Y entre los escombros y las ramas veo aquel columpio que acompañó mi niñez, aquella vieja madera rectangular desgastada atada a una cadena oxidada. No hay colores que lo distingan y el pasto en el suelo ha desaparecido siendo reemplazada por agostas piedras y tierra seca. Antes la cadena brillaba tras chocar con el sol y la madera relucía de rojo entre las hierbas.

La tristeza lo transformó.

Pienso en todo lo vivido cada que venía corriendo hacia aquí, nunca feliz, nunca sin llorar. Ajusto mi agarre a la mano de mi hijo y suprimo un suspiro, suprimo mi ira y el dolor de tantos años sin liberar. No hay melancolía que acompañe mi letargo por los recuerdos, esos agrios y molestos.

Cierro mis ojos buscando la tranquilidad de ahora y no la hallo, mi respiración falla y el agarre de mi primogénito empieza a temblar.

«He crecido» me repito, «Nadie me hará daño» me miento.

Mi mente se empaña con imágenes borrosas de mi calvario personal, oigo mis gritos desesperados clamando por ayuda y en segundos esos se transforman en llanto, el crudo, el que te deja la garganta ardiendo por días.

Abro mis ojos y todavía con lágrimas en ellos, me enfoco en la personita que inocentemente me observa, no habla.

Él calla y no por deber, así es su naturaleza; muy contrario a lo que yo antes me tuve que acostumbrar.

Mis dientes castañean reteniendo el llanto; yo tenía su edad.

Y yo tenía un columpio, porque yo tenía un verdugo.

Cada noche desde que nació mi hijo me encargo de matar los monstruos debajo de su cama, de su armario y de sus sueños. Lo protejo fuera de casa y dentro de ella y sin embargo sé que los monstruos reales aún existen, aún se disfrazan de buenas personas y atacan.

Aún matan.

Aún lastiman.

Aún marcan.

No fui el único niño con un columpio y tal vez nunca haya un último.

El columpio representa el dolor, la angustia, el temor, la tristeza y las desgracias.

Recuerdo que cada vez que me lastimaban me corrían a ese punto, ¡que sea feliz y no joda!

Que por portarme bien merecía ese premio, pasearme en el columpio.

Yo odiaba pasearme en el columpio y cada vez al subir e ir a lo alto deseaba caer, morir, desaparecer.

No podía, mis dedos jamás se desenvolvieron de la cadena, siempre se aferró mi vida a ella, como si no me importara el dolor, como si no sufriera por mi vida.

Eran diez minutos de distracción y lo sé muy bien, porque después de ese tiempo venia mamá por mí, y yo le sonreía.

Porque todo estaba bien.

Porque nadie me lastimaba.

Nadie me tocaba.

Entonces odie a mamá también.

Mamá siempre tardaba en recogerme.

Llegábamos a casa y empezaba lo habitual; yo llorando en la entrada de alivio.

Recuerdo tener pesadillas, de las que a veces ahora siendo mayor me asaltan y también recuerdo mojar la cama y escuchar a mi madre gritar.

Qué porqué hacia eso.

El columpio, le respondía.

El maldito columpio tenía la culpa.

Y sin querer aprieto mis manos, los quejidos de mi pequeño me quitan el estupor de las remembranzas.

Estamos aquí hoy por él. Que quiere conocer los lugares donde yo crecí y no me pude negar, pero hay hechos que se deben ocultar.

—Aquí estudié la primaria —le comento, y no me sorprende lo ronca de mi voz, porque las palabras no dichas se ahogan y me queman.

—Y eso te pone triste.

Tal afirmación cala hondo por dentro, porque triste es el último término que yo usaría, no obstante no está lejos de la verdad.

Esbozo una pequeña sonrisa en su dirección.

—Estando tú aquí conmigo cambia la sensación.

El paisaje ahora es el de escombros, no hay una sola pared de pie y por lo que supe años más tarde al terminar de estudiar fue que uno de los padres se enteró de actos violentos llevándose dentro.

Con ello se confirmaron un par más.

El repudio sobrepasó la furia de los progenitores y en medio de protestas optaron por destruir el centro de estudios.

Camino sosteniendo con firmeza la mano de mi hijo y avanzamos.

—¿Te apetece sentarte en el columpio?

Suelto a mi hijo y pruebo la fuerza del hierro oxidado, saco un pañuelo de mi bolsillo y prosigo a limpiar.

Me siento en él.

Un suspiro largo me abandona mientras le indico a la personita que me acompaña que se acerque.

—¿El columpio de tu escuela te hace feliz?

La parte de mi corazón que aún sufre espera un «no» y sé que ello conllevaría a una guerra, a un desenfreno.

—Sí, papá.

La presión en mi pecho desaparece tan rápido en cuanto lo dice.

»Aunque no es de mis favoritos, prefiero el resbaladizo, pero no el sube y baja porque mis amigos me dejan arriba —se queja.

Cada vez que me acuesto le pregunto a mi mujer si soy un buen padre.

Ella dice que soy el mejor, que le pongo mucha dedicación a su crianza y que es lo que más le encanta.

Yo deseo ser un buen padre siempre. Un padre que note cuando su hijo cambie de actitud, de hábitos y que evite ser uno ausente, porque de ellos los monstruos se aprovechan y construyen los columpios.

—Eres un niño astuto y por eso sé que no volverás a subir a los juegos que te hacen sentir inseguro, por ultimo si quieres hacerlo sin sentir miedo hazlo conmigo o con mamá —jalo su mano y la pozo en dirección de mi corazón—. Mi vida la tienes a tu disposición para ti, si sientes miedo, te haré reír mientras tiemblas; si tienes enojo, compartiré tu sentimiento hasta que se transforme; si quieres llorar, saltar, bailar, pide mi compañía si la necesitas, yo estoy aquí.

Aquellas palabras le faltaron a mi madre.

No la culpo por no advertirme de los columpios y de no espantar los monstruos.

Después de todo, el monstruo menos pensado es quien más grande lo construye.

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