Sabugal es una ciudad portuguesa. Etimológicamente se define como: “Sabugal: lugar de sabugos”; es decir, lugar donde crecen los saúcos. Sabugal es también el nombre que ha tenido que cargar una familia, y digo cargar, pues su peso no ha sido nada fácil de llevar, en particular por uno de sus miembros.

El apellido es casi un misterio para muchos de sus portadores. El origen de los mismos ocurre en forma masiva en la Edad Media. Más adelante, se vuelve un requisito que los apellidos pasen de padre a hijo. Lo ineludible del apellido se convierte en una dualidad orgullo/ lastre, al que los hijos (sin que nadie nos pregunte), accedemos y heredamos, gustosos (o no) a nuestra propia prole.


Paulino, Cristina, Juan, Germán, Eduardo, Armando, Antonio y Rosa Sabugal, son ocho hermanos hijos de Paulino Sabugal Sierra, hijo de emigrantes españoles que como muchos vinieron a buscar en Latinoamérica una guarida del exilio. Mi bisabuelo Paulino, nació en Cuba, cuando mi tatarabuela no puede más con el hecho de parir como una nómada. Llegó a México en brazos, y aquí se desarrolló en lo que fue su carrera de vida: la docencia. En sus épocas de estudiante conoció a su esposa Amelia Machaén, con la que más contrajo matrimonio para llenarse de hijos ineludibles. Sabugal Sierra, tan pronto vio el peso de ocho hijos sobre sí, se convirtió en alcohólico y Amelia, cansada de lidiar con el olor a vino corriente, puso candado a su cuarto impecable, mientras que una casa llena de niños se viene abajo.

Aquí crece Paulino Sabugal Machaén, el mayor de los ocho hermanos que como buen primogénito y varón, ante un padre ausente, se convierte en una especie de Edipo que cumple las demandas de una Yocasta solitaria y hace el papel de un adolescente que juega a ser un jefe de familia para el resto de los siete enanos.

Paulino es el hijo promesa. Es guapo, de esos que las chicas voltean a ver sin reparos. Inteligente: diserta sobre filosofía, literatura, teatro y poesía, de un modo tan natural que hace que los que lo rodean se sientan en desventaja intelectual.

Paulino Sabugal es una fantasía, una idealización; o al menos para las mujeres que no dejan de mirarlo con lascivia y los hombres, que encuentran en él un camarada, no sin antes haber pasado por la envidia.

Aunque siempre había sido considerado “el hombre de la casa”, esto se vuelve oficial cuando ingresa a la Faculta de Química de la Universidad Nacional Autónoma de México, lo que cumple con las altas expectativas de su madre. Químico, habría de ser químico, pues su curiosidad lo había inclinado a las ciencias exactas, y no a las humanidades como todos esperaban. A final de cuentas, parecía que la ciencia podría convertirlo en un hombre de dinero, mientras que la vida bohemia, lo acercaba vertiginosamente a su padre.

En la facultad es lo que se conoce como un “revoltoso”, aunque para ojos de muchos (los suyos) era más bien un “revolucionario”. Organizó cineclubs, lecturas en atril, obras de teatro y performances. Leía libros por pocos conocidos y era simplemente encantador. Su carisma hizo presa de muchos y muchas, pero él sólo tuvo ojos para Luz, Luci, como prefería ella que la llamaran; una niña bien de colegio de monjas que encontró en la química la posibilidad de ver la creación del mundo de un modo distinto al de su Dios católico. Paulino representaba todo lo que ella no era, y eso, resultaba fascinante.

Mi abuela se casó con él sin pensarlo pues era “guapo de atarantar”, sostiene ella hasta la fecha. Pero mi abuela se casó con una mentira.

“Te voy a contar algo que me da mucha vergüenza” dice mi abuela Luz, Luci. Busca sus cigarros. Le ofrezco uno de los míos, pero al ver que son Delicados me reprocha: “Se me alacia el pelo si fumo esto, mi reina”. Bebemos whiskey, y finalmente escupe la confesión de un secreto terrible oculto durante años: “El primer día en que tu abuelo me llevó a conocer a sus papás y a sus hermanos, fui a cenar; tenían sólo pan dulce y leche, y una botella grande de Coca- Cola sobre la mesa, y lo peor fue… – hace una pausa y bebe más whiskey como si éste le diera el valor- ¡que trajeron el pan en la misma bolsa de papel estraza donde lo habían comprado!”. Me siento un poco decepcionada ante la confesión, esperaba una historia terrible que atormentara a los Sabugal, pero al final, lo único en que pienso es que mi abuela sigue siendo una “niña bien” que no se explica el cómo se pudo haber casado con mi abuelo, un tipo muy guapo, muy culto, pero que vivía en la Colonia Portales.

Y ahí empiezan las mentiras: la primera es que Sabugal es el lugar de los sabugos (sauces llorones) y no de los saúcos. La imagen evoca la poesía, pero también la estafa: ambos, elementos idóneos para un hombre que pretende a una mujer que no es de su círculo. Después de todo, los sauces son árboles más bonitos que los saúcos. Segunda mentira: esta etimología obviamente la sabía porque habla perfecto portugués. Encarna como un excelente actor, el personaje del migrante venido desde Sabugal, un pueblo europeo donde no hay más que sauces y un Castillo. De ser el mayor de ocho hermanos en la Portales, se convierte en un extranjero atormentado como el que describiera Albert Camus en su novela “L´etranger”. La mentira era perfecta, encantadora, producto de una profunda investigación en quién sabe cuántas enciclopedias. Mi abuela supo la verdad el día en que esos siete hermanos y sus padres normalistas le ofrecieron pan en una bolsa, y no en una charola adornada con una carpetita de lino portugués como esperaba. Pero para ese entonces, era ya tarde: estaba enamorada, creía estarlo, o al menos admiraba la complejidad de esa mentira casi literaria.


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