LA VENGANZA DE MAMÁ

No pude acallar la angustia que me produjo la muerte de mi hermana de 19 años, a manos del “noviecito” que tenía hacía como año y medio. A los gritos –con histeria y dolor– corrí golpeando las puertas de mis amigos y hasta fui a casa de vecinos, porque no pude ocultar mi desesperación. Yo sabía que el tipo no era trigo limpio. Ya había muerto una novia anterior de manera sospechosa. Cuando me enteré corrí a contárselo a Nancy –mi hermana–, para advertirle del peligro que corría –y ella me lanzó un

–¡¿Y eso qué importa?! ¿Acaso creés que la mató él?– totalmente indiferente.

–Pero, Nancy…–le dije confusa– por lo menos tenelo en cuenta.

E insistí: –¿Acaso no me dijiste que amagó a golpearte, apenas le discutiste algo hace unos días? Tené cuidado… vos viste como están los hombres últimamente, ¿no?

Yo sabía que en ese macho que se hacía llamar Pedro Carlos Ortigosa había cosas raras. Charlando con él advertí argumentos poco claros, especialmente cuando hablábamos de las relaciones entre hombres y mujeres… Además, aunque no pude contarle a Nancy, él me devoraba con la mirada y lo descubrí mirándome los senos con mucho deseo. Si no fuera por su relación con mi hermana, seguramente se hubiera tirado un lance conmigo…

La tarde de los hechos recuerdo que me fui de compras al centro, unos minutos después de su llegada a nuestra casa. Ese día, Pedro Carlos parecía más alterado que de costumbre, gesticulaba de manera rara y hasta se puso a gritarle a mi hermana por una estupidez. Yo salí alterada, aunque no esperaba un desenlace semejante.

Me demoré mucho más de lo que esperaba, mirando vidrieras, entrando en una casa de ropa a probarme vestidos y hasta hice la cola en un Pago Fácil para pagar las facturas del agua y gas. Sin darme cuenta olvidé el celular en mi auto estacionado. Cuando regresé después de hora y media de dar vueltas, advertí al tomarlo que había dos mensajes. Pulsé el botón para escucharlos, saliendo una voz angustiada que pronto reconocí como de mi hermana, gritando bajito jadeante –¡Mechi, no vuelvas! Pedro se volvió loco, tiene una pistola y me quiere matar! ¡Llamá a la policía cuando escuches esto!… Uyyy, ahí viene… Se cortó. Me paralicé sin saber que hacer; inmediatamente surgieron del aparato gritos de terror y reconocí a Pedro en un tono como loco: –¿Y vos quien creés que sos, sucia de mierda? ¡Te voy a demostrar que no te podés burlar de mí! ¡Maldita zorra! ¡Te dije que te tomaras la píldora del día después porque no quería un hijo…!, pero vos, creíste que así me ibas a agarrar…¡¿eehh?! ¿nooo? ¿Lo negás? ¡¡Morite, puta!! –inmediatamente se escuchó un disparo, un golpe seco y fuerte… y después solo jadeos…

En la audiencia unos días después recordé también:

–Por suerte nuestra madre –una cuarentona fuerte y decidida–, logró pegarle un buen golpe en la cabeza a ese animal con un palo de amasar antes de que ella muriera, derribándolo inconsciente sobre la misma cama adonde se proponía matarla. ¡Pobrecita!, solo atinó a poner a mi hermana agonizante sobre su falda, implorándole que no se fuera, aunque Nancy no duró mucho, porque el tiro le había penetrado por el hombro y bajando recto le impactó el corazón…

Cuál sería su desesperación al ver que su hijita adorada moría en sus brazos, ¡pobrecita!, que con furia tomó el revólver de la mano de Pedro y le pegó un tiro en la cabeza. ¡Así sin más…!

–Y lo mató, señor Juez. ¡Ella me contó que lo mató sin decir una palabra!

BONIFACIO CORREA

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS