Cuando yo ya no esté aquí”

Cuando yo ya no esté aquí”

“Cuando yo ya no esté aquí”

Un inmenso rayo de sol penetra entre las delgadas cortinas que cubren la ventana de mi alcoba. Un Diminuto haz de luz se aprecia cómo se contonea entre una suave proyección que da justamente en mi rostro. Es luminoso, y casi lastima sin lograr su cometido, únicamente saluda y se desvanece. Así tan de repente. El canto de las aves inicia y con ello descubro que ha llegado la aurora.
Es hora de iniciar un domingo más, domingo de agradecimiento, de benevolencia por parte del creador. Mis mascotas lo saben y en un dos por tres se sitúan justo enfrente del perchero donde están sus correas. Sus colas en rápidos movimientos incitan a que es tiempo de salir a maravillarnos nuevamente de la obra de Dios. Y los tres nos dirigimos hacia “no sé dónde” hacia dónde nos lleve el destino.
Inmediatamente después de salir de casa, el olfato de mis amigos se agudiza. Emplean múltiples formas y se regocijan del olor a libertad. Observan hacia todos lados, están contentos y así me lo hacen saber a través de sus brincos cual si fueran ciervos al compás de una música de viento. Emprendemos de nueva cuenta la carrera. A un ritmo semi lento, por que scrappy tiene cerca de 14 años, y a su edad perruna ya es un adulto mayor. No así toby, que apenas si sobre pasa los dos años. Él es vigoroso, fuerte, incansable. Es todo un jovenzuelo en busca de aventuras. Durante nuestro trayecto ladridos de otros perros se escuchan. Nos detenemos y buscamos de donde proviene. Y justo arriba de nosotros, en una azotea, otro cachorro ladra desesperado por salir de ahí. Sus amos lo han dejado en la parte alta de su casa, su espacio es muy pequeño y da vueltas de desesperación. Se escucha que atropella su traste de comida o agua. No lo sé. Le silbo y su colita pareciera saludarme. Meneo mi cabeza y me cuestiono, ¿para qué tener mascotas en esas condiciones? Cuando uno se hace responsable de tener mascotas, estos animales se convierten en elementos importantes de nuestra familia y como tal hay que tratarlos, no hacerlo es una desconsideración y falta de respeto. Ni modo, como diría una frase de un suplemento dominical que leía cuando niño y decía así:” nunca falta alguien así”
Reiniciamos nuestra caminata, nuestros pasos son seguidos por una sombra que se dispersa en una parte del césped que conforma una pequeña fracción del bosque. Miro a lo lejos y descubro que la otra parte del bosque ha sido reacondicionada para poder recorrerla. Hay tanto que observar, tanto que recordar. Mientras me embeleso de las reminiscencias, mis “cachorricolas” como yo les llamo se tiran sobre las hojarascas y se dan de vueltas, quedando completamente cubiertos de ellas. Nuevamente me he dado cuenta que el enorme tanque de agua sigue ahí. Han pasado ya 40 años desde que lo vi por primera vez. Mis amigos de la primaria solían en primavera subirse por unas pequeñas escalinatas de acero y zambullirse en el en época de calor. Yo no, mis padres nos tenían prohibido hacerlo. Aunado a la falta de pericia de no saber nadar. Yo únicamente los observaba, gracias a dios, nunca sucedió algo catastrófico.
Hoy el enorme estanque, que sirve para contener una buena reserva de agua para la unidad ferrocarrilera está lleno de moho en su contorno. La humedad ha cubierto su circunferencia a tal grado que verlo da escalofríos. En una parte, justo enfrente de él, una señalización que advierte la profundidad que existe ahí. Los árboles, algunos ya envejecieron, otros apenas crecen y se desarrollan en medio de un hábitat disperso. Entre helechos y mafafas, entre nísperos y naranjales. Por un instante me trasladé a mi infancia. Cuando con una pequeña mochila elaborada de un costal de harina, creación de mi amada madre. Caminaba yo de su mano a recibir mis primeras cátedras para aprender a leer y a escribir. Tenía yo apenas seis años. Y era un honor llegar a la escuela con mi mochila. Justo dentro de ella lo que tanto me gustaba, un pambazo relleno de huevo frito, y una pequeña botella que contenía agua de limón. Recuerdo tanto el aroma de mi lonche, cuando después de dos horas, lo abría, cerraba yo mis ojos y me llenaba de ese suculento olor que hasta la fecha es de mis preferidos. Un suspiro llega en forma de ráfaga, lo sé; ha sido el recuerdo y la memoria que me guardan estos hermosos aconteceres de antaño.
Retomamos nuestro andar y llegamos justo hasta donde está ubicada una estatua del Ex presidente de México “Miguel Alemán Valdés». El monumento ha sido también embellecido, pero unas letras en graffiti estropea su estructura.
De repente, me sorprendo ante la nueva flora que habita en la otra parte del bosque, plantas muy jóvenes han decidido crecer ahí. Unas párvulas plantas de un verdor impresionante son parte importante, así como un helecho chaval, lleno de esporas en su morfología le dan un aire de volumen que lo hace ver mas bello.
¡Sonrío como la mayoría del tiempo lo hago!

“Cuando yo ya no esté aquí
proseguirá la vida, más no la mía como tal.
Observaré desde lejos
Y agradeceré que alguna vez fui parte de ahí.
Tomaré la forma del viento
De la luz de las estrellas.
Me convertiré en firmamento
En polvo, en pléyade.
Cuando yo ya no esté aquí
Se escuchará la música de mi sonrisa
Permanecerá en las hojas
En las ramas, en los arbustos y mis flores.
Y me llevaré en silencio
Lo que fue mío, lo que en mi ser guardé.
Cuando yo ya no esté aquí.

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