Clarisa en el agua

Clarisa en el agua

Max Estrella

27/07/2020

Clarisa tiene veinte años y está más que acostumbrada a las alturas, pero en este momento, mirándose los pies blanquecinos en el borde del trampolín, la abruma un sentimiento parecido al vértigo. Ha decidido concentrarse en las uñas de sus dedos gordos para olvidarse de las quince mil personas que asisten a la final olímpica de salto, y durante un segundo se distrae preguntándose si a esos dedos de los pies también se les puede llamar pulgares. Seguro que sí, piensa; y junto con esa certidumbre, llega de nuevo el vértigo. En las gradas que rodean el pabellón, las personas se han mezclado como lentejas en un saco. Solo sobresalen, agitadas, algunas banderas y un par de pancartas que no quiere leer. Clarisa observa sus pulgares. Y bajo ellos, a diez metros, el agua olímpica. Limpia, en calma, pero impaciente.

Por fin, coge impulso y salta. Se estira en el aire, se enrolla como una caracola y luego vuelve a estirarse, para entrar erguida en el agua. Estando sumergida, se pregunta si habrá sido el salto perfecto que todos esperan, o un salto corriente. Un salto corriente es lo peor que puede haber hecho. Durante unos segundos desea quedarse ahí, en el fondo de la piscina, pero la falta de aire enseguida la empuja hacia la superficie.

Entonces se encuentra con una estampa increíble. El público, la entrenadora, sus rivales, todo el mundo ha desaparecido. Ya no hay gradas, ni pabellón y ni siquiera piscina. Clarisa está en medio del mar. Los labios se le llenan de sal y el agua se enfría contra su cuerpo. Mientras se defiende de las olas, mira hacia todas partes y no encuentra nada, ni tierra, ni barcos, nada. Está sola en el centro de un horizonte circular. Las olas se cruzan entre ellas. Le parece que se repiten. Son las mismas olas, una y otra vez. O quizá solo una, que va y vuelve, va y vuelve…

***

Clarisa tiene ocho años y mira desde la orilla a otros niños que se están bañando en el mar. Es la primera vez que sus padres la llevan a la playa y, aunque en el agua todos parecen pasarlo en grande, el oleaje le provoca un respeto que no había conocido en la piscina de su pueblo. Su madre le hace señas desde la arena, ¡venga, valiente! ¡Que el agua no muerde!

Con el mar aún por las rodillas, y cerca de la hora del almuerzo, Clarisa se acuerda de las gambas, de lo mucho que le gustan ahora y el asco que le daban antes de probarlas. Había pasado años mirándolas a los ojos, esos guisantitos negros que le indicaban que aquello no podía ser comida. Solía agarrar una gamba por los bigotes y balancearla frente a su cara, ojos contra ojos, hasta que su madre gritaba: ¡Con la comida no se juega! Solo cuando los mayores dejaron de insistir en que las probara, a ella le entró la curiosidad. La primera se la tragó casi sin masticar, pero después hubo seis o siete más, y Clarisa terminó con las uñas naranjas y el plato hasta arriba de cáscaras.

Decidida a disfrutar del mar, Clarisa respira hondo y avanza a zancadas contra las olas. Cuando el agua le llega al cuello, por fin mete la cabeza y empieza a nadar, como en la piscina, hacia un lado y luego hacia otro. Le encanta que no haya paredes ni carriles, se siente libre y feliz. La viveza de las olas ya no le asusta; las espera con entusiasmo y nada con ellas, contra ellas, bajo ellas. Cuando hace el pino apoyando las manos en la arena, sus piececillos blancos asoman en la superficie. Cruza los tobillos para olvidar que tiene piernas y juega a ser una sirena que vive cerca de la playa. Haré una fiesta con mis amigos los cangrejos, dice en voz baja. Y comeremos gambas.

Clarisa nada durante horas, salta, bucea, da volteretas entre las olas. Es un delfín, después un tiburón y luego una sirena otra vez. Abraza al mar como a un amigo al que no hubiera visto en años. Solo cuando empieza a sentir frío decide moverse hacia la orilla. El sol se está poniendo, pero en la playa todavía hay mucha gente y no logra ver a sus padres. A medio camino, cuando el agua le llega aún por la cintura, se mira los dedos y descubre que parecen pasas viejas. La piel de Clarisa está flácida y arrugada, pero no solo en las manos; también en los brazos y en todo el cuerpo. Unos pechos irreconocibles le resbalan sobre el vientre. Sobre ellos, unos mechones pobres de pelo gris. Sus muslos bailan con el agua y, de pronto, las piernas le pesan tanto que apenas puede seguir avanzando. Chilla: ¡Mamá! Pero ni siquiera reconoce la voz rota que sale de su garganta. ¿Cuánto tiempo llevo aquí?, se pregunta. Y con pasos breves y dolorosos logra salir del agua, afligida por un grave sentimiento de anacronismo.

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Clarisa tiene cincuenta años y el ruido de la lavadora llena la habitación. Está sentada en el suelo, con la mirada fija en el centrifugado. Le molestan las personas que viajan a la costa para contemplar el mar, esas que creen que mirando el azul de las olas se enamorarán del que tienen al lado o encontrarán respuestas a las grandes preguntas del universo. Qué más dará tener el mar delante para eso, o un atardecer en la montaña. Lo mismo sirve el desagüe del fregadero, el tambor de la lavadora o el propio cesto de la ropa sucia.

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Clarisa tiene cuarenta años y una taza de té. Nunca le ha gustado el sabor del té, pero lo bebe a menudo porque encuentra un placer irracional en el gesto de agitar la bolsita de hierbas arriba y abajo, mientras el agua se tiñe. Cuando hace té, se olvida de que tiene un marido en el trabajo y dos hijos en el colegio. Se calienta las manos alrededor de la taza, mientras recuerda esos días en los que se encerraba en su cuarto de adolescente con una bola del mundo. La hacía girar muy rápido y, con los ojos cerrados, la detenía de golpe. Allí donde cayera el dedo, viviría Clarisa en el futuro. Casi siempre terminaba en el océano y, quizá por eso, llegó tan lejos nadando. Aunque todo, también el océano, tiene sus límites.

¿Por qué nunca he estado en África?, se pregunta Clarisa. Y entonces, ocurre lo de siempre, lo más detestable del té. Hace un momento estaba tan caliente que era imposible acercárselo a la lengua y ahora, de pronto, está demasiado frío para tener algún sentido.

Sus hijos llegan del colegio y esparcen sus deberes sobre la mesa de la cocina. Mientras les prepara la merienda, finge que escucha cada detalle de lo acontecido en sus respectivos días de escuela: una niña que se ha caído en el patio, un gol desde el medio campo, un elefante coloreado de azul. Está contenta de que sus hijos vuelvan a casa y la llenen de besos y de historias pero sigue preguntándose, en la más absoluta clandestinidad, cómo habría sido su vida sin ellos. Los siente plenamente suyos, parte de ella; pero a veces no como dos hijos que nacieron de su vientre, sino como dos órganos vitales que le fueron extirpados. Su hígado y su páncreas están sentados frente a ella, sin parar de hablar, recordándole que siguen chupándole la sangre y que la han dejado incompleta.

Mientras ellos hacen los deberes, Clarisa vuelve a concentrarse en su té. Té frío. Apenas ha bebido y ahora ya no sirve para nada. Es un líquido amarillento y sucio, como una piscina abandonada. Si entrecierra los ojos, casi puede ver el trampolín junto al asa de la taza. Y de repente, ahí está ella, en una versión más joven y diminuta, lista para zambullirse en la piscina circular de té. Miles de espectadores la aclaman desde las gradas. Gritan su nombre y aguardan, expectantes, el salto perfecto.

***

Clarisa tiene setenta años y esta noche no ha podido dormir. Se ha quedado quieta, en su lado de la cama, junto a una almohada vestida con el pijama de su marido. Huele a tabaco y café. En el salón la esperan sus hijos, que han venido desde Madrid y han puesto el mantel de tela de las celebraciones. Podría ser un domingo cualquiera, pero donde antes estaba el mueble del televisor, ahora hay un ataúd. Si anacrónico es lo que no está en su tiempo, ¿cómo se le llama a lo que no está en su lugar?

***

Solo hay negro; una oscuridad húmeda y envolvente como un baño de lodo que le impide ver sus propias manos. Clarisa aún no se llama Clarisa y solo su madre sabe que será una niña. Algún día tendrá que abandonar esa taza de té que siempre está caliente y poner sus propias lavadoras.

***

Clarisa tiene noventa años y ha dejado de hablar. Solo sus ojos dan alguna pista sobre su estado de ánimo; unos ojos de un color verde extraño, tan claro que, en los días de sol, parece que uno pueda asomarse y ver a través de ellos lo que oculta en su cabeza. Fátima se asoma, aunque sea de noche. Los hijos de Clarisa la contrataron para que cuidara de su madre en la casa del pueblo, porque no quiere vivir con ellos en Madrid. Fátima empezó haciendo recados, ayudando en la cocina, pero se ha ido convirtiendo, con sigilo, en los brazos y las piernas de Clarisa. Ahora que se ha contagiado de su mudez, les basta con mirarse.

Ya han cenado y están las dos sentadas en el porche, Fátima doblando una montaña de servilletas, Clarisa con la cabeza ladeada y la vista perdida en el cielo. Aquí se ven estrellas, no como en Madrid. Porque en Madrid no hay noche, solía decir cuando hablaba. La noche madrileña es de todos los colores y a mí me gusta amarilla, como en el pueblo.

Casi todos los pueblos son amarillos de noche. Envejecen junto con la gente que los habita, y ese color les da un aire a desgastados, como libros que se editaron hace mucho y cuyas páginas amarillean, hayan sido leídas o no. Pero aunque eso les ocurra a todos los pueblos, Clarisa solo quiere vivir en el suyo. Si ya no existen piscinas olímpicas ni bolas del mundo, para qué pensar en otro lugar que no sea el hogar propio.

Al fin y al cabo, aquí ha pasado la mayor parte de su vida. Creció en una familia feliz, destacó en la escuela y se marchó a la capital solo unos años, persiguiendo el sueño de ser nadadora olímpica. Enseguida volvió al pueblo, para estar con su novio, después marido, y criar a sus hijos. De todo aquello solo queda una colección de estampas que Clarisa baraja en su mente, recuerdos que se mezclan y se confunden con sueños que nunca ocurrieron, imágenes que se engrandecen o se aplanan, se desordenan y ramifican en otras vidas, en otros tiempos que no existieron antes ni después, pero quizá transcurrieron en paralelo. La memoria, como la literatura, vive de ficcionar la realidad para hacerla más soportable, piensa Clarisa. La epifanía le llega mirando a las estrellas, aunque le habría llegado igual frente al tambor de la lavadora, porque es uno de esos instantes de lucidez que suceden solo una vez, justo antes de morir.

La invade un cansancio infinito y la necesidad imperiosa de abandonarse al sueño. Cierra despacio los párpados, hasta que no hay rastro de luz amarilla. Un frío agradable le va subiendo desde los pies hasta los muslos, la cintura, el cuello… Y cuando vuelve a abrir los ojos, se encuentra en el mar, un día soleado de playa, convertida en sirena y rodeada de cangrejos que se mueven como si estuvieran bailando.

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