EL CONEJITO ACORRALADO

EL CONEJITO ACORRALADO

Bonifacio Correa

18/10/2020

Ricardo hace cinco años que está paralítico. Antes era un joven de gran vitalidad, lleno de alegría y contagioso humorismo. Una noche de verano, al salir de la casa de su novia Elisa, un camión lo atropelló a veinte metros de la puerta de la casa, por un descuido de su conductor. Al escuchar los gritos de Ricardo, ella salió corriendo desesperada encontrándolo sobre un charco de sangre, casi moribundo. Lo internaron en un hospital, pero si bien se sanó, no lograron que su costado derecho se recuperara, quedando paralizado. Elisa, al principio, se quedó a su lado cuidándolo, aunque de a poco se fue alejando. Pasó el tiempo, y luego de algunos años, todos menos Ricardo se enteraron de que había comenzado a salir con otros, olvidándolo. Esta separación de Elisa, y la soledad en que Ricardo quedó sumido, hicieron que se hundiera en un mundo abismal donde la tristeza, los recuerdos felices y la desesperación lo atormentan constantemente. Ricardo tiene 34 años y vive sumido en la tristeza. Es bastante inteligente y sensible. No siente hacia Carmen sino agradecimiento por sus cuidados y acepta jugar con ella ciertos juegos infantiles, que la mente enfermiza de ella determina. No ha olvidado a su antiguo amor, Elisa, y esta pasión se vuelve su obsesiva inspiración en todo momento, sumergiéndose cada vez más en un mundo absolutamente cerrado y propio, donde ella es todo para él y está constantemente acompañándolo. La habitación que oficia de living-comedor es pequeña. Hay un armario antiguo, una mesa redonda casi en el centro; sillas, y en un costado una cocina junto a una mesada con una canilla, más allá algunas canastas de mimbre amontonadas. De las paredes cuelgan cuadros sin gusto, desaliñados, como al descuido. Hay dos puertas, una da a la cocina y la otra a la habitación de Ricardo

Carmen, la enfermera que lo cuida desde hace más de un año, tiene unos 42 años, no es muy hermosa aunque posee atractivo natural. Es una mujer a quien su edad, sin ser excesiva, le ha dado cierto aire sufrido, misterioso. Viste siempre de negro, y tiene un amor enfermizo hacia Ricardo. El mismo que tendría una madre sobreprotectora hacia su hijo, produciéndose una relación dual, vale decir, por momentos maternal y en otros, rayana en lo sexual.

–Yo soy aquel, que por las noches no te espera…, yo soy aquel que por quererte da la vida… Carmen canta no muy entonadamente mientras plumerea los sillones, pasa el escobillón y luego prepara una inyección para Ricardo. Suena el timbre de la calle. Carmen va a atender.

–Hola, Carmen ¿Se puede?

El padre Fernando, de unos 57 años, es un ser dogmático, cerrado en viejos esquemas de vida, donde solo ve primar el imperio de una verdad sin atenuantes, para quien la compasión y resignación lo deberían ser todo, aunque no siempre lo logra. Generalmente es incisivo e insistente.

–Claro, padre Fernando. Pase. –contesta sonriéndole amistosamente– Pero, mire que hoy no tengo mucho tiempo, porque después de ponerle una inyección a Ricardo tengo que salir de compras.

–No te preocupes, solo me tomará el tiempo necesario. –con gesto preocupado se derrumba sobre una silla– ¡Ayyy, hija, hija…! Traigo una noticia horrible para Ricardo…

–No me diga, padre. ¿Tan fea es?

–¡Sí, absolutamente! Pobrecito nuestro Ricardo… ¡Cuánto dolor debe cargar sobre sus espaldas!

–¡¿Que ha pasado, padre?! –Carmen se atemoriza.

–¡Te lo diré! ¿Recuerdas a Elisa, aquella novia que tenía antes… bueno, ya sabes, antes que Ricardo tuviera el accidente que lo paralizó… Bueno…según cuentan algunos en el pueblo…parece que lo comenzó a olvidar… ¿te das cuenta?

–Pero, padre… eso ya lo sabíamos… pasó hace tanto tiempo… –apenada.

–Sí, pero ahora encontró a otro… –dolorido– Me he enterado de buena fuente que se casa con un antiguo amigo de Ricardo. Carlos Octavio Peralta, el hijo de don Vicente Peralta, el hotelero de Luna Blanca…¿lo recuerdas, hija?

Carmen ha seguido atentamente el relato del cura, expresando con el rostro por momentos dolor y en otro un gesto casi irónico.

–Nada me extraña ya, padre. Pero si nos ponemos a pensar, no se si debemos maldecirla o comprenderla… Es muy difícil seguir amando a un inválido… a un ser deficitario, padre, que no puede llenar nuestra vida y compensar todos nuestros anhelos… –dolorida– No se, a veces me pongo en su lugar… Es difícil decidir en una situación semejante…

–Carmen, hija, que te pasa? No te entiendo, estás extraña hoy… hablas como si te ocurriera lo mismo que…

Carmen temerosa, se sienta atormentada por pensamientos muy internos, restregándose las manos. Luego suplica:

–No se lo diga, padre… Por favor, no lo haga…

–Carmen, él debe saberlo… Debe comprender que ya no podrá esperar nada de ella…

–Pero si ya no espera nada… Casi no la recuerda, ni siquiera la nombra… Yo esperaba que esto sucediera… hace varios meses que no llora por las noches, ni me pregunta por ella… –maternal, como si se tratara de un niño–. ¡Jugamos juntos a los dados y al juego de la oca, y me sonríe! Se divierte tanto conmigo… –cambiando bruscamente– ¡No permitiré que se lo diga! ¡Todo podría volver a empezar!

Ricardo la llama desde su habitación.

–¿Carmen, ya está listo el café? –Ella no responde– ¿Carmen, donde estás?

–Voy, Ricardo… –suavemente por lo bajo– Por favor, padre, se lo ruego… Si se lo dice puede hacerle muy mal… ha estado muy nervioso el último tiempo… a veces me habla por horas con la vista fija en la pared… –Hablando fuerte– ¡Ya está, Ricardo! Ahí te llevo el café… –va hacia la cocina y tomando una bandeja del aparador le pone una taza y algunos criollos, luego toma la cafetera humeando, apaga el fuego y sirve café en la taza– Ah, me olvidaba Ricardo, tenemos una visita…

Ricardo entra en la silla de ruedas, curioso.

–¿Quién es? Ah, es usted, padre… ¿Cómo le va?

–Bien, gracias, Ricardo, buenos días. Vaya, se ve que hoy estás de muy buen humor…

–Ya lo creo… –Le sonríe forzadamente, frunciendo el seño– Mejor que otros días, ya lo creo…

Carmen trata de desviar la conversación.

–Ricardo, tenés que mostrarle al padre las dos canastas de mimbre que hiciste para Don Santiago…¡Son tan lindas!

–No están muy bien hechas… Además, me falta darles una mano de barniz…

El padre Fernando rápido y decidido.

–Después las veré… Quiero hablar contigo, Ricardo… hace tiempo que tengo cosas que preguntarte…y algo que decirte…

Carmen se asusta.

–¡No será mejor que lo deje para otro día, padre! Hoy, Ricardo no tiene ganas de charlar, ¿verdad, querido? Ha estado mirando los pájaros del jardín, y quiere volver a ellos… ¿No es cierto, Ricardo?

–Sí, que hermosos colores tienen… –Ricardo se deja conducir como un niño.

–Carmen sabe que soy incapaz de incomodarte… u obligarte a hacer algo que no te interese… Pero, si es así… Te veré otro día…

–Aunque también quiero hablar con usted, padre, no le haga caso…

Carmen resignada, reprime una lágrima.

–No, padre, está bien, usted nunca incomodó a Ricardo…Yo me voy de compras…. Volveré en media hora…

–Comprame papel para cartas, por favor. –Carmen sale. Ricardo gira por la habitación con su silla de ruedas incómodo. Ambos se estudian mutuamente en silencio–. ¿Y bien, padre? ¿Qué quería decirme?

–Ricardo. Hace tres años que vengo a verte… pero todavía no se si te conozco… A veces me preocupas…

–No se porqué lo dice. Me he mostrado ante usted lo más auténticamente posible…–irónico– ¿Usted no lo cree así, verdad?

–Ricardo, ¿has pensado que vas a hacer este año en la fiesta anual del colegio San Buenaventura? ¡Siempre te gustó participar! Sin embargo, no te veo con el mismo entusiasmo de antes, y Carmen tampoco me ha dicho nada…

Ricardo palidece y cambia de expresión, como si le entristeciera.

–¡No voy a participar este año, padre! No me dan ganas ya…

–Pero como has cambiado. Si el año pasado fue lo que más te entusiasmó…

–No, no…quiero decir, sí, tiene razón… –triste y mortificado– pero ya no quiero, el año pasado quería, pero… ya no me interesa…

–Nunca pensé que te pondrías así… pensé que te gustaría hablar de ese festejo… Discúlpame, ves, ya decía yo que no te conozco lo suficiente… Si por lo menos me contaras algo más de ti, tus deseos, anhelos, tus sueños…. No se, para conocerte… Entonces seguramente podría comprenderte y ayudarte mejor…

–Gracias, padre… pero estoy bien. Carmen es muy buena y no deja que me falte nada…

–¡Cuando estaba Elisa, también decías lo mismo…! –malintencionado– Estabas mejor, y Carmen no es Elisa, claro…

–No, era distinto… –Ricardo se estremece– Pero Elisa se fue, ya no está… –reaccionando–. No veo porqué tenemos que hablar de ella, si ya no está…

–Te entiendo… aunque a veces es bueno hablar de lo que hemos perdido…

Ricardo se sorprende.

–¿Perdido? No veo porqué. Elisa se fue, se alejó de aquí… –seguro y esperanzado– pero puede volver en cualquier momento… cuando se le ocurra…

–No creo que vuelva, Ricardo… –triste y malintencionado– Sería bueno que te hagas a esa idea, no va a volver…

–¡No puede ser! Yo la estoy esperando, padre… –sobresaltado– A veces me despierto en sueños y la veo al lado de mi cama… y hablo con ella…Como antes. Si me esfuerzo un poco la percibo, hablo con ella como antes… y me sonríe. –como hipnotizado– Recuerdo su voz, la escucho como si la última vez que hablamos fuera hace un momento nomás…. –desgarrado– No puedo resistirlo… –Desesperado, se agita sobre la silla como si quisiera salir caminando, intentando huir de esa cárcel que lo aprisiona.

El sacerdote sobresaltado, trata de calmarlo.

–¡Por Dios, Ricardo! ¿Qué te sucede? Debes controlarte… No debes reaccionar así… Tiene que ser fuerte, comprender que no debes aferrarte a un recuerdo por más hermoso que este sea… -Lo agarra con fuerza, tratando de que no brinque en su silla.

Entra Carmen de la calle, trayendo varios paquetes que deja sobre la mesa.

–Volví, y te traje lo que me pediste, Ricardo… ¡Que te pasa! ¿Qué le dijo, padre? ¿Por qué está tan alterado? –corre hacia él y lo abraza y acaricia como si fuera un niño– ¡¿Qué te pasa, conejito?! –cambiando de tono, mágica, payasesca– ¡Si le cuento a la tortuga, seguro que se va a reir de los dos!

Ricardo reaccion infantilmente aniñado.

–No lo hagas, Pimienta… no quiero que le cuente a todos los otros… seguro que se van a reir de mí…–Ricardo recobra la postura– ¡Carmen, el padre dice que debo olvidar a Elisa, pero yo le he dicho que no puedo…!

–¡Debes hacerlo! –machacando sobre la herida abierta–. Debes pensar que Elisa podría casarse con otro y no volver nunca… No se, podrías perderla para siempre…

Carmen grita histéricamente.

–¡Padre, porqué le dice esas cosas! No invente historias quiere…

Ricardo, cada vez más alterado…

–No creo que se case con otro… –lloroso– ¡Ella no me va a olvidar nunca!

–Ricardo! No fue mi intención molestarte, trayéndote recuerdos que pueden causarte dolor…–recapacita dándose cuenta de su error– Se me hace tarde. Pronto llegarán las fiestas. Me espera el padre Francisco para ir al mercado a comprar nueces de Cayota, garrapiñada, confites y otras menudencias. ¡Perdón, Ricardo! Otro día seguiremos hablando de esto…

–Adiós, padre… –Ricardo se repone, aunque su tono es huraño. Carmen aliviada. –Sí, adiós…hasta pronto, padre Fernando.

Sale el Sacerdote. Carmen permanece muda largo rato. Después toma a Ricardo con cariño, abrazándolo, mostrando una intimidad muy grande entre los dos.

–¡No creo que Elisa se case con otro! Ella nunca me va a olvidar…

–Sí, no te preocupes… –Carmen canta tiernamente mientras lo lleva a la habitación– ¡Duerme, duerme, negrito… que tu mama está en el campo, negrito…

Ricardo la deja hacer, y hasta parece que se va reanimando lentamente. Cierra los ojos y se duerme. Cuando Carmen lo ve dormido, arregla algunas cosas de la habitación, suspira aliviada y sale. Al rato, Ricardo despierta con una expresión diferente, extraña. Mueve la silla hacia un lado y otro silenciosamente, como buscando algo. Va hacia unos cajones de la cómoda y comienza a hurgar en ellos. Por fin encuentra y saca una caja cuadrada pequeña, se dirige hacia un vaso que está sobre la mesa, toma la botella de agua y vierte parte de su contenido, introduce unas cucharadas de un polvo que hay en la caja, y luego de revolverlo lo bebe. Se distiende sobre la silla, con la mirada fija en un punto, serenamente, expresando sólo nostalgia por la ausencia… Pasado un lapso, comienza a palidecer, resollando por lo bajo, estremeciéndose y respirando entrecortadamente. Finalmente con tono gutural, casi inaudible.

–¡Elisa, quiero que sepas que nunca te olvidé! Carmen no entendería…le he seguido los juegos cuanto he podido, pero ya no puedo más. ¡Se que vendrás dentro de poco…!

Ricardo mantiene fija la mirada en un punto del espacio, como si hablara con un fantasma.

–Pasa… te estuve esperando toda la tarde…–incorporándose agónicamente–¡Apresurémonos!

Poco a poco va inmovilizándose, hasta que deja de moverse y respirar.

BONIFACIO CORREA

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