Hola, soy la menor de una familia convencional, de clase media un poco alta sin aparentarlo, todos uniditos, risueños, algo escandalosos, sin mucho protocolo en la mesa, y al son del ciclo de la vida, por llamar así al orden de buen colegio, universidad, novio formal, trabajo, boda y parejita. Bueno… esos cánones para ellos, yo en verdad los invertí, pero sólo soy “La pequeña” de esta historia.

Lo tenía todo para ser feliz, mamá con sus grandes dotes para cocinar, indagando recetas mientras velaba a algún difunto, para sorprendernos. -¡Mmm. qué rico, ni en los mejores restaurantes!- la apremiaba. Y sus facciones de amor maternal, se llenaban de orgullo, más por ver que repetía plato que por su gran arte. Adoraba el gentío, el desorden, cosernos disfraces para el carnaval, y soñaba en viajar cuando fuera más mayor, lástima que la vejez la transformó. De ella aprendí la honestidad, a no alardear de lo que somos o en qué nos convertimos, y aunque me duela, a no saber decir que no, por agradar.

Mi padre, mi hombre, mi otro yo, ¿complejo de Electra? Pues creo que alguna vez lo tuve, o lo tengo, no lo sé, pero es inevitable, él me transportaba con sus historias de “Coronelito Arturo”, al mundo en el que quería estar, siendo líder de la pandilla, capaz de poner cáscara de plátanos en la silla del profesor. Por él, mi amor incondicional a las letras, recitando juntos poemas antes de dormir, tras despojarse de su corbata de director. Por él, mi sensibilidad al campo, mi simbiosis con el mar y mi gusto por el vino.

Mis hermanitas… ayy… Marta la mayor, 16 años más que yo, mi segunda o primera madre por conexión. La dulce, el ángel, la que triunfante de sus prácticas en el hospital, dejaba en la nevera un ganglio nadando en un bote con formol. La que se viste con ropa que le reglamos no siendo de su estilo, para hacernos sentir que hemos dado en el clavo. La que con silencio amargo ya predecía mi destino. La que aún por error llama Delia a su hija Ana, (que ni gracia le hace a ésta, por cierto…). Su mano… tiene el premio de la exclusiva complicidad, el complemento de antigüedad, por ser la mano que ha enlazado la mía durante 365 noches multiplicado por 35 años, edad en la que se marchó para su propia familia.

Mi terremoto, mi Clara, 12 años mayor que yo, mi huevito campero, dura por fuera, un toque y se deshace por dentro sin perder su esencia, siguiendo bella y enseñando una vez más lecciones de vida. Sí, por ella aprendí a encender el fuego de gas, aprendí a hacer la cama con la didáctica del campeonato, ¡ver quien termina antes¡, aprendí con ella a coger el transporte sola, y en fin, me enseñó una de las reglas básicas del amor “mantener siempre encendida la llama porque de un descuido se apaga”. Eso sí, me debe el ser número uno de su oposición, gracias a las trenzas adornadas con flores de plástico de la cesta del baño, que yo le elaboraba, para calmar su agraciada mente con el cosquilleo de mis dedos.

Y tras 16 años de juegos entre dos hermanas, una dedicada a la lectura, y la otra tragando pegatinas de los botitos de la cocinita de plástico, por algún defecto del anticonceptivo, pero me consta que con amor, llegué yo, para llenar sus vidas, según me dicen. Una niña con bajo peso, de incubadora, que desde mis primeras horas las enfermeras admiraban mi carcajada naciente al degustar la leche del biberón.

Con toda esta familia, más unos abuelos también con su historia de amante infiel y mujer entregada, crecí llena de besos, de cosquillas entre hermanas, comiendo naranjas tendida en las huertas, representando una vida de telenovela con mis muñecos (Enrique, Zara y Ernesto), en una isla rodeada de mar.

Siempre envuelta en mantas de algodón de azúcar, cubierta en pompas de jabón, alejada del dolor, y será por eso, que siempre me he sentido diferente. Mientras por fuera el mundo me quería, me sonreía, me mimaba, (excepto las monjas), mi yo interior se atormentaba en una soledad inexplicable. Y fue por esto que me rebelé contra Dios, contra las buenas costumbres, contra mí misma, aunque repito, no es sólo mi historia. Mi deseo es el esbozo de mi gran familia, la que aún con tiempos impuestos, se adaptaron a mi mundo, comprendieron mis ignorantes errores, y me volvieron a arropar en una manta de osito lulú, y tras el calorcito he asomado la cabeza y me he movido hacia la derecha, aún siendo zurda…

Y siguen ahí, calmados aunque expectantes con mi vida, más viejos, más quejosos; mi madre, 80 años, muleta en mano, ahora desprende mimo; mi padre, a sus 85, internauta aventajado, sin perder su hábito desmedido a la lectura, algún día hay un derrumbe en las estanterías…, sus consejos con sabor más a anciano que a sabio. Mi hermanita Marta, con el gusto por los viajes y su buen comer, mi maestra Clara, ofreciendo su tiempo sin yo sacarle provecho, las dos con mis adorables y prometedores sobrinos (un besito desde aquí…), y yo, a mis 40 años, con mis gemelos, mi Ley de Contratos del Sector Público y mi gran amor, según orden de llegada, me he dejado guiar, construir con su propios planos, sin ser capaz de rodar la cortina y dejar atravesar mi verdadera luz.

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