Quien roba a un ladrón

Quien roba a un ladrón

Marta Marrero

31/07/2020

Un estruendo de alarmas y sirenas inundó el ambiente. “Demasiado tarde” pensó, divertida, una chica con una larga trenza castaña mientras se dejaba caer unos metros y aterrizaba sobre un contenedor repleto de bolsas de basura y otros desperdicios. La tenía. Ya era suya. Ahora solo necesitaba desaparecer de allí y todo su plan habría sido un éxito. Había conseguido burlar el sistema de vigilancia de uno de los edificios mejor custodiados de la ciudad. Y pensar que su jefe no había confiado en ella… ¡Menuda cara iba a poner cuando se enterase de su hazaña!

Se regodeaba en sus propios pensamientos mientras doblaba la siguiente esquina a toda velocidad. Bajó un tramo de escaleras de tres en tres y corrió como si le fuera la vida en ello. Antes de llegar a la plaza, giró a la izquierda para adentrarse en una callejuela estrecha. A pesar de su estado de euforia, tenía los pies en la tierra y era consciente de que a esas alturas habrían iniciado su búsqueda desde distintos puntos de la ciudad. Llevaba el pequeño botín en el bolsillo de su abrigo, cerrado con cremallera. Aunque estaba convencida de que estaba a buen recaudo, de vez en cuando necesitaba palpar la valiosísima gema para estar segura de que seguía en su poder. No se perdonaría jamás el más mínimo error.

Todavía a la carrera, llegó hasta una boca de metro. Iba a pasar de largo, pero se lo pensó dos veces y retrocedió hacia la entrada. Pasó desapercibida ya que no era la única persona que se abalanzaba sobre el resto de la gente para alcanzar el andén. Consiguió deslizarse hacia el interior del vagón justo cuando las puertas se cerraban. Notaba el cuerpo entero impregnado en sudor. Como su intención era poner suficiente distancia de por medio entre ella y la policía, decidió que esperaría unas cuantas estaciones antes de bajarse. Mientras trataba de relajarse y recuperar el aliento, recordó cómo había comenzado todo.

Hacía un par de años que trabajaba para El Buitre. Se encontraron por casualidad, en un momento en el que ella se sentía apática y desencantada con el mundo que la rodeaba. Accedió a unirse a él y su equipo de maleantes, aunque la mayor parte de las misiones que le eran asignadas las llevaba a cabo en solitario. Así lo prefería Salamandra. También se vio obligada a elegir ese ridículo nombre para preservar su identidad. Desde el primer momento le quedó claro que aquella tropa no se dedicaba a asuntos muy limpios: eran ladrones de guante blanco, estafadores, narcotraficantes, falsificadores y un largo etcétera. Salamandra justificaba su participación aludiendo que le venía bien ese dinero extra, pero la realidad era que se había vuelto adicta al disparo de adrenalina que galopaba por sus venas cada vez que se veía inmersa en una nueva operación.

Aunque tenía una habilidad innata para realizar falsificaciones de productos de lujo, su especialidad era el espionaje. Por lo general, en este tipo de asuntos, el objetivo era obtener determinada información confidencial que se movía entre las altas esferas de la sociedad para después venderla, sin entrar a valorar el buen o mal uso que los compradores hicieran con ella. Salamandra se mimetizaba a la perfección ya que estaba acostumbrada a esos ambientes de fausto y apariencia. Además, su aspecto desenfadado jugaba a su favor a la hora de conseguir que personas relevantes se fueran de la lengua al entablar una charla casual con ella o al comentar ciertos temas comprometedores mientras rondaba cerca. Salamandra tenía el infravalorado don de la invisibilidad en momentos cruciales.

Sin embargo, nunca había participado en un robo. De hecho, obtuvo el encargo por descarte. Todos sus compañeros especializados en hurtos o alunizajes estaban ocupados en otras misiones. De forma que El Buitre tuvo que aceptar, a regañadientes supuso Salamandra, que se encargara ella de este caso. No entendía por qué, pero tenía la sensación de que desconfiaba de ella a pesar de haber obtenido siempre óptimos resultados en todas sus operaciones.

Enseguida intuyó que le había tocado un pez gordo. Se trataba de una colección de joyas, propiedad de un famoso magnate, valorada en millones de euros y que se encontraban expuestas por una temporada en uno de los museos más visitados de la ciudad. De entre todas las piedras preciosas, destacaba una: La libélula de sangre. Era una reliquia del tamaño y forma de dicho animal tallado en rubí y dos pequeñas esmeraldas como ojos. Era imposible no quedarse hipnotizado al verla. Hasta la persona más austera habría caído rendida ante su brillo.

Salamandra acariciaba la joya oculta en su bolsillo. Por fin, decidió que se bajaría en la siguiente estación. Mientras ascendía por las escaleras mecánicas, le dio la vuelta al abrigo, que era reversible, se cambió las zapatillas de deporte por unos tacones, se soltó el pelo, añadió unas gafas de sol y salió. Sabía que su persecución no había hecho más que empezar y que peinarían la ciudad hasta dar con ella, pero al menos tenía la certeza de que esa noche no dormiría en el calabozo.

Reservó una habitación en un hotel cercano. Estaba exhausta, pero, aun así, se mantuvo despierta unas cuantas horas. Antes de caer rendida al sueño, meditó sobre qué actitud tomaría, si de arrogancia o condescendencia, cuando llegara al Refugio y la recibieran sus compañeros al día siguiente.

                                                                        ***

Pulsó el timbre y cuando la lucecita azul de la cámara de seguridad se encendió, pronunció despacio y claro su contraseña. Sonó un chasquido. Atravesó la puerta con decisión y se sorprendió al ver que todos la estaban esperando. ¡Vaya! ¡Cuánta expectación! Se hizo de rogar durante unos segundos, pero no le dieron tregua así que dedicó los siguientes veinte minutos a relatarles su aventura. Salamandra no pudo evitar exagerar y añadió grandes dosis de astucia y temeridad a su historia. El
Buitre, que permanecía en su sillón sin hacer ni un solo comentario, miraba al techo con hastío. Todos se callaron de inmediato cuando se levantó de forma brusca, dejó su copa sobre la mesa con un golpe seco, y elevó la voz:

– Todo eso está muy bien Salamandra, pero ¿cuándo piensas entregarme mi botín? – el ambiente festivo se esfumó de un plumazo.

Salamandra avanzó hacia él mientras los demás se apartaban a su paso. Tomó la joya y se la tendió. No la perdió de vista hasta que la vio desaparecer entre las manazas de su jefe. Él la levantó hacia la luz y miles de destellos rojizos salieron disparados por la sala. Todos los allí presentes se olvidaron de respirar por unos segundos. Contemplaban extasiados aquella obra de arte. La única que no admiraba la gema era Salamandra, que no apartaba la vista de su jefe. Atraído por la intensidad de su mirada, El Buitre
se giró hacia ella. Salamandra le dedicó una breve sonrisa de medio lado. Él realizó una breve inclinación de cabeza en señal de aprobación y le ofreció una escueta felicitación:

– Buen trabajo, niña. – Y sin esperar respuesta, se volvió hacia sus hombres de confianza para dar comienzo a la celebración.

– Ya… Gracias. – contestó Salamandra al aire, decepcionada.

En el fondo, había mantenido la esperanza de recibir algún cumplido sincero por su parte. Sin embargo, eso facilitaría las cosas en un futuro cercano.

Aunque no se sentía con ánimos, se sentó a la mesa con sus compañeros e hizo el esfuerzo de unirse a un acalorado debate sobre qué vino acompañaba mejor al delicioso solomillo que les acababan de servir. Comieron y bebieron hasta altas horas de la madrugada. Cuando comenzaron los tropiezos, las palabras se trababan en la lengua y las primeras cabezas caían sobre la mesa adormecidas, Salamandra se deslizó con sigilo hacia la salida. No se despidió de nadie.

                                                                        ***

Tres semanas después, Salamandra se encontraba muy lejos en una playa paradisíaca, tumbada en una hamaca bajo una hilera de palmeras. Un camarero se acercó para recordarle la cita que tenía en unos minutos para una sesión de masaje. Sonrió, satisfecha. En una mano sostenía una piña colada y con la otra acariciaba una joya brillante y carmesí como la sangre que pendía de su cuello. Lo sentía por sus colegas, pero ella también se había dejado seducir por la belleza de la codiciada reliquia.

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