El pan nuestro de cada día

El pan nuestro de cada día


«Entonces llega el día en que la esperanza zigzaguea en seguimiento de no sé qué pistas de colores»

Marco Antonio Montes de Oca, «El pan nuestro de cada día»

Si los discursos y las proclamas revolucionarias quitaran el hambre, nosotros los cubanos pobres, el noventa y nueve por ciento de la población atrapada en la isla, no sufriríamos pena alguna, compañeros; si los fabulosos discursos del jefe de la revolución se hubieran traducido en vales para alimentos no conoceríamos la tortura del estómago vacío; imaginen si la famosa pieza oratoria de nuestro comandante Fidel en Naciones Unidas se hubiera convertido en despensas generosas para cada uno de los cubanos tan solo porque lo aguantamos medio siglo en el poder; cuántas veces no hemos gritado «Patria o muerte: venceremos» con el estómago hueco y con nuestra mente en los alimentos que no hay. Pero, compañero, no debe usted pensar sólo en comida, hay avances innegables del gobierno de la revolución; no le haga usted el juego al imperialismo yanqui que nos tiene a punto de morir de hambre con su bloqueo; si no fuera por el apoyo de gobiernos amigos, como la Unión Soviética y China, entonces si hubiéramos sufrido las de Caín. Dejen ustedes esa discusión inútil, compañeros: no le tiren piedras al Morro; hoy se trata de conseguir un buen lugar en la fila para obtener el pan nuestro de este día; lo demás es ideología y estupidez; mi mujer me despertó a las tresk de la mañana y me advirtió: “O consigues el pan o te vas a la mierda”; yo pensé entonces: de qué está hablando esta mujer si ya nadie produce desechos sólidos, nuestra comida es sopa de agua caliente, caldo de pescado sin pescado, caldo con sabor a pollo cuando tenemos la  fortuna de atrapar una iguana. Miren compañeros: la fila ya parece una larga serpiente que recorre diez calles. Ojalá hubiera serpientes en La Habana, dicen que son muy sabrosas; cuentan los más viejos, los que vivieron los últimos años de la dictadura de Batista y que no han podido irse p´al yuma, que en esa época vivían cuidándose de no ser picados por las víboras pero en los años de hambre de la revolución que decía construir al «hombre nuevo», mientras perseguía a los homosexuales, las serpientes huían al ver un cubano pues sabían que terminarían en los estómagos hambrientos del proletariado; por eso ya no hay serpientes en esta ciudad; tampoco las hay en el barrio La Víbora en donde están pensando los vecinos cambiarle de nombre para eliminar cualquier alusión a la comida. Yo digo que llamemos a la isla «El Edén que no fue». ¿Pero entonces compañeros qué hacemos? ¿Nos formamos en la fila del pan o nos vamos todos a la mierda como dice mi mujer?

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