25 kilos de harina

25 kilos de harina

Lino

05/08/2023

Todo lo poético o romántico que pudiera tener el ser panadero acababa a las doce y cuarto de la noche, justo cuando sonaba el despertador. Acto seguido me levantaba del sofá con los ojos de una persona que le gusta dormir por las noches y me ponía en marcha, no antes de mirar al gato y que este me devolviera la mirada como diciendo: No sé dónde vas a estas horas, ni me interesa, pero seguro que eres gilipollas solo por ir. Y con este ánimo me iba a la panadería a hacer pan. Yo no tengo vocación de panadero, es más, no tengo vocación por nada que me haga estar despierto cuando no quiero estarlo, pero la vida es así de divertida.

Vayamos por partes y así explico cómo llegué a este gran oficio. Yo estaba desempleado, no digo parado, porque no me gusta esa palabra, me suena despectiva, y aunque nos lo quieran vender así, no tener un empleo remunerado no significa que seas un ser inferior. De hecho, si lo piensas bien, si alguien dispone de dinero suficiente para no tener que trabajar en toda su vida, no lo llamarían “parado”, lo llamarían dios y todos le tendrían envidia, o por lo menos yo. Llevaba cuatro meses desempleado, y aunque no cobraba mucho de la prestación que me había quedado después de estar trabajando siete años en la misma empresa, me iba cojonudamente bien. Cada mañana salía a correr, practicaba Yoga, cocinaba, escribía, leía, escuchaba música, pasaba tiempo con los míos, veía pelis, iba de compra al mercado, daba grandes paseos y me metí en un grupo de música a tocar la batería. En fin, que llegados a este punto no tenía ni ganas ni tiempo para tener un trabajo. Y así pensaba estar hasta que ya no pudiera estarlo, porque como dijo Thoreau en Walden “Si tuviera que vender mis mañanas y mis tardes a la sociedad, como hace la mayoría, estoy seguro de que no me quedaría nada por lo que vivir. No hay mayor equivocación que consumir la mayor parte de la vida en ganarse el sustento”

Pero recibí la llamada.

– Caballero, le llamamos del instituto nacional de empleo y tenemos una oferta para usted, es de ayudante de panadero.

– Pues llamen a otro que yo no tengo tiempo para estas mierdas. Esto no lo dije, pero lo pensé.

La cosa se complicó cuando me dijeron que si rechazaba el empleo me retiraban la prestación. Eso fue una bajeza por su parte, pero siempre tuvieron la sartén por el mango. Y así, de esta manera tan bonita y romántica, me convertí en panadero, bueno, en ayudante de panadero.

El primer día fue un infierno. Me acosté a las siete de la tarde para poder aguantar toda la noche despierto y tuve una pesadilla horrible, trabajaba de noche y era panadero. Cuando sonó el despertador me tomé tres cafés y me llevé un termo. Llegué a la panadería y me tomé el resto del café antes de empezar, esta guerra ya estaba ganada, ya no tendría que preocuparme por el sueño. Media hora después se me caían los párpados. La noche es para dormir o salir de cachondeo, todo lo demás es un mal invento. La panadería era pequeña y solo trabajábamos dos, el dueño y yo. Manuel tenía 67 años y era un buen tipo, pero estaba quemadísimo del trabajo, yo diría que incluso estaba cansado de vivir, era un tipo triste. Es de estas personas que heredan una vida que no quieren, pero que se quedan con ella porque es la opción más fácil o para no defraudar a los suyos. Y eso hizo. Imaginaros heredar una empresa familiar que fundó tu tatarabuelo y que ha dado de comer a varias generaciones de los tuyos, y venderla porque no quieres esa vida. Eso debe de ser un marrón y un estigma familiar interesante. No muchos tendrían la fortaleza de hacer algo así. Yo lo haría sin pestañear, pero igual es que soy una muy mala persona.

Manuel hablaba muy poco, lo que hacía que pasáramos muchas horas en silencio, eso le daba al trabajo un rollo espiritual y casi eclesiástico que tenía su punto. Trabajar en silencio y con las manos tiene algo primitivo que hace que uno se sienta bien, o eso pienso yo, sentir la masa y “jugar” con ella aporta algo que no sabría explicar, es como meter las manos en la arena de la playa, hay cierto placer ahí que no sé a qué responde pero ahí está. Recuerdo que muchas veces imaginaba que estábamos en una abadía perdida al norte de Italia, al más estilo El Nombre de la Rosa, haciendo pan para los demás mamones que estaban durmiendo plácidamente y que se levantarían con cara de haber dormido por la noche. Y me sentía útil, casi importante de realizar dicha labor, pero también echaba mucho de menos esa cara de despertarte por la mañana, esa cara no se consigue durmiendo durante el día.

De vez en cuando Manuel ponía la radio y escuchábamos un programa llamado “Hablar por hablar”. Si alguien no conoce el programa, era uno de esos programas en los que la peña llama y cuenta sus problemas. Cuando uno escucha las historias de los demás, piensa: Joder, pues tampoco estoy tan mal. No veas cómo está el patio. El mundo está muy jodido. Manuel murió a los 72 y yo sigo haciendo pan. Ahora es cuando alguien puede creer que después de su muerte me quedé con la panadería y colorín colorado… Ni de coña. Yo dejé la panadería a los 4 meses porque me estaba convirtiendo en Manuel, me estaba volviendo gris y triste al mismo tiempo y desayunaba el almuerzo y almorzaba la cena y así no se puede vivir. Pero será que me quedó un residuo en la cabeza que asocio la noche con el pan, y cuando no puedo dormir porque me agobio con la vida, me pongo a hacer pan como si estuviera en la abadía, eso me relaja. Mi familia sabe que cuando me pongo a repartir pan es que algo no va bien, y no les falta razón, porque echo mucho de menos una época de mi vida, pero esa época solo duró cuatro meses, y no hablo de los que pasé en la panadería, sino de los que pasé corriendo, haciendo Yoga, cocinando, escribiendo, leyendo, escuchando música, pasando tiempo con los míos, viendo películas, comprando en el mercado, dando largos paseos y tocando la batería. Ser dueño de todo tu tiempo y hacer pan por placer, eso sí que molaría.

Por cierto, el día que me despedí de Manuel me dijo dos cosas que nunca olvidaré. La primera fue: Si yo pudiera, dejaría este trabajo como lo estás haciendo tú ahora mismo, pero ya es tarde para mí, suerte. La segunda fue: Antes de irte necesito que me hagas un favor, acércame esos quince sacos de 25 kilos de harina que están en el almacén. Gracias. 
No bromeaba.

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