-EL MUNDO TRAS LA VENTANA-

-EL MUNDO TRAS LA VENTANA-

Siempre fue una mujer popular en su barrio y querida por todos. Su nombre es Sacramento. De aspecto bonachón y perenne sonrisa, dialogaba con todos sus vecinos del barrio. Se la podía ver asiduamente desde mucho antes de la pandemia, en las tiendas de la zona, o sentada al sol de la pequeña plaza que tenía delante de su casa, en la Calle Conde de Romanones, número 12. 

Su confortable asiento urbano, era ya como una prolongación más de su hogar. Allí, observaba curiosa el trasiego de una vida que parecía discurrir en torno suyo, ajena a la solitaria señora Sacramento.

Desde que sus hijos se marcharon a vivir a Alemania, ella pasó gradualmente al olvido de éstos, que dejaron de llamarla y preocuparse por su madre. Los que pasaban por su calle, quedaban sorprendidos del banco solitario donde ella, había dedicado tantas horas de descanso, con sus madejas de lana confeccionando prendas interminables y formando parte ya del paisaje urbano. 

Sacramento se fue apagando y nadie lo sabía. Visitó al médico tras un crónico catarro, y este le sugirió que llevase en todo momento una mascarilla puesta para protegerse del reciente y extraño virus que se había propagado por el mundo, y de paso…, protegerse de los patógenos gripales. Ella, testaruda como siempre, al final consintió en colocársela. Viendo la anciana que le suponía una angustia el llevarla, pues cuando iba a hacer sus recados, se ahogaba con facilidad nada más subir los peldaños de su casa; es por esta razón, que Sacramento fue dejando de frecuentar la calle para estar cómoda en casa, sin tener que llevar «el bozal»,  como decía ella. Se limitó a vivir la vida tras los muros de su vetusta vivienda. Como una especie de alma consagrada a la clausura.

Nadie se preocupó de sus achaques y de los tormentos de una depresión que fue haciéndola una mujer introvertida y con pocas ganas de salir y vivir. Ninguna vecina llamó a su puerta a ver como estaba. El joven muchacho del piso de arriba, que en tantas ocasiones le hacía la compra para que la anciana no saliera a la calle, con los años conoció a una joven estudiante de Salamanca con la que se casó, decidiendo marcharse a vivir allá. La soledad de la mujer, se hacía cada vez más patente.

Ella vivía encerrada en casa observando desde el ermitaño mundo de sus ventanas, como la vida transcurría sin tenerla en cuenta. Ya nadie se acordó agradecido de su sonrisa afable al saludarla. Las plantas de sus balcones, fueron mudando el verde característico por el pardo color propio de la sequedad. Todos creían que la pobre señora seguía escondida tras los visillos de su casa, observando al transeúnte que pasaba por su fachada. […] 

Pasaron los días, meses y los años, y ya pocos vecinos quedaban en su comunidad de propietarios que la conocieran de su época. Aquel trágico año de pandemia quedó atrás en el calendario y en la memoria de la gente. Muchos, vendieron sus inmuebles y otros habían muerto. Para los nuevos vecinos, esa era una vivienda cerrada desde décadas sin conocer los motivos. Nadie preguntaba. 

En una ocasión, una pareja de jóvenes que no tenían donde vivir, y sabiendo del abandono del inmueble, pensaron en acceder al interior del mismo como okupas. Cuando cayó la noche, se armaron de valor y comenzaron a forzar la puerta de uno de sus balcones. 

Tras varios intentos del joven, consigue abrir la desvencijada persiana y puerta y se introduce al domicilio. Su joven esposa esperaba fuera al frío nocturno, vigilante de que nadie se opusiera a los planes de la joven pareja de adjudicarse la vivienda abandonada desde hace más de dos décadas. 

Tras un breve espacio de tiempo, el joven consigue abrir la puerta principal desde dentro y sale a la calle donde le esperaba su pareja. Su mujer se sorprende al verlo venir con cara de estupefacción. Cuando le pregunta preocupada qué ocurre, el comienza a decirle que la casa no estaba abandonada como les habían dicho, sino que su antigua moradora, sigue estando en el interior del inmueble. 

Sacramento había permanecido veinte años sentada a la mesa de su sala de estar, con total rigidez y en estado casi momificado, observando una vieja fotografía que tenía entre las manos de sus dos hijos adorables, cuando tenían siete y nueve años, y que decidieron marcharse un día a vivir a Alemania. 

Parecía que murió esperando una llamada de sus hijos. Dos jóvenes portentos en su profesión farmacéutica y jurídica, pero tan fríos y vacíos de no acordarse ni un solo instante de su querida madre, que vivió trabajando duramente para que ellos tuvieran una formación digna.                    

Sacramento fue una de tantas víctimas de la pandemia que murió en la más estricta soledad. Nadie supo de su fallecimiento; es más, nadie supo que vivió durante años confinada, a pesar del levantamiento de las restricciones. Su mundo fue a través de las viejas cortinas de sus ventanas. 

El covid, jamás osaría entrar al inexpugnable alcázar de su hogar. No lo habría permitido toda una campeona en hipocondría. Estuvo sana de contraer tan malévola enfermedad. La suya…, fue una patología algo más temida, quizás: había muerto consumida en la implacable tristeza. Contra esta otra pandemia…, todavía no se ha hallado una eficiente cura.

Miguel Ángel de la Cruz Gómez. Relato Inédito. 2021. España.

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