Megan Biggs: Preludio

Extracto del diario íntimo de Jack Foster, estudiante de secundaria del Liddeford High School, Liddeford (Maine)

OCTUBRE

El pueblo es un caos. No hay cuerpo ni alma en toda la pequeña población costera de Liddeford que no se encuentre en un estado de tensión absoluta. Es algo que aborda por completo mi conciencia cada vez que miro a través de la ventana. Se respira el miedo como un gas más del aire. De hecho, parece como si el aire de Liddeford no sea el mismo desde lo que pasó aquel viernes. Demasiado seco, incluso para estar en los inicios del otoño.

Todos, absolutamente todos mis vecinos de Liddeford están inquietos, pero la verdad es que no les culpo. Dadas las circunstancias, es completamente natural. Aunque lo peor y lo verdaderamente insoportable de este miedo es la confusión que crea. Hay momentos, cuando hablo con mis viejos amigos y conocidos, en que no los conozco, y parece que he abandonado la civilización para ir al encuentro de las bestias de África. Es en momentos críticos como este que finalmente decido que ha llegado el momento de vencer la pereza de una vez por todas y afrontar la tarea más deliciosamente trabajosa de todas: escribir.

Escribir es una buena manera de, como expresa el dicho popular, exorcizar los propios demonios. A veces, cuando escribo sobre lo que está pasando este otoño en nuestro querido pueblecito que no puedo evitar sonreírme de lo ridículo de nuestras circunstancias. Y yo, el cronista, parno aparezco menos absurdo que el héroe que aquel genial irlandés Swift mandó al encuentro de gigantes, caballos parlantes y fortalezas voladoras. Como si de alguna manera el destino haya querido convertirme en una especie de figura gulliveresca para mi siglo. Había oído muchas veces aquello de que «la realidad supera a la ficción», pero nunca lo había creído como una tesis seria. Pero lo real es real, y está muy claro que esto no es sueño: en Liddeford vive una chica de más de 40 metros de altura, y da la casualidad de que, además, es mi mejor amiga.

Megan Biggs, la adorable forastera que vi entrar en casa de los Liddell, pocos días antes de que empezaran las clases. Entonces no se podía predecir que se fuera a convertir en la cosa viva más grande del continente. Y, sin embargo, hay algo en ella que me fascinó desde el primer momento. Como si estuviera dividida entre el amor por la aventura y la reticencia a destacar que es tan común en las chicas de su edad. Todo ello, combinado con sus largos cabellos, negros como los mitones de un deshollinador, y sus profundos ojos oscuros que hacen a uno sentirse al mismo tiempo avergonzado y privilegiado cuando le miran, me impresionó profundamente.

Ni que decir tiene que, cuando volví a ver a Megan Biggs convertida en una giganta, quedé perdidamente enamorado de ella. Esa chica cuya pequeña belleza me había conmovido se había transformado en una diosa. Sólo sus tobillos son tan altos como yo, y tampoco había visto en mi vida tobillos más hermosos que los suyos. Verla, oírla, sentirla a mi alrededor – que es como la siento más a menudo, cuando me sienta en su mano, su hombro o su regazo -, su grandeza me hace sentir pequeño como un insecto, el insecto más afortunado del mundo.

Todavía no he tenido valor para decirle lo que siento por ella. Si ya se tiene miedo al decir esto a una chica más pequeña que uno, ¿cómo no tenerlo de una capaz de derribarte con un golpecito de su dedo más pequeño? Por ahora, me siento muy afortunado de ser su amigo, su mejor amigo. De todas maneras, no sé cómo podría intentar que funcionase una relación con una chica casi treinta veces más grande que yo.

Y sin embargo, ¡qué hermosa es! No hay en el mundo criatura más bella que ella. Cada parpadeo de sus ojos grandes como místicos estanques, cada onda de sus kilométricos cabellos negros, esa nacarada media luna que ilumina el firmamento cada vez que sonríe, la gracilidad de su titánica figura… Podría seguir hablando así toda mi vida, y no le habría hecho justicia. No hay forma humana de expresar en palabras la belleza de esta chica colosal.

Megan Biggs no se deja dominar por su poder. Con su tamaño y su fuerza, destruir todo nuestro pueblo sería para ella una tarea de cinco minutos como mucho. Pero no lo hace. De hecho, jamás en mi vida había conocido una voluntad tan amable y benévola como la suya. Si por ejemplo alguien le diera la idea de que con pies de su tamaño debía de ser la mayor amenaza para la supervivencia de los caracoles, estoy seguro de que se quedaría encerrada en su refugio por miedo a aplastar miles de bichitos a cada paso.

En nuestro primer encuentro siendo ella una giganta – me duele recordarlo -, tuve miedo de ella, mucho miedo. Aún ahora su inmensidad me intimida, y un gesto sutil pero perceptible suele dibujarse en el borde de sus labios cada vez que mi timidez se vuelve evidente, o cada vez que se subraya su superioridad física sobre mí. Pero como he dicho, Megan es la más amable de las chicas que conozco, y si bien en ocasiones le divierte apretarme cariñosa pero firmemente entre sus largos dedos disfrutando secretamente al contrastar cuánto más fuerte que yo es, sería incapaz de hacerme daño de ningún tipo. Siempre tengo que perdonar sus ligeras bromas. Es una de esas mágicas criaturas a las que es imposible guardar rencor.

Megan puede ser la más alegre y divertida compañera (sólo por participar de su insólita estatura ella es toda una aventura). Pero ella más que nadie sufre ese miedo y esa confusión de los que he hablado antes. No hay día que la sombra de la incertidumbre no eclipse, al menos por unos instantes, la luz de su mirada. Debe de ser algo extremadamente difícil de procesar el haber pasado de medir apenas 1.60 m a medir 40 metros de altura de la noche a la mañana, y el mismo día del inicio de décimo curso en el instituto. No puedo imaginármelo: debe de ser una de esas cosas que no comprendes hasta que te suceden. Pero yo soy su amigo, y pretendo descubrir sus penas, y hacer lo posible por apagarlas. Si tan sólo supiera cómo.

¡Oh, Megan, mi adorada y dulce Megan! ¿No me dirás qué te entristece? ¿No querrías que te ayudase a acabar con tu pesar? ¡Dios mío, cómo desearía poder ofrecerte mi hombro! Pero mucho me temo que con mi tamaño tal gesto sería inapreciable. ¿Por qué habré de ser tan lamentablemente pequeño? Pero yo quiero ayudarte, aliviarte del peso que carga sobre tu generoso pecho. Quiero amarte, ¿acaso no lo ves? Desde que te conocí supe que serías mía y yo sería tuyo, sólo tienes que dejarme. Megan, mi querida Megan, dime qué oscuro sentimiento pesa sobre tu poderoso corazón, dime qué pavoroso temor nubla la blancura de tu pura frente, y deja que los enfrentemos juntos, tú y yo. Soy tu siervo. Dime qué necesitas, es todo lo que busco. Sólo necesito eso para servirte, Megan, mi ángel. Háblame, Megan Biggs. Háblame.

Puntúalo

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS