LA DICHA DE BAILAR CON LA MÁS FEA

LA DICHA DE BAILAR CON LA MÁS FEA

Era el baile de fin de año que se solía celebrar en el Palacio de las Musas todos los años. En medio de un gentío de damas y caballeros bailando en la sala de los espejos, se mezclaban las conversaciones y risas con la música de la orquesta. Deambulaban los sirvientes enlutados, ofreciendo cócteles a los invitados. En medio de tal tumulto, se hallaba ella. Una joven mujer sentada junto a la vidriera, atenta a los que bailaban y uniéndose disimuladamente con sus pies al ritmo amenizado.

Estaba sola, y había una explicación para ello. Era una dama poco agraciada, a pesar del recargado abalorio con el que se había esmerado para tal ocasión.

Frente a la muchacha, estaban dos amigos de cricket, filosofando entre copas de champán francés. Uno era el ilustre juez de la ciudad, el tan respetado Señor Luis Gerald. Un anciano de luenga barba blanca y monóculo tan necesario para observar a los invitados a la cena. El otro, era el Barón de Fontaine. Un extravagante aristócrata que vivía sólo y que todos miraban con cierto recelo por lo extraño que era. A pesar de ello, era un lúcido hombre de letras que había sido durante décadas, el Rector de la Universidad de Lyon. Poseía una extraña cualidad observante del más puro psicoanalismo con la que era capaz de transcribir los misterios más ocultos.

El barón, llevaba rato en su conversación con su interlocutor, observando al frente de la sala, viendo a la desdichada joven que nadie sacaba a bailar. Tras un leve silencio, el juez le da pie a comentar lo percibido:

Observe una cosa, Luis, fíjese en esa joven de ahí sentada.―Y señala con cierto disimulo.

―¿Quién? ―Dijo el anciano fuera de juego al distraerle este de su exposición política.

Esa que está ahí. La del vestido burdeos.―Y tras introducir una oliva en la copa, da un generoso trago, propio de una avanzada hora en la que ya se pierde el pudor de su clase.

La veo. ¿Qué le ocurre? ―Responde desconcertado enfocando a la muchacha con su monóculo.

―¿No le resulta estúpida las relaciones humanas? Mire todas estas jóvenes del salón. Son damas graciosamente atractivas bailando con caballeros que se han precipitado para ser los primeros en bailar con ellas y en cambio, esa joven de ahí, a pesar de tener los atributos tan requeridos por todo ser, como una aparente jovialidad y salud, e incluso es posible que proceda de familia de posición, por sus atuendos, lleve sentada a esa silla toda la noche sin que nadie, ni tan siquiera un tío o primo, la haya sacado a un miserable vals.

Interesante reflexión, mi querido amigo. Pero si habéis reparado en ello, y usando de vuestras caritativas armas, ¿No deberíais obligaros a mediar por ese prolongado abandono y brindarle vuestra mano para tratar de aliviarle de las desidias de estos jóvenes tan pasionalmente alocados? ―Y suelta una escueta risa mientras peina con sus dedos su greñuda barba.

El barón, esboza una sonrisa como respuesta a la ingeniosa sugerencia de su amigo y responde:

Creo que haré por ella algo mucho mejor. Veréis como resulta de bochornosa la sociedad de este siglo. Os aseguro que esa apagada y vacilante lucecilla, será en breve el más destellante de los candiles. Dadme un momento.

Adelante, sorprendedme como soléis hacer con asiduidad. ―Responde el juez anciano.

El barón, se levanta con sigilo y durante un paseo por el mar de multitudes, va haciendo escala en los grupos de caballeros que charlan distendidamente. Tras entrometerse en las conversaciones ajenas, cambia el enfoque con discreción hacia la dama en cuestión.

―Observen, caballeros a esa noble dama. Recuerdo haber coincidido con tan distinguida dama en algún acto real.

―¿Real, decís? ―Dijo uno de los jóvenes, con curiosa mordida al cepo que el barón, ingeniosamente había arrojado.

―¿No lo Sabíais? Es la noble Archiduquesa de Château d’aigle. El más noble escudo francés. Es de una abolenga familia Austriaca, al igual que descendiente del mismo Zar de Rusia.

Posee todo lo más deseable de los mortales. Aquí, tan sólo en Francia, posee una treintena de posesiones entre castillos, palacios y tierras.

―¿Seguro que se trata de ella? ―Dijo uno de los jóvenes, mirándola con detenimiento.

Lo es. ―Responde otro joven―. Lo cierto es que algo me llamó poderosamente la atención al verla. Sabía que era de una legendaria estirpe de nobles. La saludé antes y no hay duda por sus maneras refinadas de la veracidad de lo que expone el señor barón. Es sin duda ella, la Archiduquesa de Château d’aigle. ―Decía ensimismado en la preciada visión del valioso oasis a tan sólo unos metros de ellos.

De igual modo, el astuto barón sembró a lo largo de la enorme sala el mismo comentario de la presencia de una de las más grandes de Francia en el baile. La mecha de pólvora prendida en algunas de las damas más charlatanas de la fiesta, se propagó de boca en boca como abejas polinizadoras, transportando el preciado polen del chisme.

La joven, desde su silla, comenzó a ver el gradual cambio de actitud de una muchedumbre que la había ignorado toda la noche. Las señoras más refinadas se sentaban junto a ella y trataban de darle conversación.

―¿Qué tal está resultando la velada Señora Archiduquesa? Espero que esté disfrutando de todo. ―Dijo con desmesurada simpatía una de las respetables damas de la comarca para congraciar con ella.

Ehhh…, sí; estoy disfrutando mucho. Es una noche magnífica, querida.

La joven e “impuesta aristócrata”, al oír de aquella distinguida señora la palabra: “Archiduquesa”, comprende enseguida que toda esa reacción extraña de la sala, se debía con toda probabilidad, a una terrible confusión. Aun así, después de una fiesta de fin de año donde había estado ignorada desde los inicios, sopesa lo grato y satisfactorio que resultaba aquel equivoco, y decide,(un tanto cómplice), sumarse a él, adquiriendo ese selecto abolengo para seguir divirtiéndose colmada de atenciones.

Todos la observaban con respeto y mostraban insinuantes, su sonrisa como gratificación por tan ilustre presencia.

Los caballeros más jóvenes y no tan jóvenes, se sucedían en sacarla a bailar con todos los honores y ante la perplejidad de una muchacha que había sido momentos antes, como una fría estatua de Carrara en mitad del salón.

―¿Me concede este baile, Señora Archiduquesa? ―Dijo un joven apuesto que se acercaba con timidez a la ilustre dama, mientras le brindaba su mano.

Claro que sí, caballero. pero por favor, tenga la bondad de llamarme tan sólo Constanza. Ya sabe todo el mundo que ostento ese titulo para ir por ahí pregonándolo. ―Responde con ingenua risa la excelente actriz.

Una de las damas del grupo de señoras, de aspecto sobrio enlutado, se levanta sigilosa y se acerca hasta su hijo que bailaba con una jovencita que parecía gustarle. Sin contemplaciones, se coloca delante de ambos, interrumpiendo el vals. Le dice despectivamente:

Creo que el baile con mi hijo ha terminado, jovencita. Busque por ahí a otro joven caballero que se ajuste más a su posición.

―Pero madre…, ¿Qué os pasa? ¿Por qué habláis así de ese modo tan irrespetuoso a esta señorita? ―Dijo atónito su adolescente hijo.

¡Silencio, Jeremías! No toleraré impertinencias hacia tu pobre madre que solo mira tu bien. Esa joven no te conviene. Además, creo que con lo que ha oído de mí, y esa huida, no tardará en marcharse de la sala. Sígueme y no repliques. ―Dijo la distinguida viuda, tomando del brazo a su espigado hijo y llevándolo al otro lado de la sala sin que le diera tiempo a expresarse.

Al llegar al corrillo de damas que agasajaban con sus discursos a la poco agraciada noble, le dice con fingida sonrisa a su hijo:

Jeremías. Ve ahora mismo y pídele bailar a esa joven del vestido burdeos. La que está rodeada de señoras. ―Dijo la rechoncha dama, mientras se golpeaba el pecho por el sofoco, con su abanico de plumas negras.

El muchacho, observa el rostro de la dama con belleza “exótica” y responde como un resorte:

Pero madre…; esa joven es horrible. ¿Has visto bien su cara?

Vamos, no exageres. No es un cisne de muchacha pero tiene muchos encantos que ya estas tardando en descubrir. ―Responde su madre con autoridad y empujando al chico para que se lanzase a la sala de baile.

El muchacho se posiciona detrás de la dama con cierta inseguridad e indecisión. Su madre, desde el otro extremo, agitaba su abanico en el aire como incitando al hijo a dar el paso. Tenía grandes perspectivas para su único hijo y esa mujer parecía una gran oportunidad para labrarse una mejor posición en la sociedad. Mientras su hijo bailaba con la joven. Ella sonreía como artífice del ingenioso plan de bienestar de su querido Jeremías. Decía en voz baja sin dar crédito:

Mi hijo un Archiduque…; ¡un Archiduque!

Estuvo divirtiéndose toda la noche en los compases de la música. Junto a la que fue su abandonada silla, estaban aguardando el Gobernador y el Obispo de la provincia para tratar de charlar con ella. Se convirtió en una luciérnaga en mitad de la oscuridad. Todos cuchicheaban y mostraban sus respetos a la dama.

El barón, artífice del incendiario chisme, vuelve a sentarse junto a su amigo el juez, que permanecía atónito a la reacción de toda una sala de abejas danzantes en torno a su reina.

Le dijo:

Es increíble lo que habéis hecho, mi querido amigo. No sé qué patraña habéis utilizado para que toda la atención de la fiesta la acapare esa desdichada joven, pero sólo le muestro mi sorpresa por lo maleable que resulta la masa humana. Mi enhorabuena. Habéis conseguido el propósito de animar la entrada al nuevo año a la dama. ―Dijo el juez.

No me sobre estiméis, mi querido Luis. Esto que habéis presenciado, no responde a otra cosa que a la estúpida y avariciosa conducta del ser humano. Valoramos a la gente por lo que representa y no por quienes son netamente. Ya lo veis; he convertido a esa insignificante dama en una respetable aristócrata y el mundo se abre ante ella como un campo de perfumadas flores. El dinero no nos hace mejores, pero nos reviste de la armadura del respeto. ¡Qué razón tenía mi querido padre, que en gloria esté!

Miguel Ángel de la Cruz Gómez.

Relato Inédito. 2020

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