El tango de los perdedores

El tango de los perdedores

Fernando Fantin

28/03/2018

No era una mujer hermosa, ni mucho menos, pero tenía ese no sé qué de ciertas hembras que obliga a los hombres a volver la vista hacia ellas. Se hacía llamar Lucila, aunque eso creo habértelo contado ya, y sus clientes la apodaban La Muñeca Rota de Villa Soldati. Nunca me atreví a preguntarle el porqué de aquel nombre. Nunca me atreví a preguntarle un sinfín de cosas, en realidad, y ahora me arrepiento de no haberlo hecho.

Cuando la conocí, ella tenía apenas veinte años, y yo no más de treinta. Por ese entonces, Lucila bailaba en el café La Rosada, aunque café era un nombre demasiado generoso para aquella whiskería que desplegaba sus dudosos encantos en la esquina de José Martí y Corrales. Allí, noche sí y noche no, le hacía los honores a un oficio que le venía heredado por parte de su propia madre: una polaquita de sonrisa astillada y un español de consonantes atragantadas a la que habían desembarcado con engaños en la Boca, asegurándole que aquellos conventillos pintarrajeados con los colores del arcoíris eran, en realidad, la primera línea de avanzada del propio Bronx.

Yo, por mi parte, acababa de ser desafectado de la Federal, y había terminado consiguiendo laburo de matón a sueldo para el puntero político del barrio: un sindicalista de filiaciones peronistas. Un tipo jodido, de esos que tienen contacto con las altas esferas y salen siempre sonrientes en las fotos, aunque en el fondo son unos hijos de puta de cuidado. Este, en particular, en sus ratos libres ejercía de usurero, traficante, y hasta de cafiolo, abasteciendo los prostíbulos de la zona con las chicas que se traía engañadas de las provincias. Un mal bicho, en definitiva, que me había contratado para que repartiera trompadas a su cuenta y beneficio.

A Lucila, como te venía diciendo, la vi por primera vez en ese café infame donde ella vendía sus besos, sus risas y los requiebros fatídicos de unas caderas capaces de hacerte perder la cordura. Incluso su propio corazón había sido puesto en subasta, pero cuando lo descubrí, por desgracia, ya era demasiado tarde.

Era diciembre, de eso sí que estoy seguro, diciembre de 1948, hace tres años exactos, y el calor del verano parecía haber llegado por fin a Buenos Aires. Las sombras del crepúsculo evocaban todavía el bochorno del mediodía y el viento del norte arreaba la humedad sofocante del Paraguay, haciendo que la ropa se me pegara al cuerpo.

—No te quités el saco —me había dicho el Turco, antes de cruzar la puerta de aquel café de dudosa reputación, y yo había asentido, consciente de que el traje disimulaba no sólo las manchas de transpiración, sino también, y más importante aún, mi vieja Ballester.45.

Ese era el cuarto bar que visitábamos aquella noche. Estábamos buscando a un gordito de lentes con la cara manchada por la viruela; un chivato de mala muerte que le debía mucha guita a don Ambrosio, nuestro jefe.

—¿Caballeros? —nos saludó al entrar, con voz nerviosa, el encargado del local.

Lo miramos sin decir nada, sabiendo que ese “caballeros” era una mera cortesía que no se condecía con el brutal navajazo que cruzaba la jeta del Turco.

—¿Los puedo ayudar en algo? —insistió el tipo, un pobre gallego que debía rondar los sesenta años. Las manos le temblaban incontrolables, y supuse que ya se debía de haber corrido la bola de quiénes éramos y para quién trabajábamos. En esos tugurios, al fin y al cabo, tarde o temprano todo se sabía.

—Puede —contestó mi compañero, con su habitual cara de pocos amigos—. Estamos buscando a alguien… —y al hablar se palmeó el bolsillo del saco, como para indicarle que llevaba un bonito fierro ahí adentro; un Smith bien cargado que no dudaría en usar si se le daba por hacer alguna pelotudez. Los guapos, parecía decir su sonrisa torva, se acabaron con la invención de la pólvora.

Fue entonces cuando la vi, a ella, a Lucila, de pie sobre un escenario desvencijado, bailando con un gordo de papada un tango tan infame como aquel bar; las manos bien firmes sobre su cintura, las piernas desnudas danzando entre las suyas y la vista perdida en un público imaginario que aplaudía sólo para ella. La vi, digo, y aunque en aquel momento no tenía forma de saberlo, te juro que algo muy dentro de mí comprendió que ya nada volvería a ser lo que era.

—Hecho —dijo de repente mi compañero, despertándome del ensueño en el que me había sumergido. El viejo se había alejado, buscando refugio tras la barra de estaño, y ahora nos miraba con recelo—. Parece que nuestro tipo viene seguido. Es de los putañeros, se ve.

Estuve a punto de recordarle que él tampoco les hacía ningún asco a las minas baratas y al chupi berreta, pero supe arrepentirme a tiempo. Con el Turco no se jodía.

—¿Nos sentamos? —pregunté en su lugar—. Puedo pedir algo…

Él fijó sus ojos en los míos, en silencio, con una sombra de inexplicable rencor aleteando en su mirada. O quizás no, quizás no fuera tan inexplicable y todo se redujera a esos lados opuestos de las vías donde cada uno de nosotros había crecido hasta hacerse hombre.

—Un par de ginebras —dijo por fin—. Solas, sin limón ni ninguna de esas mariconadas tuyas.

Hice un esfuerzo enorme por tragarme el orgullo herido. El que se calienta pierde, solía decir Graciani.

—¿Algo más?

Él negó brevemente.

—Sólo eso. Y mejor dejá de mirar a esa mina, Márlou, que el jefe no te paga para que te hagás el Gardel con una puta de dos mangos.

Esta vez tuve que morderme los labios para no caer en sus provocaciones. «Marlowe». Un apodo bastante ingenioso, a decir verdad, aunque no había sido idea de mi compañero. Al fin y al cabo, el Turco era un compadrito como los de antes, de esos que la única escuela que reconocen es la de la calle, y lo poco que sabía del mundo de las letras no le alcanzaba ni para deletrear su propio nombre. Sin embargo, durante nuestro primer laburo juntos, en un vano intento de entablar conversación, había cometido el error de contarle de aquella tarde en la que el comisario Lombilla me sorprendiera en las escalinatas de la UBA, con una novela de Raymond Chandler en las manos, cuando en realidad hubiera debido estar vigilando que a ningún pendejo se le diera por repartir manifiestos comunistas entre el alumnado.

—¿Y, Márlou? —insistió el Turco, con esa sonrisa de tintes patibularios que le ennegrecía la cara—. ¿Vas a fabricar las bebidas o qué?

El sabor metálico de la sangre me agrió el paladar. «Marlowe». El detective que había soñado ser cuando la ingenuidad, el hastío y la cada vez más menguada herencia de mi familia me condujeron a la Escuela Federal de Policía. «Marlowe».

A decir verdad, no era el nombre en sí lo que me jodía, sino lo que éste implicaba: la sutil diferencia que marcaba entre él y yo, como si en el fondo nunca fuera a dejar de ver en mi a un pobre infeliz que se había creído más de lo que era.

Y quizás tuviera razón, me dije mientras caminaba hacia la barra esquivando a un par de borrachos de mirada peligrosa. Quizás lo fuera realmente. De todas formas, aquello era lo de menos. Que me dijera Marlowe, si quería. Que me llamara Sam Spade, Vic Malloy o incluso Sherlock Holmes. No me importaba. Nada me importaba ya desde que sorprendiera a mis propios colegas de la Sección Especial picaneando los huevos de un pobre pelotudo al que habían atrapado cantando la Internacional. Un infeliz con acné y sin edad para afeitarse que lloraba llamando a su mamá.

—Si las cosas se complican hay una puerta de salida detrás del baño —me señaló mi compañero al verme regresar con las bebidas. De fondo Azucena Maizani cantaba una pena que no era la suya—. Pero mejor que no se compliquen. Al jefe no le gustan las complicaciones.

Vaya si no le gustaban. Según se decía, había metido dentro de un saco relleno de piedras y gatos callejeros a uno de sus hombres, un entrerriano al que le gustaban los naipes y el vino tinto, y lo había hecho arrojar al Riachuelo por hacer saltar la bronca en una partida de truco. Aunque tampoco estaba muy seguro de que fuera cierto; el episodio, según se suponía, había ocurrido antes de mi llegada. Más o menos por la misma época en la que el comisario Lombilla me obligaba a desprenderme de mi placa.

Guardé silencio y le di un sorbo a la ginebra. Había noches en las que el alcohol era el único capaz de enmascarar ciertos recuerdos.

En el escenario, mientras tanto, Lucila y el gordo de la camisa manchada todavía se meneaban al compás que marcaba el tango, y una extraña punzada de celos me envenenó el alma.

No era especialmente hermosa, eso creo habértelo dicho ya, pero algo en la languidez de sus movimientos me seducía por completo. Se movía, y perdoname por mis berretines de poeta, con la destreza de una amante en celo, como si su propio cuerpo estuviera esculpiendo el aire que la rodeaba. Era de esas mujeres que sólo aparecen cada cien o doscientos años.

Allí dentro también hacía calor, hacía calor en toda la maldita ciudad, y unas delicadas gotas de sudor trazaban pálidos surcos sobre su espalda desnuda. Ella, sin embargo, seguía moviéndose, como si todos los fuegos del mundo no fueran capaces de detenerla, y el gordo que bailaba a su lado debía hacer un verdadero esfuerzo para sostenerle el paso. El pobre jadeaba igual que un novillo en el matadero, aferrándose a Lucila con la desesperación del náufrago que se mantiene a flote sobre el último tablón de madera.

Mirándola creí comprender cómo era la dinámica de aquel antro. Ella y un par de tipas más se ocupaban de entretener a los clientes del bar, turnándose para danzar con los parroquianos más afortunados. Las otras pibas no se veían feas tampoco, pero la mayoría de los hombres se peleaban para bailar con Lucila.

No era para menos; la mina vestía una falda corta que dejaba poco librado a la imaginación, y un millar de lentejuelas de plata cautivaban el reflejo de unos cabellos rubios que se mantenían sujetos con un rodete de oro falso. Igual que la Evita de los afiches que poblaban la 9 de Julio.

«¡Y pensar que hace diez años fue mi locura!, ¡que llegué hasta la traición por su hermosura!…», suspiró Azucena, desde la prisión invisible de la radio, y de repente la vista de Lucila se posó sobre la mía.

Tenía los ojos más azules que había observado nunca y la expresión perdida de una mujer que ha visto demasiado, que ha vivido demasiado. Al contemplarme allí, sentado en aquel lugar de mala muerte, sus labios se torcieron en una media sonrisa tan triste como la noche. Creeme, hermano, que hubieras sido capaz de hacer cualquier cosa por una sonrisa como aquella.

Para entonces la Maizani ya había recitado sus últimos versos y un nuevo tango comenzó a sonar dentro de las paredes agrietadas del bar. Las tres muchachas se miraron entre sí, compartiendo un silencio cómplice, y cambiaron de parejas.

«Tomo y obligo, mándese un trago —cantó una voz ronca y afónica que pretendía, sin éxito, imitar a la de Gardel—, de las mujeres mejor no hay que hablar…».

Lucila era pequeña, observé entonces, mientras la veía volverse de espaldas y elegir un nuevo compañero de baile. Probablemente no llegaba al metro sesenta, pero se movía con la elegancia indiferente de la propia Ninette de Valois, y sus tacos apenas si pisaban el polvo de aquellas tablas tan ruinosas como la ciudad misma.

«Siempre quise ser bailarina clásica —habría de confesarme algunas semanas más tarde, mientras compartíamos sueños, miedos, y el húmedo colchón de aquella inmunda pensión donde yo vivía—. Pero en este país de mierda si no tenés enchufe no llegás a ninguna parte. Por eso tengo que bancarme a estos viejos de mierda todas las noches, y dejar que me toquen y me hagan promesas que sé que jamás van a cumplir. —Después, adivinando la muda pregunta que latía en mi interior se pondría de pie y ensayaría un par de movimientos improvisados que sabían a tristeza infinita—. ¿Cómo hago para soportarlo? Bailo… sólo bailo…». Y bailaba, sí que bailaba, pero con cada nuevo tango a sueldo sus esperanzas juveniles se iban marchitando más y más. Como si poco a poco fuera comprendiendo que a nadie le importaba un carajo que sus pies hollaran el sucio suelo de un oscuro bar de Villa Soldati, en lugar de las tablas del Colón con las que tanto había soñado.

—Ahí está nuestro tipo —dijo el Turco, interrumpiendo mi concentración. Sus dedos de salchicha señalaban, con escaso disimulo, a un petizo de lentes que acababa de entrar con dos tipos de bigotes engominados, salidos de un cuento de Borges. Amagué con levantarme, pero él me sujetó con manos de acero—. Tranquilo, Márlou, no queremos armar un bolonqui y que venga la poli a jodernos la milonga. Vamos a dejarlo que se ponga en pedo, y cuando esté bien en curda le caemos encima y lo llevamos afuera. ¿Quedó claro?

—Clarísimo. —Lo último que quería era tener quilombos con mis antiguos colegas de la Federal.

—Bien. Hacete el boludo y mirá para otro lado.

Volví a asentir, tragándome un orgullo que llevaba toda la noche amenazando con explotar, y dirigí una vez más la vista hacia el escenario. El mismo escenario donde justo en ese momento Lucila bailaba con un tipo cuya sonrisa sardónica, de compadrito superado, me dio muy mala espina.

A la piba, por lo visto, tampoco parecían cuadrarle los números, porque había abandonado la expresión de cuidado desinterés y su rostro era ahora el de una mujer molesta, ofendida en lo más hondo de su ser.

«Siga un consejo, no se enamore y si una vuelta le toca hocicar, fuerza, canejo, sufra y no llore, que un hombre macho no debe llorar…» desafinó el triste imitador de Gardel, y me puse de pie, dispuesto a inmolarme por una causa que desentonaba por completo en un sitio como ese, en una noche como aquella y, sobre todo, en un tipo como yo, pero no tuve tiempo de hacer nada. Algo le dijo Lucila al fulano, no tengo ni puta idea de qué, y él, a cambio, le cruzó la cara con un sonoro bofetazo.

Ese fue el principio del fin. De mi fin, y también el de ella. Del fin de unos cuantos, en realidad. Algo estalló en mi interior y antes de que pudiera darme cuenta de lo que hacía ya estaba sobre el escenario, con una mano sobre mi Ballester.45 y la otra apretando el cuello del sujeto.

—¡Pará, boludo! —me gritaba el Turco, pero apenas lo escuchaba. Estaba enceguecido, ofuscado, ahogado por el peso de mis propios fantasmas. Quizás, y esto lo pienso ahora, en mi imaginación ya no era Lucila la que yacía sobre el piso sino aquel pobre estudiante de Medicina al que había visto desfallecer en el interior de la Comisaría 8º. O tal vez fuera yo mismo, un pobre subinspector con aspiraciones literarias que había terminado con la mierda hasta el cuello. No lo sé. Realmente no lo sé.

Lo cierto es que tenía a ese idiota justo donde lo quería, y su jeta se estaba poniendo del color violeta más hermoso que vi nunca, cuando mi propio compañero decidió sumarse al bailongo. Sentí un golpe a la altura de las costillas y un par de brazos firmes como troncos me sujetaron por la espalda. Quise rebelarme, sacarme de encima a ese hijo de puta, pero el Turco había sido campeón de pesos pesados en su juventud, y me arrastró como si fuera un muñeco.

—¡¿Qué hiciste, hijo de puta?! —me dijo sacudiéndome contra una pared que apestaba a orines y a humedad. Era macho el tipo, y no había perdido sus mañas de boxeador—. ¡¿Qué carajo hiciste?!

En el ínterin nuestro buchón, cagón como era, se nos había mandado a mudar.

—¡La puta que te parió, Márlou! —insistió el Turco dándome otro golpe—. ¡La cagaste, la cagaste toda! Yo me voy, yo me tomo el palo, pero vos sos boleta. ¿Me escuchaste, pelotudo? ¡Boleta sos! —Me embocó una nueva trompada en la barbilla y después insistió, como sin poder creérselo todavía—: ¡Y por una mina! ¡Por una puta mina! ¡Sos un boludo, Márlou, enterate! ¡Sos un terrible boludo!

Ese soy yo, en conclusión: Marlowe, el boludo. Tan boludo que cuando el Turco se fue no atiné a hacer nada. Me quedé ahí parado, en medio del quilombo, hasta que el hijo de puta que le había pegado a Lucila se me vino encima con otros tres o cuatro tipos igualitos a él. O tal vez fueran más. No lo sé, no estoy seguro. La memoria es así de puta, ya lo sabés.

Sí, soy un boludo, y por eso mismo te aburro contándote todo esto, hermano. Porque soy un boludo y aunque ya pasaron más de dos años todavía no consigo olvidarme de Lucila. Porque soy un boludo, en definitiva, y necesito tu ayuda.

¿Que para qué quiero un fusil M1 Garand con mira telescópica?

No te lo vas a creer. Voy a asesinar a Juan Domingo Perón. Así de boludo soy.

SINOPSIS:

En el Buenos Aires de 1951 un ex convicto se pasea por las calles que vieron desfilar a Perón, a Borges y a Gardel, y le narra su historia a un periodista de La Nación, enredándose así en una confabulación de tintes políticos con la que pretenderá saciar sus ansias de venganza y recuperar aquello que le fue arrebatado; en especial, sobre todo, el amor de una bailarina de tango.

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