-ESA MAGIA EN TUS MANOS-

-ESA MAGIA EN TUS MANOS-

Hacía alarde a su nombre. Abuelita Soledad. Aun así, se sentía cómoda en ese apartado anacoretismo en la periférica casa encalada de la aldea lusa de “Pinheiros da Outeirinho”, desde que murió el abuelo. Guardaba su plena sonrisa de marcadas arrugas para cuando la visitábamos. Era feliz atendiendo a todos a la mesa. Nunca su felicidad se simplificaba tanto a llenarnos sobradamente el plato, retando a nuestra gula y tener que rendirnos entre risas, diciendo no poder más. Mamá sufría mucho su situación de vida independiente. Decía que a sus ochenta y ocho años, no podía vivir tan apartada de un hospital, y mucho menos, no tener la ayuda de nadie. Siempre le decía con reproche:

“¡Te puedes caer una noche y no tener a nadie que te levante tan siquiera!

A lo que ella, con su incombustible sonrisa y restándole importancia, le respondía:

“Ben, se eu cair, eu levanto, não se preocupe com isso, rapariga”.

Era una tozuda portuguesa de las de antes que no precisaba de ayuda. A pesar de su avanzada edad, se desenvolvía con bastante soltura, fruto de un irremediable entrenamiento de subsistencia. Llevaba toda una vida trabajando en la huerta y vendiendo lo obtenido en el municipio.

Aquella quincena de vacaciones de mamá, decidimos pasarlo con ella. Sé que mi madre no lo pasa bien allá. Se comporta triste y pensativa. Parecen perseguirles los recuerdos de una adolescencia que trató de dejar en aquella empedrada aldea. Tal vez no superó el abandono del primer amor y padre de mi hermano Nicolás, o tal vez, tuvo una vida difícil junto a dos padres con vejez prematura y mentalidad rural, donde la máxima prioridad era vender verdura.

Llegamos a las dos de la tarde. La abuela dejó la blanca colada al ver nuestro vehículo aparcar frente. Con sus brazos en jarra y la paciencia del lugar, nos dijo que nos laváramos las manos en la alberca de agua fresca. Sus besos sonoros, dejaban un misterioso eco en el aire de una mujer que precisaba afectos a pesar de su carácter evasivo y autosuficiente.

Ya a la mesa, la gran mesa de nogal donde sobraban sillas de muchos que ya no están, la yaya colocaba sus profundos platos semejantes a cuencos, del sabroso guiso de garbanzos con espinacas. Luisa, la pequeña, siempre se quemaba tras el primer e imprudente sorbo, a pesar de la notoria humareda del recién cocinado. Nunca olvidaré ese olor característico de sus guisos. Olía a tierra; a conjunción de verduras remotas que no se hallan en los supermercados. Olía a horas de arduo trabajo en su sanctum sanctórum donde para ella era la síntesis de su casona de ciento noventa metros. Resultaba curioso que ella no probaba bocado hasta que no hubiésemos terminado sus nietos. Degustaba solo con nuestra reacción.

Han pasado los años. Ahí sigue en pie su casa encalada en la frontera portuguesa. Ahora nos juntamos con hijos y cónyuges. Una silla parece gritar la ausencia de la yaya Soledad.

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