Donde yace el olvido

Donde yace el olvido

Fernando Fantin

27/08/2018

Regreso a Mundaca una tarde de noviembre, con el crepúsculo rompiendo en tonos carmesíes sobre los tejados que cuelgan de los riscos. El viento agita la hojarasca seca del empedrado y el pueblo sigue siendo el mismo, aunque ya nada es igual. Todo cambia, hasta aquello que alguna vez soñamos eterno, y en el murmullo de las olas que lamen los acantilados creo reconocer a Gardel cantando un tango triste; uno que habla sobre las frentes marchitas y el eterno volver.

—Qué pueblo tan bonito —dice mi mujer, deshaciendo su bolso sobre la cama del hotel Atalaya—. Ahora entiendo por qué te morías por venir.

Yo asiento sin decir nada. Su ropa, dispersa sobre el edredón, apenas logra mantenerse a flote en la zozobra de nuestro matrimonio. El segundo en mi cuenta personal.

—Voy a salir a dar una vuelta —señalo por fin.

—¿Te acompaño?

—No, dejá. Prefiero ir solo.

—Bueno, pero abrigate que está helado.

Le doy un beso, maravillándome con el frío de una piel que alguna vez supo arder de pasión, y desciendo las escaleras. Afuera, el único movimiento posible es el de las hojas sin barrer; silenciosas partenaires de una brisa que las hace danzar con elegancia, diluyéndolas en remolinos pardos y cobrizos.

Dejo atrás la fachada inglesa del hotel, sus aleros de madera nacarada y ese par de ojos grises que ya no me desvelan, y toco la puerta de una casita de paredes descascaradas.

—Tú —dice una mirada de borra de café, traicionando la sorpresa de su portadora. Cada letra esconde una acusación.

—Yo, Nayara —asiento—. ¿Puedo entrar?

La veo dudar y me quedo allí, sin decir nada. Su silencio es como la calma que antecede a la tormenta.

—Pasa —responde finalmente, haciéndose a un lado. La sala sigue tal como la recuerdo: el mismo sofá, la misma alfombra y esa biblioteca que huele a melancolía.

—Ciertas cosas no cambian nunca —observo.

—Algunas sí —me contesta ella, señalando los estantes. Allí Fitzgerald se bate a duelo con Cioran, éste fragua rendiciones fingidas con Aleixandre, y Murakami busca refugio tras una foto donde Nayara abraza a un hombre que no soy yo.

—Ya veo.

—¿Qué esperabas, Nicolás? —se excusa. En sus ojos brilla la sórdida nostalgia de aquel que ve su propia vejez reflejada en el otoño ajeno—. Ha pasado mucho tiempo.

—Demasiado…

El silencio eclipsa los puntos suspensivos de mi respuesta. Nada tiene sentido. La vida, en sí misma, es un enorme absurdo.

—¿A qué has venido? —me pregunta entonces.

«A verte», quiero responderle; pero las palabras no hacen al amor, como decía Pizarnik, hacen la ausencia.

—No tengo ni puta idea.

Los escritores, incluso los fracasados, tenemos la extraña manía de precisar el momento exacto de nuestro naufragio. Mirándola descubro que el mío comenzó aquel enero de hace diez años.

Yo acababa de divorciarme, la primera de las muchas derrotas que vendrían luego, y ella había prometido esperarme. No nos conocíamos en persona, nunca nos habíamos visto, pero nuestras interminables charlas por Whatsapp habían logrado vencer los doce mil kilómetros que separaban su España de mi Argentina natal.

Cuatro meses habíamos estado esperando por ese encuentro. Cuatro meses de angustias, de miedos, de melancolía anticipada. Cuatro meses de besos llenos de letras, de caricias que no saciaban ningún hambre. Cuatro meses, en fin, que se derritieron en apenas veinte días al llegar la fecha señalada. Las largas noches en vela, perdiendo el sentido en el cuerpo ajeno, no habían alcanzado para convencerla de que fuera a despedirme al aeropuerto de Bilbao.

—¿Quién es él? —pregunto, por decir algo.

Nayara se encoge de hombros. Hasta mí llega el apagado lamento de las olas que mueren.

—Alguien que eligió no huir…

Su acusación me duele tanto como la sonrisa falsa de aquel imbécil que la abraza.

—¿Qué carajos querés decirme?

—Que pudiste haberte quedado.

La añoranza le da paso a la rabia. Rabia hacia mí mismo, hacia el destino, hacia Nayara y hacia ese pálido horizonte que se filtra por la ventana.

—Y vos bien podrías haberme visitado alguna vez.

Ella también parece ofenderse.

—No me jodas, Nicolás. Estaba en paro.

—Claro, porque en Argentina la guita crece en los árboles.

—El sarcasmo sobraba —ahora su enojo es sincero—. Creo que es mejor que te vayas.

Alguna vez leí que todo en nuestra vida es una agónica sucesión de derrotas. Todo. Hasta el propio orgasmo se disfraza de pequeña muerte, arrebatándonos el engaño de una gloria efímera. Las ganancias, por tanto, son ilusorias, y si sobrevivimos lo hacemos siempre a pérdida. Sólo somos muertos conversando con más muertos, sabiendo que no vamos a poder llevarnos nada cuando crucemos al otro lado. Al final, incluso perdimos la ilusión de que exista ese otro lado.

—Está bien —suspiro.

Su voz me detiene junto a la puerta.

—En serio, Nicolás, ¿por qué has venido?

Pienso en esos ojos de niebla londinense que me esperan en el Atalaya y en la luna de miel que inventé sólo para poder regresar a Mundanca.

—Necesitaba verte —confieso—. Suena a chamuyo, pero no puedo olvidarte.

En sus ojos se refleja la tristeza del mundo entero.

—Tarde. Demasiado tarde.

—Lo sé.

Nayara se suelta el pelo; una cascada cobriza desciende por su espalda.

—«Todo lo que se da llega a destiempo», ¿recuerdas? No existe otra manera.

El poema entero acude presuroso a mi memoria. Verso a verso, letra a letra, condenándome a anhelar lo que pudo haber sido.

—«Entre el quiero y el puedo hay un ahogado».

Ella asiente lentamente. En la playa el viento hace gemir las olas y la marea comienza su lento descenso. Todo llega a su fin, todo termina.

—Adiós, Nicolás…

Me aferro con saña a su despedida, dando rienda suelta a una angustia que ha estado acumulándose durante diez años.

—Al final nos equivocamos los dos, ¿te das cuenta? —Afuera, más allá de esta enésima derrota, Gardel todavía le canta a ese dulce recuerdo que lloro otra vez—. Entre el dolor y la nada debimos elegir la nada.

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