El tango de los perdedores

El tango de los perdedores

Fernando Fantin

21/05/2018

I

No era una mujer hermosa, ni mucho menos, pero tenía ese no sé qué de ciertas hembras que obliga a los hombres a volver la vista hacia ellas. Se hacía llamar Lucila, aunque eso creo habértelo contado ya, y sus clientes la apodaban La Muñeca Rota de Villa Soldati. Nunca me atreví a preguntarle el porqué de aquel nombre. Nunca me atreví a preguntarle un sinfín de cosas, en realidad, y ahora me arrepiento de no haberlo hecho.

Cuando la conocí, ella tenía apenas veinte años, y yo no más de treinta. Por ese entonces, Lucila bailaba en el café La Rosada, aunque café era un nombre demasiado generoso para aquella whiskería que desplegaba sus dudosos encantos en la esquina de José Martí y Corrales. Allí, noche sí y noche no, le hacía los honores a un oficio que le venía heredado por parte de su madre: una polaquita de sonrisa astillada a la que habían desembarcado con mentiras en la Boca.

Yo, por mi parte, acababa de ser desafectado de la Federal y había terminado consiguiendo laburo de matón a sueldo para el puntero político del barrio: un sindicalista de pasado socialista y presente peronista. Un tipo jodido, de esos que tienen contacto con las altas esferas y salen siempre sonrientes en las fotos, aunque en el fondo son unos hijos de puta de cuidado. Este, en particular, en sus ratos libres ejercía de usurero, traficante y hasta de cafiolo, abasteciendo los prostíbulos de la zona con las chicas que se traía engañadas de las provincias. Un mal bicho, en definitiva, que me había contratado para que repartiera trompadas a su cuenta y beneficio.

A Lucila, como te venía diciendo, la vi por primera vez en ese café infame donde ella vendía sus besos, sus risas y los requiebros fatídicos de unas caderas capaces de hacerte perder la cordura. Incluso su propio corazón había sido puesto en subasta, pero cuando lo descubrí, por desgracia, ya era demasiado tarde.

Era diciembre, de eso sí que estoy seguro. Diciembre de 1948, hace poco más de tres años, y el calor del verano parecía haber llegado por fin a Buenos Aires. Las sombras del crepúsculo evocaban todavía el bochorno del mediodía y el viento del norte arreaba la humedad sofocante del Paraguay, haciendo que la ropa se me pegara al cuerpo.

—No te quités el saco —me había dicho el Turco, antes de cruzar la puerta de aquel café de dudosa reputación, y yo había asentido, consciente de que la chaqueta disimulaba mi vieja Ballester.45.

Ese era el cuarto bar que visitábamos aquella noche. Estábamos buscando a un gordito de lentes con la cara manchada por la viruela; un chivato de mala muerte que le debía mucha guita a don Ambrosio, nuestro jefe.

—¿Caballeros? —nos saludó al entrar, con voz nerviosa, el encargado del local.

Lo miramos sin decir nada, sabiendo que ese “caballeros” era una mera cortesía que no se condecía con el brutal navajazo que cruzaba la jeta del Turco.

—¿Los puedo ayudar en algo? —insistió el tipo, un pobre gallego que debía rondar los sesenta años. Las manos le temblaban incontrolables, y supuse que ya se debía de haber corrido la bola de quiénes éramos y para quién trabajábamos. En esos tugurios, al fin y al cabo, tarde o temprano todo se sabía.

—Puede —contestó mi compañero, con su habitual cara de pocos amigos—. Estamos buscando a alguien… —y al hablar se palmeó el bolsillo del saco, como para indicarle que llevaba un bonito fierro ahí adentro; un Smith bien cargado que no dudaría en usar si se le daba por hacer alguna pelotudez. Los guapos, parecía decir su sonrisa torva, se acabaron con la invención de la pólvora.

Fue entonces cuando la vi, a ella, a Lucila, de pie sobre un escenario desvencijado, bailando con un gordo de papada un tango tan infame como aquel bar; las manos bien firmes sobre su cintura, las piernas desnudas danzando entre las suyas y la vista perdida en un público imaginario que aplaudía sólo para ella. La vi, digo, y aunque en aquel momento no tenía forma de saberlo, te juro que algo muy dentro de mí comprendió que nada volvería a ser lo que era.

—Ya está —dijo de repente mi compañero, despertándome del ensueño en el que me había sumergido. El viejo se había alejado, buscando refugio tras la barra de estaño, y ahora nos miraba con recelo—. Parece que nuestro tipo viene seguido. Es de los putañeros, se ve.

—¿Nos sentamos? —pregunté, recordando que él tampoco les hacía muchos ascos a las minas baratas y el chupi berreta—. Puedo pedir algo…

El Turco fijó sus ojos en los míos, en silencio, con una sombra de inexplicable rencor aleteando en su mirada. O quizás no, quizás no fuera tan inexplicable y todo se redujera a esas orillas enfrentadas de las vías donde cada uno de nosotros había crecido hasta hacerse hombre.

—Un par de ginebras —dijo por fin—. Solas, sin limón ni ninguna de esas mariconadas tuyas.

Hice un esfuerzo enorme por tragarme el orgullo herido. El que se calienta pierde, solía decir Graciani, un viejo amigo de mis tiempos en la Federal, y no valía la pena mandarlo todo al carajo por un momento de calentura. Debía atenerme al plan; ese que tan cuidadosamente había trazado después de ser desafectado de la fuerza y cuya sola esperanza de realización me había permitido aguantar las forreadas del Turco, los delirios de grandeza de don Ambrosio y mis propias tendencias derrotistas.

—¿Algo más? —pregunté.

Él negó brevemente.

—Eso solo. Y mejor dejá de mirar a esa mina, Márlou, que el jefe no te paga para que te andés haciendo el Gardel con una puta de dos mangos.

Esta vez tuve que morderme los labios para no caer en sus provocaciones. «Marlowe». Un apodo bastante ingenioso, a decir verdad, aunque no había sido idea de mi compañero. Al fin y al cabo, el Turco era un compadrito como los de antes, de esos que la única escuela que reconocen es la de la calle, y lo poco que sabía del mundo de las letras no le alcanzaba ni para deletrear su propio nombre. Sin embargo, durante nuestro primer laburo juntos, en un vano intento de entablar conversación, había cometido el error de contarle de aquella tarde en la que el comisario Lombilla me sorprendiera estacionado en las escalinatas de la UBA, con una novela de Raymond Chandler en las manos, cuando en realidad hubiera debido estar vigilando que a ningún pendejo se le diera por repartir manifiestos comunistas entre el alumnado.

—¿Y, Márlou? —insistió el Turco, con esa sonrisa de tintes patibularios que le ennegrecía la cara—. ¿Vas a fabricar las bebidas o qué?

El sabor metálico de la sangre me agrió el paladar. «Marlowe». El detective que había soñado ser cuando la ingenuidad, el hastío y la cada vez más menguada herencia de mi familia me condujeron a la Escuela Federal de Policía. «Marlowe».

A decir verdad, no era el nombre en sí lo que me jodía, sino lo que éste implicaba: la sutil diferencia que marcaba entre él y yo, como si en el fondo nunca fuera a dejar de ver en mí a un pobre infeliz que se había creído más de lo que era.

Y quizás tuviera razón, me dije mientras caminaba hacia la barra esquivando a un borracho de mirada peligrosa. Quizás lo fuera realmente. De todas formas, aquello era lo de menos. Que me dijera Marlowe, si quería. Que me llamara Sam Spade, Vic Malloy o incluso Sherlock Holmes. No me importaba. Nada me importaba ya desde que sorprendiera a mis propios colegas de la Sección Especial picaneando los huevos de un pobre pelotudo al que habían atrapado cantando la Internacional. Un infeliz con acné y sin edad para afeitarse que lloraba llamando a su mamá.

—Si las cosas se complican hay una puerta de salida detrás del baño —me señaló mi compañero al verme regresar con las bebidas. De fondo, la voz siempre triste de Azucena Maizani se desangraba cantando una pena que no era la suya—. Pero mejor que no se compliquen. Al jefe no le gustan las complicaciones.

Vaya si no le gustaban. Según se decía, había metido dentro de un saco relleno de piedras y gatos callejeros a uno de sus hombres, un entrerriano al que le gustaban los naipes y el vino tinto, y lo había mandado arrojar al Riachuelo por hacer saltar la bronca en una partida de truco. Aunque tampoco estaba muy seguro de que fuera cierto; el episodio, según se suponía, había ocurrido antes de mi llegada. Más o menos por la misma época en la que el comisario Lombilla me obligaba a desprenderme de mi placa.

Guardé silencio y le di un sorbo a la ginebra. Había noches en las que el alcohol era el único capaz de enmascarar ciertos recuerdos.

En el escenario, mientras tanto, Lucila y el gordo de la camisa manchada todavía se meneaban al compás que marcaba el tango, y una extraña punzada de celos me envenenó el alma.

No era especialmente hermosa, eso creo habértelo dicho ya, pero algo en la languidez de sus movimientos me seducía por completo. Se movía, y perdoname por mis berretines de poeta, con la destreza de una amante en celo, como si su propio cuerpo estuviera esculpiendo el aire que la rodeaba. Era de esas mujeres que sólo aparecen cada cien o doscientos años.

Allí dentro también hacía calor, hacía calor en toda la maldita ciudad, y unas delicadas gotas de sudor trazaban pálidos surcos sobre su espalda desnuda. Ella, sin embargo, seguía contorneándose, como si todos los fuegos del mundo no fueran capaces de detenerla, y el gordo que bailaba a su lado debía hacer un verdadero esfuerzo para sostenerle el paso. El pobre jadeaba igual que un novillo en el matadero, aferrándose a Lucila con la desesperación del náufrago que se mantiene a flote sobre el último tablón de madera.

Mirándola creí comprender cómo era la dinámica de aquel antro. Ella y un par de tipas más se ocupaban de entretener a los clientes del bar, turnándose para danzar con los parroquianos más afortunados. Las otras pibas no se veían feas tampoco, pero la mayoría de los hombres se peleaban para bailar con Lucila. Quizá porque vestía una falda corta que dejaba poco librado a la imaginación; o, tal vez, por el hechizo de un millar de lentejuelas de plata que cautivaban el reflejo de sus cabellos rubios, igualitos a los de la Evita de los afiches de la 9 de Julio.

«¡Y pensar que hace diez años fue mi locura!», suspiró Azucena, desde la prisión invisible de la radio, cuando de repente, en una de las tantas medias vueltas que el gordo le hacía dar, la vista de Lucila se posó sobre la mía.

Tenía los ojos más azules que había observado nunca y la expresión perdida de una mujer que ha visto demasiado, que ha vivido demasiado. Al contemplarme allí, sentado en aquel lugar de mala muerte, sus labios se torcieron en una media sonrisa tan triste como la noche. Creeme, hermano, que hubieras sido capaz de hacer cualquier cosa por una sonrisa como aquella.

Para entonces la Maizani ya había recitado sus últimos versos y un nuevo tango comenzó a sonar dentro de las paredes agrietadas del bar. Las tres muchachas se miraron entre sí, compartiendo un silencio cómplice, y cambiaron de parejas.

«Tomo y obligo, mándese un trago —cantó una voz ronca y afónica que pretendía, sin éxito, imitar a la de Gardel—, de las mujeres mejor no hay que hablar…».

Lucila era pequeña, observé, mientras la veía volverse de espaldas y elegir un nuevo compañero de baile. Probablemente no llegaba al metro sesenta, pero se movía con la elegancia indiferente de la propia Ninette de Valois, y sus tacos apenas si pisaban el polvo de aquellas tablas tan ruinosas como la ciudad misma.

«Siempre quise ser bailarina clásica —habría de confesarme algunas semanas más tarde, mientras compartíamos sueños, miedos y el húmedo colchón de aquella inmunda pensión donde yo me refugiaba—. Pero en este país de mierda si no tenés enchufe no llegás a ninguna parte. Por eso tengo que bancarme a estos viejos de mierda todas las noches y dejar que me toquen y me hagan promesas que sé que jamás van a cumplir. —Después, adivinando la muda pregunta que latía en mi interior, se pondría de pie y ensayaría un par de movimientos improvisados que sabían a tristeza infinita—. ¿Cómo hago para soportarlo? Bailo… sólo bailo…». Y bailaba, sí que bailaba, pero con cada nuevo tango a sueldo sus esperanzas juveniles se iban marchitando más y más. Como si poco a poco fuera comprendiendo que a nadie le importaba un carajo que sus pies hollaran el sucio suelo de un oscuro bar de Villa Soldati, en lugar de las tablas del Colón con las que tanto había soñado.

—Ahí está nuestro tipo —dijo el Turco, interrumpiendo mi concentración. Sus dedos de salchicha señalaban, con escaso disimulo, a un petizo anteojudo que acababa de entrar con dos tipos de bigotes engominados, salidos de un cuento de Borges. Amagué con levantarme, pero mi compañero me sujetó con manos de acero—. Tranquilo, Márlou, no queremos armar un bolonqui y que venga la poli a jodernos la milonga. Vamos a dejarlo que parle tranquilo, que chupe todo lo que quiera y cuando se ponga bien en pedo lo llevamos para afuera. ¿Quedó claro?

—Clarísimo. —Lo último que quería era tener quilombos con mis antiguos colegas de la Federal.

—Bien. Hacete el boludo y mirá para otro lado.

Volví a asentir, tragándome un orgullo que llevaba toda la noche amenazando con explotar, y dirigí una vez más la vista hacia el escenario. El mismo escenario donde justo en ese momento Lucila bailaba con un tipo cuya sonrisa sardónica, de compadrito superado, me dio muy mala espina.

A la piba, por lo visto, tampoco parecían cuadrarle del todo las cuentas, porque había abandonado la expresión de cuidado desinterés y su cara era ahora la de una mujer molesta, ofendida en lo más hondo de su ser.

«Siga un consejo, no se enamore y si una vuelta le toca hocicar, fuerza, canejo, sufra y no llore, que un hombre macho no debe llorar…» desafinaba el triste imitador de Gardel cuando me puse de pie, dispuesto a inmolarme por una causa que desentonaba por completo en un sitio como ese, en una noche como aquella y, sobre todo, en un tipo como yo, pero no tuve tiempo de hacer nada. Algo le dijo Lucila al fulano, no tengo ni puta idea de qué, y él, a cambio, le cruzó la cara con un sonoro bofetazo.

Ese fue el principio del fin. De mi fin, y también el de ella. Del fin de unos cuantos, en realidad. Algo estalló en mi interior y antes de que pudiera darme cuenta de lo que hacía ya estaba sobre el escenario, con una mano sobre mi Ballester.45 y la otra apretando el cuello del sujeto.

—¡Pará, boludo! —me gritaba el Turco, pero apenas lo escuchaba. Estaba enceguecido, ofuscado, ahogado por el peso de mis propios fantasmas. Quizá, y esto lo pienso ahora, en mi imaginación ya no era Lucila la que yacía sobre el piso sino aquel pobre estudiante de Medicina al que había visto desfallecer en el interior de la Comisaría 8º. O tal vez fuera yo mismo, un pobre subinspector con aspiraciones literarias que había terminado hundido hasta el cuello en la peor mierda de todas. No lo sé. Realmente no lo sé.

Lo cierto es que tenía a ese idiota justo donde lo quería, y su jeta se estaba poniendo del color violeta más hermoso que vi nunca, cuando mi propio compañero decidió sumarse al bailongo. Sentí un golpe a la altura de las costillas y un par de brazos firmes como troncos me sujetaron por la espalda. Quise rebelarme, sacarme de encima a ese hijo de puta, pero el Turco había sido campeón de pesos pesados en su juventud y me arrastró como si fuera un muñeco.

—¡¿Qué hiciste, hijo de puta?! —me dijo, sacudiéndome contra una pared que apestaba a orines y a humedad—. ¡¿Qué carajo hiciste?!

En el ínterin nuestro buchón, cagón como era, se nos había mandado a mudar. Total, que la había jodido en el sentido más absoluto de la palabra. Buenas razones tenía el Turco para estar enojado.

—¡La puta que te parió, Márlou! —insistió justamente él, dándome otro sopapo. Era macho el tipo y no había perdido sus mañas de boxeador—. ¡La cagaste, la cagaste toda! Yo me voy, yo me tomo el palo, pero vos sos boleta. ¿Me escuchaste, pelotudo? ¡Boleta sos! —Me embocó una nueva trompada en la barbilla y después insistió, como sin poder creérselo todavía—: ¡Y por una mina! ¡Por una puta mina! ¡Sos un boludo, Márlou, enterate! ¡Terrible terrible sos!

Ese soy yo, en conclusión: Marlowe, el boludo. Tan boludo que cuando el Turco se fue no atiné a hacer nada. Me quedé ahí parado, en medio del quilombo, hasta que el hijo de puta que le había pegado a Lucila se me vino encima con otros tres o cuatro tipos igualitos a él. O tal vez fueran más. No lo sé, no estoy seguro. La memoria es así de puta.

Sí, soy un boludo, y por eso mismo te aburro contándote todo esto, hermano. Porque soy un boludo y aunque ya pasaron más de dos años todavía no consigo olvidarme de Lucila. Porque soy un boludo, en definitiva, y necesito tu ayuda.

¿Que para qué quiero un fusil M1 Garand con mira telescópica?

No te lo vas a creer. Voy a asesinar a Juan Domingo Perón. Así de boludo soy.


II

No me mirés con esa cara, hermano. Soy un boludo, sí, pero todavía le guardo algo de aprecio a mi vida. Es la única que tengo, al fin y al cabo, así que no siento ningún apuro por descubrir qué carajos hay del otro lado. Además, puede que esos hijos de puta se llevaran a Lucila, pero aún me quedan unos cuantos motivos para seguir respirando. La venganza, por ejemplo. La venganza y esa enfermiza costumbre mía de no pasar jamás de página.

Sí, me doy cuenta de cómo suena todo esto, pero no estoy loco ni soy de los que hablan al pedo. Tomame en serio, hermano, que desde que me escapé del penal de Devoto sólo cosecho miradas de lástima y expresiones de consuelo, y a mí, qué querés que te diga, tantas palmaditas en la espalda ya me están hinchando las pelotas. Si te digo que voy a matar a Perón es porque puedo hacerlo. Ya sé cuándo, dónde y cómo; sólo necesito que alguien me tire un centro con lo del arma. Alguien como vos.

Alguien como vos, te digo, no te hagas el otario que yo ya tengo un doctorado en giles. No por nada me pasé tres años amurado en Devoto. Mirame, ¿vos sabés lo que es estar preso? No, qué vas a saber. Ni puta idea ténes.

La cárcel es un infierno, hermano. Un infierno donde cada día que pasa es incluso peor que el anterior. Un infierno, donde uno cree haberlo visto todo, haberlo sufrido todo, sólo para descubrir que no, que siempre hay un sádico hijo de puta capaz de superarse a sí mismo. Un infierno, te digo, en el que te pasás las horas rezando para que no llegue la noche. Ni tus pesadillas más oscuras son la mitad de siniestras de lo que puede llegar a ser un penal cuando se hace de medianoche y se multiplican las sombras.

Es un infierno, te lo juro. Un puto infierno, donde sangrás, llorás y morís sin que a nadie le importe un carajo. El más horroroso de todos los infiernos posibles, ahora que lo pienso, porque es un infierno real, tangible y concreto en el que se revela el verdadero rostro del ser humano. El costado más primitivo, más bestial. Nuestro lado perverso, ese que por más que tratemos de esconder está siempre ahí, acechante, esperando la oportunidad de recordarnos que en el fondo sólo somos unos monos de mierda que un día aprendieron a bajarse del árbol.

En conclusión, hermano, lo cierto es que conocí a gente de toda índole mientras estuve enyugado en Devoto. Gente de mierda, sí, pero también imbéciles como yo cuyo único pecado había sido el fanatismo; el fanatismo o la ingenuidad, que al fin y al cabo son dos caras de una misma moneda. Fulanos que cumplían condena desde lo de la isla Martín García, y otros a los que habían metido en cana mucho más recientemente, justo después del golpe del 28 de septiembre. A todos los unía el mismo odio, el mismo sórdido resentimiento. Un rencor, en fin, que los hacía hablar hasta por los codos, porque nada le suelta tanto la lengua a un hombre como el encierro y las desgracias compartidas. Imaginate mi sorpresa, entonces, cuando me contaron que afuera había alguien incluso más interesado que yo en despacharlo a Perón, y que ese alguien eras justamente vos.

Supe, así, que tenés personas de confianza con acceso al arsenal de Campo de Mayo, al Edificio Libertador y a la propia Casa Rosada. Lo que significa, en definitiva, que estoy de suerte, hermano. Que los dos lo estamos, en realidad, porque vos ponés tus contactos, y yo me encargo de terminar lo que alguna vez empezaron tipos como Menéndez y Baroja. Quid pro quo, como decían los romanos, que de magnicidios sabían y bastante.

No, no necesito nada más. Me doy cuenta de que hay un buen fangote de guita en juego, pero no me calienta. Que sea otro el que aproveche la oferta. Lo mío ya no pasa por la plata, así que no hace falta que me digas que si el tiro sale bien me salvo de por vida. Andate vos a la costa Amalfitana cuando termine todo, a mí me trae sin cuidado.

Tampoco quiero saber los nombres de los otros que están metidos en el ajo. No necesito ser Einstein para darme cuenta de que hay gente de calidad en medio de este quilombo. Apellidos dobles y todo eso. Es obvio. Al General se la tienen jurada unos cuantos, lo sabe todo el mundo. Incluso los obreros que antes cantaban su nombre por las calles ahora lo miran de reojo, con más dudas que certezas, intuyendo que algo ha cambiado. Como los marinos que observan las nubes del horizonte preparándose para capear el temporal.

Sí, aprendí bastante de política mientras estuve en Devoto. No soy el mismo policía ingenuo al que cagaste en el cuarenta y ocho., hermano. El tiempo, la derrota y los golpes son capaces de marcar a fuego la personalidad de cualquier hombre. Y acá estamos los dos. Vos y yo. Necesitándonos mutuamente. Sabiendo que ya no podemos guapearla de compadritos ni de Llaneros Solitarios. Un par de jugadores sin fortuna que se resisten a irse al mazo. Decime si el destino no tiene un sentido del humor de lo más hijo de puta.

¿Qué por qué te cuento todo esto? Porque así, narrándote mis cómo y mis por qué, puedo convencerte de que voy en serio. Dale, ponete cómodo y préstame mucha atención.

La joda empezó, como ya te dije, hace poco más de tres años, la noche esa de Lucila y el Turco. De lo que vino después, sobre todo una vez que mi compañero se rajó a la mierda, no estoy muy seguro. Guardo imágenes fugaces, destellos vagos e imprecisos de risas, gritos y puteadas que se confundían con los tacazos de no sé cuántas botas pisoteándome sobre aquel suelo empapado de sangre y de orina. De mi sangre y de mi orina.

Me parece, también, haberla visto a Lucila, parada en medio de ese sainete que se había armado por mi culpa, con el esbozo de una sonrisa incrédula que acentuaba el hoyuelo de su barbilla. Preguntándose, tal vez, quién era el cretino que le había cambiado las tablas de su Colón soñado por ese antro que apestaba a miseria y sudor.

Tendría que haberme dado cuenta entonces. O haberlo sospechado. Ninguna mujer, ni siquiera las fulanas desalmadas que habitan en los tangos de Troilo, es capaz de quedarse así, tan fría e impasible, mientras fajan a cuatro manos a un salame cuyo único crimen fue haber acudido a su rescate. Y yo fui tan boludo que no me bastó ni siquiera con eso para darme cuenta de cómo venía la mano. Ya sabés, hermano: cuando hay un culo de por medio los hombres nos volvemos ciegos y estúpidos. En especial si el culo le pertenece a una hembra tan hembra como Lucila.

La cuestión es que finalmente terminé por desmayarme. Después, supongo, alguien debió darle el soplo a la poli, porque cuando estaba adentro de una comisaría —la 36, me enteré muy pronto, la de Pedernera al 3405—, esposado como el boludo que el Turco dijo que era.

Afortunadamente, el oficial a cargo resultó ser un antiguo compañero del Ramón Lorenzo Falcón; un misionero con el que habíamos compartido las manteadas de los cadetes de segundo y los saltos de rana a mitad de la noche, y que quizá justamente por eso se apiadó de mí, haciendo desaparecer el acta que me habían labrado por ebriedad, lesiones en situación de riña y desacato. Hasta tuvo la deferencia de pagarme el taxi que me sacó de allí.

En esa época yo alquilaba un cuartucho miserable en Barracas, pero después de la última nochecita era evidente que la mitad de los hombres de don Ambrosio me iban a estar esperando en la puerta, por lo que me vi obligado a recurrir a una segunda opción.

—Vamos a Necochea al 1300 —le dije al taxista, recordando la pensión en la que me había hospedado al llegar a Buenos Aires. Un alojamiento de mala muerte que quedaba a dos cuadras del Riachuelo y era regenteado por una gorda tucumana que se decía descendiente lejana del propio Roca.

El lugar, pese a aquel antecedente glorioso, era un conventillo venido a menos que apestaba a repollo hervido y a orina de gato; y la gorda, una ninfómana insaciable que se había pasado los seis meses de mi estadía ofreciéndome, un día sí y el otro también, que nos casáramos y compartiéramos el negocio de los alquileres.

Eso último, y el hecho de que me la había cogido ya un par de veces, me llevaron a buscar refugio en su casa, y así fue como terminé escondido tras esas mismas paredes que habían visto languidecer, tantos años atrás, los sueños juveniles de un pueblerino que acabó devorado por la gran ciudad.

Al día siguiente, cuando me desperté, media pensión dormía la siesta. La otra mitad laburaba en la fábrica de la vuelta, así que tenía todo el conventillo a mi disposición, circunstancia que aproveché para darme una ducha y decidir cuál sería el nuevo curso de acción. Después, mientras la gorda escuchaba la radionovela de las cinco, me metí a hurtadillas en su habitación y usé el teléfono para llamarlo al Tano Graciani.

—Sí, viejo —me dijo él—. Venite nomás, a la tarde estoy al pedo.

Salí del cuarto sin hacer ningún ruido, me subí al tranvía que pasaba a pocas cuadras de la pensión y dejé que me llevara hasta Plaza Miserere, donde saqué un billete para la línea A del Subte.

Cuarenta minutos más tarde, cuando por fin me bajé en Plaza Mayo, ya había comenzado a anochecer y los últimos rayos del sol agonizaban tras las terrazas grises de los edificios, diluyéndose en destellos escarlatas que resultaban de muy mal augurio.

Por aquella época el Tano alquilaba una diminuta oficina a pocas cuadras del Obelisco, y yo solía ir visitarlo de vez en cuando para jugar al truco, al ajedrez, o simplemente para tomarnos unas ginebras mientras hablábamos de lo rápido que Argentina se estaba yendo a la mierda. Ambos habíamos coincidido durante unos años en la Comisaría 8º, aunque después, al politizarse la situación del país, él había solicitado la baja anticipada, invirtiendo todos sus ahorros en la apertura de una firma de detectives privados que, según decía, iba rivalizar en prestigio con la Agencia Pinkerton. El negocio no había resultado tal como el Tano lo imaginara, pero aun así le permitía ganar lo suficiente para seguir tirando, y de vez en cuando, entre tantos encargos de maridos cornudos y esposas celosas, le caía en las manos algún buen caso con el que sacudirse la modorra.

—Llegaste tarde, viejo —fue su saludo de bienvenida—. Ya se estaba enfriando el agua del mate.

—No me gusta el mate.

—Ya lo sé —respondió él—. Pero nunca pierdo las esperanzas de que algún día te hagás hombre. ¡Mierda! —agregó después, al verme de frente—, ¿qué te pasó en la cara?

Me encogí de hombros.

—Tendrías que ver cómo quedó el otro.

—Mejor que vos, eso seguro. Dale, viejo ¿quién te cagó a palos de esa manera?

—¿En serio me preguntás? —le retruqué yo con ironía—. ¿Qué clase de detective privado sos?

—El único que te aguanta, boludo. ¿Por qué? ¿Qué esperabas?

—No sé. Algún tipo de observación ingeniosa de esas que tranquilizan a los clientes y les hacen creer que sos el tipo indicado.

—¿Cómo adivinar, por ejemplo, en qué barrio te reventaron la jeta por el color del barro en tus zapatos?

—Algo así…

—Entonces te equivocaste de detective, viejo —respondió el Tano, cebándose un mate—. Ese era Sherlock Holmes, y cobraba en libras esterlinas, no en pesos. Pero tengo algo que él no —añadió, poniéndose de pie y dirigiéndose al armario—: un bonito Philips recién traído de Francia. ¿Qué querés escuchar?

Me encogí de hombros, sin dejarme impresionar por los bordes relucientes del tocadiscos. Aquella era la quinta vez que me lo mostraba.

—Lo que quieras.

—“Lo que quieras” no tengo, pero podemos ponerlo al yorugua más argentino de todos —contestó él, colocando en el plato giratorio un disco de vinilo—. Ahora sí, contame qué te pasó.

Y lo hice, se lo relaté todo. Desde los verdaderos motivos que me habían llevado a laburar para don Ambrosio, hasta la reciente aparición de Lucila; pasando, luego, por mi incidente con el Turco y concluyendo en la atrevida propuesta que tenía para hacerle. Al fin al cabo, había viajado hasta allí con el propósito expreso de escuchar su opinión y tratar de sumarlo a mis planes.

—¿Y bien? —concluí expectante.

—¿Y bien qué?

Desde un rincón de la habitación llegaban hasta nosotros los ecos melodiosos que la púa del tocadiscos les arrancaba a los surcos de vinilo.

—¿Qué pensás?

—¿Desde cuándo te importa lo que yo piense? —respondió él, echando más agua al mate.

—Desde que me mandé el moco del siglo y ahora ya dudo hasta de mí mismo. Dale, decime qué pensás.

El Tano se llevó la bombilla a la boca y le dio un largo sorbo.

—Que estás loco, viejo. Jodidamente loco.

—Siempre tan optimista…

—Realista —corrigió, levantando la pava—. Te lo digo en serio: ese jueguito que te traés entre manos es más peligroso que mi ex mujer.

Yo asentí en silencio, cavilando los límites de lo posible, sin atreverme del todo todavía. Y pensar, hermano, que en aquel momento lo que tenía en mente era un choreo común y corriente. ¿Qué hubiera dicho el Tano si hubiera sabido que ahora, tres años después, vos y yo íbamos a estar tramando el asesinato del propio Perón?

Por supuesto que por ese entonces aquella idea ni se me cruzaba por la cabeza. Creía, pobre de mí, que estaba a punto de dar el golpe de mi vida. Iluso. De haber adivinado que la jodita iba a terminar con Lucila desaparecida, el Tano ejecutado a quemarropa, y yo cumpliendo una pena por tentativa de homicidio tras los muros de Devoto, me lo hubiera pensado más de dos veces. Claro que con el diario del lunes siempre es más fácil.

—¿Pero puede funcionar? —recuerdo haberle preguntado, impaciente.

—Como poder puede. También puede que Argentina gane el próximo mundial, o que los troskos lo volteen a Perón. Puestos a imaginar pelotudeces, ¿por qué no pedimos que nos toque la Grande de la Lotería Nacional?

—No me rompas las bolas, Tano, yo te hablo en serio: ¿Le ves posibilidades sí o no?

Él se cebó un nuevo mate, me miró con expresión seria y se rascó pensativo la barbilla. Una arruga profunda le cruzaba el entrecejo y un sinfín de telarañas diminutas resbalaban por las comisuras de sus ojos. Nos ponemos viejos, pensé, vencido por aquella certeza. Nos ponemos viejos, carajo, y a nadie parece importarle una mierda.

—Sí —admitió por fin, reclinándose hacia atrás y sacando un cigarrillo—. Pero pocas. Condenadamente pocas.

Durante un instante los dos nos quedamos callados. En el tocadiscos, mientras tanto, el vinilo seguía girando, y el crepitar de la púa sobre el disco anunció el inicio de otra canción.

«Mire amigo que va a contramano —cantó la voz eterna de Gardel—, no le hable a esa chica que se va a perder…».

—En fin, me consuela saber que opinamos parecido.

—¿Y para eso viniste hasta acá? —rezongó—. Te lo podría haber dicho por teléfono.

—No. Vine hasta acá porque quiero que te incorpores al negocio.

Tuve el placer de ver que esta vez lo había tomado por sorpresa.

—Me estas jodiendo, viejo.

—Para nada. Necesito alguien de confianza que me dé una mano, que me ayude a arreglar la metida de pata que mandé.

—Y qué pedazo de metida de pata —se burló él, exhalando una bocanada de humo—. Tu plan original no estaba tan mal, te lo reconozco, pero ahora debés estar viéndolas negras. Qué querés que te diga, viejo, te dejaste engrupir por la sonrisita de una tipa cualquiera.

Lo despectivo de su tono me enervó.

—De cualquiera poco y nada, Tano. Si hubieras estado ahí te habrías dado cuenta.

—Bah. Estás enamorado, viejo, y todos nos ponemos así de boludos cuando nos enamoramos. Algún día vas a abrir los ojos y te vas a dar cuenta de que un culo siempre es un culo, se mire como se mire.

—Un comentario sesudo —observé.

—Se lo robé a Nietzsche —contestó, aplastando la colilla en el cenicero—. Lo que no entiendo todavía es por qué mejor no te rendís y barajás de nuevo. Sé que hay mucha guita de por medio, pero, así como están las cosas, no estoy seguro de qué lo valga. Lo más sano, para vos, para mí y para todos, es que te tomés el palo por un par de meses. A la Patagonia, por ejemplo. A saludar a los pingüinos, que por mucho frío que haga allá siempre vas a estar más calentito que adentro de un sobretodo de madera.

—Es que estoy cansado de salir corriendo —suspiré—. Quisiera tener, al menos por esta vez, una puta esperanza.

Afuera, tras las ventanas, las sombras ya se habían enseñoreado de la calle. De noche Buenos Aires tiene ojos negros, como las fulanas infames de todo tango, y, mientras la oscuridad de la ciudad reptaba por los cristales, en el interior del piso Gardel todavía seguía cantando:

«Si en la vida cayó a contramano y quiere que todo le salga muy bien, yo le doy un consejo de hermano, que todo lo que haga, lo haga al revés».


SINOPSIS:

En el Buenos Aires de 1951 un ex convicto se pasea por las calles que vieron desfilar a Perón, a Borges y a Gardel, y le narra su historia a un diputado, antiguo periodista de La Nación, enredándose así en una confabulación de tintes políticos con la que pretenderá saciar sus ansias de venganza y recuperar aquello que le fue arrebatado; en especial, sobre todo, el amor de una bailarina de tango.

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