerta. La anciana se sobrecoge y trata de hacer callar los ladridos incontrolados de Gastón. Después, con cierta prudencia se acerca a la puerta y observa por la mirilla. Sólo se atisbaba parte del porche y tras él, la calma de la calle sin nadie.

Los golpes comienzan a intensificarse, como si alguien estuviese al otro lado de la puerta.

La mujer toma a su perro y como puede, lo encierra en la habitación contigua. Después, vuelve a mirar para descubrir quién provocaba los golpes. Al comprobar nuevamente que no había nadie en el porche, se altera por el miedo ocasionado y comienza a gritar :

-¿Quién eres? Márchese de inmediato quién quiera que sea. Voy a Llamar a la policía.

Los golpes se detienen. Se hizo una incómoda calma.

La anciana camina álgida hasta la cocina y baja los peldaños del sótano. En un polvoriento arca que abre, extrae un fusil que carga con cartuchos. Se dijo para sí:

-Te vas a enterar de quién soy yo.

La mujer armada tras la puerta exclama con revestida seguridad :

-¡Más vale que te marches! ¡Tengo un arma!

Vuelve a sentir de nuevo como si algo ocurriera tras ella. Al girarse a punta de arma, descubre que en mitad del salón de su casa, estaba esa misteriosa bolsa de plástico.

Sorprendida la anciana, se aproxima hasta ella y golpea su contenido con la punta del fusil. Al no tener reacción, tomó el extremo de la bolsa y lo arrastró por toda la casa hasta la puerta de la cocina. Abrió rápidamente y colocó la bolsa en su oscuro corral, cerrando luego los pestillos de la puerta.

Cuando vuelve para atender los ladridos del perro, mientras le decía:

-Calma Gastón. Ya voy. No ladres tanto que es muy tarde ya.

Cuando camina decidida a la puerta donde mantenía encerrado al animal, queda petrificada al ver de nuevo en mitad del salón la misma bolsa de basura completamente inmóvil.

Exclama :

-¿Qué broma es esta? ¿ Quién está en mi casa?

Y abriendo la puerta, le dice a su perro :

-¡Busca Gastón! ¡A por él, chico!

Su perro al observar la bolsa, comienza a menguar en sus ladridos y retrocede de nuevo al habitáculo asustado.

Ella, dando por fracasada la defensa de su atemorizado mastín, toma de nuevo el fusil y encañona la bolsa temblorosa ante aquel extraño contenido que parecía tener vida propia y era temido por su fornido perro.

Tras golpearlo, dispara la bolsa provocando un enorme agujero en el centro de la misma. Al poco, comenzó a brotar sangre del interior.

De aquello que parecía muerto por disparo, de inmediato comienza a moverse algo. La bolsa, como un desafiante reptil, se arrastra sola acercándose a la anciana. Esta trata de huir corriendo de una estancia a otra y seguida por la bolsa, que dejaba en su recorrido, un reguero de sangre.

Cuando la desdichada mujer no tiene escapatoria contra la pared, se cubre los ojos con las manos para no presenciar ese objeto demoníaco que la perseguía. Entre las fisuras de sus dedos, puede ver como la siniestra bolsa negra se aproxima hasta ella.

Nadie en el vecindario oyó a esas horas de la noche los gritos de tormento de la mujer. […]

A la mañana siguiente, cuando entró en la vivienda Adela, su asistenta, exclama en voz alta ante tanta calma :

-¿Hola?… Señora Anderson, soy Adela. Ahora mismo subo y la ayudo a salir de la cama, que veo que se le pegaron las sábanas de nuevo.

Al instante, observa el fusil en el suelo y al fondo de la sala el estropicio de un jarrón y otros objetos rotos por la artillería del disparo.

Entendió que algo extraño ocurría. Comenzó a subir las escaleras velozmente para ver como estaba la anciana. Al entrar en su cuarto, ante gritos, está presenciando el cadáver de la mujer sentada en el suelo y con una bolsa de plástico en la cabeza. El caso fue archivado como suicidio por trastorno o enajenación momentánea. […]

Pasados dos años ya de aquel suceso, dos niños juegan en la fachada de su casa. El número 142 de Poplars Street. Justo dos casas más arriba de esta otra vivienda donde fue hallada la anciana muerta.

Los dos críos parecen divertirse con una montaña de juguetes que tenían en el césped del jardín.

La mamá llama desde el interior a uno de ellos y este, responde de inmediato, subiendo las escaleras del porche y dejando a su hermano solo.

El chico levanta la vista de su entretenido juego hasta un improvisado viento que levanta las hojas de los árboles. De entre sus juguetes, su pelota comienza misteriosamente a rodar con energía hasta la carretera parando justo al lado de una bolsa grande de plástico.

Miguel Ángel de la Cruz Gómez.

Relato Inédito. 2021. España

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