En esa linea del horizonte había una historia eterna por cada noche, cuentan que hubo monstruos en esa calle, que los ladrones de sangre fría abundaban y que ahí todos morían.

Andaban ambos, solos, en el andén obscuro suspirando la neblina del callejón oxidado, uno venía hacia el norte, contando estrellas muertas y el otro se iba al sur, entumeciendo los ojos con una pantalla de teléfono, y buscaban la esencia. Había vidas antes de ellos, antes de entrar a esa avenida el corazón les latía lento y no habían nubes de lluvia en el firmamento, ya tenían pensado que harían mañana, lo que el jefe les diría, o, a que hora han de levantarse; Ya el día se suicidó al alba y solo querían dormir como el resto del mundo que descansaba en paz, con sus sabanas tibias en las nubes, con atrapa-sueños buscando mariposas. Pero ahora el único sueño posible, hasta donde alcanzaba la vista, era el destino que movía sus fichas, cual mala pasada. No podían creer que pasaran por un sitio tan peligroso a esa hora, cuando ya divisaban la silueta de alguien más a mitad del camino. Habían dos prismas, dos burbujas cristalinas, dos personas felices y un mismo final. Para cuando se dieron cuenta, se encontraban en una arboleda que no era suya, era un camino muy largo para volver a casa y lo más doloroso era pensar en volver con las manos vacías. El del teléfono guardó sus artilugios a toda prisa, en sus partes intimas, la cartera, cadenas y el celular, con la sutileza de no lucir sospechoso, con la mirada en el concreto y el oxigeno se le apocaba pese a estar solo. El otro, bajó la vista del cielo, mientras rozaba la cal de un muro tatuado, y poco a poco, sin prisa pero sorprendido notó como se vislumbraba el cuerpo de alguien que venía hacia él, justo por la misma acera. Trató de ocultarlo pero se notaban sus nervios, y entre el momento y el encuentro también buscó ocultar sus pertenencias. Los pasos goteaban y el viento crujía, la luna se cerraba y la neblina se dispersaba, cuando estaban cerca los invadió el pavor, uno a la derecha y el otro a la izquierda, murmuraron ‘buenas noches’ con el alma en los labios y un suspiro profundo. Al dar la espalda esperaban la punzada, o quizá un beso de bala, pero… solo el silencio cantaba y la noche siguió fluyendo cual río, se hizo mi fuente… mi pluma fuente. Habían monstruos en esa jungla de cemento, eran ellos.

Tu puntuación:

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS