(De las místicas conversaciones de Santa Teresa de Jesús).

Heme aquí…, mi bien amado.

Os traigo las penalidades del pajarillo encerrado en su jaula…, porque sus barrotes cada día, le impiden volar hasta vos, la suma perfección y sosiego que mi alma precisa y que al fin hallare.

El mundanal bullicio hostiga a entregadas mujeres, como esta humilde, juzgando que no hay dicha fuera de las fronteras del esposorio.

Bien sabéis, mi hermoso Señor, que por vuestros innatos encantos y el néctar de vuestra dulzura, verdadero maná de los paramos, no semejante a ningún alimento corporal conocido, nos tenéis a vuestras amadísimas esposas gratamente saciadas de otros apetitos profanos que no sean de vuestra racionada pasión con la que nos desbordáis cada día en la lectio.

¡Anatema a quien tan sólo sugiere que la consagrada precisa de afectos carnales!

¿Acaso el refreno de su fiel espiritualidad no la doblegara en crucificar sus bajas pasiones?

Tened piedad de los que piensan así, esposo mío. No les tengáis en cuenta la ignominia que nos asemeja a vos ultrajado, mi bien hacedor.

El mundo se contenta con sus limosnas afectivas, mientras nosotras, para gloria vuestra, ostentamos el recipiente rebosante del verdadero amor…, el que vos disponéis tan generosamente a vuestras siervas.

Yo también vengo de ese mundo, mi Señor. Y creedme que hasta me avergüenza en cierto grado haber sido participe de ese confuso desconocimiento. Cuando el necio no atisba de donde le sopla la brisa, no tiene más que mirar a todos lados sin saber de su trayectoria.

Así me hallaba yo en tiempos de hambruna. Cuando mi endeble alma solo vivía para satisfacerse así misma sin otra brújula.

Entonces llegasteis vos, mi buen Jesús. Me ofrecisteis vuestra compañía, a través de la senda del Carmelo. Ese trayecto cargado de las mismas espinas que inmisericorde, se funden en vuestra carne.

Me brindasteis ser vuestra esposa…, y yo…, no pude rechazaros pues ya me teníais prendida a los tiernos cepos del cariño. Desde mi lozana juventud, he sido toda vuestra. Quise abandonar de un salto el mundo y vivir toda entera en reverencial adoración besando vuestros cilícios clavos sujetando vuestra carne.

No quiero otro placer que vuestro mirar desde la cruz…, y ser interrumpida de mis prolongados silencios por vuestros persuasivos susurros que me desbordan al estremecimiento de la piel.

No preciso más placeres que esos. Muchos desconocen que ya no somos mujeres. Ahora portamos bajo el santo talar hábito, un cuerpo espiritual, tan semejante al de los propios ángeles.

El alma adquiere cuerpo celeste que ensancha sin ser visto por los ojos de la carne, tomando el protagonismo absoluto, tras arrebatarselo a la losa del cuerpo.

Siempre se suele decir que quien ama de verdad, no tiene ojos para nadie más. Pues es tan verídico tales menesteres maritales en nosotras tus esposas, que nos sentimos confortadas entre muros de granito sin otra intención que no sea amarte y fundirnos con vos en la sagrada custodia.

Atisbo en ocasiones en diálogos como me arrebatáis al mismo fuego. Sintiéndome arder desde las entrañas y quedando encendida cual los cándidos pétalos de la atrevida amapola.

Me ganáis cuando queréis, mi Jesús. Sabéis mis flacos y como hacer que me desprenda del suelo, como una pluma ingravita al aire.

También sois obstinado y soléis ofuscaros conmigo, como cualquier esposo del mundo.

Cuando decidís permanecer en silencio, me conpungís el alma en suspiros. Aunque entiendo que no se puede exigir ser alimentada de amor y reparar el día que permaneceis tímidamente oculto. Os amo de todos modos y en todos los estados de mi febril alma.

Miguel Ángel de la Cruz Gómez.

Poema Inédito. 2021. España.

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