Inspiración, ¿qué es eso?

Inspiración, ¿qué es eso?

Maria del Mar

22/11/2020

Hoy el calor es intenso. El sudor no deja trabajar. Es pegajoso. El teclado se derrite bajo los dedos. Por eso no sale nada, no porque a mí me falten ideas.

La culpa es de otros, del tiempo, de esta mosca que pasa por aquí y se posa en la pared y en mi pierna y en mi brazo y no tengo matamoscas. Si algo está claro es que la culpa nunca es mía. Son las circunstancias metereológicas o los dolores de cabeza o de estómago o las obras en la calle o los llantos del bebé del cuarto primera.

Entonces busco cómo hacerlo, leo manuales, miro tutoriales, ponte cascos, dicen, escribe de noche, de madrugada, cuando todos duermen, menos yo, que no puedo dormir porque tengo que escribir y me torturo porque no escribo. Entonces leo y leo a los grandes y a algún que otro desconocido y pienso que yo también puedo hacerlo. Pero no es cierto. No tengo historia. Quiero historias y sé que debo martillear y picar piedra, esculpir formas de este bloque de mármol. Pero no encuentro la montaña que debo escalar y las canteras ya están vacías.

Entonces bla bla bla, de nuevo solo letras para llenar los blancos. Y una sirena al fondo que me distrae. ¿Puede estarme marcando un ritmo? Va demasiado rápida, no es posible.

Leo que hay que diseccionar. Disecciona un comportamiento, un carácter. Ahí está la clave, en mover a un personaje, en pensarlo. Y ambiéntalo, y estudia ese ambiente y recréalo.

Qué alivio. La sirena ha cesado. Sirena. ¿Será por su canto que se llaman así?

Un comportamiento, vamos, un carácter. Alguien con lo pies en el suelo. Alguien material, aferrado a la tierra. Y otro alguien en una dimensión aparte. Contrapuestos.

Hablan también de basarme en mi conocimiento y en mis sueños, y en el estudio y la investigación. Si pienso en mí, en los años de instituto, por ejemplo, solo encuentro soledad. En medio de fiestas, soledad. En los bares, en las aulas, en casa, soledad. Siempre. En el campo y en la ciudad, en un baño en el mar, en un río en deshielo, en Las Ramblas o el Ensanche. Soledad.

Vivo en París con Villarroel. Abro el balcón y no oigo más que motores. Salir, salir de aquí. Me va a estallar la cabeza. Tanta sirena, tanto claxon, tanto rugir me enloquece.

Me mudo y ahora aquí en Cardedeu abro el balcón y cantan los pájaros, me lleno el pulmón de frescura, aire limpio, olor a trigo. Pero es mucho peor, mucho peor, porque sigo deseando salir, salir de aquí.

Entonces Pessoa. Entonces desasosiego.

Un pozo. Eso es. Sin fondo.

¿Y la historia? Me he descentrado y sigo sin encontrar la historia que debo escribir. Vuelvo a repasar los manuales. Carácter, comportamiento, soledad y oscuridad. Cóctel. Agita. Escribe.

Me he desanimado. Se me ha roto la inspiración. He tenido que ocuparme del día a día, de la lavadora, de los platos, de la comida. Mi día libre ocupado con las tareas del hogar. Si me lo miro por su lado positivo, me siento bien. Tengo un piso en el que vivir, unos niños a los que cuidar. Pero no tengo suficiente. Hay quien se siente orgulloso por cocinar un estofado de cojones, qué alimento, qué bueno, por favor. Pero yo puedo pasar con macarrones con tomate (de bote), con un bistec vuelta y vuelta o una ensalada (máximo tres ingredientes).

Carácter, comportamiento, soledad y oscuridad. Cóctel. Agita. Escribe.

Me digo que no debo rendirme, que debo seguir buscando. Me apetece levantarme para ir a buscar un melocotón fresco, de la nevera. Me estoy derritiendo. El ventilador sirve de poco. Mucho ruido sin aliviar el calor.

Voy a levantarme a por el melocotón porque hoy no hay quien escriba nada.

Ayer tenía una idea, pero hoy se ha desvanecido. Hoy me toca probar con el juego de las letras, esto es, poner una letra tras otra una letra tras otra tr tr tr. Modificar la sintaxis, hacer que sus formas sean elásticas, buscar todas las posibilidades. Nada es cerrado, ni el círculo. Circulo circo culo. Combinaciones. Miles, cientos de miles, millones, infinitas. Búscalas. Pruébalas. Las las.

Ni la escritura automática acude a mí. Ruido de centrifugadora. Fuga. Dora. Retumba toda la casa. Terremoto para extraer el máximo de agua de ropa. Qué ruido. Qué furia. Sin agua. Sedienta. Sed. Bienvenidos. A. Mi. Casa.

Me apetece fumar. Como si no llevara más de diez años sin probar un cigarrillo. Estoy ahora mismo notando una síndrome de abstinencia. Desde hace diez años que no tenía una sensación tan fuerte, un deseo tan palpable por inundar mis pulmones de tabaco. Me falta el aire, me falta darle una calada a un cigarrillo. No. No. No. Si valoro los pros y los contras, gana tan a favor el no, tan sin duda que no, que no sé por qué me planteo ni si quiera darle vueltas a mi síndrome. Voy a dejar de escribir sobre ello a ver si así dejo de tener ganas. Ganas de fumar, quiero decir. Voy a tender la segunda lavadora. Ni terremotos ni hechos extraordinarios. Ni invasiones extraterrestres ni asesinatos ni cárteles de drogas intalados en mi edificio. Nada. Una vida rutinaria de platos y ropa sucia, de limpiar y cocinar, de imaginar lo que pasa porque aquí no pasa nada. Y de imaginación se vive. De películas y libros que te poblan de ideas y de historias que te permiten volar. Y la comida solo para sustentar este cerebro mal anclado en un cuerpo miserable. Deformado. Tres dedos en la mano izquierda, siete en la derecha. Si todos fuéramos así, tendríamos los utensilios y las herramientos adaptados a ello.Todo lo podríamos hacer sin problemas. Hubiéramos fabricado los objetos para esta necesidad. Esto me lleva a la misma conclusión de siempre: adaptación, el ser humano sobrevive por adaptación. Por mucho que nos lo cuestionemos (la existencia, el qué somos, qué hacemos), siempre prima la adaptación (¿aceptación?).

Cinco minutos de cocción y listo. Me he puesto el temporizador. Desde hace un buen tiempo, me olvido de que he puesto algo al fuego. Es un acto automático. Enciendo el fuego, pongo el temporizador. Ya sea para ir a ver si ya hierve el agua, o para marcar que la pasta ya está hecha. O bien porque he puesto cebolla a sofreír (no voy yo a estar dándole vueltas cada veinte segundos) o porque he puesto el bistec a la plancha. Si salgo de la cocina para cualquier tontería, la tontería se junta con otra tontería y al final al cabo de varios minutos, cuando me llegar el olor a quemado, me acuerdo de que había puesto el bistec. Malogrado. Quemado. Mierda.

Por no hablar de un posible incendio. No. Que no pasa nada por poner un temporizador cada vez que enciendo el fuego. La tecnologia a veces es una buena aliada. Sí. No reniego de ella, para nada. ¿Escribir a máquina, yo? ¿Cómo? Si no hago más que borrar y borrar y rehacer. Iniciaría miles de hojas y mi desesperación sería como ésta multiplicada por alguna potencia de diez. Que inicio una frase y me equivoco, borro y vuelvo a escribir. Y no me estoy refiriendo a un proceso de revisión y de edición, no, sino al hecho de que si quiero escribir b, tecleo v, que está al lado. O en vez de lado, pongo ladp, entones (ahora retrocedo para poner entonces) retrocedo para poner lado. Ad infinitum.

Han pasado los cinco mintuso (minutos). Voy a sacar los tortellini del fuego.

Porque si solo es de vez en cuando, pase, se acepta. Pero es hasta la extenuación de a menudo. A esta falta de actitud escritora, me refiero. Esta falta de saber qué decir. No soy, por tanto, escritora. Escritor/a es aquel que tiene ALGO para contar, ALGO. Yo no tengo nada. ¿Acaso ni en la imaginación, ni unicornios de arcoiris ni gigantes que aplastan con sus pies enormes a los humanos, igual que los humanos hacemos con las hormigas? Aplastados, todos. Aplastada, yo. Chof. Y adiós. Fácil. Pero no. Yo nada. En blanco. Ausencia de color (¿no era el negro la ausencia de color?) Si negro es lo que me permite ver. Estas letras, negras, impresas en fondo blanco. Convenciones. Podría ser un fondo verde y la letra roja. Rojo sangre. Pigmentaciones naturales.

Creatividad. Curso de creatividad on line. Curso gratis de creatividad. Crea. Crea. Si no creas no eres nadie. Nadie. Esa soy. Pues así seguiré, la don nadie. Como tantos. Como tontos. Como tontas, tantos tontos y tontas.

Tintineo de campanas. Esta asociación es digna de la creatividad. Crear por asociación, por flujo de conciencia, por expulsión de energía negativa. Imprimirla en el papel, en la pantalla. Expulsar la energía negativa en forma de pulsaciones dactilares. Ahora una a, ahora una g, ahora una h, ahogo. Ahogo es lo que quería poner y me he equivocado de orden. Qué más da. Hay que dar rienda suelta a los dedos, que se apodere de mí esa inspiración, ese duende mágico, dicen, ese ser que cuentan que se te mete dentro y te hace escupir la mierda que tienes acumulada, como una colonoscopia pero menos escatológica. Porque aquí uno vacía de mierda la mente, no el intestino. Es un vaciar metafórico. La literalidad la dejo para el váter. La metáfora es el terreno de la letra. ¿Por qué? ¿No se puede vivir en metáfora? Sí, claro. Nadie sabe si vivimos una realidad o una metáfora. Por eso Matrix forma parte de mis películas de pedestal, porque es tan sencillo pensar en pastillas azules y rojas que da miedo no saberlo.

Y luego a saber, puede que de estas 1624 palabras que llevo escritas desde esta mañana en este documento, aproveche tres o cuatro. Y ya serían muchas. Un gran éxito. Bingo. Éxtasis. Ya puedo morirme de felicidad. Ya habré sentido esa emoción de bienestar que nos embarga cuando nos enamoramos, cuando sacamos una buena nota, cuando comemos unos espaguetis con sobrasada –es una lástima que a tanta gente no le guste la sobrasada, y no solo esto, sino que además les provoque asco, angustia, aversión, pobre sobrasada, con lo buena que está- a lo que iba, que por fin entenderé por qué se vive, tras 44 años de búsqueda, habré encontrado en este escrito la puerta de la felicidad.

¿Y cuándo me enamoré, y cuando comí espaguetis con sobrasada? ¿Es que no sabía entonces qué era la felicidad? Bocado de lío. Me estoy empanando. Pero estoy escribiendo. Es lo que cuenta. Escribir. Teclear mal una letra. Retroceder. Releer. Luego ya modificaré, luego ya aprovecharé. Ahora escribo en esta racha creativa, aunque no esté diciendo nada. Solo escribir. Es la clave de todo, no parar, no parar, esforzarse. Aunque ahora no le vea valor, aunque ahora crea que estoy enlazando una sandez tras otra, yo sigo. Luego lo leeré y diré que alguna idea hay, aunque sea mínima. Y no es necesario que sea algo tan elevado espiritualmente como la búsqueda de la felicidad. Con saber que mañana puede que cocine espaguetis con sobrasada hay suficiente. Ya habré avanzado en la vida. Habré pasado otro día más. Así que todo se reduce a esto: a pasar los días. Claro, ¿qué más quiero hacer? Vivir es ir pasando un día tras otro, igual que leer es pasar una página tras otra. Pero yo a veces voy hasta el final, y me paro en el medio y retrocedo o husmeo de nuevo el final. En mi vida, no veo el final. Si juego con la muerte… Línea mortal. Coma. Atrapada en la frontera. Miedo.

Ahh. Este sudor pegajoso. No sé por qué acabo de mirar las noticias. Accidentes, accidentes, accidentes. Y Covid. Restricciones. Covid. Accidentes mortales. Restricciones. Curba de contagios. Crisis sanitaria, económica y social. Crisis personales. Por accidentes, por restricciones, por cierres de negocios. Ansiedad. Depresión. Miedo. Sin trabajo, sin casa, sin hijo.

Sin hijo.

Accidente.

Lluvia.

Accidente.

Sin hijo.

El ventilador hace demasiado ruido. Mejor. Así se ahoga el pensamiento negro.

El accidente siempre está ahí. Y la enfermedad. Los lastres. Paralizados por el miedo a que pase, el miedo a contraer…, el miedo a… Paralizados. ¿Pero entonces? Entonces depresión.

Seguir. Parar. Encarar, ocultar. Pasar de puntillas, mirar hacia el otro lado, hacer como si no hubiera sucedido, como que no se hubiera visto. Decisiones. Bifurcaciones. Siempre pastilla azul o roja. Siempre elección.

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