Hay días que me gusta venir aquí, solo, a este pequeño rincón del mundo, alejado de todo y sentarme mirando al infinito, pensando hasta quedarme dormido. A veces pido un deseo al aire y lo susurro a la noche, mientras el resto de la humanidad descansa. Un ¿qué necesitas? hubiera sido suficiente, necesario para no sentirme tan apartado, tan desubicado, para no creerme tan invisible. A menudo siento que me falta el aire y me asfixio, pero en realidad son las ganas de vida, las ganas de tener algo a lo que aferrarme, al menos durante un tiempo, aunque sea corto, tan sólo un momento y convertirlo en eterno. Es lo que me queda, perseguir instantes, tan solo eso. Supongo que eso es la vida, ¿no? Instantes, uno detrás de otro. Mi profesión: hombre del tiempo.

Ayer, en uno de esos instantes, mientras huía en el autobús, escuchaba la conversación que mantenían unos chavales que estaban sentados a mi lado. Por lo que pude deducir, trabajaban de vendedores en una tienda de electrodomésticos. Hablaban entusiasmados de auriculares, televisores, sandwicheras y secadores. Comparaban marcas y modelos, hablaban de accesorios y repuestos, y lo hacían con una felicidad y un ímpetu que creó en mí un sentimiento de envidia enorme. Se sentían buenos en su trabajo, se vanagloriaban de venderle no se qué a una mujer que en realidad no quería comprar nada, se sentían realizados y querían ser aún mejores. Tenían ganas de aprender, de formarse y creían que podían comerse el mundo.

No pude evitar pensar que, con el paso del tiempo, esa euforia, esa codicia y ese entusiasmo quedarán olvidados, pasarán a formar parte del pasado, serán igual a nada, un cero a la izquierda y lo más probable es que, en unos años, acabarán hartos de DVD’s, teléfonos móviles y ventiladores. Se convertirán en personas grises, alienadas, preocupadas por pagar facturas, seguros de vida y el último recibo de la luz. Vivirán pensando en cual será su próxima adquisición y qué tipo de contrato telefónico les interesa más. Mi profesión: adivino.

Frente a ellos, unos “jóvenes señores” de unos treinta años, con corbata y maletín, iban dando cabezazos, agotados tras su dura jornada laboral. Por algo la palabra «trabajo» proviene de «tripalium» instrumento de tortura formada por tres palos. Ante semejante panorama, me puse a pensar en la curiosa relación que mantenemos con el trabajo. Lo odiamos pero sin embargo, lo amamos. Lo primero que queremos saber de alguien que apenas conocemos es a qué se dedica, osea, en qué trabaja. Nos da igual si es feliz o no, queremos saber «cómo se gana la vida», graciosa forma de llamarlo, por cierto. La vida, deberíamos tenerla ya ganada, ¿no?

Todo lo que nos rodea es falso, todo se sustenta en cosas ficticias, en creaciones que el ser humano ha ido aportando desde que pisó la tierra. Todo es un jodido invento. Las normas, los prejuicios, los modales, las cuentas bancarias, los créditos hipotecarios, las clases sociales, la autoridad, el reflejo a obedecer, las casas, los coches y hasta los hospitales… todo son creaciones del ser humano y lo aceptamos como verdades absolutas, como una realidad única, inequívoca e irremplazable. Las guerras y el hambre, las vitaminas y los minerales… hubo un tiempo en que nada de eso existía. No había horarios de oficina, ni salarios, ni atascos, ni vacaciones de verano. Entonces, ¿por qué no empezar de nuevo? Podríamos pensar en el mundo que queremos, diseñarlo en nuestra cabeza y empezar a construirlo día a día. ¿Te imaginas poder vivir sin trabajar, sin dinero, siendo libre, disfrutando, aprendiendo, amando, compartiendo…? Puede que haya llegado el momento de recuperar nuestra vida. Mi profesión: inventor.

Pero no. El mundo va en nuestra contra, en una dirección totalmente opuesta. Hemos dejado de apreciar aquellas cosas que nos gustan y son gratis: los abrazos, las sonrisas, los pequeños detalles, nadar desnudos en el mar, una conversación con un amigo, una puesta de sol, un cielo estrellado… No tenemos tiempo para ello y si lo tenemos es un plan apuntado en nuestra agenda: “Martes 6 de abril: tomar un café con Claudia”.

Vosotros queréis la Coca Cola sin cafeína, el tabaco sin nicotina, la leche sin lactosa, el café descafeinado, el pan sin gluten, la cerveza sin alcohol, los pasteles sin azúcar, los pésames por WhatsApp, los homenajes por Facebook y el amor, ¿el amor? El amor lo queréis por ordenador. Yo, en cambio, necesito algo de verdad. Necesito hacer algo que sea real, auténtico, al menos por una vez ¡joder! Toda la puta vida esperando a que ocurra algo grande, algo de verdad, con un final de película con banda sonora incluida… Pero ese algo no llega nunca. Y ya estoy cansado de esperar y ¡hay tantas cosas que no he hecho! En la vida hay que escoger y escoger es perder cosas, dejar que algo se escape, algo que quizá querías. Yo, he perdido tanto que ya no sé si me duele. Hay veces que temo haber perdido el rumbo, estar andando confundido, dando tumbos sin sentido. A veces creo que estoy de vuelta al olvido, a la nada, de vuelta al vacío. Ahora que lo he perdido todo y no queda nada de ese pasado, a ver si puedo rascarle algo a este presente, un botón rojo al que pulsar en este caso de emergencia. A veces pienso que me gustaría matar a alguien, a cualquier persona, por probar, por vivir la experiencia. Mi profesión: asesino. Quizá un niño no ponga mucha resistencia o una vieja cansada ya de su propia vida. No tiene que ser muy difícil, ¿no? Como un cazador que mata por su amor a los animales o un hombre que viola por su amor a las mujeres. ¿Por qué no? Matar por amor a la experiencia. Somos adictos a ellas, ¿no?

Quizá el miedo más grande, después del miedo a la muerte, sea saber que no nos gustamos ni siquiera a nosotros mismos. Mi profesión: enajenado.

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