Ocho de la mañana

Eran cerca de las ocho de la mañana cuando el señor Ricardo Aznar dejo de tomar su desayuno, se encontraba triste, melancólico, añorando aquellos besos del amor de su vida, jamás se decía: “volveré a vivir esa sensación de pasión fogosa”. Siempre se encontraba recorriendo esos pasillos mentales donde los recuerdos se agudizan cada vez mas al tocarlos y evocarlos, pobre viejo, no volvería revivirlo o ¿sí?

En ese momento le tocaron la puerta, se despertó de su trance y volvió a la brusca realidad, se fastidio, y grito: “Ya voy, un momento”, una vez acercado a la puerta, la abrió y se encontró con la cara de una hermosa joven, sonriente, presentándose: “Buenos días, soy Doris Balbuena, y vengo para la terapia física”. Cierto, cierto respondió el anciano; hoy es la bendita terapia, disculpe ando volando entre los pájaros. Se encontraba algo nervioso. Esa sonrisa se decía, la he visto antes es imposible que se vuelva a repetir, no estoy delirando, pero esa sonrisa está parecida.

Dentro de la casa se escuchaban las románticas nocturnas de Chopin y una que otra melodía de Satie, suspiraba, lagrimeaba por momentos, aun que disfrutaba de su soledad es cierto. Ahora se encontraba en un estado bizarro, no podía creer que se volvía repetir.

Por favor siéntese y relajase Sr. Ricardo, ahora le vamos a tomar la presión – la enfermería sacaba sus instrumentos para continuar con la atención médica, pero nunca dejaba de sonreí que daban una sensación de añoranza.

Por supuesto, muchas gracias – respondió el Sr. Ricardo – dígame ¿usted no tiene familiares aquí en la ciudad?

Pues no solo conozco a mis compañeros de trabajo y ahora usted, aun que se me hace familiar. Tal vez lo he visto antes, pero no creo son tantos pacientes que una hasta lo confunde. Termino con una risa de sonrojada

Gracias, me a dicho que soy un paciente como los demás, jajaja. Se rio el Sr. Ricardo, disfrutaba de este momento, el clásico momento de las ocho de la mañana, era su momento feliz. Por cierto, ¿le puede llamar Doris o prefiere por su apellido? Pregunto Aznar.

Como usted guste llamarme, es usted agradable, se extrañaba una conversación, sin preguntas que no tengo respuesta. – Respondió la enfermera

Si la entiendo, yo estoy solo y mis demonios continúan hablando en mi cabeza, una pastilla y media a veces no basta para callarlos, sabes Doris, que tienes unas lindas cejas y una bella sonrisa, por favor no dejes de sonreír. Lo decía con una tierna dulzura de ese aquel recuerdo, sentado frente al mar al lado de ella, veía a Doris, la sentía tan cercana a él.

Por favor, no sea coqueto, jajaja, pero como viene de usted lo acepto. Tiene una linda colección de vinilos, esa música es relajante y dulce. Esas manos suaves, acompañados de su sonrisa, le hacían sentir al Sr. Ricardo sentimientos que dejo de sentir hace un buen tiempo, de vez en cuando los visitaba y se abrigaba con el calor de sus recuerdos, era amor y nunca se fue de él, es cierto.

Si, lo sé. Es de Chopin, como decía Nietzsche es música de enfermos. Te recuerdo y mi corazón no deja el desvelo, te extraño. Dijo el sr. Ricardo Aznar. Le tomo de la mano y la vio llorar

El tiempo se ha terminado, es limitado. Las lágrimas brotaban de los ojos de la enfermera, y su cuerpo se iba desvaneciendo.

No te vayas por favor, discúlpame por no respetar el pacto, no tocar, no tocar. El Sr. Ricardo lloraba y se reconfortaba, la veía partir y la sonrisa se fue.

De pronto tocaron la puerta, esta vez era la de su habitación 301. Era la dosis de su pastilla de la mañana. Y se dijo: ¿Dónde está? ¿su sonrisa, quiero verla, exijo a Doris? – gritaba el Sr. Aznar

Nuevamente con esos sueños Ricardito, tranquilo son solo sueños- dijo la enfermera- Vamos es su momento de relajación, a caminar, a caminar para que todo su mal se vaya ya.

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