Jacobo caminaba por la playa esperando a que la diminuta tienda del pueblo, que veía desde la distancia, abriera sus puertas. El cielo estaba aún oscuro, aunque una tímida luz comenzaba a aparecer por el Este, hacia donde se dirigía en su paseo. Todavía quedaba una hora para que Pedro abriera su pequeño negocio y el pueblecito comenzara su actividad. Allá a lo lejos, sobre la gigante masa oscura del Cantábrico, Jacobo podía ver las luces de los pesqueros. Las verdes, de estribor, brillaban a la izquierda de los cascos, y las rojas, de babor, a la derecha, lo que significaba que las proas se enfilaban vuelta a la playa tras una noche de faena.

El hombre, que no tenía ninguna prisa, se entretenía de cuando en cuando tirando piedrecitas planas al agua, en una solitaria competición distraída consigo mismo. Desde hacía algún tiempo la sensibilidad de sus manos crecía a medida que iban desapareciendo las callosidades. A veces, se sorprendía prestando atención al tacto de la arena, fina y harinosa, a las rugosidades de las conchas y hasta a la suavidad del agua de aquel mar con el que siempre había vivido, pero que últimamente, siempre tenía alguna sensación nueva que ofrecerle.

Qué curioso era aquel mar, que ese amanecer parecía tranquilo e inocente, pero que había estado a punto de arrebatarle la vida cinco meses antes. Una noche, en nada parecida a aquella que terminaba, la embarcación en la que trabajaba con sus primos Antón y Roi, La Axiña, se vio superada por el temporal. Ya olía a marejada cuando salieron, pero Roi se empeñó en continuar con el día de trabajo. Estaremos de vuelta antes de que la cosa se ponga fea, dijo. Antón, de carácter sumiso y poco combativo, sobre todo con su hermano, dio un gruñido por aprobación. Jacobo tampoco tenía ganas de discutir aquel día. La semana anterior habían generado más pérdidas que ganancias, la mar ya no respondía como cuando eran jóvenes, más aún desde la aparición por aquellas aguas de barcos de arrastre, y necesitaba dinero si quería llevar a su Maruxa y a la familia de vacaciones a Francia. Allí era donde vivía desde hacía ya años su hermano Xoan, que había conseguido librarse de la herencia pesquera de la familia, no sin el drama consecuente que aquello supuso para sus padres. Jacobo lo envidiaba, pero no de una forma rencorosa, sino más bien viendo en Xoan un ejemplo a seguir que, por cobardía, nunca se atrevía a aceptar.

El hombre nunca se vio atraído por aquel oficio; es más, detestaba el olor a salitre y pescado que se adueñaba de todo en su vida. No había mañana que no se odiara a sí mismo por no asumir que lo que realmente le gustaría sería dedicarse a una plantación de flores en su jardín mientras escuchaba La Primavera de Vivaldi en aquel disco que Xoan le había enviado desde Francia justo después de marcharse. Sin embargo, aquel pequeño secreto que solo compartió con su hermano, también le avergonzaba en cierta medida.

Su pasión por las flores, su colorido y ese aroma que solo podía imaginar comenzó cuando tenía 12 años en la tiendecita de Pedro. La misma tienda cuya apertura ahora esperaba, pero que en ese entonces estaba regentada por la madre del actual tendero, Laura. Jacobo tenía por costumbre pasar todas las tardes por allí a hacer algún recado y su naturaleza curiosa le llevaba a entablar conversaciones con Laura sobre todo aquello que él no conocía. Para él, Laura y su tienda, eran una puerta al mundo exterior, ese que estaba más allá del azul, la lluvia, la pesca y el pueblo. Un día, al entrar, reparó en unas cajas que había en el suelo medio abiertas. Jacobo, distraído mientras hablaba con la mujer, pudo ver lo que contenían: un sinfín de postales repletas de unas flores de colores imposibles, bajo un precioso sol en praderas verdes y suaves. Sin duda poco tenían que ver con esa región. Jacobo le preguntó a Laura qué era todo aquello y la mujer, con hastío, le contestó que se habían equivocado con el pedido, que eran postales para un lugar llamado Holanda, muy lejos de allí, y que las flores eran tulipanes. Pronto vendría alguien a recoger las cajas equivocadas para llevarlas a su destino. Jacobo se apresuró a preguntarle si podía llevarse aunque fuera una de las tarjetas. Laura dudó un momento, pero finalmente el chiquillo salió de la tienda con la postal entre sus manos. Esa imagen se convertiría en la ventana a los sueños de quien ahora era un hombre viejo y ya no tenía valor para perseguirlos.

Antón, Roi y Jacobo dejaron atrás la costa y a muchos compañeros que decidieron quedarse en tierra por precaución. Tampoco aquella noche hubo mejor suerte en la pesca. Una y otra vez, las redes volvían vacías a la barca. Si acaso, algunos peces tan pequeños como para que no cumplieran las medidas mínimas, era lo que habían conseguido atrapar. Así que no les quedó mucho más que devolverlos al agua con frustración. No llevaban ni dos horas trabajando cuando empezó a llover. Y lo que al principio era una lluvia fina y constante, no tardó en convertirse en un aguacero denso acompañado de tormenta y fuerte viento.

Roi, rendido más que a las exigencias de Jacobo y Antón, a las del tiempo, puso marcha al puerto. Sin embargo, la situación empeoró aun más demasiado rápido y las olas comenzaron a elevarse a alturas vertiginosas. Los quince metros de eslora de La Axiña estaban más tiempo en vertical que en horizontal y ya no sabían cuánta del agua que achicaban era dulce o salada. Jacobo oía los gritos de las órdenes de Roi sin entenderlas. Los truenos sonaban como látigos furiosos. La visión se perdía cada pocos segundos por el fulgor de los relámpagos. “Los truenos y el mar enseñan a rezar”, pensaba Jacobo, una y otra vez, repitiendo aquella frase como si en vez de un mal augurio se tratara de un conjuro.

De pronto, el hombre escuchó un golpe tras de sí: era Antón que, al perder el equilibrio, se había caído y resbalaba a toda velocidad hacia donde él se encontraba. Ni siquiera pudo apartarse. Antes de darse cuenta de lo que ocurría se vio sumergido en la oscuridad y el silencio lo rodeó todo.

Jacobo despertó al día siguiente, tosiendo toda el agua que había en sus pulmones, en la lancha de la Guardia Civil que lo encontró flotando a una milla de la costa. De sus primos no se supo nunca más. La Axiña apareció semanas más tarde varada en la playa, pero para entonces Jacobo ya había decidido abandonar aquel oficio que solo practicaba por presión familiar.

El hombre repasaba aquella noche, que ahora le parecía lejana, cuando las barcas que veía a lo lejos hacía un rato llegaron a la playa y los pescadores bajaron la mercancía a la arena. Jacobo los saludó, los conocía a todos desde que era niño, y ellos le devolvieron el saludo con tintes de nostalgia en la mirada por el recuerdo de Antón y Roi.

Por suerte, en ese momento sonó la reja de la tienda de Pedro abriéndose y Jacobo tuvo una excusa para abandonar la playa. No se sentía cómodo con sus antiguos compañeros de faena desde que parecía que siempre le estaban dando el pésame.

Al llegar a la puerta del pequeño comercio, su amigo y tendero le sonrió.

—¡Aquí está nuestro holandés errante! —exclamó divertido—. Toma, estas son tus cajas, sé que las llevas esperando semanas. Llegaron ayer a la hora del cierre.

Jacobo las cogió del mostrador y leyó la etiqueta del remitente: dos cajas repletas de semillas de tulipán traídas directamente desde Holanda. Ya no era un chiquillo, pero salió de la tienda con el pase a sus sueños en las manos. No veía la hora de ponerse a trabajar en el jardín, entre los sones de su disco favorito.

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