los gatos (casa tomada)

los gatos (casa tomada)

javier just

20/07/2023

En busca del Aleph

Existen sucesos en nuestras vidas que deseamos olvidar. De hecho, si ponemos énfasis en los mismos, es probable que nuestro cerebro termine por inhibirlos, al menos para no recordarlos todo el tiempo, “un mecanismo de defensa”. ¿Qué sucede cuando el énfasis está centrado en recordar?, no caben dudas que este proceso es el inverso de querer olvidar y, hasta sucede con más efectividad. Los recuerdos buenos se hacen presentes cada vez que elegimos recordar, o aparecen de la nada, al igual que los malos. Pero de estos últimos por lo general no buscamos su presencia, se disparan en situaciones inadecuadas, por una palabra, una imagen, esos son los que tratamos que el cerebro aniquile, están plagados de traumas, de pasados que no caducan. Mi psicóloga diría que el problema no son los recuerdos, sino que los mismos me sigan afectando. Como si ya no lo supiera, el dilema es que no siempre queremos o podemos superar, simplemente queremos olvidar. A los buenos recuerdos los dejamos fluir, y que el cerebro nos desborde de endorfina. Ya hace algunos meses que mis recuerdos no son tan nítidos, no me preocupa demasiado, puedo seguir con mi vida. Pero existen dos momentos en la misma que deseo rescatar y recordar hasta el día de mi muerte. Los demás, pueden desaparecer con toda tranquilidad. La vida suele estar plagada de hechos repetitivos, no todos los días vivimos grandes historias dignas de ser recordadas, pocos sujetos en el mundo podrán tener dicho privilegio, si es que realmente lo es. La mayoría de las personas tenemos vidas rectas, monótonas, acciones repetitivas. Hay pocos momentos que nos gustan anhelar positivamente, que realmente nos hacen sonreír. Esos son mis dos momentos que elegí no olvidar, sin embargo, me cuesta muchísimo trabajo recordarlos a la perfección, con la distorsión que los recuerdos en sí mismos traen con el correr de los años. Pero estas no son distorsiones, son borrones, momentos en blanco, frases que cambian a diario, imágenes que cambian de posición, rostros que se van difuminando.

Hace casi medio año estuve al borde de la muerte, un tumor cerebral. La operación fue un éxito, ya que me dejo con vida, a diferencia de lo que pensaban la mayoría de los médicos. Pero no contaban con que mis recuerdos comenzarían a borrarse. Mi mapa cerebral evidentemente fue afectado, no sé de qué manera. Si era algo que no podía evitarse al extirpar mi tumor, nunca fui advertido de ello, tampoco como posibilidad remota ante la operación. En fin, los médicos no saben cuál es o fue la causa del defecto en mi memoria. Quizás fue un hecho negligente, algo que podría haberse evitado, no lo sé, de cualquier manera, ya no hay vuelta atrás, mi corteza prefrontal, la cual entiendo es la que almacena los recuerdos, está dañada, mis recuerdos se irán perdiendo sin que pueda hacer nada para evitarlo. Pero no me resigno a dejar que mis dos recuerdos preciados se desvanezcan por completo. Los escribo para poder leerlos todos los días y así recordarlos, no tengo fotos de aquellos momentos, pero lo extraño es que lo que escribo, al leerlo al otro día, ya no se siente de igual forma. Siempre tengo la sensación de que me olvide de anotar algo, o que las mismas palabras de las hojas se borronean o desaparecen, como mis recuerdos dentro de mi mente. Entonces vuelvo a transcribirlos, los relato y los grabo para escucharlos. Pero sucede nuevamente, al igual que las hojas y mi mente. Las palabras dejan de estar, la narración no se escucha como un recuerdo real, alguien cambia lo grabado todo los días. Y ese es el peor de los problemas, porque mis esfuerzos por recordar son cada vez más nulos. Y la única certeza que comienza a quedarme, es que existen dos recuerdos que no quiero olvidar, pero lo difícil es mantener con vida aquellos dos recuerdos dentro de mi mente. Por lo demás, podríamos decir que mi memoria está bien. Recuerdo a mis padres, a mis amigos, recuerdo donde vivo, claro…, con esfuerzo, o al menos es lo que creo, quizás con el tiempo termine descubriendo que mis padres son personas distintas todos los días, que mis amigos no lo son, o que simplemente mi mente este aceptándolos, sin recordarlos verdaderamente. “otro mecanismo de defensa”. Es más, aún recuerdo hechos del pasado, aunque muchos se vayan borrando. No tengo idea cuales recuerdos se borraron, porque la verdad que no le he prestado atención, quizás porque mi cerebro no permita determinada acción. Solo comprendo que sucede con rapidez. ¿Cómo saber qué recuerdos ya no están?, si una vez que desaparecen por completo, es lo mismo que nunca haberlos tenido. Pero todo cambio en mí cuando descubrir que estos dos recuerdos comenzaban a irse de mi mente. Hay personas que me cuentan historias vividas que no recuerdo, pero si los recuerdo a ellos, aunque a menudo dudo si realmente los conozco, o si simplemente los acepto en mi vida. Es muy difícil tener una certeza ante estas situaciones. Por más que no recuerde las anécdotas, siento que si conozco a las personas que me las cuentan, porque creo que mi mente también elegiría engañarse, no solo eligiendo recordar a las personas vagamente, sino también, aceptando los recuerdos narrados de dichas vivencias. Esta vaga reflexión me lleva a pensar que lo dicho con antelación, aquello de que mi memoria está bien, a pesar de…, no sea del todo así.

Cuando me refiero a estos dos recuerdos que necesito tener presentes, las personas protagonistas ya no están aquí. Y eso hace que sus rostros también comiencen a borrarse. El dilema es que no tengo quien me narre dichos recuerdos que deseo no perder, quizás si tuviera a diario a esas personas renovando aquellos recuerdos, estaría más tranquilo. Sin la necesidad de las anotaciones ni las grabaciones y, los esfuerzos sobrehumanos que experimento a diario para seguir manteniéndolos. Pero son solo supuestos, tan solo podrían ser relatos ajenos que mi mente decide convertirlos en recuerdos a fuerza de necesidad, porque no nacen de mí, no se esfuerzan por no ser olvidados, sino que me son implantados, pero pronto los vuelvo a olvidar. Por lo cual comprendo que aquellos dos recuerdos que se van difuminando, son lo único y verdaderamente certero que habitan en mí, porque todo lo demás son dudas, aceptaciones de hechos no recordados por mí.

Cuando me di cuenta que la ciencia no podría ayudarme y, que en muy poco tiempo estos recuerdos se irían, es cuando decidí buscar el Aleph, por más absurdo que suene. Creo que existen infinitos Aleph, creo que a Borges se le fue revelado aquella magnificencia en la vida real y, él se encargó de convertirlo en un cuento, porque desde ya que no podría revelar al mundo aquel acto magnifico como algo verídico, lo mejor y más acertado sería revelarlo en un cuento, en forma de ficción, donde él mismo es el protagonista. Creo que por eso Borges tiene magnificencia, al igual que un Aleph, porque cada uno de sus cuentos fueron revelados en las imágenes del espectáculo que puede otorgar un Aleph. Lo más probable es que a Borges dicha experiencia se le haya revelado mucho antes de escribir el cuento, donde todo lo pudo ver, donde todo lo pudo descubrir y, redescubrir, y lo más importante, su propia mente se transformó en un Aleph, donde todo lo pudo asimilar y desglosar. En ese punto donde pueden contemplarse todos los lugares del universo, desde todos los ángulos, donde nada queda librado al azar. Ahí, también están mis dos recuerdos.

Siempre creí que aquella narración era cierta, pero nunca me detuve a buscar algunos de los tantos Aleph existentes, que pueden estar en cualquier parte y, ser destruidos en cualquier momento. Solo es preciso observar, los seres humanos casi nunca observamos, es mucho más sencillo mirar. Por lo que debo decir, que desde este punto, empieza la búsqueda del Aleph.

En mi entender y, me reitero, existen infinidades de Aleph, Borges trato de explicar que el Aleph de la calle Garay era un falso Aleph. Aquella explicación disparo en mí esta cuestión de infinidades del mismo. Quizás la falsedad que atribuía Borges a aquel punto que contiene todos los puntos infinitos que se le dio el honor de conocer, era básicamente para decir que el Aleph puede ser encontrado en cualquier rincón del universo, de hecho el cuestionamiento de la falsedad del Aleph de la calle Garay, es justamente porque el mismo, de alguna forma ya había sido revelado en otros tiempos y culturas y, no necesaria o estrictamente de forma visual. Para mí la existencia de dichos acontecimientos no hace más que corroborar mi teoría, y no tomarlo por una cuestión falas. Si un punto, para nombrarlo de alguna forma, contiene todas las imágenes y/o sonidos de formas infinitas, lo más probable es que de aquel punto se puedan dispersar cientos de ellos y, de aquel universo visible habrá otro punto con el contenido del mismo universo, o por consiguiente de un universo completamente distinto, planteándose la posible existencia de un multiverso. Por lo cual el Aleph podría encontrarse hasta dentro de un vaso. Es lo que yo creí y creo, y el detonador de mi memoria en fragilidad es mi motivación para encontrarlo. Pero aunque entienda que hay infinidades de ellos, con esto no estoy queriendo decir que sea tarea fácil la de encontrarlo, sino todo lo contrario. Un Aleph puede ser tan sutil y frágil que pude pasar completamente desapercibido por nosotros y, quizás estemos destruyendo cientos de ellos con cada torpe movimiento de nuestros cuerpos. Entiendo que quien conozca la historia del Aleph pueda llegar a estar en total discordancia con mi parecer. Pero esto no se trata del análisis de una ficción y, de sus posibles múltiples puntos de entendimiento, a pesar que de alguna forma lo haya expuesto así, al contradecir la teoría de Borges. Pero entiéndase que mi cuestionamiento no es de carácter literario, sino de algo que a mí me fue revelado como cierto. Esto se trata básicamente de una búsqueda para no perder aquellos dos únicos recuerdos que atesoro. La búsqueda del Aleph.

La palabra “atesoro”, o “atesorar”, resultan muy convenientes, porque la búsqueda de un Aleph es como la búsqueda del tesoro, aquel juego que realizábamos cuando éramos niños. Esto solo lo registraran en sus memorias aquellos que estén dentro de un rango etario cercano a los cuarenta. Mi memoria es cada vez más frágil, pero aún recuerdo con algo de dificultad aquel juego. La relación y el recuerdo se hicieron espontáneos cuando comencé mi búsqueda. Aquel juego consistía en que uno del grupo escondiera algo, en mi caso recuerdo que siempre eran golosinas y, los demás debían encontrarlas. Esas golosinas estaban dispersadas por varios lugares, cuando más grande era el lugar, más divertido se tornaba el juego. En fin, la diferencia rige en que un Aleph no se esconde, sino en que las personas no lo perciben, en muchos casos por desconocimientos, en otros por no tener la cualidad de observar. Y quizás lo más relevante sea que la búsqueda de un Aleph, no resulta para nada divertida, al menos en mi caso. Como dije anteriormente, siempre creí en la existencia de infinidades de Aleph, pero nunca se me dio por la búsqueda de alguno de ellos, hasta el momento que se despertó dicha condición en mi cerebro. Demás estará decir a estas alturas, porque la búsqueda no resulta divertida, sino necesaria y desesperante.

Existe una cualidad en mí que siempre tuve presente, que es la de saber observar, sé que ya nombre dicha cuestión, pero es inevitable para mí explayarme solo un poco más. Nada tiene que ver con el sentido de la vista, con el simple hecho de poder mirar, esta frase redunda en la cursilería, pero no es donde yo apunto. Cuando me refiero a que se observar, es que puedo mirar hacia algún lado, hacia algún objeto, o lo que fuere y, poder encontrar y descubrir cosas que otras personas no pueden. Es ahí donde está anclado el poder de la observación. Es mucho más simple y directo que profundo. No hablo de observar el alma de las personas, no me encuentro habilitado para ello. Puedo ejemplificarlo en observar las nubes y poder descubrir un mar embravecido en el ártico. En observar los azulejos del baño y descubrir rostros diabólicos, o una simple y sencilla flor. Quien no esté capacitado para descubrir algo diferente en un objeto concreto, nunca lo estará para descubrir un Aleph. Y es ahí donde radica mi profunda confianza de poder encontrarlo.

La búsqueda comenzó por el interior de mi casa, previsible y lógica a la vez. Estuve barias horas en la cocina, observe por mucho tiempo puntos fijos, casi sin pestañar. Rotaba de a poco sobre mi eje, no quería dejar ni un centímetro sin observar. Luego comencé a cambiar mi posición, moviéndome dentro de la cocina en espacios aproximados de un metro. Revise los cajones de los cubiertos y la alacena, también el horno y el microondas. Ambos fueron revisados apagados y posteriormente encendidos, esperando que quizás la luz de la llama del horno, o la luz emanada del microondas me permitieran el descubrimiento de aquella búsqueda del tesoro. También busque en la heladera, pero nada sucedió. Claro que esta forma de actuar seria atribuible a un loco, pero yo tenía bien en claro que estaba más cuerdo que nunca. Por ello comprendí que nadie entendería mi teoría del Aleph y mi forma de actuar, por ende a nadie le revele mis planes de búsqueda. Mucho menos a mis médicos. Solo me las ingenie para estar gran parte del tiempo en soledad, para poder llevar mi búsqueda lo más exhaustivamente posible.

Las horas pasaron como días, de golpe me sentí extremadamente cansado, había perdido la noción del tiempo. Decidí irme a descansar, mi primer día de búsqueda había sido un fracaso, pero eso no significaba que no hubiera un Aleph en mi cocina. Al entrar en mi habitación lo primero que pensé fue en seguir mi búsqueda al día siguiente por aquel sitio. Luego pensé que dos días de encierro seguidos en una búsqueda serian ahogadores, así que cambie mi opción, por la de realizar mi segundo día de búsqueda al aire libre. Me acosté a dormir.

Un nuevo dilema se me presento al despertar, resultaba ser una obviedad de la cual me había percatado, pero no le había dado la importancia que realmente ameritaba. Al despertar mis recuerdos eran cada vez más vanos, mis esfuerzos por recordar se volvían tediosos y frustrantes. Por lo cual comprendí que debería dormir lo menos posible, solo lo necesario para no enloquecer. También debía asegurarme que aquellas pocas horas de sueños, realmente consiguiera descansar, para poder continuar mi búsqueda con las energías necesarias. Algo que, conociéndome, me sería muy complejo. Tratar de dormir pocas horas y, descansar a la vez, resultaría difícil, sabiendo que las horas de sueño mataban mis recuerdos. ¿Cómo luchar contra la ansiedad que representaba semejante claridad?

Mi tiempo tenia fecha de caducidad, pero no sabía cuándo. Escribir mis recuerdos y grabarlos resultaban cada vez menos efectivo, por lo cual reduje aquel esfuerzo solo a recordar que debía buscar y, encontrar un Aleph para volver a tener presente aquellos dos recuerdos anhelados de no olvido. Como si una vida podría estar forjada solo por dos recuerdos. Evidentemente todo lo que fui olvidando con rapidez luego de la operación, eran situaciones que a mi mente no le interesaba mantener, pero estos dos recuerdos se aferraban, luchaban todos los días por no desaparecer por completo. Tal vez en mi vida solo había dos cosas que valían la pena recordar, o quizás existían muchas más situaciones válidas de recordar, pero mi cerebro había elegido estas dos de forma aleatoria. Lo cierto era que no lo tenía en claro, pero si estaba claro que no debía dejar que aquellos recuerdos se escurrieran de mi memoria para siempre.

Mi nuevo temor era que un día despertase y, ya nada recordase, ni siquiera que estaba buscando un Aleph, ni siquiera tendría idea de lo que es un Aleph. Al pensarlo de esta forma también comprendía que mi preocupación era absurda y, a la vez no lo era. Si un día despertaba sin ya recordar nada, nada sabría, no tendría la necesidad de preocuparme y, finalmente podría haber soltado todo mi pasado. Es algo con lo que la mayoría de los seres humanos luchamos todo el tiempo. Queremos desgranar nuestros pasados para reconstruir nuestras vidas, algo que pocos llegan a conseguir. Pero yo ya había soltado mi pasado, esos recuerdos eran necesarios para mi vida, para mi presente. No eran mi pasado, no iba a resignarlos al olvido. Sin lugar a dudas mi parte emocional prevalecía en esos momentos sobre mí. El olvido no siempre es una opción.

Salí a la calle en busca de algún Aleph, teniendo presente que la noche anterior había sido la última en la cual la conciliación de mi sueño había sido normal. Desde ahora en adelante mis horas de sueño se acortarían, de seguro no dormiría bien, ni de corrido. Mi lucidez comenzaría a declinar con los días, mi estado de ánimo sería cada vez peor, mis defensas bajarían considerablemente. Todas esas cuestiones harían que mantener aquellas dos situaciones emocionales ocurridas en mi vida, se volvieran cada vez más difícil. Pero teniendo presente dicha cuestión, aun así creía que sería más favorable que dormir más tiempo. Acostarme lo más tarde posible y, levantarme más temprano, en mi se presentaban como una solución. Mi reflexión era básica pero no absurda, cuanto más dormía más recuerdos perdía o, más me costaba recordar. Esto implicaba que en un solo dormir de largas horas, podrían borrarse los últimos vestigios de aquellas dos situaciones que buscaba mantener. El no dormir me resultaría contraproducente, pero no en lo inmediato, podría manejar aquella situación por un breve tiempo. El tiempo en el cual debería encontrar el Aleph.

Para comenzar mi búsqueda por el exterior de mi hogar, no era necesario ni imperante irme muy lejos, como ya dije en reiteradas ocasiones, un Aleph puede estar en cualquier parte. Me dirigí a una plaza que se encontraba a dos cuadras de mi casa, me senté en el césped, bajo el reparo de la sombra de un árbol. Me di cuenta que hacía mucho tiempo que no disfrutaba de un momento de tanta sencillez. Observe a mí alrededor, luego ubiqué mi mirada prácticamente hacia la nada, observe el cielo dejando que mi mirada se perdiera en el. En verdad no esperaba encontrar un Aleph, propiamente en el cielo, solo disfrutaba del momento, esperando que el atardecer callera, que el horizonte se volviera naranja, mezclándose con la primera oscuridad de la impostergable noche. En ese contexto poético me resultaba casi imposible que algo tan importante y sublime como un Aleph no se pudiera ver. Aunque a Borges su conocimiento se le fue entregado en una situación completamente despojada de poética, en el sótano de la casa de la calle Garay. Pero mi descubrimiento debía tener belleza, en ese momento estaba completamente convencido que el atardecer y, mi capacidad de observación me entregaría un Aleph, tan imperceptible para el resto del mundo, que casi podría tomarlo como un regalo divino.

Finalmente la tarde callo, el cielo se volvió naranja, las primeras sombras de la noche se comenzaron hacer presentes, el cielo fue remplazando su tonalidad naranja por una negra, las primeras estrellas comenzaron a dejarse ver y, de golpe fui lo que todos somos, seres insignificantes en el infinito. Las luminarias de las calles y la plaza, fueron invisibilizando la luminosidad de las imponentes bolas de gases quemándose en el espacio. ¿Cómo algo tan prehistórico y feroz, rápidamente podían ser tapadas por unas pequeñas luces blancuzcas y amarillentas?, desde ya que conozco la lógica de la respuesta, pero aquello no tiene belleza. Como tampoco la tiene un Aleph que no se puede ver, porque aquel día tampoco pude verlo, quizás mi poder de observación ya no era el mismo.

Regrese a mi casa decepcionado, también frustrado. Es asombroso con qué rapidez el ser humano se frustra y decepciona. Es el problema que conlleva la idealización, y el decidir creer fuertemente en algo, cuando esos muros comienzas simplemente a descascararse, ni siquiera a derrumbarse, rápidamente aparece aquella humedad en forma de decepción y frustración. Siempre tuve gran admiración por aquellos seres que lidian perfectamente con dichas cuestiones. Yo no tenía tiempo para aquellas emociones, sentía que en cualquier momento un nuevo tumor volvería a salir en mi cerebro y, todo terminaría. Sin embargo no fui capaz de controlarlos, solo me fui a dormir sin programar mis horas de sueño, como tanto las había planificado. Sentí que la búsqueda del Aleph era un absurdo, que nunca había creído verdaderamente en sus existencias, sino que toda esta locura se había hecho presente en mí, por mi enfermedad, porque necesitaba recordar, y sobre todo necesitaba aferrarme a algo para seguir viviendo.

Camine entre la oscuridad de mi hogar, me topé con una puerta inexistente hasta dicho momento, la abrí, daba a un sótano. Descendí por la escalera, iluminándome solo con un encendedor que llevaba en mi bolsillo, cosa curiosa porque no fumo, y todos los elementos que están en la cocina de mi casa son de encendido eléctrico. Cuando termine de descender, me di cuenta que no había espacio en aquel presunto sótano, solo había una nueva puerta. La abrí, di el paso necesario para adentrarme hacia el otro lado. El espacio era sumamente pequeño, pero en este lugar si había una muy tenue luz, suficiente para denotar que me encontraba dentro de un ascensor, el cual tenía un solo botón. Podría haber salido de él y, volver a subir por las escaleras, sin embargo tome la decisión de apretar el botón. Comenzó a descender, la luz se apagó por completo, se escuchaba el sonido de los engranajes oxidados, chirridos que perturbaban mis oídos y, daban esa sensación de dañar mis dientes. Se detuvo de golpe, la luz no volvió, por lo cual volví a prender el encendedor, nuevamente una puerta frente a mí, la abrí, el lugar estaba iluminado con muy poca luz, como suele suceder con la mayoría de los sótanos. Este lugar tampoco era suficientemente espacioso, dos metros delante tenía otra puerta. Esta vez no la abrí, comprendí que si lo hacía entraría en un círculo infinito. En un laberinto descendente de más escaleras y ascensores. Y ya jamás podría volver a salir de allí.

No fue exactamente una pesadilla, yo lo clasificaría lo más cercano a un sueño lucido, ya que comprendí que estaba dentro de uno y, pude controlarlo, sabiendo cómo parar. En principio la situación y sensación eran tan reales, que no comprendía que estaba dentro de un sueño, hasta que comencé a darme cuenta y, pude tomar el control del mismo, evitando perderme en aquel laberinto que se construía en mi estructura cerebral onírica. Pero a pesar de ello el despertar no fue menos traumático. Casi no podía respirar y, me encontraba algo asustado, pero no confundido. Era evidente a que hacía referencia dicho sueño. El sótano, mi obsesión. Marcaba la pauta de que jamás encontraría un Aleph. Si seguía abriendo puertas iría descendiendo cada vez más. Nuevos sótanos se presentarían ante mí, para decirme que el Aleph solo está en la narración de Borges y, por más que siguiera descendiendo, nunca culminaría en el sótano de la calle Garay.

Tuve sentimientos encontrados aquella mañana, por un lado sentía que no debía resignar mi búsqueda, pero por el otro todo me resultaba un sin sentido.

Vagué por las calles sin rumbo alguno, cada tanto me detenía a observar algún punto determinado; dicen que la esperanza es lo último que se pierde. Sin embargo comenzaba a resignarme, comenzaba a involucrarme más con el olvido inminente, ¿pero que implicaría aquello? ¿Un nuevo despertar, o el padecimiento eterno de no saber quién soy?

Uno de los problemas de haberme operado el tumor, fue la cuestión que vengo narrando, el otro, que nadie me aseguro que esa maldita cosa no volvería a salir en mi cerebro. Pues aquí estoy, nuevamente en una sala de hospital, los médicos ya no saben si será factible volver a operarme. Me encuentro en una sala común a esperas de nuevos estudios, mi cama esta levemente inclinada, da directo a la puerta de entrada. Llego a observar un pequeño destello de luminosidad, que no podría compararla con algo antes visto en este mundo. Pero entiendo que se encuentra oculta, que no se deja ver por completo. En ese momento todo lo comprendí, no solo se trata de saber observar, sino de encontrar el ángulo exacto para poder divisar un Aleph. Tal cual le sucedió a Borges en aquel sótano, donde debió apoyar su cabeza sobre un almohadón para tener la inclinación perfecta para poder verlo. Entonces comencé a subir mi cama lentamente, con ese botón que hace que la misma cambie de posición. El destello se volvió completamente visible, al principio me resulto segador, hasta que por fin comencé a vislumbrar las primeras imágenes en el. Las había de doto tipo, extremadamente bellas y extremadamente horrorosas. Descubrí al mundo por completo, y quizás también a otros mundos, era demasiada información, comenzaba a no poder soportarla. Comenzaron a aparecer imágenes sobre mi vida, recuerdos olvidados, imágenes sobre personas conocidas, todos sus secretos quedaban revelados ante mis ojos, muchos de ellos eran indignantes, oscuros, cuestiones que jamás hubiera querido descubrir. Aparecieron aquellos dos recuerdos que anhelaba, no importa de que se trataban aquellos recuerdos, a nadie puede importarle más que a mí. Y la decepción fue grande cuando descubrí que en verdad aquellos recuerdos no eran tan especiales como había elegido creer. O tal vez se veían opacados por todas las demás imágenes que pasaban frente a mi persona, me llenaba de información, cosas con las cuales no podría lidiar. Baje la cama abruptamente para perder el Aleph de mi vista. Comencé a sentir que lo que había visto no podía ser cierto, era imposible que algo semejante a un Aleph existiera, aquel suceso quizás habría sido producto de mi imaginación, debido a la resurrección de mi tumor cerebral. Pero por otro lado no podía sacar aquellas imágenes de mi cabeza. Existía una simple forma de comprobar si aquel suceso había sido cierto, era volviendo a inclinar la cama en los grados exactos para que el Aleph volviera a hacerse presente, sin embargo no lo hice. En su defecto pedí que me cambiaran de habitación.

Entiendo que un Aleph es algo que nadie debería ver jamás, quizás solo sea apto para mentes superiores. Quien descubra un Aleph tendrá el mundo en sus manos, y no habrá manos correctas o manos equivocadas. ¿Cómo no podría utilizarse tanta información de forma monumental, como no caer en el cinismo y egoísmo de usar todo aquello solo en pos de nuestro favor? ¿Escribir un poema épico sobre la geografía mundial?, eso solo puede caber en un sujeto sin ambición. Como el sujeto que dio a conocer el Aleph a Borges. Por lo cual, aquello descubierto en una sala de hospital, es completamente falso, no necesito corroborarlo, mi mente pronto se encargara de borrar todo lo visto. No estoy negando la existencia del Aleph, no se puede negar lo que no existe. Todas aquellas imágenes creadas o vistas por un cerebro en destrucción, pronto desaparecerán, y el mundo seguirá silbando su canción de destrucción, pero sin ningún Aleph que la interrumpa.

EL DIENTE

Todo comenzó algunos meses atrás, llevaba tiempo sin poder dormir y, cuando digo sin poder dormir, es en forma literal, y no en sentido figurado. Había días que no pegaba un solo ojo en toda la noche, tampoco durante el día. Era como una especie de zombi, mi mente ya no discernía del todo bien, me costaba prestar atención, el cuerpo me dolía como si me hubieran golpeado durante toda la noche. Salir a la calle se volvía un peligro, era imposible poner toda la atención en donde debía, me sentía como una imagen superpuesta en un paisaje desconocido. Ya no distinguía si los sonidos provenían de mi mente o venían del afuera. Mi vista siempre estaba nublada, los ojos lacrimosos y rojos, el rostro pálido rodeado de una aureola negro verdosa que eran las ojeras que cubrían mis ojos, que no parecían para nada muertos, sino todo lo contrario, que se encontraban exhaustos de tanto vivir, sin embargo, lo único real era que no dormía. Ese no dormir me daba un aspecto de adicto quien sabe a qué sustancia. No es lo mismo no dormir que ser un noctambulo, un noctambulo duerme de día y vive de noche. Yo no dormía ni vivía. Cualquiera podría decir que un sujeto que no duerme tiene tiempo de sobra para hacer cosas, la verdad es que un sujeto que no duerme carece completamente de tiempo, ya que su cabeza nunca esta fría, sino siempre a punto de estallar, al borde del divague y la locura. Aunque debo confesar que el no dormir de vez en cuando provocaba en mi destellos de alta lucidez, de creatividad, algo similar de quien aprende a utilizar la resaca en su favor, esa especie de ensueño que produce la resaca, puede convertirse momentáneamente en la mejor arma para una persona, sobre todo para quien vive de la creatividad. Pero aquello no resulta para siempre, la caída de la sima se vuelve inminente y, si no se para a tiempo, cuando se empieza a caer, difícilmente se pueda volver a subir a el mismo estado. Algo similar ocurre con el insomnio, salvo que este último es casi imposible de controlar, o completamente nulo en mi caso. El descanso llegara sin pleno aviso y, hasta que ello suceda pueden pasar meses (me refiero a un descanso real, no a situaciones esporádicas). Por lo cual la decadencia es mucho más inminente y predecible. El hecho es que en dicha etapa de no dormir, comenzó a ocurrir algo con mi dentadura, específicamente con un solo diente, el incisivo de mi lado izquierdo. Lo primero que advertí fue la aparición de mal aliento, en realidad lo noto mi pareja y, luego pude percibirlo yo mismo. Me lavaba los dientes tres veces al día, lo normal y correcto. Pero luego del incidente del mal aliento llegue a lavarme los dientes hasta diez veces por día, haciéndome sangrar las encías sin así quererlo, pensé que el sangrado tenía que ver con alguna enfermedad dentaria, pero solo era a causa de mi efusividad en el lavado. Al principio me resistí de ir al dentista, sobre todo cuando el mal aliento había desaparecido casi por arte de magia, arbitrariamente atribuí dicho suceso a un problema estomacal y, no a uno dental. Pero luego las cosas volvieron a cambiar, una madrugada en la cual no podía dormir me dirigí al baño, observe mi rostro tullido en el espejo, luego observe mi dentadura y allí descubrí el nuevo problema que comenzaría a aquejarme. Un pequeño punto negro casi imperceptible en el incisivo izquierdo, podríamos decir en el costado del mismo, también del lado izquierdo, casi uniéndose con su compañero de al lado, como pretendiendo crear una especie de caverna para ese mundo invisible que no vemos, por lo cual ignoramos, pero indudablemente existe. Gérmenes y bacterias, con sus propias reglas y religiones.

Sentí que el mal aliento volvía, pero era más una sensación que una realidad. Lo que era indudable era que uno de mis dientes se comenzaba a pudrir a causa de una carié, que a simple vista, era imperceptible. Decidí volver a la cama, me acosté cuidadosamente para que mi pareja no se despertara, cuando me di cuenta tenía el diente presionado entre mis dedos, como tratando de evitar que este se callera de mi dentadura. Rápidamente los aparte del mismo, dispuesto a dejar el tema de lado al menos por dicha noche y, dispuesto a tratar de dormir.

Creo que pocos sabores son tan inconfundibles como el de la sangre, lo sentí por toda mi boca, hasta podría decir que saboree dicha viscosidad. Luego el diente comenzó a moverse, pero no se movía solo, alguien me lo estaba quitando, yo no podía hacer nada para evitarlo, no me podía mover, me encontraba paralizado, como si alguna especie de ánima o espíritu se apoderaran de mi cuerpo. El hecho es que estaba pasando por una de mis tantas parálisis del sueño, los que alguna vez la padecieron estarán de acuerdo que es una de las cosas más atroces que le puede pasar al ser humano. Porque me podrán decir que es un trastorno del sueño, pero cuando sucede no caben dudas en uno uno que una entidad extraña está haciendo de las suyas sobre un cuerpo que no le pertenece.

El diente se salía de mi cuerpo, pero la sensación no era que alguien estiraba de él para quitármelo. Sino que lo empujaban desde adentro, desde el interior de las encías, tratando de desprender los nervios que anclan sobre la misma. Y yo seguía sin poder moverme. La idea de la caverna creándose entre mis diente volvió a despertarse en mí, entendía que era un absurdo, pero en aquel momento no podía concebirlo más que como una absoluta verdad. Bacteria empujando, reclamando lo pretendidamente suyo, quizás un gusano recorriendo mis dientes, haciendo un hueco en el mismo para derribarlo y, así fue que sentí como dicho gusano presuntamente imaginario caía sobre mi lengua, luego se trepaba nuevamente a mis dientes y, por alguna extraña razón llegaba hasta el interior de mis fosas nasales como queriendo anidar en ellas. Por suerte mi mujer logro despertarme, lógicamente no hubo otra cosa que la exaltación al despertar, lo primero que hice fue dirigirme al baño para verificar si mi diente aún seguía en su lugar y, si dicho gusano no estaba habitando en mis fosas nasales. Al parecer todo estaba en su normalidad, hasta que un pequeño hilo de sangre comenzó a correr de la diminuta caverna que se estaba creando entre ambos dientes. Me lave la boca, trate de tranquilizarme, después de todo aquello tenía una simple solución, recurrir al dentista. Volví a la cama, mi mujer me pregunto si me encontraba bien, evidentemente no lo estaba pero le respondí que sí, que solo había sido una pesadilla. Pero antes de acostarme le pregunte si percibía mal aliento proveniente de mi boca, me dijo que no, porque era evidente que recientemente me había lavado los dientes. Entonces le pregunte si a diario podía percibir mal aliento en mí, sin dudarlo me respondió que sí, que estaba por decirme que sería prudente ver a un odontólogo. Me quede observándola unos segundos en silencio, como desencajado, entonces le respondí que tenía razón, que yo estaba pensando en lo mismo, porque una de mis piezas dentales había comenzado a sangrar. “nada grave” le dije, y le confirme que mañana mismo vería al dentista. Le di las buenas noches pero no la bese, no tanto por el pudor de volver a generar mal aliento, sino más que nada por el temor de que aquel gusano que habitaba en la caverna de mis dientes pasara a su boca y terminara por pudrir su dentadura perfecta.

Al día siguiente saque un sobreturno con el dentista, un tal Leopoldo Ítalo, no era mi dentista de cabecera, nunca lo había tenido, hacia como diez años que no frecuentaba un médico dental. Es que mi dentadura siempre había estado en perfectas condiciones, hasta el descubrimiento de dicha molestia. El dentista me reviso y concluyo que no había nada extraño en mis dientes, es más, me dijo que se encontraban en perfecta condición, que el sangrado se podía deber a la forma de cepillarme, me recomendó una pasta dental y un nuevo cepillo de dientes, en cuanto al mal aliento, me dijo que podía deberse a bacterias que no precisamente se encontraban en mis dientes, podría deberse a un mal estomacal temporal. Para que me quedara tranquilo me dijo que en aquel momento no tenía mal aliento, que lo viera el mes entrante para controlar si todo seguía bien. Debo confesar que su diagnóstico me tranquilizo lo suficiente, saber que no había un gusano viviendo en la caverna de mis dientes era reconfortante. Pero luego pensé que tal vez aquel gusano, o lo que fuese, sería prácticamente diminuto, casi invisible por lo cual el dentista no había podido detectarlo, pero enseguida borre aquello de mi mente, ¿quién era yo para contradecir a un profesional?, y atribuí que aquellas sensaciones solo eran a causa del estrés, por lo cual me invadió otro preocupación, la de tener que ver a un psicoanalista para que me ayudara a borrar aquellas sensaciones creadas por mi mente, pero la verdad era que no estaba dispuesto a hacerlo, solo trataría de calmarme y, de dejar todo aquel delirio atrás.

Aquella noche, luego de haber visto al dentista, fue tranquila, no sentí ningún malestar en mis dientes y pude dormir profundamente sin que el gusano me asechara en mis sueños. Pero al levantarme al día siguiente y lavarme los dientes la sangre volvió a aparecer, de inmediato le quite importancia, porque aún no había comprado la pasta dental, ni el cepillo que el dentista me había recomendado, me sentí frustrado por aquello, porque era lo primero que tendría que haber hecho, sin embargo la situación tenía solución, al salir de mi trabajo compraría la pasta y el cepillo, de esa forma todo se solucionaría por completo. Y así lo hice, no solo compre un cepillo dental nuevo para mí, sino también uno para mi esposa. Al llegar a casa se lo entregue con gran entusiasmo, me miro algo sorprendida y me dijo que era el peor regalo del mundo. Le quite valor a su comentario sabiendo que solo era una broma irónica a las que me tenía acostumbrado, igualmente le aclare que no era un regalo, que solo había aprovechado en comprarle un cepillo de dientes, que era algo que por lo general ella solía hacer. Me acerque y la bese, sentí que se apartó de mi boca antes de que el beso concluyera naturalmente, le pregunte que sucedía, lógicamente me respondió que nada. Entonces fue evidente para mí que el mal aliento había vuelto a mi boca. No le dije nada y, en lo inmediato fui al baño a lavarme los dientes con mi nuevo cepillo y mi nueva pasta dental. Luego de hacerlo volví a acercarme a mi mujer y volví a besarla.

– ¿Qué tal ahora? -le pregunte-¡mucho más fresco verdad!

– Eso creo, es que te acabas de lavar la boca.

– ¡sí!, porque cuando te bese al llegar tenía mal aliento, es que aún no había utilizado la pasta y el cepillo recetado por el dentista.

– No tenías mal aliento, lo de la otra vez fue algo circunstancial, también hay días que yo tengo mal aliento, creo que es algo normal.

– Y entonces porque te apartaste tan rápidamente.

– No lo hice.

– Claro que sí.

– No sé qué te sucede pero estas un poco paranoico, creo que deberías relajarte un poco, ya fuiste al dentista y te dijo que no tienes problemas, solo relájate, o terminare creyendo que realmente estas estresado y necesitas a un psicólogo.

– Todos necesitamos un psicólogo, pero no iré a ninguno.

Hay cosas que no cambian de la noche a la mañana, como tampoco existen cosas que aparecen de la noche a la mañana. A menudo tenemos la sensación de que es así, pero no lo es, todo es parte de un proceso imperceptible que nuestro consiente no llega a vislumbrar con claridad ¡y!, un día se hace presente y lo primero que intuimos es que apareció de la nada, pero las cosas no suceden así. Por ende la sensación de mi diente no iba a desaparecer en un solo día por cambiar de pasta dental y de cepillo de dientes. Aquella noche todo volvió a suceder, pero un poco más intensificado. Hasta aquel entonces nunca o, quizás nunca me había dado cuenta, comencé a chirrear los dientes. Estaba dormido, no podía despertarme pero escuchaba claramente aquel horrible sonido y sentía la sensación en mi boca, pero no lograba despertarme, estaba seguro que no era una pesadilla; sino más bien como esa sensación que da la parálisis del sueño, en la que uno lucha por despertarse pero no logra mover su cuerpo ni un milímetro y, la sensación mediata es de que uno va a morir, porque tampoco sentimos que podamos respirar. Ya aclare que sufría dicho padecimiento cuando el insomnio se retiraba parcialmente. Lo único que me quedaba era esperar que mi mujer se despertase por el trinar de mis dientes y, decidiera hacer lo mismo conmigo, pero aquello no sucedía, y el diente que siempre me molestaba comenzó a dolerme, el gusto a sangre se hiso presente en mi boca, ya no quedaba más, terminaría por ahogarme con mi propia sangre. Pero de golpe desperté sobresaltado, aquel sobresalto despertó a mi mujer que me pregunto en lo inmediato que me sucedía. Solo atine a decirle sangre, y era verdad, tenía la boca llena de sangre y mi mujer pudo comprobarlo, no estaba soñando, ¡que más prueba se necesitaba para comprender que algo en mí no andaba bien!

Las sensaciones tienen vínculos directo con la realidad, pero no siempre. Lo que sentimos puede ser exactamente real, puede ser solamente una percepción de lo real, o puede ser una exageración de lo real. Y al parecer mi boca llena de sangre era una gran exageración de lo real. Le dije a mi mujer desesperadamente que me ahogaba en sangre, ella encendió la luz rápidamente, me observo e hizo silencio con la mirada incrédula. Volví a repetirle que me ¡ahogaba!, que me ¡ayudara!, que no me dejara ¡morir! Su primera reacción fue decirme que era un pelotudo, que como iba a despertarla en la noche provocándole semejante susto, luego recapitulo y me pidió disculpas, pero seguía sin poder comprender mi reacción. Al parecer mi boca no estaba llena de sangre y, no me estaba ahogando en la misma, simplemente mi diente había vuelto a sangrar y, apenas tenía una pequeña mancha en la comisura del labio.

– ¡Te juro que me estaba ahogando en sangre!

– ¡No!, no es real, lo real es que tu diente sangra, todo lo demás es pura percepción. No puedo entender como un simple problema dental te lleve a esta situación. Vas a ver a otro dentista para que te de una segunda opinión. Y si seguís comportándote de dicha manera no va a ver más remedio de que también veas a un psicólogo.

No supe que decir, me había dejado sin palabras, la realidad era que ella tenía razón, pero ¡mi realidad! era que me había estado ahogando con mi propia sangre, por más que eso no fuera cierto. Ahora tenía miedo de volver a dormir. En realidad, ya no sabía a qué le tenía miedo.

El señor Panoli Leopoldo, “el nuevo dentista” dio su veredicto y me condeno. No tenía ninguna caríe, el mal aliento podía ser causado por bacterias o por algún malestar estomacal. Me recomendó una nueva pasta de dientes y un enjuague bucal. No compre ninguno de los dos, desde ya no tendría ningún sentido, una pasta dental por demás cara no iba a quitarme la locura.

Fue una noche tensa, no hable mucho en la cena, si lo hizo Celeste que ahora prácticamente me obligaba a ir a un psicólogo, con el poco tacto que la caracteriza, me repetía una y otra vez que no era porque estaba loco, sino que seguramente algo me estaba perturbando y, un psicólogo me ayudaría. Pero sus palabras solo hacían sentirme un lunático. Mi respuesta fue que yo tenía bien en claro que una persona no recurría a un psicólogo por estar loco, que no era un ser tan cerrado como para no comprender dicha situación. Sin embargo lo mío era distinto, lo mío era real y, dos profesionales de los dientes, más mi mujer, me decían que no era cierto. Por lo cual mi deducción era que evidentemente estaba a las puertas de la perdida de cordura o, existía algo que ellos no podían percibir, pero yo sí podía hacerlo.

Cuando era chico, aproximadamente a la edad de doce años fui al psicólogo, fue la única vez que lo hice. No fue una experiencia grata, el gabinete escolar les aconsejo a mis padres que debería ir a un psicólogo por mi forma de escribir, suena estúpido pero así fue. La psicóloga indagaba sobre mi vida, cosas que mi cabeza ni siquiera llegaba a comprender, obviamente buscando un problema traumático en mi forma de escribir. Pero resulta que el único problema que tenía era la dislexia, que no se me diagnostico hasta diez años después. Así que esta era mi segunda experiencia en un psicólogo. No lo hacía solo por conformar a mi pareja, sino también porque necesitaba saber si en verdad había algún trauma en mí. Aunque me encontraba bastante escéptico al respecto. Lo que a mí me sucedía era demasiado real como para ser una imaginación, pero bueno, el creer lo imaginario como real es sin duda parte imperante en la alucinación.

La primer sesión no fue tan mala, “dependiendo de cómo se la mire” el psicólogo dijo que al momento no veía nada demasiado extraño en mí. Que lo más probable era que estuviera sufriendo delirios de parasitosis. Sin embargo a mí su diagnóstico me pareció lo suficientemente extraño y preocupante. Un delirio donde uno cree que tiene parásitos en el cuerpo y, los siente y vive como real, si eso no resulta extraño no puedo comprender que le parecería algo extraño a dicho psicólogo. Le dije que me medicara para terminar con todo esto de una vez. Se negó, me dijo que esperaríamos a la siguiente sesión para ver cómo iba “es mejor evitar la medicación apresurada”, fueron sus palabras. Mi cerebro delira con gusanos viviendo en mis dientes y este sujeto habla de medicación apresurada. Cuando me refería a que la sesión no fue tan mala, me refería sobre todo al aparente optimismo del psicólogo sobre mi salud mental, en lo personal me sentí bastante decepcionado, tenía un posible delirio de parasitosis y me había ido de la consulta sin ningún tipo de medicación. Como carajos quería ese sujeto que mi noche fuera tranquila después de lo que me había dicho. Si pensaba que podía tranquilizarme diciéndome que todo lo vivido era solo producto de mi imaginación, se equivocaba, porque era evidente que justamente eso era lo que el psicólogo iba a decirme. Acaso alguien puede imaginarse que un profesional de la salud mental le diga a uno: “tiene razón señor, todo lo que usted dice es cierto, no está alucinando, tiene un gusano viviendo en su diente, tan imperceptible que los dentistas no pudieron verlo”

No le dije a mi mujer lo que el psicólogo me había dicho, después de todo, para que preocuparla. Ese sujeto con diploma aun no me había diagnosticado nada certeramente y, eso me molestaba en demasía. Solo le dije que tuvimos una charla, una charla más que nada rutinaria para ir conociéndonos. Pero la verdad fue que yo trate de evitar toda esa cuestión e ir directo al hueso, ¡quería un diagnóstico, quería no estar loco!, pero el tipo solo había logrado preocuparme más. Y lo más absurdo de todo fue que trato de dejarme tranquilo con mi posible o, aparente delirio. En ese momento mientras hablaba con mi mujer y se me cruzaban dichas cosas por la cabeza lo decidí. No iría más al psicólogo, o al menos a ese psicólogo; el problema era como desrícelo a mi mujer, por el momento no lo haría. No tenía ganas de discutir, solo quería dormir y que nada raro sucediera en mis sueños.

Cenamos normalmente, luego me dirigí al baño para lavarme los dientes, por un momento creí que todo mejoraba, no hubo sangrado, observe un buen rato el diente en el espejo, no descubrí nada raro. El mal aliento no estaba, o al menos no lo percibía, quizás porque recién acababa de lavarme los dientes. Me fui directo a la cama, salude con un beso en la frente a mi esposa dejándola que terminara de ver una serie. Me tome una pastilla para dormir, siempre acostumbraba a hacerlo, pero esta vez, a diferencia de otras tantas, surgió su efecto, y fue mucho más rápido. Sentí que me quedaba dormido casi en lo inmediato.

Dormí profundamente, solo el despertador perturbó mi sueño para indicarme que debía ir a trabajar, pase mi lengua entre mis dientes y descubrí la existencia de un hueco, rápidamente lleve mis dedos a mi boca y efectivamente revelé que mi diente ya no estaba. De un sobresalto me levanté de la cama dirigiéndome al espejo del baño para confirmar que el diente no estaba, un notable espacio había donde debería estar mi incisivo. Quise gritar pero no pude, note la ausencia de sangre, ni siquiera sangre seca, mi boca no sabía a sangre. Parecía que aquel hueco estaba allí de hacía mucho tiempo, lo observe con más detenimiento y, efectivamente pude notar la cicatriz blancuzca sobre mi encía, donde debía haber un hueco perteneciente a mi diente. Cuando por fin pude pronunciar palabra, lo primero que me salió fue un “¿¡adonde esta!?”, dirigiéndome hacia mi mujer que me observaba sin poder comprender. “¿dónde está qué?”, pregunto casi con irritación.

– Mi diente, -que otra cosa va a hacer

– ¿tu diente?, no entiendo, ¿acaso lo guardaste en alguna parte?

– ¡Hasta ayer que me acosté tenía un diente donde ahora me falta, en la boca! ¡Un diente que sangraba todos los días, con un gusano viviendo dentro, que me producía mal aliento! ¡Ahora el diente no está, tengo una cicatriz, nada cicatriza de un día para el otro, seguramente el gusano quedo ahí dentro y, me va a sacar todos los dientes uno por uno!

La mirada y rostro de mi mujer vislumbraban la falta de entendimiento en mi reacción. Por lo cual en mi inmensa confusión tuve un dejo de claridad como para comprender que aquel diente no había desaparecido de la noche a la mañana de mi boca. Pero yo no tenía recuerdo alguno de que dicha pieza dental faltara de tanto tiempo en mi boca.

¿Cuántas soluciones existían a la resolución de dicho semblante?, lo más lógico sería preguntarle a mi mujer que era lo que había sucedido con mi diente y, desde cuanto tiempo. Pero eso sería afirmar o reafirmar que algo no andaba bien en mi cabeza. Aunque también era evidente que si el problema estaba en mi mente, mi mujer lo tendría mucho más presente que yo. Y quizás no estuviera preparado para recibir tal embate. Por lo cual antes de llegar a la posibilidad de la confrontación, decidí salir a caminar y tratar de analizar las posibilidades existentes. Desde el vamos intuía que cada una de mis teorías sonarían descabelladas, eso me hacía sentir un poco más cuerdo, y a la vez me hacía sentir la perdida de la misma.

“Todos los estados físicos y mentales dependen y surgen de otros estados preexistentes. Todo surge y existe en un estado condicionado”, fue la primera reflexión que se me vino a la mente, relacionada con la filosofía budista. Por lo cual comprendía que todo lo que me estaba sucediendo eran por estados alterados, quizás de mi percepción, haciendo una libre interpretación. Entonces estaba dentro de una rueda infinita en donde todo lo vivido con antelación tenía un porque, este era el final de la rueda donde mi diente ya no estaba y, el gusano ya no existía, pero eso implicaba que dentro de la rueda todo iba a volver a suceder, es decir que había una carencia de finitud, ese final de la rueda no era tal, sino que era un nuevo comenzar, una nueva oportunidad, ¿o quizás un ciclo de repetición infinita?, solo donde algunos nombres propios y circunstancias cambian para que todo vuelva a repetirse. No lo estoy llevando a un plano filosófico religioso, solo era un disparador para entender o no entender lo compleja que se encontraba mi mente. Por otro lado. Si tomaba la línea recta del cristianismo, donde todo comienza y tiene un final, la cicatriz en mi diente era el final, pero seguía sin comprender mis estados preexistentes, aunque sí los recordaba, no los comprendía. De acuerdo a la línea recta, dicho final podría ser la muerte, quizás ya estuviera en otro plano que no fuera el terrenal. Pero eso no me tranquilizaba para nada y, no por la posibilidad de estar muerto, sino porque la tortura era el no poder comprender mi realidad, ya sea estando vivo o estando muerto.

Que otra cosa más cabía que una realidad paralela, cuando refiero a realidad paralela, no pretendo sumergirme en las posibilidades de terceras y cuartas dimensiones. Sino que dichas dimensiones paralelas conviven en mi cerebro, en palabras más sencillas, es que estoy completamente loco. Y quizás sea la peor etapa de la locura, aquella en la cual uno todavía es consciente que está abandonando la cordura, en la cual uno solo se encontrara tranquilo cuando acepte a la locura como única realidad posible, hasta entonces, todo será un suplicio.

En fin, mis divagues no me llevaron a encontrar ninguna respuesta. Solo me encontraba más confundido. Solo había una persona que podía aclararme las cosas, “Celeste”, mi mujer. Aunque me daba sumamente vergüenza preguntarle qué había sucedido, las posibilidades de que no me tomara como a un loco eran ínfimas.

Me acerque a ella con sigilo, se encontraba sentada en el sillón, sin mirarme me dijo:

– Dale, pregunta lo que tengas que preguntar, ya me voy acostumbrando.

La verdad que no comprendía a lo que se estaba refiriendo.

– No entiendo, ¿Qué pregunte qué?

– ¡Lo de siempre!, lo del maldito diente.

– ¿Ya te lo pregunte antes?

– Muchas veces, la verdad es que me comenzar a preocupar Javier, al principio era parte del pos traumático, era comprensible, pero con el tiempo lo fuiste dejando de lado. Pero un día volviste a preguntar, pasaron unas semanas, volviste a preguntar. Te lo explique nuevamente, te pedí que volvieras a ver al psiquiatra, me dijiste que lo ibas a hacer pero no lo hiciste, y ahora cada vez preguntas más seguido. Tenés que acabarla con esto.

Obviamente me encontraba completamente desconcertado.

– No se me ocurre más que pedirte disculpas, prometo que volveré al psiquiatra, pero antes necesito que me cuentes todo una vez más. Porque realmente no estoy comprendiendo nada. ¿Por qué me falta un diente?

Celeste comenzó con su relato, sin ocultar lo mucho que le disgustaba repetir la historia, que vaya a saber cuántas veces la había relatado.

“Ese diente te falta aproximadamente hace un año, estéticamente no me agrada para nada dicho buraco en tu dentadura, pero fue tu decisión no remplazarlo, y así se quedó. Pero lo que si verdaderamente me importa es tu salud mental. No voy a negociar con eso Javier, puedo tolerar que te falte un diente, pero no que te vuelvas loco. Así que esta será la última vez que te narre todo y, yo personalmente llamare al doctor. Perdiste el diente a causa de una bacteria, una especie de gusano casi imperceptible. Ese bicho podría haber acabado con toda tu dentadura si no te dabas cuenta a tiempo, te pudrió el diente literalmente, vivía dentro de tus encías, hacía que tu boca emanara un hedor putrefacto. Al principio no fue fácil detectarlo, no podían encontrar la causa, y tú, te estabas volviendo literalmente loco. Hasta que finalmente un estudiante de medicina dental fue quien hayo la causa. Tuvieron que operarte, extraerte el diente y abrirte la encía, mejor dicho escarbarla para hallar con ese gusano. El trauma que te quedo fue porque la mayor parte de la operación fue realizada sin anestesia, debido a que la misma no te tomaba. Y que siempre creíste que un gusano anidaba en tu boca y, nadie daba crédito a eso, es más, te creímos un poco loco. Pero todo eso ya paso hace un año, ya ningún gusano volverá a habitar en tus dientes.

Me quede en silencio por unos segundos, le dije a Celeste que llamara al psiquiatra cuanto antes. Me retire al cuarto a descansar, me acosté sin creer en una sola palabra de aquel relato cuasi sobrenatural, no podía ser que aquello fuese real, por lo cual debía encontrar la causa, el porqué de dicha historia fantástica, que se me intentaba plantear como verídica.

LAS HOJAS.

Las hojas comenzaron a caer sobre su cuerpo, los sentimientos en él eran confusos: rabia, tristeza, angustia, pero sobre todo rabia. Sentía una rabia inconmensurable hacia nadie en particular.

Las hojas siguieron cayendo, su cuerpo estaba casi cubierto por completo de aquellas hojas crujientes y otoñales. Parecía que todos los arboles del mundo habían decidido depositar sus hojas en desuso sobre aquel cuerpo indefenso, que no podía protegerse siquiera de aquel follaje.

Parpadeaba, solo parpadeaba; era lo único que aquel cuerpo podía hace, y resoplar, para tratar de apartar las hojas de su rostro. Pero cada vez le resultaba más difícil.

Sintió al viento cantar y a la hojarasca danzar alrededor de sus oídos, entonces pensó que el manto que cubría su cuerpo se uniría a aquella compañía de canto y danza, y que por fin quedaría libre. Pero se equivocó, el manto siguió sobre su cuerpo, y las hojas danzantes terminaron su baile sobre el colchón de hojas que cubrían aquel cuerpo.

Ya no sabía si era de noche o de día, las hojas lo habían cubierto por completo. Trato de divisar luz a través de los pequeños huecos que las hojas dejaban, pero no lo consiguió. Pensó si el aire que se filtraba por esos mismos espacio le sería suficiente para respirar y sobrevivir. Y concluyo que lo mejor sería que no, lo mejor sería morir bajo aquellas hojas que ya se habían convertido en su tumba en vida. Pero claro que él no tenía el poder de decidir.

La montaña de hojas cada vez era mayor, podía sentir el peso sobre su cuerpo. Intentaba moverse, pero toda la fuerza que anhelaba hacer para mover alguna extremidad de su cuerpo se depositaban en la gestualidad de su rostro. También intento gritar barias veces, pero no tenía voz, y no sabía por qué, no sabía por qué estaba mudo, y por qué todo su cuerpo estaba paralizado.

De la misma manera que sentía que lo mejor sería morir, ya que su cuerpo era completamente inútil para desparramar un montón de hojas, también guardaba la esperanza de que alguien lo encontrara. Algún limpiador de parques que recogiera las hojas, algunos niños gustosos de jugar en aquella enorme montaña de hojas. Pero el tiempo corría y nadie sacaba las hojas de aquel lugar.

Se podía ver un parque completamente limpio de hojas secas, salvo por un rincón, aquel rincón donde todas las hojas iban a parar, una montaña enorme que esperaba una quema controlada para hacerlas desaparecer.

Aquel cuerpo sentía que había resistido más de lo que cualquier cuerpo podría resistir sin agua y comida bajo la intemperie. Nada de lo que estaba sucediendo era normal, la única explicación era que todo fuese un sueño, un sueño interminable, tal vez producido por un coma. No cavia dudas, aquella era la respuesta, por eso no podía mover su cuerpo, por eso no podía gritar. Estaba en un estado de coma luchando por su vida. Esa era la respuesta que aquel cuerpo cubierto de hojas quería tomar como racional. Todo lo que estaba viviendo era un sueño de coma, tal vez si lograba sacarse aquellas pesadas hojas de encima, conseguiría divisar un triste y frio cuarto de hospital.

Se dio cuenta de algo más, lo que le hacía pensar más fervientemente en la teoría del coma. No dormía, desde que las hojas habían comenzado a caer sobre su cuerpo, no había dormido, o al menos eso era lo que él sentía. No creyó estar muerto, no aun, le resultaba una situación demasiado rara para la muerte. Aunque desde ya nunca había estado muerto, le parecía que una eternidad como castigo bajo un montón de hojas, era algo absurdo.

Algo nuevo sintió en su rostro, era algo que aún no había sentido desde que había quedado sepultado en vida bajo aquella montaña de hojas, sintió su cara húmeda, era la única parte de su cuerpo en la cual todavía sentía sensibilidad. Sintió como las hojas mojadas se pegaban en su rostro. Dedujo que obviamente estaba lloviendo. Era una sensación demasiado clara y perturbadora como para no ser cierta o pertenecer a un viaje de coma.

Algo nuevo se le vino a la cabeza, en realidad era algo que ya se le había cruzado, pero no con tal lucidez. Pensó que si todo lo vivido era inducido por un coma, ¿qué tanto tendría de cierto y, que otro tanto de fantástico inducido por los narcóticos que tal vez le estuviesen suministrando, o quizás por la confusión en sí? Si lo fantástico eran las hojas sobre su cuerpo y, lo real su cuerpo completamente carente de sensibilidad y movimiento, lo mejor sería que aquellas hojas terminaran por asfixiarlo.

Comenzó a desesperarse, era otra sensación que hasta el momento no había experimentado. Ya no tenía certeza si estaba vivo, muerto, bajo un coma, o simplemente soñando, confusamente por el abuso de drogas o alcohol. Lo cierto era que ya no quería seguir así, no quería sentir más aquellas hojas sobre su rostro, llenándolo de oscuridad, cubriendo sus oídos del sonido que las hojas secas dan, y también cuando están mojadas por la lluvia, que más que sonido son la ausencia del mismo.

Lo que lo volvía loco era la incertidumbre de no saber por lo que estaba pasando. ¿Cuánto tiempo más podría estar así? Cuando su mente terminaba de formular aquella pregunta sintió los parpados fuertemente pesados y la oscuridad que le brindaban las hojas cambio por la oscuridad que el sueño trae. Al parecer aquel cuerpo finalmente se había quedado dormido. Tal vez cuando despertase nuevamente, encontraría la claridad de su confusión.

No pudo estimar cuanto tiempo estuvo dormido sin soñar imágenes, pero cuando despertó se encontró en la misma situación en la que se había dormido. Bajo un montón de hojas y, con todo su cuerpo paralizado. Entonces lloro, no tenía más que hacer que llorar y resignarse; Tal vez esperar un milagro, porque estaba paralizado o muerto, o quizás a punto de morir. Él no lo sabía, todo era pura confusión.

Su estómago crujió, se dio cuenta que sentía hambre, y también se dio cuenta que sentía sed. No sabía si en el estado de coma o en la muerte, o quizás antes de morir se sentían aquellas necesidades fisiológicas. Así que aquellas nuevas sensaciones no cambiaban su confusión en lo absoluto. Metió algunas hojas aun húmedas en su boca y trato de estrujar toda su humedad lo más posible, pero no consiguió demasiado. Seguía sintiendo sed y hambre.

Comenzó a tragar hojas desesperadamente lo más que podía, no lo hacía con la intención de saciar su hambre, sino con la intención de ahogarse con ellas y ponerle fin a su vida, si era que aún estaba vivo.

Las hojas fueron amontonándose en su garganta y, comenzó a producir arcadas. Pudo sentir que se ahogaba, pudo sentir que le costaba respirar. Las arcadas eran fuertes pero no vomitaba nada más que baba, bilis, y no era suficiente como para ahogarse en su vomito. Pero sin embargo su plan le estaba dando resultado, las hojas estaban logrando asfixiarlo.

Las hojas que habían sido amontonadas prolijamente para ser quemadas no lo fueron. La lluvia había arruinado aquel plan. Una topadora las levantó a todas juntas y las deposito en un volquete de basura para que allí terminaran de pudrirse. El musgo que se formaba le daba una nueva vida a aquellas hojas muertas, un nuevo ecosistema de microbios y gusanos daban vida en aquel cuerpo donde el musgo se encarnaba y se colaba hasta los huesos; y aquel cuerpo invalido solo con lucidez mental,

Seguía en su confusión, tratando de descifrar su sueño de coma, su purgatorio, su muerte en espera o, su final de vida.

Ya no era un cuerpo inerte tapado por hojas, ya no era una persona, ya no era nada que se asemejara a dicha descripción. Ya no era un ser viviendo en dicho plano terrenal. Él mismo se convertía en un nuevo universo, un plano sobre otro plano, un dios creador de un nuevo orden, un orden plagado de insectos y gusanos. Un mundo putrefacto de hojas y cucarachas, donde él era el mismo centro de la creación, tan real para esos seres, como tan irreal para su humanidad que dejaba de serla. Poco a poco fue dejando de respirar, dejándose llevar por esa irrealidad, haciéndose cargo de que un nuevo mundo habitaba en él, y que nada podría hacer para cambiarlo. Ya que él ya no era él, sino un nuevo universo, un creador de vida, ahora era un dios. No importa cual fuere el motivo, si un coma, si una sobredosis, si la muerte en sí misma. Lo que lo llevo a una última reflexión antes de dejarse abordar por completo por su nuevo estadio. Que dios, antes de ser dios, fue creado por otro ser, y una vez que fue dios, su don solo se basó en la creación de un nuevo mundo, que no es poca cosa, pero que todos los demás atributos que se le adjudican no son otra cosa que perturbaciones de esos seres nacidos de sus entrañas, al igual que ahora lo es él. Solo un creador, o un medio para un fin, pero sin ningún tipo de milagros que se le puedan adjudicar, ni siquiera, con las más profundas de las creencias.

casa tomada”

(Los gatos)

Tome cinco mil quinientos dólares del cajón de la mesa de luz de Claudia y me marche. No, no se los robe, también tome un buda, aquel sí me pertenecía, Claudia me lo había regalado. El dinero técnicamente le pertenecía a Claudia, lo había heredado, por lo que ella decía que no le pertenecía, pero siempre lo utilizaba en ocasiones raras, para hacer un pequeño viaje o, hacerme algún regalo a mí, por ejemplo. Lo raro era que nunca tocaba ese dinero para comprar alimentos. Claudia era feriante en las afueras de Carlos paz (córdoba), yo debes en cuando la ayudaba, pero no se me daba muy bien aquello de las artesanías. No voy a detenerme en el relato de cómo conocí a Claudia y, que relación tenía con ella, solo diré que la conocía hacia muchísimos años, si es que realmente se puede conocer en lo más íntimo a una persona. En cuanto al dinero, Claudia siempre me había dicho que tomara lo que necesitara para cualquier cosa, que ella siempre había vivido sin ese dinero y que podía seguir haciéndolo. Aunque lo utilizara siempre que realizábamos algún viaje, o se le daba por salir a cenar afuera. Por supuesto que no eran solo cinco mil quinientos dólares el dinero que Claudia tenia. Sino que era un poco más, bastante más. Nunca me había hecho eco de aquellas palabras de Claudia, yo entendía y, aun entiendo, por más que haya tomado el dinero, que el mismo no me pertenecía ni jamás me pertenecerá. Pero aquella mañana me desperté con la intención incensurable de volverme a Buenos Aires, era un impulso dentro de mí que no podía detener y, necesitaba dinero. Siempre se necesita dinero para empezar una nueva vida, o retomar una vieja, que al fin y al cabo, una vieja vida no se puede retomar, porque siempre habrá al menos pequeños cambios en nosotros que harán imposible volver a esa “vieja vida”. El dilema está en darse cuenta y afrontarlo, y así dejar aquellos fantasmas que conspiran contra nuestra auto-superación.

Guarde algunas ropas en un bolso, encendí un cigarro y escribí una nota a Claudia diciéndole que me volvía a Buenos Aires, que me llevaba prestado cinco mil quinientos dólares, que pronto se lo devolvería. Cosa que era imposible que sucediera. Jamás accedería a ese dinero todo junto para restablecerlo. En fin, si Claudia se sentía agraviada, o finalmente comprendía que aquel dinero le pertenecía y, que yo lo había hurtado, podía denunciarme tranquilamente. Yo solo debía esperar a ver si aquel suceso acontecía.

Por mi parte tenía una propiedad en los suburbios de Buenos Aires, una casa también heredada, por lo cual comprendía el dilema de Claudia, no la sentía mía. Pero sabía que debía amigarme con dicho objeto, tomar el presente, sin pasado ni futuro, solo el presente.

Llegar a Buenos Aires no era para nada agradable, primero pasar por el estrés de capital, observar el obelisco aunque uno no quiera, una estructura egipcia europeizada transformada en el símbolo porteño por excelencia, que para nada llega a ser una obra de arte. (La fuente de las nereidas si es una obra de arte), no un falo apuntando al cielo. Luego tomarme la combi que me transporte al conurbano bonaerense, ese lugar tan despreciable por la mayoría de los porteños, que ni siquiera conocen en su mayoría y, por pura ignorancia asimilan que en el sur solo existen villas de emergencia y campo. Imagen bastante alejada de la realidad; aunque ambas cosas si existan. Pero estos seres urbanos están muy adiestrados o, quizás acostumbrados a la sordera y a la ceguera, que quizás no distingan los barrios de emergencia, o barrios humildes que colindan y contrastan con el panorama de los grandes edificios de una ciudad emergente. Y esos barrios humildes “costaneros”, siempre diputados por el poder económico, terminan siendo la imagen de una resistencia urbana y, de un anti progreso explicitado adrede por los poderes económicos y políticos. Entonces se arregla la fachada y se pinta de bonitos colores al estilo favela Brasilera para el disfrute de los turistas. Y entiéndase que para el porteño, turistas solo son los europeos, quizás algunos acepten a los brasileros también en dicha categoría. En fin, tomo la combi y luego de un viaje incesante por el tráfico, llego a los suburbios de Luis Guillon, ahí es donde se encuentra mi casa, la casa heredada a la cual hace años no visito, por lo que entiendo que corro el riesgo de que la misma se encuentre ocupada por una gran familia de desconocidos a la que me será imposible sacar. Pero por suerte, al llegar descubro que aquello que ronda en mi imaginación, no ha sucedió.

Es una casa vieja con un gran parque, y cuando digo un gran parque no exagero, “un gran fondo” como lo denominamos los seres de barrio, queriendo apropiarnos de dicha palabra como si solo a nosotros nos perteneciera, cuando digo a nosotros, me refiero a las clases más bajas, como si barrios no hubiera en todos lados, pero también es cierto que la gente con un poco más de opulencia ha querido dejar de llamar barrio a sus lugares de residencia, así como a su fondo le llaman parque, el problema es que creo que aún no han encontrado remplazo para la palabra barrio, una esfera de la sociedad ha encontrado una precaria solución para dicho problema, poner luego de la palabra barrio, el prefijo “privado” o “residencial” y , los que aún mas quieren alejarse, se mudan a lugares denominados “country”, traducido sería algo así como campo y, créanme que esos lugares nada tienen de campo. Eso los hace dueños de una casta distinta, y vaya que lo son, yo no me atrevería a llamar barrio a un lugar que nada tiene de barrio, por lo cual no me parecería nada mal que le busquen otro nombre. Que en algunos lados ya he visto que le han retirado el prefijo “barrio” para solo llamarlos “residencias”, nombre que solo me puede remitir a un acilo de viejos, en su gran mayoría abandonados por sus familias.

En una ocasión estando en córdoba me topé con un turista extranjero, un alemán que había ido a córdoba para descubrir las famosas colonias alemanas, alojadas en las grandes cierras; por un lado me dijo que los alemanes de “Alemania” no se parecían tanto a los alemanes cordobeses. Yo encontré una explicación simple y directa para su desahucio. En primer lugar los “alemanes” hacía ya tiempo, que eran argentinos, muchos de ellos ni siquiera conocían Alemania, eran en su mayoría tercera, cuarta o quinta generación. Por lo cual poco de alemán quedaban en ellos, le dije que yo mismo era descendiente de alemanes y, que nunca me había sentido parte de ellos. Por otro lado le explique qué córdoba era una provincia muy especial, es decir, que se diferenciaba mucho de Buenos Aires, incluso de la argentina misma. Pero la charla principal se centró justo en Buenos Aires, de ahí venia en la recorrida de su tour. Me dijo que le había llamado mucho la atención el contraste tan fuerte de las “clases sociales”, que convivían pegadas las unas con las otras. Y con esto se refería a los barrios privados donde existe tanta opulencia y, en muchos casos se encuentran pegados a villas de emergencias o barrios muy humildes. Le respondí que lamentablemente nosotros, como argentinos, nos acostumbramos muy fácil a dichos matices de carácter grosero para otros. Porque en este país las prioridades suelen ser bastante raras, porque en vez de transformar a una villa o un barrio humilde en un barrio en progreso y emergente, deciden sacarle terreno al mismo y crear aun una mayor diferencia social. “en este país nos hacen creer muy fácilmente que somos clase media cuando somos simples “laburantes”. Pero me estoy alejando bastante de mi relato inicial, así que retomare con la llegada a mi casa heredada con un gran fondo, ese fondo que se asemejaba a un diminuto bosque, con sus largos matorrales y arboles sin podar por años, había una gran variedad de plantas salvajes e inmensa cantidad de pájaros de todo tipo. Decidí que aquello seria mi pequeña reserva natural, así se había forjado durante años, y yo no era quien para cambiarlo, quizás si cortaría un poco el pasto.

Abrí la puerta de entrada a la casa con un poco de dificultad, lo primero que percibí fue un fuerte hedor a orines de gatos, luego las telarañas y, en tercer lugar la polvareda. Descubrí una pequeña ventana abierta que daba justo al fondo de la casa, quizás no aclare que para dar con el fondo no era necesario pasar por dentro de la casa, sino que había un pasillo sobre el costado que me llevaba al mismo. Entendí que por aquella ventana se colarían los gatos y, quien sabe cuántas alimañas más. Pero intuí que al menos no habría ratas o lauchas si los gatos habían marcado tan agresivamente su territorio, salvo que hubieran aprendido a convivir como una gran comunidad.

No tenía nada con que limpiar el lugar, así que me fui al supermercado que quedaba a una cuadra de casa. Compre lo necesario: escoba, balde, trapeador, lavandina, cigarrillos y un pack de cervezas. Al regresar comprobé si la heladera aun funcionaba, para mi suerte sí, pero necesitaba una gran limpieza. Por ahí fue donde empecé la limpieza, para poder guardar las cervezas.

Mientras limpiaba observe un par de veces el celular para verificar si tenía alguna llamada o mensaje de Claudia reclamándome la plata, tratándome de ladrón, amenazando con denunciarme a la policía si no le devolvía el dinero. Debo confesar que aquel fue el primer momento en el que me sentí culpable por haber tomado aquel dinero. Comprendía a la perfección que mi intención no había sido robar a Claudia ni estafarla, sin embargo lo había hecho, podría haberle pedido el dinero y luego marcharme, pero no lo hice, me comporte como un crápula, quizás tenía miedo a que no me diese el dinero, ¿y si fuese así, cuál sería el problema?, era su dinero por más que ella dijera que no le pertenecía y, tenía todo el derecho de hacer con la plata lo que le viniera en ganas.

La limpieza no fue la mejor que realice en mi vida, desempolve un colchón viejo que olía a orines de gato y lo puse a orear al sol. Aquel seria mi lecho momentáneamente.

Decidí tomar un breve descanso antes de continuar con la limpieza, prepare unos mates, en un rincón encontré un libro de Fogwill, una alegría extraña invadió mi cuerpo al reencontrarme con aquel libro que tantas veces había leído. Comencé a ojearlo, sin querer lo manche con mate, una más de las tantas que ya tenía. Deje el libro y observe por la ventana hacia el fondo de casa, un gato gris notablemente sucio me observaba en posición sigilosa y desconfiada. Y lo primero que pensé fue, ¿qué estaba haciendo allí?, no el gato, sino yo. Había huido de aquel lugar hacia algunos cuantos años. Ahora había huido de córdoba para regresar nuevamente a aquel lugar del cual había huido, mientras en mi cabeza ya comenzaba a instalarse la nueva idea de huir. Pero ya no devuelta a córdoba, quizás a rosario, o al desierto de la pampa, lo mismo daba. Evidentemente en aquellos momentos lo único importante para mí era huir, escapar, que se yo. Pero no se puede escapar de los pensamientos, esos te seguirán a cualquier lado que vayas; por lo cual es necesaria la aniquilación de los mismos y, aquella no es una tarea para nada sencilla.

El gato seguía allí afuera, en la misma posición, ¿Cuánto tiempo pueden perdurar los gatos en una misma postura?, indudablemente aquel felino estaba reclamando su territorio, era evidente para el animal, que no se rige por las absurdas reglas del ser humano, que aquella casa estaba siendo invadida por mí, aquel era su territorio y, quien sabe de cuantos gatos más. Trate de acercarme, trate de buscar amistad con el animal, yo me encontraba solo, la compañía de un gato no me caería mal, pero eso al animal no le interesaba. Ni bien me vio acercarme, dio media vuelta y salió corriendo.

Finalmente llego la noche, observe el celular para ver si tenía algún mensaje de Claudia. No tenía ninguno, quizás debería llamarla y disculparme por mi acto, pero no lo haría.

La casa tenía luz, porque varias horas antes mientras ordenaba y limpiaba el lugar, había enganchado unos cables al poste de luz de la calle para así poder hacerme de la misma. Pero debo aceptar que tener luz o no tenerla, en aquel momento me daba prácticamente igual. No tenía wi-fi, ni tele, ni radio. La luz solo me servía para observar lo abandonada que se encontraba aquella casa bajo la luz artificial, y para ver como las telas de arañas que había sacado tan solo unas horas antes, habían vuelto a formarse con mayor intensidad. Si siempre había sentido que aquel lugar no me pertenecía, ahora lo sentía mucho más. Era una casa tomada, no me desagradaba aquel sentir, la casa había sido tomada por la naturaleza, la misma había recuperado al menos un pequeño espacio del que había perdido durante siglos, y eso me agradaba. El fondo de la casa estaba lleno de aves, como si fuera un santuario y, quien sabe cuántos bichos más que no podía divisar por los pastizales. De hecho la estructura misma de la casa había sido adueñada por arácnidos e indudablemente por gatos. Quizás de la calle, quizás con dueños, aunque pensar que un gato pueda tener verdaderamente un dueño, tal vez sea un absurdo. Ahora rondarían la noche por las afueras del lugar, sabiendo que su morada está ocupada por un intruso que osó apropiarse de su santuario, donde el instinto los llevaría de forma memorial a pasados ancestrales donde eran endiosados como seres no pertenecientes a este terruño denominado mundo. A mí no me molestaría su presencia, no tendría ningún problema en aceptar su compañía, el problema era si ellos aceptarían la mía.

Decidí tratar de dormir en aquel ya desconocido mundo para mí, tenía que hacer nuevamente el trabajo de conectar con el lugar. Aunque para ser sinceros y, aunque suene absurdo, nunca tuve una buena relación con aquel lugar. Mucho menos después de la muerte de mis padres, tal vez por eso me marche y, nunca llegue a sentir al igual que Claudia, ella con su dinero, yo con la casa, que nos pertenecían. Y si bien había vuelto a aquella casa, seguía sabiendo que nunca me pertenecería. Pero algo, no sé qué, me avía obligado a volver, al menos por un tiempo, una reconciliación momentánea con mi pasado.

Me dormí rápida y profundamente por unos diez minutos, luego me desperté con una sensación extraña, como si alguien me estuviese observando o vigilando. La sensación realmente era tangible, no quise pronunciar sonido ni prender la luz. No soy de creer en cosas sobrenaturales, pero por alguna razón tengo la precaución de no burlarme ni llamarlas. En ese momento para mí las cosas estaban claras, quien me estaba observando era una persona de carme y hueso al igual que yo, que habitaba la casa y me había estado observando durante todo el día, cuando yo creía que la casa no había sido habitada por nadie y, quien sabe cuáles eran sus planes para conmigo. La otra opción, que era la que prefería, la presencia de un espíritu o algo similar. Ya dije que no creo en dichas cosas y, quizás solo sea una postura, porque por algún motivo mantengo el respeto a posibles acontecimientos. Si fuese un espíritu o cualquiera de sus aristas con sus múltiples nombres, no creo que culminase con mi vida, desde ya que me pegaría un gran susto, pero creo que es más factible que un ser vivo decida acabar con la vida de otro ser vivo.

Todo sucedió en cuestión de segundos, escuche un ruido de algo o alguien moviéndose, luego vi brillar entre la oscuridad unos ojos amarillos que sobrepasaban la altura en la cual yo me encontraba. Casi instintivamente decidí tomar el celular y alumbrar aquellos ojos con la linterna. El maullido de un gato me sobresalto, se encontraba parapetado sobre una pequeña mesa de madera que se encontraba ubicada en el rincón extremo de donde yo me encontraba. El gato salto y lo perdí de vista. Nunca pensé que la presencia de un gato en la noche podría asustarme tanto, cuando salto y desapareció de aquel rincón, lo primero que intuí fue a cubrir mi rostro, porque realmente sentí que el gato se dirigía directamente a atacarme.

Entre tantos dioses o entidades puestas en dicho pedestal por la humanidad a lo largo de su existencia, algunas culturas antiguas tomaban a los gatos como dioses, tal como la egipcia, también lo fueron para la china, escandinava, japonesa, griega, celta, peruana, tailandesa e india. Es indudable que estos felinos tienen una mística especial, aunque yo prefiera a los perros, no puedo ignorar la relevancia de estos animales sobre las culturas y las personas en sí misma. Por lo cual se me hacía evidente que aquellos felinos estaban reclamando mi casa como su propio templo, la cuestión pasaba por convencerlos de que yo era un simple huésped que solo pasaría una estadía en aquel lugar, que no tenía intenciones de despojarlos de aquel hogar templo.

No soy un amante de los gatos, por lo cual el hecho de hablar de dicha forma no es racional para mí, lo más sencillo seria echar a aquellos animales de alguna manera, pero como dije en párrafos anteriores, la casa me era heredada, no la sentía mía, quizás los gatos tenían más derecho sobre ella que yo mismo. Después de todo se habían ocupado de cuidarla durante todo el tiempo que estuve ausente. Por algún motivo aquella casa no había sido ocupada por seres humanos, creo que el motivo era o fue el poder de disuasión de los felinos, ese mismo poder que ahora querían aplicar conmigo.

Sinceramente pase una mala noche, no temía que los gatos me acecinaran mientras dormía, pero los escuche correr y pelear toda la madrugado por los techos. Al despertar Salí hacia el patio trasero, ese fondo que parecía interminable, el sol brillaba entre el roció que aun abundaba. Entre unas ramas tiradas descubrí a un gato negro de lomo grisáceo, estaba semiescondido y me observaba. Trate de acercarme y ofrecerle tranquilidad, pero el gato dio un maullido, trepo a un árbol y desapareció. Al menos para mí vista.

Decidí cortar el pasto, más por aburrimiento que por estética, es más. Había decidido dejar parte del césped crecido, para que los gatos y la naturaleza en si misma se sintieran lo menos invadida posible. Por primera vez desde mi llegada me acerque hasta el fondo del terreno. Un paredón de poco de más de dos metros hacia de división con una fábrica abandonada de carrocerías. Me llamo la atención tres sillas apiladas de plástico puestas contra la pared al lado de un gran árbol de floripondios. Creo que recordaba levemente el floripondio pero no las sillas. Luego comencé a divisar distintos tipos de hongos por todas partes, podían ser alucinógenos, venenosos, comestibles. Qué se yo, los había de todas formas. Y dos gatos observándome desde arriba del paredón. Debo confesar que aquella situación llego a incomodarme un poco, evidentemente los gatos no querían ser mis amigos, solo me vigilaban. Mi intención era arrancar algunos de aquellos hongos, solo por curiosear, pero la mirada de los gatos me hizo desistir momentáneamente de mi acción, aquello quizás fuera su reservorio personal y, de alguna forma debería pedirles permiso.

La única forma que se me ocurría de poder pedir permiso a un gato para poder tomar algo que en teoría me pertenecía porque se encontraba en mi terreno, pero en teoría también les pertenecía a ellos por tiempo de posesión. Pero por sobre todas las cosas les pertenecía porque no comprenden leyes humanas y, aquello es más que suficiente. Así que me dirigí al mercado del barrio, compre unas cervezas, algo de comida para mí y, la ofrenda para los felinos, que no era otra cosa más que comida para gatos, pero de alguna forma debía comenzar a tratar de ganar su confianza. Así que deje recipientes de comida por diverso lugares del patio, al igual que cuencos con agua. La tarde cayó, no tuve noticias de los gatos. Me puse a leer para matar el tiempo, estuve tentado de llamar a Claudia, quería pedirle perdón, o al menos excusarme en mi actuar, pero no lo hice, todo los días tenía el mismo dilema (por ello me reitero en el tema). Comprendí que no la llamaría, ni que ella lo haría. Claudia había sido clara, no tenía nada que reprocharme, y yo había obrado según sus palabras, no tenía porque sentirme culpable. Era evidente que jamás nos volveríamos a ver, ni siquiera volveríamos a hablar.

La noche se hizo más oscura, de a poco el sueño fue ganándome, me dispuse a dormir sin tener idea de que hora era. Ruidos en el techo nuevamente, peleas y maullidos. Aquello complicaba mi intención de dormir, al rato aquellos ruidos colmaron, me quede entre dormido. Los gatos pueden ser muy sigilosos, pero tuve la intuición de que aquel que había entrado al interior de la casa aquella noche, no tenía la intención de ser sigiloso. A diferencia de la noche anterior que me había despertado la mirada incauta del felino, esta vez me despertaron sus ruidos, saltando de un lado para el otro tirando todo lo que tuviera en frente. No sé si era el mismo gato que la otra vez, poco importaba. Me desperté inquieto, pero sabiendo que aquellos ruidos pertenecían a algún gato. Sentí su maullido prácticamente sobre mi cara y muy tranquilamente se dispuso a salir del interior. Lo hizo por la puerta traseras, puerta que yo creí a ver serrado. No sé por qué motivo decidí salir y adentrarme en la oscuridad del patio. Camine hasta el fondo, realmente todo era muy oscuro, pero pude distinguir el contraste de las sillas blancas con el negro de la noche, apiladas en la pared del fondo. Y sobre ella al menos tres pares de ojos brillaban, solo bastó un parpadeo para que desaparecieran. No tenía idea de que horario era, solo sé que salí en la oscuridad, y de golpe el cielo ya había aclarado. Los gatos ya no estaban, los cuencos de agua y comida estaban intactos, los hongos brillaban ante la primera luz del día y las pequeñas gotas de roció, que lo hacían parecer cubiertos de diminutos diamantes.

No sé cómo funciona el hecho de dar ofrendas, si es la denominación correcta en darle alimento y agua a los felinos. Lo que si se es que de mi parte fue un acto de buena fe, quizás los gatos no rechazaron el alimento, sino tan solo no tenían hambre, quizás estaban acostumbrados a casar sus presas para saciarse y, aquel alimento envasado que yo les había dejado tal vez no representaran dicha cosa para ellos. De una u otra forma yo había hecho mi parte, así que decidí tomar aquellos hongos. Los deposite sobre una mesita y me acosté a dormir.

No tengo mucho conocimiento sobre hongos, podrían ser o no alucinógenos, podrían ser venenosos, pero eso no significaba que pudieran llegar a matarme. O quizás solo fueran hongos sin más ni menos. En todo caso podría tomar la vitamina D de las cuales los hongos se nutren y, eso no sería nada malo. Aunque mi intención era dar con la psilocibina que habitan en algunos de ellos, ese componente es el que me aria alucinar, aunque tampoco estaba desesperado por ello, si llegaba a pasar, pasaría. No todo los hongos que había recolectados eran iguales, comencé a comerlos, pero tome la precaución de no hacerlos con aquellos que tenían un color pardo, por algún motivo mi mente registraba que aquellos podrían ser venenosos. La mayoría no sabían a nada, eran algo carnosos, sus texturas eran bastante similares. Decidí no comerlos todos y, dejar alguno para cocinar, si resultaba que de dicha ingesta no me indigestaba, valga la redundancia o, moría o, terminaba creyéndome gato.

Creo que me quede dormido, no puedo aseverarlo con certeza. Cuando regrese de aquella desconexión momentánea de mi cerebro me sentía extraño. Drogado para ser más preciso. En algún momento de mi vida consumí mariguana y, algún otro tipo de drogas químicas. Pero esto nada tenía que ver con aquellas formas de estar drogado. Mi cuerpo estaba lento, ido, las cosas a mi alrededor se sentían distintas, eran como si tuvieran movimiento aunque se encontraran quietas. Ya caía la tarde, Salí al fondo, contemple los colores del atardecer, pude escuchar todos y cada uno de los sonidos del lugar. Los pájaros volando, los insectos caminando entre el césped, el viento, hasta pude ver al viento. El ruido ensordecedor de las hojas, las mismas nubes pronunciaban un sonido que nunca antes había detectado en mi vida. Pude escuchar los sonidos que quedan viajando eternamente por el universo, quizás hasta oí mi propias palabras dicha unos veinte años atrás, como también pude haber escuchado las voces de mis padres hablando en aquel mismo fondo. Vi colores que no tenía idea que existieran. Me pregunte porque crecerían hongos alucinógenos en el fondo de mi casa. Pero también me pregunte cientos de cosas más, a muchas le pude encontrar la respuesta. Como a la utilización que hace dios del diablo para así poder existir. Pero también me pareció ridícula la gestación del ser humano.

Los gatos comenzaron a aparecer por todos lados, no sé si era debido a la ingesta de los hongos pero pude divisar más de veinte, camine entre ellos, entre sus maullidos, llegue al paredón, los gatos comenzaron a subirse a las sillas de plástico apiladas, entonces redescubrí que aquellas sillas siempre habían estado allí, eran parte de mi adolescencia, poco antes de que mis padres mueran esas sillas habían sido compradas por ellos. Pero no recuerdo haberlas dejado apiladas en el fondo, ni siquiera recuerdo haberme sentado en ellas a compartir un atardecer con mis padres. Y luego de veinte años las sillas seguían intactas y, los gatos eran sus dueños, al igual que lo eran de la casa. Un ejército de gatos me asechaba, habían dejado que consumiera sus hongos solo para que comprendiera que nada tenía que hacer en aquel lugar, quien avisa no traiciona, y solo se avisa una sola vez.

Me lave la cara, junte mis cosas, me despedí en silencio de la casa, sobre todo del fondo y los gatos, me marche. Un gato se apresuró a seguirme, cuando estuvo a mi lado me maulló y me miro directo a los ojos, suena raro pero eran los mismos ojos de mi madre, forma y color. Me agache y lo acaricie, seguí caminando y el gato me siguió, juntos nos fuimos de allí, aquel lugar nunca me avía pertenecido, ni siquiera de chico, y no es bueno quedarse en lugares que a uno no le pertenecen, solo contaminan el alma. Quizás aquel gato tampoco se sentía perteneciente a dicho lugar, o quizás había decidido acompañarme para cuidarme, porque hacía mucho tiempo que estaba esperándome, y aunque yo ya era un sujeto grande, la mirada de aquel gato comprendía la fragilidad de la mía, como si fuera la de un niño, como la comprendería la mirada de una madre.

Fragmento que no fue

(La vida de los otros)

Cuando me hablaste por última vez tenías la mirada muerta, los ojos ahuecados como dos cavernas. Llorabas pero tus lágrimas estaban secas. Pero claro que lloraste, porque sabias que no ibas a volver. Nunca me lo dijiste, pero no hacía falta, era algo que yo ya tenía asumido. No existía ninguna sorpresa en tu huida, siempre supe que te marcharías, que te escaparías, como siempre supe de tus mentiras, de tus engaños. Y no hablo del engaño con otros hombres, sino que me engañaste con tu vida, con tu pasado y, hasta con la predicción de tu futuro. Y hoy la piel se me eriza al recordarte, al sentir el aroma de tu piel en cada mujer que cruzo. Y lloro, ¡claro que lloro!, mis lágrimas arden quemando mi piel, y lo que queda de mi alma, esa que vos te llevaste el día que te marchaste. No como las tuyas, que ni siquiera sabían a sal. Porque bese tus ojos cuando lloraste, esas dos inmensas cavernas tratando de encontrar el sabor del dolor, pero tus lágrimas jamás me supieron al dolor. ¿Cómo se puede llorar sin sentirlo?, y yo ¿Cómo pude aceptar todo aquel perverso juego? Fingías una vida que no tenías, un mundo que no existía, y yo, fingía que de nada me daba cuenta. Cuantas veces habré pensado: “si te dejo hablar, si te dejo caminar por el filo del engaño, es porque no quiero ponerte en evidencia, tal vez mañana recapacites”, creyendo que de aquella forma te ayudaba en algo. Pero lo peor de todo fue que vos siempre tuviste presente que yo sabía que mentías, y me dejaste caminar por esa cornisa del engaño tácitamente pactado. Pero un día te fuiste, y yo jamás salí a buscarte. ¿Qué sentido tendría hacerlo? Lo que si no pude evitar, fue hablar de vos, no de manera despectiva, sino que necesitaba exorcizarte de mi vida de alguna forma. Hable de vos con todo el mundo. Extraña forma de querer olvidarte, de sacarte de mi vida. Pero era la única forma de apagar el dolor de aquello que se había destruido en nuestras vidas antes de empezar a ser construida.

Hoy solo me queda una certeza, que el olvido no existe, y que si alguna vez te cruzo por la calle no voy a detenerme. Porque aunque el olvido no exista, ya jamás podre recordar tu rostro, porque nunca supe de verdad quien fuiste y, por ese motivo, nunca más podre recordarte.

Fragmento olvidado o descartado, de un libro que nunca fue

El día que me negaste la sonrisa que me habías regalado comprendí que era un simple mortal, y que vos eras mi asesina. Yo que era un hombre solo, carente de todo, entendía que la vida era eso, un círculo perpetuo, sin vida, sin muerte, solamente eso. Un caminar eterno por las sombras más agudas. Yo no esperaba nada, mucho menos a nadie, sin embargo apareciste como de la nada, con esa mirada misteriosa, esa forma cadente de andar, con tu pelo salvaje al igual que vos, que tu espíritu. Peleando eternamente quien sabe contra qué, pero con la intención solo de mantener tu alma intacta, aunque ya no lo estaba. El eterno misterio de tus ojos, el juego peligroso de la seducción, el fallido de tus palabras con la verdad relativa, tratando de conseguir eso que vos solo sabes. Y tu sonrisa perfecta, esa misma que se disputan el bien y el mal. Pero vos te manejas por fuera, porque no necesitas ni al bien ni al mal, quizás sean guerras que ya ganaste, o que no te interesan pelear. Vos fuiste quien me hiso redescubrir la mirada distinta, el juego del amor, aunque propiamente no lo sea, la caricia de tu mano sobre mi rostro, la ilusión de que todo va a estar mejor, pero solo eso es lo que das, ilusión. Entender que puedo sonreír con solo pensarte, que el agua de tus labios es la peor tortura para mi sed. Que sabes herir con la necesidad y el cinismo, de quien reclama algo que no le pertenece, con esa magia que se te dio a conocer, para jamás ser revelada, con la perfección de quien vivió más de una vida. Que podes robarme el sueño, como la hechicera que sos. Aunque yo, no crea en brujas ni hechizos.

LA MUERTE QUE NO FUE

No se distingue bien, pero asimilo que aquellas sombras son personas. Murmullos que a lo mejor sean gritos, voces cavernarias, sonidos de ecos casi ininteligibles.

Solían contarme que cuando era niño, a menudo tenía fiebre, acompañada de grandes pesadillas que nunca lograba recordar del todo. Pero hay una que me quedo grabada en la memoria, seguramente distorsionada con el correr del tiempo. La fábrica donde trabajaba mi padre explotaba, el cielo comenzaba a ponerse de una tonalidad rosácea y, comenzaban a caer flores desde el cielo. Yo podía tocarlas, al agarrarlas generaban una gran presión en mi mano y todo mi cuerpo.

Lo que sucedió aquel día fue algo similar a una pesadilla, pero solo en mi primera percepción, lo cierto es que todo fue absolutamente real. Mis primeros recuerdos son borrosos, irreales. Si recuerdo que aún no salía el sol, destellos de imágenes en la camioneta de mi padre, luego, el oscuro total. Si aquel día no tuviera que haber ido a la escuela, hoy no estaría escribiendo esto. Si mi hermana no hubiese intentado despertarme porque llegábamos tarde a la escuela, jamás hubiese despertado. Y yo que odiaba tanto la escuela, fue la causalidad que me salvo la vida. Luego una silla de ruedas, un hospital y el divague total. Jamás comprendí hasta horas después que me encontraba en un hospital. Recuerdo que pedía por mi campera, decía que tenía que volver a buscarla, todo para escapar de aquel lugar que yo arbitrariamente interpretaba como una especie de prisión, en la cual sería abandonado a mi suerte.

Nuevamente el oscuro total, luego las voces de una desconocida y, la de mi madre. Esa voz desconocida pedía que yo no vomitara, porque el vómito podía irse a mis pulmones, provocándome ahogamiento y, la posterior muerte. Pero yo no dejaba de vomitar. Recuerdo una palangana, o un balde entre mis piernas, lo mismo da. Era para que todo aquel vómito callera dentro del recipiente. Mi madre no podía hacer nada para que yo dejara de despedir todo lo que tenía en mi estómago, quizás hasta parte de mi alma fue volcada sobre aquel recipiente. Nada podía hacer mi madre pada impedir el vómito de su hijo, que ya había escapado a la muerte, quizás por el simple hecho de que aún no era mi momento.

Todo a mi alrededor era nebuloso, nada podía distinguirse con claridad, pero si puedo asegurar que el malestar que se vivía en aquel lugar, no me pertenecía solamente a mí.

Algo áspero comienza a rosar mi garganta, la sensación se vuelve más intensa, penetra mi garganta hasta llegar a mi esófago para culminar en mi estómago. Casi al unísono siento un extraño dolor en el pene, son zondas que intentan despedir toda la mierda que en esos momentos corren por mi cuerpo. Un pinchazo en la vena de mi brazo izquierdo, intenta que no me deshidrate a través de suero.

Voces de chicos y madres se escuchan, ya no son voces cavernarias, ya no son ecos. Es la habitación que me toco. Chicos con neumonía, estoy internado en una habitación con chicos enfermos de neumonía. Pero yo no tengo neumonía, tampoco soy un niño, solo un preadolescente de trece años. Y la ironía que siempre está presente, el cuarto está en un segundo piso, mi cama está dividida por un frágil biombo de vidrio, del otro lado, la improvisación de un cuarto lleno de medicamentos. La ironía es que yo no estoy en un nosocomio por estar enfermo, ni siquiera sé bien porque estoy, claro que existe un hecho factico que me hace estar en dicha situación, rodeado de cucarachas, niños y medicamentos, pero un hecho factico que no se condice del todo con la realidad. La facticidad son los medicamentos, mi cuerpo está lleno de medicamentos. O al menos lo estaba hasta que hicieron un lavaje de estómago profundo y, pusieron un drenaje en mi pene. “Intento de suicidio”, es lo que los médicos les dijeron a mis padres. Pero yo jamás tuve la intención de quitarme la vida, como tampoco nunca me tome la molestia de explicar que lo que los médicos aseveraban, no era cierto. ¿Acaso, me creerían?

No recuerdo que mis padres me hayan preguntado porque quise matarme, nuestra comunicación no eran las mejores. Solo recuerdo la visita de algunos parientes, mi novia de primer año de la secundaria y, algunos compañeros de escuela. Salvo uno de ellos, los demás no eran amigos, esos gestos de las personas se aprenden a valorar con el tiempo. Porque no creo que en aquel momento tuviera ganas de verlos. Unos de mis compañeros, del cual no recuerdo el nombre, nos contaba a mí y a los presentes, como su abuelo se había querido cortar las venas, y luego lo habían tenido que coser con hilos de oro. Todos reímos, no teníamos idea si la historia era cierta y, si los hilos de oro son utilizados para cocer venas.

Como ya dije, me encontraba en un segundo piso, al lado de un enorme ventanal abierto. Alguien sugirió que podía tirarme desde allí, nadie río esta vez, aunque a mí me pareció una buena broma, precisa ante lo irónico de la situación. Tendría que haberme tirado para poner fin a la incomodidad, a la ironía y a la broma, o solo debí haberme reído, para aseverar que la broma había sido oportuna, pero no hice ninguna de ambas.

Por supuesto que luego de mi aparente intento de suicidio, me derivaron a un psicólogo. No sé cuántas sesiones fui, pero no fueron muchas. La verdad era que yo nunca hablaba ante mi psicólogo, y por lo visto él no tenía el don de hacerme hablar, o no le interesaba, o era su forma de ejercer la psicología. No es que yo no tuviera nada por decir, lo más probable es que no estuviera preparado para hacerlo. Así que luego de aquellas sesiones fallidas, el psicólogo le dijo a mi madre que él no podía hacer nada por mí, que quizás debería probar con otro profesional. Desde ya que aquello no sucedió, y jamás volvió a tocarse el tema en mi casa.

De alguna forma comprendí el miedo de mis padres, antes solía decir que ellos eran buena gente, pero no sabían ser padres. Sigo sosteniendo que eran buenas personas, pero no puedo aseverar que no sabían ser padres, desde que yo lo soy. Lo más probable es que yo tampoco sepa ser padre, pero eso ya lo juzgaran mis hijos. La verdad es que mis padres no sabían cómo lidiar conmigo, y ese temor, y el no saber, los llevo a dejar que yo hiciera con mi vida casi cualquier cosa. Solo asimile los límites necesarios, para no desviar el camino por completo, y hoy poder estar escribiendo estas palabras.

Vigía

Vigilar resulta una palabra poco agradable, ¿a quién se vigila, como se lo vigila? Entenderíamos que se vigila a una persona que se encuentra en falta con la sociedad, entenderíamos que se vigila a una persona que se quiere controlar. Los primeros adjetivos que se me ocurren ante esta palabra son, precaución, y malicia. Pero claro que si profundizamos un poco más, entenderíamos que aquella palabra está más presente en nuestras vidas de lo que pensamos. Todos somos vigilados, el mundo es un gran panóptico, como lo interpelara Foucault. Pero lo mío no se trata de un análisis sociológico, aunque bien podría decantar en un análisis psicológico. Mi dilema está centrado en cuando uno se convierte en vigía de un ser querido, hay un detonante que nos lleva a eso. Mi error seguramente fue no saber cuidar, vigilar no tiene que ver con cuidar, pero en algunas situaciones emocionales las diferencias se vuelven demasiado sutiles. Aunque las palabras estén sumamente marcadas por un significado concreto.

Todo comenzó al poco tiempo de la muerte de mi madre, cuando ella murió, en lo inmediato supe que al poco tiempo mi padre moriría. Era algo que yo lo tenía muy presente, y no sabía cómo manejarlo. A diferencia de la muerte de mi madre, la de mi padre no me tomaría por sorpresa. Pero tampoco conseguí prepararme para asimilarla. A mi padre le quedaban tres motivos más para seguir viviendo. Mis hermanas y yo. Pero no, él no podía con eso, cuando su esposa, nuestra madre, murió, el murió con ella. Es un acto que podría reprochárselo, bajar los brazos cuando aún tenía una hija que no llegaba a los quince años. ¿Qué culpa teníamos nosotros que su rol como padre siempre haya sido delegar las cosas a mi madre, que culpa teníamos nosotros, que su impotencia y dolor no lo dejara dar una vuelta de página abrupta y, ser padre?, al menos con mi hermana menor. Después de todo, ¿qué culpa teníamos cada uno de nosotros de la muerte de Raquel? Pero no, no lo culpo, ni le reprocho nada. Le he reprochado mucha más cosas a mi madre cuando murió. Por ejemplo, lo culposo e inseguro en mi vida, eso se lo debo a ella, pero llega un momento en la vida que uno debe dejar de culpar a los padres por la cara de boludos que tenemos y, hacernos cargo de una vez por todas de nuestra adultez, con sus errores y logros, todo es parte de un mismo coctel. En fin, volviendo a mi padre, jamás podría negar que “era o fue” una buena persona, (siempre se cometen dichos errores de pasado y presente, con las personas que ya no están), el problema es que siempre tuvimos una relación distante. O mejor dicho, él siempre tuvo una relación distante con sus hijos. Y nosotros no supimos revertirla, ni siquiera con la muerte de mi madre, de hecho, nos alejamos mucho más. Siempre fue una persona callada, reservada, y sobre todo, una persona con miedo, miedo a que algo les sucediera a sus hijos. Eso siempre pude verlo en su mirada, cada vez que me decía no a algo, como también denotaba su tristeza o melancolía en la misma, como si la trajera con él desde el mismo día de su nacimiento. No creo que tuviera miedo de que le sucediera algo a su mujer, porque siempre tuvo en claro que el moriría primero. Era la fórmula matemática perfecta, no podía resultar de otra manera, pero como la vida no es matemáticas, la formula falló.

Me convertí en el vigía de mi padre. En esta parte del relato aparecerán escenas confusas y borrosas. Por ejemplo mis recuerdos indican que desde la muerte de mi padre, yo estuve los seis meses que le sobrevivió, completamente solo con él. Con el tiempo logre comprender que aquello fue más una sensación que una realidad, pero sí sé que estuve mucho tiempo solo con él, y mi imposibilidad de hablar, me convirtió en el vigía que fui. Es rara la percepción que la mente puede dar a esos recuerdos, por momentos recuero aquellos meses como cortas semanas, otras tantas los recuerdo como un tiempo inacabable, casi como una percepción onírica, donde lo consiente se volvía disperso, confuso y aletargado. Hasta que la visual volvía a tener sentido, los sonidos volvían a sentirse como reales, y entonces no había otra cosa más que solo realidad y vulnerabilidad.

Esto es lo que recuerdo, mi hermana mayor en aquel entonces trabajaba en una colonia de vacaciones, se hizo cargo de mi hermana menor y se la llevo con ella. Es decir, que me quede solo con mi padre. Pero es lo mejor que pudo hacer mi hermana mayor, ya que ni su padre, (nuestro padre) ni yo, estábamos capacitados para hacernos cargo de mi hermana. En lo personal pasaba por una etapa de cambio y, bastante desordenada. Tenía planes, pero la muerte de mi madre me obligo a postergarlos, por ejemplo, no me pude ir de aquella casa.

Tenía una banda de música con la cual llegaba a distraerme bastante, la misma comenzó muy precariamente, poco antes de la muerte de mi madre y, termino de consolidarse a posterior de la muerte de mi padre. Al poco tiempo nos separamos y, cada cual con su vida. Pero en fin, la historia marcha por otro rumbo. Mi ansiedad estaba al máximo, no sabía cómo hablar con mi padre. Sabía que estaba en una cuenta regresiva, y mi ansiedad tenía que ver con la absurda maquinación de poder salvarle la vida, al menos por un tiempo más, porque al fin y al cabo, la muerte siempre gana. Por aquello me convertí en su vigía. Tampoco sabía cómo hablar con mi hermana mayor, mucho menos con mi hermana menor. Creo que al día de hoy tiene hacia mí un gran resentimiento, creo que no entendió que todo, nos pasó a todos, que cada cual hizo lo que pudo, y que por suerte estaba mi hermana mayor para cuidarla,… cuidarnos. Pero también la entiendo, después de todo yo era su hermano mayor, nuestra madre había muerto, luego nuestro padre, y yo, yo no supe estar para ella, lo reconozco, pero la realidad es que apenas podía conmigo. Hoy no tenemos una relación de unión, ni buena ni mala, nunca pudimos construir aquel vinculo de hermandad, no puedo asegurar que con el tiempo aquello llegue a concretarse. Creo que lo que no pudimos construir en su momento, no lo construiremos de buenas a primeras.

Yo vivía en la casa del fondo, no en la casa principal donde vivía mi padre. Pero compartíamos ese espacio en común casi todo el tiempo. En silencio, cenas silenciosas, domingos silenciosos, tardes silenciosas. Todo en una atmosfera de angustia. En cierto punto, yo pasaba mucho tiempo con mi padre sin estar con él. Es decir, compartíamos espacio físico, por más que no viviéramos cien por ciento bajo el mismo techo, trabajábamos en el mismo sitio. Una empresa que mi padre tenía junto a sus hermanos, de la cual yo tenía planeado irme, poco antes de que mi madre muriera. Su muerte postergó mi ida por mucho tiempo, es más, logre irme de aquel lugar años después de la muerte de mi padre. En fin, el hecho es que me cruzaba con él todo el tiempo, pero tratábamos de evitarnos, esto debido a que ambos éramos ajenos a la demostración de emociones, no porque nos odiásemos, sino porque no sabíamos cómo hacerlo, necesitábamos hablar, pero lo evitábamos todo el tiempo. Mi padre era alcohólico, y eso comenzó a preocuparme bastante en su última etapa de vida, cuando digo alcohólico, me refiero a eso, una persona que necesita beber alcohol todo los días. Pero no era un borracho, ni siquiera cambiaba su carácter al beber, siempre se comportaba de la misma forma, “la procesión va por dentro”, la no exteriorización lo mato. Al principio, nunca tome su alcoholismo como algo preocupante, porque nunca vi cambios notorios en su personalidad, pero si comencé a preocuparme cuando me convertí en esta especie de vigía, ya que sus noches no culminaban hasta que la última gota de vino desapareciera del vaso, eso implicaba que sus fantasmas rondaran por su cabeza todo el tiempo, y que sus noches fueran cada vez más largas. A pesar del desarrollo de los acontecimientos no me sentí culpable de su muerte, es que como ya dije, el destino ya había decretado la misma, mi error, querer prolongarla, sin siquiera saber cómo.

Creo ese es el mayor error que cometemos cuando queremos a alguien, tratar de salvarle la vida a ese alguien, que ya no quiere vivir, lo más noble seria no cuestionarlos y, dejarlos ir.

¿Cómo vigilaba a mi padre?, de la siguiente manera. Yo vivía en la casa del fondo, la ventana de mi habitación, según cual fuese la ubicación en la que me colocara para observar, daba directamente a la puerta del fondo de la casa principal. Dicha puerta tenía una ventana, por esa ventana yo podía ver si mi padre estaba despierto, acodado a la meza, claro que mi visión no era la mejor, solo podía ver una parte de su cuerpo y su cana cabeza. Más me guiaba por la luz de la casa, cuando aquella luz se apagaba, indicaba que se había ido a dormir. Y eso me tranquilizaba, era un absurdo, como si aquel apagar de luz le diera un día más de vida. Yo podía estar horas observando por aquella ventana hasta que la luz se apagara, como si estuviera bajo los efectos de alguna droga, que me volvía paranoico e impedía despegar mi visual de aquel reducto. Con el tiempo comprendí que lo que verdaderamente me preocupaba, no era su muerte, porque eso ya estaba, lo que yo quería era que descanse, que su mente frenase, que entendiera que aun estábamos sus hijos, aunque al decir verdad, prácticamente no estábamos. Todo habría sido más fácil si me podría haber sentado a hablar con él, decirle que ya estaba, que de alguna forma debía continuar. Pero no lo hice, no supe cómo hacerlo. Ni siquiera el día que lo descubrí hablando con mi madre. Desde ya que no tome dicho actuar como un principio de decadencia de sus facultades mentales, sino que solo necesitaba hablar con ella. Le estaba diciendo claramente que no podía más. Yo lo interpele preguntándole que hacía, imposto una sonrisa y me dijo que nada. A lo mejor había llegado a un acuerdo con mi madre. A lo mejor en aquella charla habían acordado el final que yo ya tenía presente.

Meses viviendo de la misma manera, esperando que la luz se apagara. Un día, evidentemente por un hecho de la causalidad, me quede dormido antes de que aquella luz se apagara. Toda mi vida sufrí de insomnio, toda mi vida me costó dormir. Pero aquella noche no, ni siquiera me desperté en la madrugada para ir al baño, y descubrir que la luz aún seguía encendida, e ir hasta la casa de adelante y, quizás, solo quizás, poder haberle salvado la vida a mi padre, al menos por un corto tiempo más. Pero indudablemente las cosas debían ser así. Todo estaba planeado de ante manos, tal vez por el destino, quizás por dios, o el universo, quizás por mi madre y, mi propio padre. Lo cierto es que nada fue casual. Lo que más me molesta es la perversidad de la situación, no por mí, sino por mi hermana menor. Ella que casi nunca solía estar en casa, esa noche estaba. El destino tiene un gran sentido de la perversidad, la situación de aquella noche, devenida en mañana, fue creada por perversos, sean quienes sean, en plural o en singular. Supongamos que la decisión fue tomada por dios, si es que existe. Manejo la situación de forma tal, para que una chica que aún no cumplía los quince años, descubriera a su padre muerto en el suelo. Eso es perverso e innecesario y, no es casual que el mundo este plagado de dichas situaciones cargadas de cinismo. Y resulta imposible que algo así no marque el resto de su vida. Yo también descubrí a mi padre muerto en el suelo aquella mañana, cuando me levanté para ir al trabajo. Lo único que me reprocho, es no haber tenido la lucidez necesaria para manejar la situación, yo desperté a mi hermana, la desesperación me llevo a eso. No sé si podría haber evitado que viera el cadáver de mi padre. Pero no debí despertarla.

Jamás imagine aquel escenario de muerte, jamás imagine ningún escenario posible, aunque haya tenido tan presente su pronta muerte desde el día que mi madre se despidió de mí, para luego morir. En el hospital de la Plata, luego de estar varios días en terapia intensiva, todos esperábamos un milagro, un milagro que sabíamos que no llegaría. Me negaba cada día a entrar a verla en los horarios de visita. Hasta que un día lo hice, solo la mire, no le hable. Esa misma noche murió y, esa misma noche comprendí que mi padre había muerto con ella. Y que mi vida y la de mis hermanas cambiarían para siempre. Si bien la muerte es un hecho natural, es natural sobrevivir a nuestros padres, la aceptación del hecho factico es un acto muy difícil, tan así que no lo llegamos a tomar como un hecho natural, sino hasta tiempo después.

El tiempo pasó, mi vida siguió cambiando, y al mismo tiempo se estancó para siempre. Al menos en algún punto. Pero un día conocí a una persona que cambiaría mi vida, fue al poco tiempo de la muerte de mi padre. Cuando ya comenzaba a sostener mi vida en una tonalidad de pesimismo, como si el mundo solo se manejase de aquella manera, en una tonalidad musical de acordes menores. Pero no lo padecía, solo lo asimilaba, después de todos hay quienes deben de encargarse de equilibrar al mundo. Pero un día apareció ella, Una nenita de rulos, salvaje, una nena que tenía mucho amor por dar y por recibir. Un día me miro y me dijo, vos vas a ser mi papá, y ya nada volvió a ser igual. Esta última parte parecería sacada de contexto, sin mayor explicación. Pero no todo en la vida debe ser explicado, ni siquiera en un relato donde el contexto es lo básico, la deducción y la imaginación pueden ser mucho más importantes. En fin, Lo único que espero, que en la verdad de los genes heredados y las taras no queridas, es tener la solvencia necesaria con mis hijos para que nunca tengan que ser, el vigía que yo fui.

GÉRMENES. (El centésimo nombre de dios)

(NO ES OTRO RELATO APOCALÍPTICO)

Observe mi rostro por enésima vez en el espejo de pared del departamento, la luz que se posaba justo por encima del mismo, dejaba relucir la verdad de mis ojeras y mi pálido rostro. O quizás solo lo exageraba. Hacía una semana que estaba encerrado, la depresión era insostenible, lo único que me quedaba era mirar por el ventanal hacia el exterior y, lo que se lograba ver no era nada prometedor. Hacia una semana que no salía el sol, hacia una semana que el frio aumentaba a diario, hacía más de un mes que las calles se encontraban prácticamente desiertas. Había perdido la noción del tiempo, tenía la sensación de que en la nación en la cual vivía, o solía vivir, ya no era tal cosa. Esas cuestiones suceden cuando un país es invadido por fuerzas externas o internas, las banderas cambian de colores, las políticas de estados son remplazadas, si es que alguna vez se tuvieron. La incertidumbre y el miedo invaden a las personas. Pero lo que invadía a mi nación no era otra potencia extranjera, ni las fuerzas subversivas, sino que mi país estaba invadido por gérmenes. Los gérmenes están en todos lados, convivimos con ellos, creamos anticuerpos para defendernos. Pero esta vez los gérmenes eran como plagas de langostas devorándolo todo, gérmenes que siempre habían estado pero que ahora se multiplicaban por millones cada día, y además la aparición de nuevos gérmenes que eran completos desconocidos para nuestra existencia. La mayoría de las personas podían convivir tranquilamente con estos gérmenes, pero para otros resultaban letales. Había gente que enfermaba realmente mal, y las curas no eran más que placebos, por ende esa gente nunca dejaba de estar enferma hasta morir. De golpe la realidad se convirtió en una ficción mala del apocalipsis, todos nos convertimos en potenciales mutantes y, prontamente todos nos convertimos en seres detestables capaces de cualquier cosa por sobrevivir.

Lo sencillo de los relatos apocalípticos es que cualquier hecho, por más absurdos que sea, pueden detonarlo. Un día así como así, sin mediar demasiadas explicaciones nos despertamos en un mundo devastado y solitario. Lo complejo es mantenerlo como verídico y posible, en una ficción no importaría demasiado, pero cuando la ficción es obligada a convertirse en real, el discurso se vuelve carente de moral, se convierte en la causa que hay que mantener. Pero lo importante de esta historia no es el escenario, por más real que sea o no, lo que importa es el personaje, y el control que se puede suscitar a través de los temores.

Salía poco a la calle, a realizar las compras y no mucho más que eso, hasta el momento yo no había tenido ningún problema con los gérmenes. La gente en las calles estaba triste y angustiada, y mucho más agresiva que lo de costumbre, y esto también se debía, como dije anteriormente, a que el clima no ayudaba al buen ánimo. Todo se había convertido en un gris monótono. Un sujeto, un vecino del edificio que me cruce una vez en la entrada del mismo me dijo, que el frio y el gris del clima se debía a los gérmenes, que eran tantos que cubrían el cielo, no dejando penetrar al sol, y que si las cosas seguían así, no serían los gérmenes directamente quienes nos aniquilarían, sino el frio que provocarían indirectamente sobre la tierra. No pude evitar mirar al cielo.

Una o dos veces a la semana pasaban avionetas fumigando a los cielos, con la intención de aniquilar a los gérmenes, pero la realidad era que dichas fumigaciones terminaban por matar más indigentes, personas con asma o alguna enfermedad preexistente, que a aquellas cosas invisibles. En mi visión pesimista siempre entendí que el mundo era una mierda, pero todo este delirio distópico lograba superar mis propias fantasías y afirmaciones sobre el mundo.

Por otro lado, la que no estaba pasando por una buena situación a causa de dichos gérmenes, era mi mujer. Hacia una semana que estaba postrada en la cama, no habíamos dado aviso a los hospitales, ningún vecino del edificio lo sabía, solo por miedo y desconfianza. Mucha gente que era infectada con gérmenes eran aisladas, muchos al poco tiempo morían, de otros no se volvía a saber nada, y pocos eran los que volvían a sus hogares. Entonces preferimos mantenerlo en secreto, como gran parte de la sociedad, no exponíamos a nadie, ella no salía del departamento y yo…, bueno yo tomaba las precauciones necesarias, y al parecer, tenía alguna especie de inmunidad ante los gérmenes, o almenas eso quería creer.

El tratamiento que recibía mi mujer era por supuesto arbitrario, en el sentido que ningún médico la había visto. Antigripales, antifebriles, líquido, frutas, verduras. Pero si había sido consensuado entre ambos. ¿Qué otra cosa podíamos hacer?, si en el mundo que quedaba allí afuera no existía ninguna cura certera para combatir a dicha invasión de gérmenes inusitados. A mi entender solo era cuestión de tiempo, los que no morían terminarían por salvarse gracias al propio organismo humano, que generaría los anticuerpos necesarios.

Pasaba mucho tiempo leyendo, de cuando en cuando escribiendo. Casi no dialogaba con mi mujer, ella no tenía ganas de hacerlo, no parecía una persona convaleciente a espera de la muerte, más bien parecía una persona enferma con una fuerte gripe, algo que indefectiblemente terminaría por curarse, pero el tiempo se hacía eterno.

Yo me preguntaba a diario porque no me contagiaba y, solía fantasear como en aquellas películas, en las cuales todas tienen la misma trama y argumento, que quizás yo era la cura de quien sabe qué. Era el escudo contra todos aquellos malditos gérmenes. Lo único que comenzaba a tener en claro era que la humanidad comenzaba a quedarse sola. Casi nadie se juntaba, casi nadie salía de sus casas y, la información que nos bombardeaba todo el tiempo era de una bipolaridad inusitada, estaban quienes veían todo negro y predecían prácticamente el fin de la humanidad. Los más optimistas decían claramente que esto iba a pasar, la pregunta para mí y todos era, ¿Cuándo? Por mi parte comprendí que las cosas no cambiarían, al menos en lo inmediato, cuando el clima seguía siempre en el mismo tono. Estábamos transcurriendo los últimos días de la primavera, sin embargo hacía semanas que un clima otoñal se había instalado.

Yo subía a la terraza del edificio tratando de divisar esa multitud de gérmenes que no dejaban entrar al sol y, algo podía vislumbrar, si miraba fijamente al cielo mis ojos se enfermaban de cataratas y la visión se volvía borrosa, sin duda esos eran los gérmenes invadiendo todo mi cuerpo, que hasta dicho momento no querían alimentarse de mi organismo. Entonces pensé que talvez el porqué de que los gérmenes no vinieran a mí, era porque estaba semimuerto. Suena como una locura, pero ya todo lo era. En mi ignorancia comprendía que los gérmenes buscan cuerpos vivos, pero también existen otros gérmenes que habitan cuerpos muertos, y, si yo no estaba vivo ni muerto, los gérmenes no me buscarían. Y evidentemente existían cientos de personas que se encontraban en mi misma situación, y no lo sabían.

¿El elegido de dios, yo y cuantos más? ¿Con cuántos nombres se lo puede nombrar a dios sobre la tierra y, el respondería?, en algún lugar leí que dios responde a noventa y nueve nombres. ¿Por qué noventainueve y no cien?, porque dios es arbitrario y caprichoso, por supuesto mucho más que el propio ser humano. La realidad es que la superioridad del universo siempre esconde cosas, cosas a la espera de ser descubiertas para mejorar o estropear el mundo. Y dios es parte de dicho universo, y esto no es un análisis teológico sobre la existencia de dios, sino que arbitrariamente estoy decidiendo que dios existe, más allá de que toda mi vida me haya considerado un agnóstico. Hoy decido dejar dicha duda tan necesaria de lado, para incorporarla infundadamente a mis creencias. Podría negarlo, pero no tendría sentido, aunque el sentido común ya no importe. Siguiendo por el camino de la arbitrariedad, cuantas veces se le ha otorgado a dios algún tipo de milagro. De golpe ocurre una catástrofe natural, mueren cientos de personas y un niño se salva quedando huérfano. Y lo primero que se escuchara decir es que fue por obra y milagro de dios, pero los muertos no son por culpa de dios, los padres muertos de ese niño no son la culpa de dios, que esa pobre criatura crezca sin sus padres en un mudo ya terrorífico, no es por obra de dios, la obra de dios es la salvación y la orfandad de ese niño. Así de arbitrario, así de injusto, así de carente de sentido. Tan carente de sentido como mis divagues mientras observo mis ojeras verdes en el espejo de pared, y pienso estúpidamente, y no tanto, que soy uno de los elegidos. Pero prontamente evado aquel infame pensamiento y, sin dejar de observarme al espejo vuelvo a los noventainueve nombres de dios y, decido también arbitrariamente que existe un nombre número cien y, quien lo descubra y pronuncie, lograra acabar con todas las maldiciones existente creadas por el propio ser humano, como este inmundo domo de gérmenes, o quizás el resultado sea completamente inverso, quien descubra y pronuncie el nombre oculto de dios, desatara su ira nuevamente, porque es un nombre prohibido, entonces todo terminara por desaparecer, de algún modo es un punto de encuentro entre las dos posibles funciones del nombre número cien de dios. Uno de los tantos misterios del universo. De repente la vos de mi mujer me corre un poco del eje de mis pensamientos y, digo un poco, porque me acerco a ella y le pregunto: “vos como llamas a dios”, obviamente que no comprende el porqué de mi pregunta y, con su rostro aún más pálido que el mío y dudoso, me responde “dios”, entonces le respondo que no me sirve, que todo el mundo llama a “dios”, “dios”. Ella se siente aún más confundida, pero ahí muere nuestra conversación sobre los misterios del universo y la teología. No sin antes preguntarme si lo que estaba esperando era un milagro divino. Le respondí diciendo que quizás ya era tiempo de que la viera un médico, me respondió que no tenía sentido, que lo que ella tenía como tantas otras personas no tenía cura médica. Solo había dos opciones relacionadas al tiempo, sobrevivir o morir en el intento. Aunque sus palabras fueron dichas entre sonrisas, no dejaba de parecerme ciertamente cruel. Y otra cosa que me pareció cruel, fue la palabra tiempo. Esa cosa que perdemos casi hasta por gusto, pero cuando alguna circunstancia nos obliga a perder el tiempo, (nuestro tiempo) sentimos que realmente estamos perdiendo algo. Anabel estaba postrada en una cama perdiendo su tiempo, sin así quererlo, yo perdía mi tiempo la mayor parte del mismo observándome envejecer ante el espejo, también perdía el tiempo con lo que antes sentía que no era una pérdida de tiempo, con mis libros, mi música y, con mi pasatiempo dedicado a escribir. Ese tiempo indefectiblemente se mescla con los misterios del universo, con la existencia de un dios burlón y macabro. ¿Por qué las personas creyentes se empeñan en creer en un dios plagado de bondad, y que la maldad es solo parte del ser humano?, no quiero redundar y volver a hablar de lo mismo, pero ahora yo había decidido arbitrariamente la existencia de dios, la había decretado en mi ser, bajo dichas circunstancias ya conocidas, y eso de algún modo me convertía en un dios. Pero jamás sería un dios benevolente, ni le otorgaría al dios de todos, dicha benevolencia, tampoco lo acusaría de déspota y malvado; prefiero la ambigüedad y la lucha interna a la hora de tomar decisiones, sobre todo que pueden afectar a la humanidad entera.

En la pérdida de tiempo los días se pierden con facilidad, es decir, ese tiempo perdido se escurre sin darnos cuenta. Salvo que estemos contando las horas y minutos que llevamos perdidas, hay gente que lo hace y, eso sí es una verdadera pérdida de tiempo.

Una vez más le dije a Anabel que debería ver a un médico y, una vez más me dijo que sería absurdo. Me pregunto si habría algo de verdad en aquello de que la gente que enfermaba terminaba por desaparecer o morir casi misteriosamente. Entonces mi pregunta fue obvia, era si tenía miedo de ver a un médico por temor a morir o, a no volver a su hogar. Sonriendo me dijo que no, que ella ya no creía en nada, que nunca había creído en conspiraciones y, que no era el momento para comenzar.

  • Pero Anabel, ¿acaso no te parece raro todo lo que está sucediendo?
  • ¿raro?, para nada, que hay de raro en que años de decidía del ser humano sobre el planeta y, sobre nosotros mismos culmine con un desenlace como este. Y hasta creo que la sacamos barata.
  • En eso tenes razón, pero talvez me cueste la respuesta simple.
  • Me preguntaste como le llamaba a dios, sabiendo que mi fuerte no es lo religioso. ¿acaso crees que todo esto tenga que ver con algo fuera de lo humano?, vos tampoco sos un ser religioso
  • No es eso, no lo sé, tengo mucho tiempo para pensar y cuestionarme todo, quizás esté un poco perturbado y, ya no sea tan racional como creía serlo. Además soy un sujeto muy curioso. ¿No te parece raro que yo no me contagie?
  • Al decir verdad no, hay miles de personas que no se contagian, después de todo no son más que gérmenes. Y tu sistema inmune por alguna razón se habrá reforzado más que otros cuerpos, eso es algo muy común, según mi escaso conocimiento.

Todo lo que Anabel me decía era cierto, pero también era cierto que la mayoría de las personas que enfermaban no querían darlo a conocer, la posibilidad de salvarse yendo a un hospital era mucho menor que la de quedarse en su propio hogar. Pero en aquellos días Anabel comenzó a empeorar y, no podía hacer otra cosa que cuestionarme si lo que estaba haciendo era lo correcto. Si debía o no llevarla a un hospital. Anabel no quería optar por dicha opción, y es verdad que yo en un principio tampoco. Pero al verla empeorar y, no saber cómo ayudarla, ponían en jaque mi postura, mi realidad y la de ella. Después de todo nadie sabía nada a ciencia cierta, todo lo que daba vuelta no eran más que rumores. ¿Quién podría aseverar que estábamos invadidos por gérmenes y no por otra cosa?

Al despertar una mañana observe que Anabel estaba más pálida que de costumbre, sus ojos verdes ahora eran casi grises, le dije que no podía seguir así, que debía ver un médico. Se negó rotundamente; trate de convencerla con su propio argumento del no creer en las conspiraciones y que la gente moría donde tenía que morir, ya sea en su casa, en la calle o en un nosocomio. Pero me respondió que su decisión nada tenía que ver con las conspiraciones, simplemente era una sensación, una sensación de que no podrían ayudarla, y que si algo pasaba en ella, sería tanto en su hogar como en un hospital y, que al tener la posibilidad de elegir, desidia elegir quedarse en su casa. A estas alturas yo ya estaba en pánico por ella, pero también sabía que no habría formas de persuadir su pensamiento, por lo cual estaba dispuesto a respetar su decisión. Pero era evidente que su salud empeoraba, yo seguía sin enfermarme, comencé a salir a las calles todos los días buscando que los gérmenes entraran en mí. Necesitaba contagiarme, necesitaba ser parte de lo que era Anabel, ella no se iba a salvar. Y yo no quería quedarme en este mundo horrible sin su compañía. Necesitaba pasar por lo mismo que ella estaba pasando.

Cuando era chico leí la metamorfosis de Kafka, me gustaba imaginar que dicha transformación nos podía pasar a cualquiera, así como así, de un día para el otro, dejar de ser un humano para convertirnos en cualquier otra cosa, pensaba que yo no lo sufriría como lo sufría el personaje de Kafka. Sino que la posibilidad de abandonar mi cuerpo, para ser quizás una especie de cucaracha, sería algo magnifico. Nunca más volví a leer dicho cuento, pero cada tanto lo recordaba y, volvía a ser chico, volvía a sentir que la metamorfosis en mí no me molestaría. Cuando reflexionaba por unos instantes con mi edad “madura”, terminaba por compadecer al personaje de Kafka. Pero prefería seguir recordando mis pensamiento como cuando era niño.

Cada día que me levantaba y me observaba al espejo veía en mí una especie de metamorfosis, con mis ojeras y mi palidez. Luego comencé a observarlo en Anabel, y ya no me sentía como en mi pensamiento de niño, leyendo el cuento de kafka, no quería que mi mujer trasmutara, pero era inevitable, le estaba sucediendo y, no era un cuento fantástico que entretiene al lector con su relato. Esto era la pura verdad, y asustaba.

Los días seguían nublados, cada tanto una leve lluvia caía sobre la ciudad dejándola colmada de humedad, los días soleados se habían vuelto solo un recuerdo. Regrese al departamento con un vino tinto Malbec, que era el preferido de Anabel, hacía ya tiempo que no bebíamos, y pensé que beber un vino de su agrado traería a la memoria los buenos recuerdos, aunque sabía que sus ganas de beber no serían como las de antes, apenas tenía ganas de comer. Me acerqué a la cama con dos copas, descorche el vino al tiempo que ella me decía que no tenía muchas ganas de tomar vino, le dije que solo sería una copa, que le haría bien. Tuve el presentimiento que me estaba despidiendo, pero más que un presentimiento era una realidad, lo que no quería era despedirme de un día para el otro. Sabía que de ahora en más todos los días me estaría despidiendo un poco. No sabía si Anabel lo tenía del todo claro, yo creo que en ella aun había un dejo de esperanza, por más que supiera que la muerte era la posibilidad más certera.

El primer sorbo le costó, tosió un poco y no pareció disfrutarlo, observe detenidamente sus ojos, termine de comprobar que el verde de los mismos ya había desaparecido, estaban completamente grises, como si se estuviera quedando ciega. Entonces le pregunte si veía bien, con naturaleza me respondió que sí, y volvió a beber, yo hice lo mismo y me senté a su lado en la cama para descubrir que su pelo estaba débil y descolorido. Pero trate de dejar por un momento aquellas imágenes de lado y tratar de disfrutar del vino junto a Anabel. Pero como si hubiese leído mi pensamiento o, parte de el, me pregunto si notaba que su piel estaba reseca, escamosa. Hasta aquel momento yo no lo había notado, pero al decírmelo de inmediato me di cuenta que era verdad, sin embargo negué como quitándole importancia, entonces me pregunte para mis adentro si habría notado el cambio del color de sus ojos. Le serví más vino, le aconseje que nos emborrachásemos y olvidásemos todo por un instante. Anabel me dijo que no habría problemas en emborracharnos, que de hecho en su estado lo más probable era que una sola copa bastara para dicho cometido. Esa frase advertía lo imposible de dejar atrás el contexto, siquiera por un momento.

  • No sé cuándo, pero sé que voy a morir.
  • No digas eso Anabel, están trabajando en una vacuna, de hecho se están probando tratamientos, por eso…
  • ¡No!, no quiero tratamientos, acaso no te das cuenta que todo es una gran mentira, ni siquiera se sabe qué clase de enfermedad es, si es que es una enfermedad. No voy a hacer un tratamiento solo para que me utilicen como conejillo de indias, tanto tiempo en este estado me hace dudar hasta de mis propias creencias y convicciones. Empiezo a creer que las conspiraciones no solo son posibles, sino que son un hecho.

Me quede un instante en silencio, bebí el vino de mi copa, sonreí y le dije que todo esto de alguna forma, ya lo aviamos vivido, pero que nunca creímos ciertamente que podría concretarse en la realidad. Libros y películas malas sobre virus que atacan al mundo, convirtiendo a la gente en zombis, gobiernos que desaparecen y todo queda librado a la suerte de uno, a su propia capacidad de supervivencia. Ahora fue Anabel quien se sonrió y me dijo risueña que aún no se había convertido en zombi, y que los gobiernos aún seguían existiendo. Ambas cosas eran ciertas, pero talvez lo eran a medias, Anabel no era un zombi, pero su aspecto estaba completamente deteriorado y cambiado. Quizás los gobiernos seguían existiendo, pero ya no sabíamos de qué forma, la información que se nos brindaba era prácticamente nula, pasábamos más tiempos encerrados que en las calles. El dinero, el trabajo y los alimentos comenzaban a escasear, quizás lo único cierto era que debíamos comenzar a prepararnos para alguna especie de apocalipsis, bíblico o, humano. La verdad era que ya no sabía en qué pensar, todo era una mescla de verdad y fantasía, lo único cierto era que Anabel se moría, ella lo sabía, yo lo sabía, pero ambos nos hacíamos los distraídos.

Nos fuimos a dormir algo embriagados, no lo suficiente, al día siguiente Anabel se encontraba más deteriorada que lo habitual, no podía seguir dejando todo librado al azar, debía verla un médico, a lo mejor su enfermedad era otra cosa, como cáncer, que por cierto no era una opción mucho más alentadora. No di vueltas y se lo hice saber, claro que ella me dijo que no tenía cáncer, pero como podía saberlo, ninguno de los dos éramos médicos. Prácticamente la obligue a pararse y a observarse en el espejo, con mucha crueldad le dije que aquella persona que se reflejaba no era ella, que su piel se caía como escamas, y que sus ojos ya no eran de su color natural. Entre lágrimas me dijo que no podía hacer nada, que si acudía a un centro médico ya no la dejarían regresar y, que si su destino era morir en lo inmediato, prefería hacerlo en su hogar. ¿Cómo podía luchar yo contra aquellas palabras, como podía luchar contra su decisión? Pero al mismo tiempo, ¿cómo podía seguir poniendo en riesgo su vida, sin tener la certeza de que era lo que verdaderamente ocurría?

Al rato llamaron a la puerta, era un oficial de la policía acompañado por dos médicos, los tres envueltos en mamelucos amarillentos y de aspecto ridículo. Sin mediar conversación el policía me dijo que había recibido una denuncia anónima de un posible enfermo habitando el departamento. Lo primero que se me vino a la cabeza fue la novela de Orwell 1984, los vecinos eran “la policía del pensamiento”, pero no por cuestiones ideológicas y políticas, sino por una cuestión burdamente sanitaria, es que todos tenían miedo y, yo no los podía culpar por eso, pero si los culpaba por sus grado de cobardía. No pude evitar que entraran a la casa y se llevaran a Anabel y, también a mí. Nunca nos dijeron dónde nos trasladaban, solo que íbamos a un lugar sanitario para que se nos realicen estudios. Una vez que llegamos a dicho lugar fuimos separados, pregunte por Anabel pero nunca obtuve respuesta, nunca me dijeron nada de ella, mientras me practicaban decenas de estudios. Perdí la noción del tiempo, todo el tiempo estaba sedado, o eso intuía. No podía hablar con claridad, yo solo quería preguntar por mi mujer, pero mis intentos de palabras solo eran balbuceos ininteligibles.

No sé cuántos días habrán pasado hasta que me dijeron que estaba limpio, que no tenía ninguna enfermedad y, que por suerte el mundo de a poco volvía a su normalidad habitual. Finalmente pude preguntar por Anabel, me dijeron que ella había muerto, que nada pudieron hacer contra aquellos gérmenes que invadían su cuerpo. Pero que yo como tantos otros éramos afortunados, que teníamos en nuestras manos al futuro, porque de alguna forma que los científicos no lograban explicar, éramos inmunes a los gérmenes, gérmenes que se habían disipado, pero no dejado de existir. Prefería haber muerto junto con Anabel, si en verdad era que había muerto. Y era evidente que el mundo no estaba volviendo a hacer el mismo, si los gérmenes seguían allí afuera.

Cuando pude volver a mi casa comprobé que todo seguía igual, o peor que antes, las nubes de gérmenes seguían ocultando al sol, todos los derechos individuales habían sido cercenados momentáneamente con la excusa de evitar que la pandemia se expandiera. La población en si misma había disminuido de forma atroz, los pocos que quedábamos estábamos sumidos en la pobreza y en una nueva ignorancia, controlados por aquellas teorías conspirativas que solo habíamos leído en libros y, vistos en películas que jamás creímos que podrían hacerse realidad. Los sujetos que creían en las teorías conspirativas de los que tantos nos habíamos reído junto a Anabel, ya no existían, porque ya nadie tenía el derecho de pensar en teorías paralelas, ya nadie tenía el derecho de pensar.

De lo único que me sentí seguro cuando me senté en la cama de mi departamento, que ya no lo sentía mío, porque de hecho ya no lo era, fue que no podía ni quería ser parte de este nuevo mundo, así como tampoco nunca me sentí parte de aquel viejo mundo. Yo no era un privilegiado, sino todo lo contrario, era solo un hombre más, al que en cualquier momento vendrían a tocarle la puerta, para pedirle amablemente, o no, que lo acompañasen quien sabe a qué nuevo sitio desconocido para mí.

Ante todo este caos, solo me quedaba una opción, descubrir el centésimo nombre de Dios, gritarlo al mundo, quizás ello hiciera volver todo a la normalidad. O quizás, alguien más ya lo había descubierto, y al pronunciarlo, desato toda esta nueva realidad, que solo puede ser percibida por lo border de la irrealidad.

GUSANOS

Tres am de la madrugada, quizás sean las cuatro, me despierto, tengo ganas de orinar. Me dirijo al baño, prendo la luz, mientras orino observo fijamente la pared. Sobre uno de los azulejos me parece ver un diminuto gusano, casi microscópico. Mi visión esta borrosa, producto del ensueño que conlleva mi cuerpo y mente. Vuelvo a la cama, sé que prácticamente no volveré a dormir, solo daré vueltas, dormitare un poco, finalmente me desvelare y me levantare. Tratare de ser positivo como cada mañana, tratare de no odiar al mundo como cada mañana. Tratare de evitar los noticieros matutinos, tratare de escuchar música que levante mi ánimo. Finalmente saldré a la calle, antes de hacerlo, confesare que mi ánimo era estable, quizás hasta tenia buen humor. Pero la calle todo lo cambia, lo mastico mientras desciendo por el ascensor.

La mayoría de las personas se acostumbran a los ruidos de tránsitos de las medianas y grandes urbes, yo no lo consigo, es lo primero que me pone de mal humor. Lo segundo, la gente. Es algo que no puedo evitar, no me siento cómodo entre ellos, sus estados alterados, sus atropellos al caminar, su lentitud al caminar. Sus olores, sus rostros. Pero cuando consigo salir de aquella nebulosa, el ser humano no me parece tan espantoso, hasta comparto momentos con ellos. Esos momentos que uno busca para salir de la rutina, que no son otra cosa más que parte de la misma rutina.

Tres de la madrugada, quizás las cuatro. Despertarme en estos horarios para ir a orinar es parte de mi rutina. Realmente me molesta, pero no es algo que pueda controlar. Toda mi vida fue igual, quizás sea algo psicológico. Orino observando fijamente los azulejos, otra vez aquel diminuto gusano, que quizás solo sea una pelusa, un pedazo de hilo. Me parece verlo apenan un poquito más grande que la madrugada anterior. Entiendo que es parte de la disociación de la somnolencia, nunca vi aquel gusano o hilo durante el día. Al volver a la cama, me digo que al despertarme por la mañana, antes de salir a la calle, observare aquel azulejo detenidamente en busca de lo que sea que allí se pose.

La rutina otra vez, mientras desciendo por el ascensor recuerdo que no cumplí la promesa que en la madrugada me había hecho, no observe el azulejo en busca del dicho diminuto gusano, que para ser sincero, ya no creo que sea un gusano, sino una simple pelusa.

Vuelvo a odiar a la gente, me odio a mí mismo porque también soy parte de esa gente, y no me creo ser mejor que los demás. Aunque sea una gran lucha interna por no caer en dicha percepción, que tan cómoda me quedaría. Decido pasar por el cajero automático para sacar algo de plata, aún es muy temprano, la chica de limpieza no llego. La entrada de los cajeros automáticos huele a basurero, papeles tirados en el suelo, comida rancia y, hasta excremento humano. Los indigentes duermen por las noches en los cajeros automáticos del banco, siempre y cuando la policía no los saque, algo que casi nunca sucede. Ya no duermen en las plazas, han encontrado una cueva para sus noches. Muchos pensarían que estas personas son la verdadera escoria de la sociedad, yo no lo creo así. En general entiendo que estas personas no han dañado a nadie, cuando digo en general, me refiero que no causan daño a la sociedad. Son parte del paisaje que la sociedad ha generado. Enfermos mentales, adictos, analfabetos, personas despojadas de su dignidad de ser humano, que vuelven a sus raíces más primitivas.

Camino…, gente ofreciendo cambiar dólares, gente entregando panfletos de candidatos presidenciales, de seres que han “evolucionado”, a diferencia de los indigentes, pero ambos han perdido su humanidad, ambos han perdidos la construcción del alma. Talvez estos últimos sean los responsables de las pérdidas de los primeros. La ventaja de los indigentes es que mantienen sus raíces primitivas. En medio de ellos nos encontramos el resto de los mortales, autómatas predecibles, esclavos modernos, amantes de la vida monótona, obligados al consumo. El dinero marca una gran brecha entre todos nosotros, nos marca una diferencia, nos etiqueta, pero los temores y las obsesiones, no aprendieron a distinguir.

Había olvidado que era un año electoral, ahora que lo pienso, no estoy del todo seguro que ese subgénero del ser humano (políticos) tenga que ver con la evolución del mismo. Más bien podría decir que trasmutaron a parásitos, gusanos. Pero tengo el temor de estar siendo injusto con los parásitos. ¡No!, el político es la peor de la evolución o mutación del ser humano, se asimilan a los parásitos, pero no dejan de ser seres humanos. Esta reflexión me hizo recordar al diminuto presunto gusano que se encontraba pegado en el azulejo del baño de mi casa. No debía olvidarme de chequear su existencia una vez que llegara a casa.

Luego de estar todo el día en la calle, a eso de las siete y media de la tarde llegue a mi hogar, oliendo a transpiración propia y ajena, producto de los trasportes públicos en su hora pico. Entre al baño, me lave las manos y rostro, me dispuse a orinar antes de ducharme. Se encontraba allí, pero aún no podía distinguir si era un diminuto gusano. Lo lógico hubiera sido tomar un trapo, limpiar el azulejo y dar por terminada dicha historia. Pero no siempre soy una persona lógica.

Termine de ducharme, antes de vestirme observe a la cosa pegada en el azulejo. Vi que se encontraba un poco más grande, comprendí que aquel gusano, o cosa x, se convertiría en mi obsesión. Al menos hasta que decidiera olvidarlo.

Mire un poco de tv antes de decidirme a dormir, no puede evitar los canales informativos, muerte, pobreza y políticos. El último, el gran generador de las dos primeras, las dos primeras, creadores de la tercera. Al parecer todo es una constante retroalimentación, una simbiosis perversa. ¿Todo desaparecería si no le prestáramos atención, si lo dejáramos de pensar?,

Otra vez, entre las tres y las cuatro de la madrugada, me levanto a orinar. Esa cosa sigue allí, ahora puedo distinguir que es un gusano, aún es muy pequeño, pero ya lo puedo distinguir. Me pregunto de qué se alimentara, si aún se alimenta, o de quien terminara siendo alimento. No estoy dispuesto a matarlo, no aun. Entonces creo que el pequeño gusano se está alimentado de mi atención, si lo ignoro morirá. Muy parecido a los políticos, los nefastos políticos de izquierda están en vías de extinción, porque ya no le prestamos atención, (todo mérito de ellos). Los nefastos candidatos de derecha, que no hace mucho tiempo atrás eran tomados con sorna, hoy comienzan a crecer con fuerza, porque comenzamos a ponerle atención. Colectivamente deberíamos dejar de pensar, de esa manera, de una buena vez por todas, todo desaparecería.

Finaliza un nuevo día, algo sucedió en el medio que corto la monotonía calcada de los anteriores. No es algo que tenga que ver precisamente conmigo, un simple accidente, trágico, por lo que me puedo enterar, una mujer murió en la envestida de dos autos. Para todos sus allegados es una inmensa tragedia, para mí, es simplemente un accidente que solo logro cortar con los días calcados. Pero al mismo tiempo maldigo ferozmente aquella situación, porque hará que me retrase y llegue más tarde a mi casa. Lo primero que pienso es en el gusano, quizás al llegar este muerto.

Al caminar de la estación de trenes a mi departamento, que no es tal, porque soy solo un mísero inquilino, un auto me acompaña a paso de hombre, retrasando aún más el tráfico del horario. Los demás conductores están furiosos, tocan bocina y lo rebasan. Lo peor es que me acompaña con un eslogan de campaña que salen de los parlantes depositados en el techo del vehículo. Un horrible eslogan presidencial, sobre un sujeto impresentable con altas chances de ser presidente. Hace un par de años no era más que un simple gusano al que nadie prestaba atención.

El gusano del azulejo del baño sigue allí, en la misma posición de siempre, pero lo noto más grande. Decido no ver tv en la noche, solo escuchar un poco de música y cenar, para tratar de descontaminarme un poco de la sociedad.

Me dejo caer en la cama dispuesto a dormir, me digo que no me levantaré en la madrugada para orinar. Sé que puedo controlarlo, y si no me levanto ni observo al gusano, esta quizás muera. No es que me moleste aquella larva, si quisiera podría matarla con mi propio dedo meñique, pero solo intento probar algo. Pero no puedo evitar que las ganas de mear me despierten en el mismo rango horario de siempre, trato de ignorar la situación, doy vueltas en la cama, pero termino levantándome. Lo que me gano no fueron las ganas de mear, sino la curiosidad del gusano. El mismo sigue allí, solo un poco más grande, continua en la misma posición de siempre, pero intuyo que solo está preparándose para en cualquier momento, tomar otra posición. No me da asco, me da curiosidad, y creo que mi curiosidad lo alimenta.

Soy una persona extremadamente limpia, esto no lo aclare antes, me veo en la obligación de hacerlo para que no se interprete que el gusano está allí solo por la mugre de mi hogar. Limpio todos los días, puedo hacerlo en cualquier momento que tenga libre. Incluyendo el baño. Limpio los azulejos de la pared en la cual se encuentra el gusano, lo hago con mucho cuidado, no quiero matarlo, sé que su vida depende de mí, sin embargo no lo mato. Quizás aquel gusano este empezando a controlarme.

El sujeto de las boletas creció enormemente, era diminuto pero creció, no se movía hasta que lo hizo, no expulso su baba verdosa y pegajosa hasta no sentirse seguro. El menosprecio y la curiosidad pueden jugarnos una mala pasada. El gusano de mi baño sigue allí, esta enorme, ya no le tengo curiosidad, sino asco. Pero considero que ya es muy tarde para matarlo. Se ganó vivir en mi baño. Al igual que el sujeto de las boletas que hoy ocupa la casa presidencial, tiene los mismos ojos que el gusano de mi baño, azules inyectados en sangre, no sé si esto será una simple casualidad. O quizás algunos seres humanos en su proceso de deshumanización trasmutaron a algo similar a los gusanos. El hecho es que si no fuese ese sujeto seria otro, quizás no parecido a un gusano, sino a esas moscas verdes que les encanta la mierda, quien lo sabe.

Tres am de la madrugada, me levanto a orinar, el gusano ya no se encuentra quieto en los azulejos, sino que es un enorme monstruo salido de una película de terror clase B paseándose por todo el cuarto de baño. Sé que un día cuando entre, me va a comer, por no haberlo matado a tiempo. Qué más da, si no lo hace él, lo hará el sujeto que maneja la lapicera.

INDICE

EN BUSCA DEL ALEPH

El DIENTE

LAS HOJAS

CASA TOMADA (LOS GATOS)

FRAGMENTO QUE NO FUE (LA VIDA DE LOS OTROS)

FRAGMENTO OLVIDADO O DESCARTADO DE UN LIBRO QUE NUNCA EXISTIÓ

LA MUERTE QUE NO FUE

VIGIA

GÉRMENES (EL CENTÉSIMO NOMBRE DE DIOS), (NO ES OTRO RELATO APOCALÍPTICO)

GUSANOS

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