III

—No tendría que haber venido, Nicolás.

Eso dice ella: en el aquí y en el ahora. En el hoy. A dos años de un presente convertido en despojos. El tiempo todo lo consume, todo lo devora.

—Te estoy hablando, coño —insiste Martina, parapetada en un colchón sobre el que alguna vez supe abrazarla—. Al menos mírame.

Alzo la vista, deteniéndome en la memoria de lo que pudo haber sido. Tiene las mejillas hinchadas y el gesto vencido de quien ya conoce el final. Sombras del ayer, cenizas de un pasado al que no puedo mirar de frente.

—¿No dirás nada? —reclama ahora, la voz vuelta un ruego.

Niego despacio. En sus lágrimas se esconde mi carta de libertad, y soy tan hijo de puta que me aferro a esa tristeza con la desesperación del náufrago.

—No sé qué decirte. —Nunca lo he sabido.

Ella sostiene mi mirada, añadiendo nuevas ofensas a su larga lista de agravios. Después suspira y descruza unas piernas tan largas como la distancia que separa su España de mi Argentina.

—Voy por un té —anuncia, agotado ya el llanto.

Estamos vivos todavía, pienso entonces, viéndola caminar hacia la cocina. Estamos vivos los dos, y quizá sea por eso que me siento morir por dentro.

—¿Vas a querer algo, Nicolás? —Su voz es amortiguada por el hervor del agua.

Que te vayás de casa, Martina. Que te volvás a Madrid. Que aparezca el puto genio de la lámpara y levante esta cuarentena de mierda que nos tiene acá encerrados.

—Una manzanilla —respondo, cobarde hasta el final—. Por favor.

Ella lucha contra el cajón de los cubiertos, buscando esas cucharas que olvidamos en su piso de Vallecas.

—¿Te ayudo? —ofrezco.

—Qué va, tío. —Nunca antes su voz estuvo tan cargada de desprecio—. Yo me encargo.

El zumbido del WhatsApp reclama mi atención. Es Constanza.

“¿Ya hablaste con ella?”.

“Estoy en eso”, tecleo rápido, pero no logro escapar a la vigilancia de Martina.

—¿Qué haces? —me pregunta, dándose media vuelta.

—Hablo con mi viejo.

Debería sentirme culpable, pero ni siquiera eso. Quizá porque ella tiene también su propia Constanza escondida en alguna parte: delicias de esta posmodernidad líquida, donde el hedonismo y el culto al yo son los nuevos ídolos que propician las redes sociales.

—¿Seguro, Nicolás?

El peso de todas las cosas no dichas me golpea con la fuerza de la realidad.

—Segurísimo.

Martina asiente a la distancia, como si de verdad me creyera, pero su sonrisa sigue siendo triste. Hay silencios que sangran en los labios y duelen más que mil palabras.

—Nunca fuiste un buen mentiroso —dice, alargándome la taza de manzanilla en una suerte de ofrenda de paz que, como siempre, llega demasiado tarde.

Te sorprenderías, pienso yo, recordando a la otra, a Constanza. Sin embargo, callo y me giro hacia la ventana, rehuyendo el reproche que late en sus ojos castaños.

Afuera está lloviendo, y a lo lejos alcanza a percibirse la silueta gris de los bosques de Palermo. Es una tarde triste y fría, de esas que en otros tiempos nos encontraban refugiados bajo las sábanas, buscando en el cuerpo ajeno el calor que el invierno pretendía robarnos. Muy distintos, en fin, a estos dos extraños, asépticos y derrotados, que se observan con una frialdad casi obscena.

—¿Y ahora qué? —pregunta ella.

Ahora nada, quiero responderle. La misma nada que terminó por devorarnos. La que nos consumió. Esa nada espantosa que leo en tus ojos, Martina.

—No sé.

Pero sí que lo sé. Sé que ya no me admiran sus caderas, y que la rutina le puso un bozal a la poesía de sus labios. Sé que aprendí a odiarla, y que sueño con un tiempo en el que ella estaba ausente. Por no aguantar, ya ni me aguanto a mí mismo de tanto verme reflejado en el espejo de su desencanto, eso es lo que sé. Y sé también que ya no somos los mismos. O quizá nunca lo fuimos, y esa sea la peor de las certezas.

—No lo sabes —repite ella, trazando los pasos de un tango que hemos bailado hasta el cansancio.

Me encojo de hombros. La nostalgia es negación, la melancolía un arma de doble filo, y este invierno que agoniza habrá de llevarse también la memoria de los veranos pasados.

—¿Pongo algo de música? —pregunto, inexpugnable en mi cobardía.

La veo esconder la cara bajo la almohada.

—Has lo que quieras, Nicolás.

Alargo la mano hacia nuestros discos: los míos, los suyos, y los que compramos juntos, sin saber que tarde o temprano acabarían convirtiéndose en botín de guerra.

—¿Smiths?

Ella niega desde la dudosa protección de su refugio.

—No estoy de humor.

Nunca lo estás, Martina. Pero las palabras no brotan, no nacen, no viajan. Son ladrillos que se aferran a mi mente, agonizantes. Como el último tren de una estación en ruinas.

—¿Nacho Vegas?… —sugiero en su lugar—. ¿Sabina?…

—Nada que me haga llorar.

Mis dedos acarician las letras de El futuro no es de nadie. Tampoco el presente, reflexiono. Sólo el pasado nos pertenece, o eso queremos creer.

Enciendo el tocadiscos, el mismo que compramos a precio de risa hace un año en Marruecos. Los primeros acordes se desprenden del aparato: lentos en un principio, y tan intensos después como esos besos que nunca volveremos a darnos.

«Quiero que vengas conmigo a cualquier otra parte…»

—Eres un hijo de puta, Nicolás —sentencia Martina, emergiendo de su escondite. Incluso a la distancia puedo ver cómo la tristeza se le acumula en esas pequeñas arrugas que yo antes jamás adivinaba.

—Soy lo que soy. —Mi sonrisa es la peor mentira.

—Sí, un hijo de puta —insiste ella.

Vuelve a hundirse en el colchón, y las piernas más hermosas del universo huyen bajo las sábanas. Supe amarla una vez, supe tenerla desnuda, exhausta y satisfecha. Ahora, sin embargo, hablamos sin hablar, como quienes le temen a la memoria, al ayer y al paso del tiempo. Frente a frente, abrigados y rencorosos: prisioneros ambos de los muchos muertos que encerramos en nuestro interior.


II

El invierno retrocede con prisas, un nuevo otoño da paso al verano, y éste se consume en otra primavera. Martina y yo ya no vivimos juntos, pero acabo de viajar a España para salvar los once mil kilómetros que nos separan.

—Deberíamos viajar a Marruecos, Nicolás —sugiere ella, dibujando con su índice sobre mi pecho.

Estamos desnudos los dos, atrapados en la soledad de su piso de Vallecas. El aroma del café recién hecho flota sobre la habitación, y el deseo que hace apenas unos instantes parecía saciado ahora vuelve a columpiarse de forma burlona.

—Dale —bromeo—. Y de paso nos damos una vuelta también por Bora Bora.

Martina sacude la cabeza, y un mechón rebelde cae sobre su frente.

—Te hablo en serio.

Me pongo de pie, apartándome a duras penas de su piel ávida. Al levantarme, mi vista se pierde en la inmensidad de un Madrid que empiezo a reclamar como propio.

—Es aquí cerca —insiste ella—. Podríamos ir el fin de semana.

La miro sin decir nada, recordando los pocos dólares que tengo en el banco. Este es el segundo viaje que hago a Europa en los últimos meses, y no me está resultando nada fácil mantener su ritmo. Tener una novia gallega no ayuda precisamente a mis finanzas.

—¿Por qué a Marruecos? —pregunto.

—¿Por qué no? —Alarga la mano hacia mí, y su desnudez me aturde hasta la sinrazón.

—Se me ocurren un millón de razones.

—Exagerado —ríe ella.

No puedo menos que reírme también.

—Vicio de poeta frustrado.

Martina me atrae hacia la cama, como un felino reclamando su presa.

—¿Eso es un sí, Nicolás?

—Es un tal vez.

Ella me besa como si planeara devorar cada centímetro de mi cuerpo, y soy mecido por esa boca que alguna vez me resultó desconocida.

La vibración de mi celular nos interrumpe. Martina aprovecha para ir al baño, mientras yo leo con apatía el mensaje. Es Constanza otra vez.

“¿Qué onda el viaje?”, pregunta desde Argentina.

Decido no contestarle, y ya de paso elijo tampoco hablar del tema con Martina. Constanza y yo sólo somos amigos, no vale la pena preocuparla. Además, ella tampoco me dijo nada sobre ese tal Juan que la llamó mientras salíamos de Barajas. El mismo Juan que, si no recuerdo mal, alguna vez preguntó por mí en su Facebook, burlándose de mis pretensiones literarias.

Martina sale del baño, poniéndole coto a los recuerdos. Va hasta la cocina, sirve el café, y después vuelve a la habitación, con los pezones enhiestos por el frío y una sonrisa provocativa en los labios.

—¿Compro los billetes entonces? —pregunta, ajena al curso peligroso de mi memoria.

En el aire flota el aroma de las plantaciones colombianas, pero la ofrenda de su piel desnuda ahoga todos los perfumes. Podría huir, lo sé, aunque no me atrevo. No hay peor derrota que la ausencia del cuerpo amado.

—Con una condición —impongo, creyendo encontrar la solución perfecta.

Sus ojos juegan un póquer invisible.

—¿Qué condición?

—Que te mudés conmigo a Buenos Aires.


I

Las agujas del reloj son tan cambiantes como caprichosas, y los meses desandan el camino, volviéndose días, y después horas, y finalmente nada. De pronto, ya no nos conocemos, no existe ninguna Martina, y mi existencia vuelve a ser la de un triste literato fracasado. Un pelotudo de veintiocho años que carga con dos divorcios y ha hecho del derrotismo su leitmotiv.

Otra vez estoy en Madrid, pero ahora es de noche y no hay ningún piso en Vallecas. Cuatro paredes me encierran, bajo el influjo de las luces psicodélicas de La posada de las ánimas. A mí alrededor, medio millar de cuerpos sudorosos se sacuden al ritmo de un Pedro Capó que nos invita a la playa.

Le doy un trago al gin tonic, mientras mis dos amigos discuten sobre la final de la Champions. Hemos llegado de Argentina hace cosa de un mes, y ahora estamos ahí, en Madrid, despidiendo nuestras vacaciones.

—Mirá las pibas esas —dice uno de ellos, señalando a tres chicas que nos observan entre risas—. Andá y deciles algo, Nico.

Hago el amague de negarme, pero mi vista se ve cautivada por un par de piernas tan impresionantes como las de Marion Cotillard. Al alzar los ojos compruebo que la dueña de aquellos muslos capaces de detener el tráfico acaba de unirse a las otras minas.

—Ahí voy —digo entonces, apurando la bebida.

Me acerco a las pibas, ensayando frases de apertura. Al fin y al cabo, de algo tienen que servirme los ojos claros y el pelo rubio. La cara de yogurín, como dijo otra gallega a la que conocimos en Barcelona la semana pasada.

—Hola, chicas —saludo, exagerando mi argentinidad—. Acabamos de llegar a Madrid y estamos medio perdidos todavía, ¿cómo hacemos para llegar a sus casas?

Las minas se ríen, y cuando quiero acordarme estamos todos bailando juntos.

—Sos un genio —aplaude uno de mis amigos. Sin embargo, apenas lo escucho: sólo tengo ojos para la madrileña de las piernas de infarto.

—No pierdes el tiempo, tío —me dice justamente ella, mirándome de frente.

Al oírla, recuerdo una cita según la cual el primer beso se da con los ojos, no con los labios. Y tal vez sea por eso que ya no me nacen las palabras.

—Joder, si al final eres de los tímidos —se ríe la piba.

—Es que tenés algo en la cara —arriesgo, tratando de recuperar la iniciativa.

—¿Qué cosa? —se interesa ella.

—La sonrisa más linda que vi nunca.

Un estallido de hojarasca seca incendia sus ojos.

—Tienes un peligro, argentinito.

Dicen los japoneses que cada uno de nosotros está destinado a tener un único gran amor, uno sólo, y que cuando aparece es imposible ignorarlo. El Koi No Yokan, lo llaman. Esa confusión de sentimientos que se atolondran en el pecho. El agridulce sabor que deja la certeza de lo incierto. Koi No Yokan. El amor del que todavía no ama, pero ya se sabe destinado a amar. Y, aunque a nuestro alrededor la vida continúa implacable, comprendo entonces que el tiempo acaba de detenerse para siempre.

—¿Cómo me dijiste que te llamabas? —pregunto, mientras el cantante de Dorian anuncia su deseo de huir a cualquier otra parte.

—Martina —responde ella.

En ese preciso instante me sonríe, y todo vuelve a empezar.




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