No volvamos nunca.

Eso había dicho ella. No volvamos nunca, y afuera París se nos difuminaba bajo la lluvia. No volvamos nunca, Nicolás, que ya nada va a ser como era.

Ahora también llueve. Llueve sobre las vías de la estación Saint-Lazare, por encima de los paraguas desplegados, en los rostros descubiertos de los románticos que aún sueñan con la ciudad de la fiesta hemingwaiana. Llueve, y es una lluvia triste, melancólica, de gotas nostálgicas que se suicidan contra el tinglado de cristal. Llueve, como en toda despedida, como en todo final, y el aguacero que empapa las vías trae consigo el recuerdo de las últimas palabras de Laura. Esas que pronunció hace tantos años, cuando el mundo era otro y algunos todavía creían que bajo los adoquines se escondía la playa. La cruel despedida con la que nos obsequiamos en aquel mismo andén, bajo un cielo tan gris como el que ahora devora los tejados.

—¿No vas a decir nada? —dice ella entonces. En el hoy y el ahora. En este presente lluvioso y gris que se nos antojaba tan imposible allá por el ochenta y pico, cuando éramos jóvenes y nos sabíamos inmortales.

La miro en silencio. No sé cómo poner en palabras el derrotismo que me ahoga. Cómo explicarle que no esperaba, que no deseaba, que ni siquiera me ilusiona el volver a verla. Que este encuentro, inesperado e incómodo, casi casual, jamás se me había cruzado por la mente. Que somos dos desconocidos, en fin, que han estado jugando a no encontrarse durante demasiado tiempo.

Ella sonríe, o al menos lo intenta; su rostro, envejecido, se ilumina con el bello surco que trazan las comisuras de sus labios, y las piernas más hermosas del mundo huyen de mi deseo, refugiadas en un par de botas Christian Louboutin. Supe amarla una vez, recuerdo, supe tenerla desnuda, exhausta y satisfecha. Ahora, sin embargo, hablamos sin hablar, como quienes le temen a la memoria, al ayer y al paso de tiempo. Frente a frente, abrigados y sonrientes. Dos extraños, al fin y al cabo.

—No hay nada que decir —admito por fin, mientras el tren de las 21:47 anuncia su llegada.

Laura asiente, fingiendo que en verdad me cree.

—Igual que entonces.

Sus palabras saben a reproche. A reproche y a resignación, y yo no logro decidir cuál de los dos me duele más.


El París de 1981 en nada se parecía al que yo había soñado leyendo a Henri Murger y a Guy de Maupassant. Tampoco era aquella ciudad malhadada a la que Rimbaud le había dedicado las rimas de su Orgía Parisina, ni guardaba ninguna semejanza con la que Proust describiera en A la búsqueda del tiempo perdido. En realidad, lo único que tenia de literario era el diluvio que se derramaba por encima de nuestras cabezas.

Era de noche, llovía y las gruesas gotas caían sobre el empedrado entonando melodías que hablaban de bailarinas de burlesques con largas piernas y costosos besos. De fiestas eternas que arrastraban a los juerguistas por todas las diminutas callejuelas de Montmartre. De artistas pobres y malditos que deshojaban sus propias escenas de una vida en Bohemia.

—Pensé que no ibas a venir —me confesó Laura, al verme entrar a la estación.

Me encogí de hombros y no dije nada. Después de tanto tiempo sabía cuándo sobraban las palabras.

Nos habíamos conocido tres años atrás, en un seminario sobre Literatura Latinoamericana en la Sorbonne. Por suerte, creía entonces. Por desgracia, sabía ahora.

Laura era uruguaya, y se había escapado de un Madrid y de un padre, embajador plenipotenciario, que no podían ni querían entenderla. Yo, en cambio, me había rajado de un país que festejaba los goles de su selección nacional —con bocinas, pasión de bodegones y lluvia de papeles picados—, mientras una generación entera de estudiantes iba a parar a la ESMA. Éramos, en síntesis, una pareja de exiliados condenados a encontrarse. Como la Maga y Oliveira de esa Rayuela que nunca conseguí que ella leyera.

Los primeros meses habían sido, sin lugar a dudas, los mejores de toda mi vida. Noches de bailes, de absenta y de besos dados con los ojos por culpa de los labios cobardes. Crepúsculos interminables, que nos encontraban respirando la bohemia de los bares del Quartier Pigalle. Tardes de paseos, tomados de la mano, a través de los estanques del Jardin du Luxembourg y por las callejuelas retorcidas de Montparnasse. Días, en fin, de bebida y locura, de encuentros furtivos en el Pont des Arts, allí donde los pintores y los candados susurran los sueños imposibles de los amantes; mientras, en lo alto, sobre los tejados grises de la ciudad, París de desangraba en mil ocasos que parecían brotados de una paleta impresionista.

Lo otro había venido después. El desconcierto y la desazón. El ya no saber reconocernos en la mirada ajena. La duda que crecía entre nosotros como una hiedra venenosa.

—¿Qué hacemos acá, Lau? —le pregunté por fin.

Ella esbozó una breve sonrisa no desprovista de cierto desconsuelo. De esa tristeza infinita de quien sabe que el final acecha a la vuelta de la esquina.

—Quiero ver el mar.

Ahora fue mi turno de sonreír con nostalgia. No sé por qué, pero al oírla creí comprender que nunca podríamos ser del todo felices juntos. Que quizás era correcta la decisión que Laura me había comunicado un par de horas antes por teléfono. Que, de no hacerlo así, tarde o temprano acabaríamos volviéndonos el uno contra el otro. Sin embargo, y aun sabiéndolo, compré dos pasajes con destino a Le Touquet.

Ninguno de los dos dijo nada durante el viaje. Estábamos demasiado absortos en el peso de nuestros propios pensamientos, en esos reproches que pese a todo no nos atrevíamos a expresar, y creo que ambos sentimos un secreto alivio cuando el tren se detuvo por fin en aquel balneario de arenas húmedas y heladas.

Para ese entonces, la noche poco a poco comenzaba a llegar a su fin y un suave aguacero besaba las dunas de la playa. A lo lejos, bajo el cielo huraño y sobre las inquietas olas, un pequeño velero luchaba contra la furia del oleaje. Se lo va a devorar, pensé caminando en silencio, y me puse a imaginar cuánta soledad le cabría después en su vientre de madera, allí, en el fondo del océano.

—Seguís creyendo que no es lo correcto, ¿verdad? —me preguntó por sorpresa Laura, deteniéndose frente a mí—. Que hay otras opciones. Otras formas. Otros medios…

Quise responderle, pero las palabras se me quedaron congeladas en los labios. El mar olía a lluvia y la lluvia sabía a sal.

—Está bien —insistió ella con tristeza—. Lo entiendo.

Pero no entendía nada, y fue entonces que lo supe. Supe que si quería podría hacerla cambiar de opinión. Que ella estaba dispuesta todavía a hacer un último sacrificio por mí. Supe, en fin, que hay trenes que pasan solo una vez, pero dudé un instante y aquella duda me condenó para siempre. El expreso salió y yo no fui capaz de abordarlo.

—Decí algo, Nicolás, la puta madre —me puteó Laura—. Decí algo, por favor.

Me encogí de hombros, odiándola y odiándome a mí mismo. Sabiéndome cómplice de todo aquello. La cobardía debería estar tipificada en el código penal.

—No hay nada que decir, Lau.

Tal vez, si la lluvia hubiera menguado, podríamos haber visto los primeros rayos del alba reflejándose sobre la superficie brumosa del mar. Tal vez, entonces podría haberla besado, reencontrándome con aquella piel que una vez me había pertenecido y ya nunca más lo haría. Tal vez, si se hubieran alejado aquellas nubes grises de tormenta, me habría atrevido a jurarle con mis labios mentirosos que sería suyo por el tiempo que quisiera. Tal vez. Pero seguía lloviendo, y ni ella ni yo éramos los que deberíamos haber sido.

—Volvamos —dije finalmente—. Fue al pedo esto, vos no vas a cambiar de opinión.

—No —respondió Laura. No sé si lloró, no quise mirarla a los ojos—. Ni voy a cambiar de opinión ni vamos volver… —y dándose media vuelta se alejó por el sendero que abandonaba la playa.

Debí haberla seguido, pero no lo hice. De hecho, descubrí de pronto, nada me apetecía más en el mundo que quedarme sentado allí, en aquella difusa orilla, esperando los restos de la marea.

A lo lejos, tras los despojos mortecinos de lo que ya no era, el mar aún olía a lluvia, y la lluvia seguía sabiendo a sal.


Y aquí estamos ahora, tanto tiempo después. Iguales y distintos. Dos extraños que se torturan con el recuerdo de lo que perdieron. Dos, siempre dos, sabiendo que algo en esa cifra nos condena. Como si el ser dos, y no tres, fuera un recordatorio constante de aquello a lo que renunciamos.

Ya ni siquiera recuerdo por qué vine. Debí haberme negado a pisar aquella ciudad, más allá de lo que dijeran los de la editorial. Debí haber vuelto a Argentina al descubrir que Laura sabía dónde me alojaba. Debí haberle dicho que no, que no quería tomarme ni siquiera un café, sin importar la cantidad de veces que me telefoneara al Continental. Sin embargo, estoy acá. Comprendiendo que ella sigue empecinada en disfrazarse de Zelda Fitzgerald y que yo, por mucho que intente evitarlo, estoy atado a un destino derrotista que nada tiene que envidiarle al del propio Scott.

Mientras, sigue lloviendo. Una garúa fina que agoniza sobre las luces de los faroles. Como en un tango. O un blues. Como en esas canciones, esos libros, esas películas que nunca volverán a pertenecernos.

—Esto es un error —dice ella entonces.

La miro y las palabras mueren en mi garganta. De pronto me siento dentro de Seda: asistiendo a mi propia existencia; sabiendo que es demasiado tarde ya como para experimentar cualquier ambición de vivirla; observando mi destino del mismo modo en que Hervé Joncour contemplaba el lago de su jardín.

—Uno más —respondo al fin, con el deseo consciente de herirla.

La sonrisa que esboza es tan triste como la noche.

—Treinta años, Nicolás, treinta años y seguís siendo el mismo hijo de puta de siempre.

Me detengo en esa sonrisa, ahora tan lejana y tan prohibida, y rememoro todo aquello que no hicimos. Recuerdo sus labios con mis besos, sus caricias con mi cuerpo, y esa elección que tomamos por cobardes.

—¿Para qué me llamaste?

—Para hablar.

Afuera la noche se nos deshace en lluvia. Igualito que en Sátántangó.

—No tenemos nada de qué hablar.

Hacete cargo, quiero decirle. Hacete cargo, la puta que te parió. Pero las palabras no nacen. No brotan. No viajan. Se aferran a mi mente, agonizantes. Como el último tren de una estación en ruinas.

—Podemos empezar pidiéndonos perdón… —sugiere ella.

El amor es como un sueño, creo comprender entonces. O como un viaje. Te arrastra a lugares misteriosos, a sitios insospechados. Enamorarse siempre conlleva riegos: el riesgo de lo desconocido, de lo azaroso, de lo improbable. El peligro de no saber hasta dónde te llevará el camino y si algún día acabarás por despertarte.

—La Laura de hace treinta años no hubiera pedido perdón —contesto finalmente, sabiéndome un perfecto imbécil—. Parecía muy orgullosa de lo que hacía.

Ahora sí llora. Llora y lo peor de todo es que no me siento culpable.

—Ya no soy esa Laura, Nicolás —consigue responder—. Cambié. Todo cambia en esta ciudad de mierda. Todo. Como el mar en el cuento de Hemingway.

Ella sigue hablando, pero ya no la escucho; acabo de descubrir que no soy capaz de perdonarla. De perdonarla y perdonarme. De pasar página. Sigo anclado al pasado, y tal vez es por eso que la miro sin decir nada. En silencio. Derrotado. Pensando en otra historia del propio Ernest; en otros verbos, en otros finales. Sabiendo que ya no nos queda nada. Ni siquiera París. Viendo colinas blancas como elefantes agonizar tras los tejados que se insinúan bajo la lluvia.

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