El reencuentro

El reencuentro

Tincho

13/06/2020

Zaragoza, España. –

Esa noche Alfonso se despertó sobresaltado. Una inquietante sensación de peligro lo invadió. ¿Cuánto había dormido? Se sintió aturdido y un poco confundido. ¿Sería a causa del vino que había tomado en la cena? Trató de pensar que había pasado el día anterior.

Hizo memoria. Recordó que salió de su oficina más tarde de lo normal. Como vivía a sólo dos manzanas de su apartamento se volvía a pie. Estaba muy oscuro, y no había comercios abiertos. Cruzó la acera y vio un lugar muy raro, con un pequeño farol azul en la puerta. Nunca antes había reparado en ese lugar. Era una cava antigua, más bien lúgubre. Recordaba ahora la extraña mirada del vendedor, un hombre desgarbado y algo deforme.

Como hacía frío Alfonso había pensado en comprarse un whisky, pero no quedaba. Le atrajo un envase especial con forma de torre de castillo y el dibujo de un cáliz en el medio, sobresaliendo, y tallado en la botella. Leyó su etiqueta: «Hidromiel Medieval». La bodega no la conocía. Decía que era un vino especial, cosechado allí donde la magia vive y donde el espíritu se libera para ir a la luz o hundirse en las profundidades de la oscuridad. Le pareció producto de una gran campaña publicitaria y sonriendo lo llevó. Cuando quiso pagar con tarjeta de débito el extraño ser lo miró sin entender. Sacó billetes y pagó. El vendedor apenas murmuró un sonido raro que salía entre su espesa barba blanca. Lo miró con sus ojos claros muy saltones, puso la botella en una caja y se la dio.

Llegó a su departamento y encendió el calefactor. Afuera estaba helado. Mientras descongelaba unas pastas, buscó el vino que acababa de comprar y vio un brillo especial en la etiqueta. Tenía unas frases en algún extraño idioma. Y luego un símbolo más extraño todavía. Descorchó y buscó una copa. Cenó, se sentó en el enorme sillón y lo embargó una somnolencia que fue tomándole todo el cuerpo y luego el espíritu. Se durmió en el acto. Y ahora había despertado como si hubiera descansado profundamente por siglos.

Quiso encender la lámpara ya que la sala estaba en penumbras, pero estiró su mano y no la halló. Sólo la luz de la luna llena se colaba por la pequeña ventana. ¿Pequeña? Su casa tenía amplios ventanales, entonces, ¿a dónde se encontraba? Se asustó y a tientas buscó una puerta. Salió temeroso. El aturdimiento le anulaba la lógica y lo sentidos. No era su casa. Estaba en otro lado. — «Sigo dormido»— se dijo. Miró las antorchas que iluminaban el frío pasaje, lleno de olor a humedad y un miedo espectral lo invadió. De pronto, le salieron al cruce dos caballeros, vestidos a la vieja usanza, como las ilustraciones del medioevo. —Mi señor, al fin os despertáis— le dijo el más alto. —El rey os espera urgente en sus aposentos, no hay tiempo que perder. Seguidnos—.

“Estoy viviendo una pesadilla y pronto despertaré”, se repetía. Pero no, llegaron a unas escaleras estrechas y allí se abrió una puerta escondida. ¡Estaba en un castillo medieval! Apareció ante el rey, quien lo recibió con un abrazo.

—Dejadnos solos —, dijo, ante la atónita mirada de Alfonso el joven.

—No entiendo nada, mi señor.

—Sé que suena extraño, pero debes saber la verdad. Eres mi hijo de la juventud, hijo del amor de mi vida, la bella Isabel. La apartaron de mí al quedar embarazada, y prometí a mis padres no revelar la verdad de tu origen si permitían que vivieras. Llevas mi nombre. Cuando las situaciones permitieron, estuve presente en tu vida, aunque te ocultara el parentesco. Hoy mereces saber la verdad. Tengo que hacer una misión muy especial, y necesito que me acompañes. Pese a tu juventud, sé que eres valiente y noble, las cualidades requeridas para ser un buen caballero.

El monarca lo miró y vi un asombro profundo en su hijo.

La cabeza de Alfonso el joven era pura confusión. Recuerdos se sucedían mezclando el pasado y el presente. Sentía que estallaba, y se desmayó.

Luego de permanecer así unos minutos, volvió en sí. Su padre los sostenía entre los brazos y le daba un licor de beber. ¡El Hidromiel Medieval! El mismo que había tomado en su departamento la noche anterior. Eso le había llevado a ese tiempo, ¿a una vida paralela en otra dimensión?

—¿Hijo, te sientes mejor? Esta noche vamos a realizar una travesía muy importante para la fe cristiana. Debemos llevar el Santo Grial a la catedral valenciana. Esta cruzada es inusual como verás, ya que debemos esquivar enemigos y herejes para llegar sanos y salvos con nuestro valioso tesoro.

—Vestidlo de prisa —ordenó a un sirviente. Luego de ponerle las ropas elegantes y portar una espada, su padre le puso en el dedo un enorme anillo con el sello real y le colocó una pesada cruz de oro con una gruesa cadena. El joven de bellas facciones, ojos negros y cabello oscuro, tenía todo el porte real. Era alto y bien formado, muy parecido a su difunta madre. Le parecía estar en otro mundo. Bueno, de verdad estaba en otro mundo.

—Ahora eres un Caballero Custodio del Santo Grial. En marcha, hay que aprovechar la noche. Vamos con un ejército de nobles caballeros quienes protegerán nuestro tesoro.

En medio de la noche, los guiaba la luz de la luna brillante y las estrellas que titilaban con un fulgor especial, como si fueran cómplices del secreto viaje.

El rey Alfonso el Magnánimo y su hijo iban en el carruaje, escoltados por una treintena de hombres.

El joven tenía tanto que preguntar que no se animaba a decir palabra. Los recuerdos aparecían en su mente de forma más marcada, veía a su madre sonriendo mientras él jugaba en el castillo. Recordó de pronto cuando su majestad le había regalado un caballo árabe de color negro, y su alegría por montarlo. ¿Qué estaba ocurriendo con su vida?

Habían pasado ya dos días de viaje cuando avistaron a lo lejos las murallas de Valencia. El viaje fue intenso, ya que su padre había abierto su corazón y le había confiado sus temores, sus anhelos y sus sentimientos hacia este hijo del que se sentía muy orgulloso. También le había contado la historia del Santo Grial. Cómo había sobrevivido desde la muerte de Cristo gracias a José de Arimatea en Judea; éste se lo había regalado a Pedro cuando se trasladó a Roma para que lo llevara consigo. Allí fue pasando de mano en mano por los Papas siguientes. Hasta que uno de ellos se lo dio a su ayudante, el joven San Lorenzo cuando se sintió amenazado. Éste decidió ponerlo a salvo enviándolo a Huesca con su familia, antes de ser torturado por el emperador romano hasta la muerte. Pasó por un par de lugares hasta llegar a los Pirineos, al Monasterio de San Juan de la Peña. Luego fue llevado por su tío Martín el Humano al Palacio de la Aljafería de Zaragoza en el año 1399. Y de ahí ellos lo estaban trasladando a Valencia.

La emoción los embargaba a ambos. Fue un momento especial. Estaban llegando a la muralla de la ciudad cuando una partida los emboscó. Alfonso hijo saltó del carruaje espada en mano, dispuesto a dar batalla. Eran sarracenos fuertemente armados. Sabían que lo que buscaban estaba dentro del carruaje. El joven se interpuso, pero fue gravemente herido. En un instante la guardia real intervino y logró diezmar a los insurrectos, pero Alfonso hijo estaba agonizando en los brazos de su padre, mientras la sangre brotaba entre su camisa.

El rey lloraba mientras limpiaba la frente sudada del príncipe, cuando un extraño hombrecillo apareció de la nada. Su aspecto era desgarbado con grandes ojos saltones y una espesa barba blanca. Con insolencia se dirigió al monarca: -Puedo ayudarte a que tu hijo viva, pero deberás renunciar a él. Tomará un brebaje que lo sanará, pero olvidará todo, sólo tendrá confusos recuerdos, como si fuera un sueño. Y será transportado a otra época en donde será feliz. Y tú me nombrarás señor y me darás una carreta de cáñamo por día, durante un año, así podré hilarlo hasta convertirlo en oro y seré rico. Eso, o lo dejo morir en tus brazos. Tú elijes. -. Y ante la mirada suplicante del padre, dijo: -Entonces: ¿Tenemos un trato? — El rey asintió con la cabeza, y sus ojos miraban fijamente entre las lágrimas.

El extraño extrajo una pequeña botella con forma de castillo y un cáliz tallado. Le dijo que diera de beber ese líquido en el Cáliz sagrado. El rey viendo que nada tenía que perder, así lo hizo. Al instante, la herida cicatrizó y el rostro del muchacho se compuso. Abrió sus ojos y miró a su padre. El hombrecillo había desaparecido.

—¿Qué pasó padre? ¿El Grial está a salvo? —.

—Si hijo mío. Gracias a tu valentía y honor. Nunca olvides lo mucho que te amo, alcanzó a decir el rey mientras el muchacho se dormía con una sonrisa, sujetando la mano de su padre. Luego su cuerpo se desvanecía en el tiempo.

Sonó el despertador, eran las 7:15hs. Alfonso se despertó muy confuso. ¡Vaya sueño había tenido! Nunca más bebería ese líquido. Salió de su ducha matinal, se vistió, tomó su café y se encaminó para el trabajo, a su agencia de publicidad.

Al pasar por el lugar de la noche anterior, vio todo cerrado. Como si no funcionara nada allí.

Entró a su oficina y le avisaron que su cliente había llegado ya. Pidió que lo hicieran pasar. Era un hombre de unos casi cincuenta años, de porte real. Se presentó: -Soy Alfonso. Mucho gusto joven.

—Yo también soy Alfonso. El gusto es mío. Tome asiento por favor. Lo escucho.

—Quiero promocionar una bebida antigua, ponerla de moda. Quiero una botella de cristal, épica, en forma de torre de castillo con un cáliz tallado en el medio, sobresaliendo. Y una etiqueta de época que diga Hidromiel Medieval-, y le miró fijamente a los ojos.

—Fíjese que acabo de tener un, digamos que sueño con algo así. Creo que puedo hacerle una campaña del medioevo: «la Gran Cruzada», con gran aceptación del público, en especial de los más jóvenes. Y no sólo se venderá aquí en Zaragoza, se venderá en toda España. Es más, importaremos su bebida al mundo. Será un éxito.

—Lo sabía, hijo. Sé qué harás una excelente misión, —dijo el señor con un temblor en la voz.

Y entonces los ojos del publicista se abrieron. Quedó petrificado. Los recuerdos se hicieron más claros en su mente. Esa voz, ese rostro, esa mirada. Anillo. Cruz. Espada. Herida. Cáliz.

—¿Papá, eres tú? —, dijo con la voz entrecortada por la emoción.

Pero el padre no contestó, atinó a cerrarlo en un profundo abrazo. —Soy yo hijo mío. Llevo más de quinientos años esperando este momento. —

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