Estuve pensando si hacerlo hasta que me convencí de que aquello hacía tiempo que ya no dependía de mí. Finalmente la arrojé. Grité al infinito con rabia, al inmenso vacío que se abría a mis pies. Las ondas del eco fueron acortándose hasta parar de nuevo a mi pecho. En vuelo regresivo, el pájaro deshizo su batir de alas y volvió a su rama para después, desde lo alto de aquel árbol que formaba parte de la vegetación de la sierra, estudiarme con sus ojos glaucos e inocentes mientras la melodía de su piar se apagaba en su garganta cantarina: «oíp, oíp». El sol ascendía y se tragaba el ocaso alzándose omnipresente en aquel estío de amanecer gris. Las lágrimas volvieron a mis ojos deshumedeciendo mi piel, borrando el surco salino, transparente, que había trepado desde mi barbilla hasta el lagrimal. Dubitativo, contemplé el paisaje: al fondo, la Alhambra, la postal que un día Rocío y yo hicimos propia; a sus pies, Granada, la ciudad de Lorca, mi poeta de cabecera y de aciago destino, quizá el mismo que lo había elevado a la dimensión de Machado, Bécquer o Lope de Vega y que tantas veces me habían atrapado con sus versos irrepetibles. Cogí los palos de trekking de la mochila, los desplegué y, uno tras otro, desanduve mis pasos por el sendero que me haría llegar hasta la pista donde me esperaba el pequeño utilitario de alquiler. En contra de las recomendaciones de mi médico conduje de Sierra Nevada a Granada y de allí a la pensión de la calle del Darro. No tenía hambre, pero debía llevarme al estómago algo antes de ingerir el cóctel de pastillas que me ayudarían a salir de la encrucijada que la vida me había puesto delante. Tras ello me desvestí, me tumbé en la cama y mirando al techo oscuro de la humilde habitación esperé a que el calendario restase un dígito a la primavera de aquel 2021. Después, cuando me abandoné al limbo onírico al que se somete nuestro cerebro antes de vencerse a los brazos de Morfeo, fui consciente de que, una vez más, soñaba al revés.

 Me gustaba viajar de madrugada. Tiempo atrás, cuando afrontaba todo acontecimiento como un momento irrepetible, aprovechaba la intimidad de aquella atmosfera que el Alvia brinda a sus pasajeros nocturnos para escribir en una especie de “diario de viaje” los sentimientos que hacían aflorar mis idas y venidas entre Pamplona, la ciudad donde nací, y Granada, el lugar donde la conocí y del cual ahora me alejaba. Por supuesto, parte de mis confesiones iban dedicadas a ella, a su mirada sugerente e hipnótica y a ese latir gemelo, a la vez tan diferente, que un día compartimos ella y yo. La Alhambra sería el punto del mapa donde, casualidad o no, di con ella. Sus estudios universitarios le habían llevado hasta allí y a mí, ávido de experiencias y aventuras, embaucado por la estampa de sus calles, sus gentes y recovecos andalusíes, a aplicar mis conocimientos históricos sobre el terreno como guía turístico acreditado. Mostrar al mundo su monumento más insigne, la Alhambra, y ser partícipe de su divulgación a la vez que cursaba un máster de Arte Islámico hicieron que decidiese instalarme en una vieja casa en el barrio del Albaicín. En aquellos pensamientos estaba yo, con un libro en las manos como remedio para vivir sin pensar y olvidar un pasado que jamás volvería. Pasado por el cual habría dado mi vida por volver a revivir, sentirla en mis brazos, saborear su aliento y su perfume de argán. Decirle que sin ella nada tenía sentido y que como le prometí, la cajita reposaba en el fondo de un acantilado que contemplaba en la lejanía a la capital nazarí. Y así, lanzando miradas furtivas al paisaje oscuro, iluminado a tramos por la estación de alguna ciudad de paso y vías engullidas por el tren, me quedé dormido.

 El traqueteo del vagón me despertó. Aturdido, de bruces encontré a un inesperado invitado frente a mí. Por comodidad prefería viajar en los asientos enfrentados de cuatro plazas y el nuevo pasajero, del cual no había dado cuenta —tampoco de que el tren se hubiese detenido en alguna estación a medio camino entre Granada y Madrid—, miraba distraído por la ventana, ofreciéndome el porte extravagante de un hombre entrado en canas e indumentaria cuanto menos peculiar. Llevaba un bigote de lápiz y se tocaba la cabellera con un bombín negro de textura aterciopelada. Eché un vistazo al resto del vagón: seguía completamente desierto, cosa normal dado el horario que había escogido para el trayecto. Dueño de una mueca risueña, mi nuevo acompañante apartó la vista de la ventana y me recibió con una sonrisa paciente. 

 —A estas alturas de la vida, caballero, usted ya sabrá que el pasado nunca vuelve.

  Alcé las cejas y abrí mucho los ojos, cosa que no impidió que aquel hombre continuase. Desde luego no esperaba ese tipo de bienvenida y mi humor, desde lo de Rocío, ya no estaba para muchos quiebros.

 —Tenemos que aceptarlo como un parte del yo que somos y seremos. El único compromiso con el pasado es que jamás debemos olvidarlo. Con ello, moriría una parte de nosotros. 

 —Disculpe. Creo que no nos conocemos…— intenté ser cortés y pensar que se trataba de algún error. Tal vez estaba ante algún pobre anciano que sufría demencia senil o algo por el estilo.

 Eché otra ojeada a mis espaldas por si el revisor del vagón tenía la genial idea de pasarse por allí.

 —Me temo que no compartimos el placer —respondió con toda la tranquilidad del mundo—. Y perdone mi atrevimiento. Le oí hablar en sueños y… bueno… ya sabrá usted lo que nos gusta a los ancianos dar consejos. Quizá es lo único que nos queda, puesto que el resto… —con un gesto teatral señaló su cuerpo—. Bueno, el resto es un simple testimonio de lo que fuimos. Eso y los recuerdos, claro. Si me lo permite, creo que los suyos están vivos. Demasiado tal vez.

 ¿Quién se creía que era aquel hombre para hablarme de aquel modo, para saber cuáles eran o dejaban de ser mis recuerdos? Dubitativo, arrugué el entrecejo sin saber muy bien como encajar aquel diálogo unilateral. Habría tachado de impertinente a aquel singular personaje, maleducado quizás, pero había algo en aquel tono, en sus ojos, que me decían que escucharle merecería la pena. Desconfiado, miré al asiento contiguo: mi maleta de viaje seguía intacta y el libro de Jenofonte y su Expedición de los Diez Mil
estaba donde le correspondía, junto al asiento vacío de mi derecha. Supe que no estaba soñando puesto que el paisaje avanzaba y no retrocedía. Mi psicóloga me había dicho que era un reflejo del miedo que sentíamos de alejarnos del pasado, o el deseo de volver a él: una de las artimañas de la mente, el mejor verdugo, o aliado, según se mire, que cuenta el aparato psicomotriz de un individuo gobernado por impulsos y deseos vitales que había perdido casi todo en aquella pandemia que algunos confundían con un simple catarro.

 —Es cuestión de aceptar si queremos que el tren avance, cumpla su ruta programada hasta la siguiente estación, o retroceda, como usted lo hace en sus sueños. En la regresión, técnicamente imposible salvo para su mente, dejará a personas sin el billete que tenían asignado. Un desplante en toda regla, desplante que, por otro lado, tendrá sus consecuencias en la vida real. Piense en África, su hija, en lo necesario que es y será usted para ella.

 A continuación, sin esperar siquiera una respuesta por mi parte, tiró de la leontina que colgaba el bolsillo de su chaquetilla. Apremiante, consultó la hora de un reloj de bolsillo. Descruzó las piernas y se levantó del asiento.

 —Siento no poder seguir charlando con usted.

 Sin ser capaz de que palabra alguna saliese de mi boca, erguí el cuello estudiando su figura engalanada con corbatín y camisa blanca de botones nacarados. Antes de abandonar el vagón, el anciano se giró sobre su espalda y me dirigió unas últimas palabras.

 —Se que lo hará, pero no permita que el pasado nuble su futuro. Ella no volverá.

 Se tocó el ala del sombrero a modo de despedida y desapareció para siempre.

 A solas, cuando salí de mi estupefacción, comprobé mi billete por si las pastillas me habían jugado una mala pasada. Para asegurarme de ello, fui en busca del revisor y este me confirmó el pasaje hacía la estación de Atocha y la hora de llegada.

 Cuando llegué a Madrid una sensación extraña se afianzó en mi pecho. Su recuerdo, el de Rocío, acudió puntualmente como lo hacía siempre que llegaba a la capital. Aquel hombre extraño, sin saber muy bien por qué, había removido algo en mi interior, había provocado un click que, unido a la satisfacción de cumplir mi promesa, motivo principal de mi viaje a Granada, me hicieron con fuerzas para encarar la calle donde vivía la madre de Rocío.

***

 Colgada como un monito de mi cuello, África señalaba tozudamente a aquella fotografía: «El tete, el tete…» chapurreaba con su reducido léxico.

 —Oh, la niña lleva tres días dale que te pego con «el tete» —dijo la madre de Rocío a la par que dirigía mi atención a aquel retrato en blanco y negro custodiado por otros antepasados de la familia—. Es mi abuelo Eladio. Fue médico, como mi hija. ¿De verdad nunca le oiste hablar de él?

 Cariacontecido, tratando de enmascarar las sensaciones que recorrían mi cuerpo, negué con la cabeza. Su parecido con el señor del tren, a todas luces, era inconfundible.

 —De hecho —prosiguió, creo que su vocación le vino de las historias que él contaba. Murió con 92 años, hecho una flor. Le tocó salvar vidas en la gran gripe de 1918. Sobrevivió, pero perdió a mi abuela, su mujer, y a 3 de los 5 hijos que tuvo. Pese a todo, el abuelo Eladio sacó adelante a la familia.

 Sobre el aparador del pasillo aquel rostro de hidalgo me miraba con ojos ausentes, azules como la encarnación femenina de su futura descendencia, como los de África, como los de nuestro legado, el único motivo que había impedido que mi corazón fuese apagándose paulatinamente. En el retrato, con naturalidad, el caballero apoyaba sendas manos sobre el pomo de un bastón. Manos que, como su bisnieta, habían salvado tantas vidas. Sentí admiración por aquel hombre, de sus redaños para sacar adelante a su familia y seguir luchando por la de los demás. Un querubín de la guarda de su tiempo, del tiempo donde la gripe golpeó al mundo, a él mismo, y la Historia firmó desacertadamente como “Gripe Española”. A diferencia de mi esposa Rocío, el señor Eladio había sobrevivido a ella. Su ausencia me había generado un profundo vacío, una deriva que me había obligado a recurrir a médicos y especialistas y que había minado el sentido de mi existencia. Fue ella misma, consciente del proceso que seguirían a los síntomas que tan bien conocía, la que dispuso su despedida y su última voluntad. Por supuesto, África, nuestra hija de 2 años, era una de ellas, el lazo que siempre nos mantendría juntos. El otro era el viaje a Granada, la Alhambra y su ciudad; el mirador de Sierra Nevada donde le pedí matrimonio fue el lugar que escogió para que una parte de ella descansara para siempre.

 Entonces, el pasado dio paso al presente y el tren de África, de mi hija, a pesar de que aquel viaje debió contar con un billete más, cogería a tiempo su vagón. «Esperanza», pensé. Quizá aquel fuera el mejor antídoto para un hombre abatido que decide levantarse y sumarle tantos a la vida, seguir luchando por ofrecerle un futuro mejor a los que ama.

 —«El tete» —volvió a señalar África con su dulce inocencia.

 —Sí, pequeña, «el tete».

 Sonreí y besé su frente.


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